La vida es una bicicleta

villa

Fue guardaespaldas, rescatista, masajista, bombero, chef, hipnotizador y salvavidas. En 2010, se fue de Chile para demostrar que era capaz de una gran hazaña: recorrer el mundo en bicicleta. Llevaba tres continentes, cuando el 21 de febrero pasado una camioneta lo atropelló en Tailandia. ¿Quién fue realmente Francisco Villa?  
 A veces no le creían las asombrosas historias que contaba. La gente no sabía cuánto había de cierto, de mentira o de exageración cuando relataba que había comido caimanes y serpientes en la selva amazónica, que había sido desde guardaespaldas de un rockero famoso hasta rescatista de personas después del terremoto del 27-F. ¿Le creerían ahora que él, Francisco Villa (48), había pedaleado más de 128 mil kilómetros por tres continentes y más de 40 países? El 11 de noviembre de 2010 había salido de Chile con 20 mil pesos en el bolsillo, varias botellas de vino en las alforjas, un equipo de primeros auxilios y un gran cartel amarillo pegado a un costado de su bicicleta en el que pedía ayuda para batir un récord Guinness: recorrer 50 mil kilómetros en cada uno de los cinco continentes durante cinco años. Dar la vuelta al mundo en bicicleta. Ahora, el 21 de febrero de 2015, estaba ahí, pedaleando por Tailandia, en una carretera de la provincia de Najon Ratchasima, junto con Baoling Wu, su esposa singapurense a quien había conocido durante su travesía en México, y su pequeño hijo Lukas, de 2 años. Venían justo detrás de él: Bao en otra bicicleta, Lukas en el carrito de arrastre que Bao llevaba, él tiraba del carro con los suministros necesarios. Sudando, Francisco Villa siguió pedaleando con fuerza. No alcanzó a ver la camioneta.

Francisco Villa fue criado por su tía paterna Olga Villa y su marido, Napoleón Ahumada, quienes siempre fueron para él sus verdaderos padres. En esa casa de Recoleta tuvo una infancia entretenida, inquieta, al aire libre. Con los cuatro hermanos del matrimonio, subían cerros, buscaban animales y bichos hurgando la tierra con palitos. Así con Carlos, el hermano mayor, encontraron varias arañas pollito que después ponían en frascos de vidrio, y al lagarto Juancho, una lagartija extra large a la que Francisco le confeccionó un arnés para sacarlo a pasear por el vecindario. Fue deportista desde niño: corría maratones escolares, patinaba, practicó karate y ping pong, andaba en skate y bicicleta. “Una vez lo llevamos chiquito a la piscina. No sabía nadar, pero se tiró un piquero detrás mío sin más. Era arriesgado, intrépido, el más aventurero. Se atrevía. No le tenía miedo a nada”, afirma Napoleón Ahumada.

Estudió tornería en un colegio técnico de Recoleta. “Pero no estaba ni ahí con estudiar. Pancho quería recorrer el mundo, ser su propio jefe. Creía en las energías, las cosas naturales, quería ser feliz”, dice Marcela Ahumada, su hermana. Sin embargo, intentó calzar en el molde tradicional: se casó a los 22 años con Elsa, su polola y vecina. Al poco tiempo, ambos tuvieron a Christopher (24) y Francisco se puso a trabajar como tramoya en Canal 13. Pero la relación no resultó, duró poco y Francisco cayó en una depresión larga y profunda. “Sufrió mucho. Dijo que se iba a ir fuera de Chile. Se puso aventurero después de su fracaso matrimonial. Vivía el día a día”, cuenta su madre, Olga Villa. Fue entonces cuando empezó a acumular historias extraordinarias que luego nadie sabía si creerlas o no.

“El primer viaje que hizo fue a México. Allá se pasó con un espalda mojada a Estados Unidos y trabajó como chef en un restaurante argentino”, cuenta su mamá. “Estuvo en Miami. Como al principio no tenía plata ni visa, contaba que un día tiró una toalla en la arena y puso un cartel que decía: ‘Masajes latinos’. ¡Se le llenó de ñatas! Decía que era lo mejor que había hecho en su vida”. Cuando lo descubrieron sin papeles, lo deportaron. En Chile, cuenta su familia, hizo el curso de bombero en San Joaquín. Vendió bolsos de cuero que él mismo cosía y aritos artesanales. También fue chofer de la Policía de Investigaciones en Arica. “Pero como era loco, volvió a irse a Estados Unidos sin papeles. Llegaba y se iba. Estuvo en Nueva York cuatro años. Aprendió el idioma, tenía una novia e hizo cursos de rescatismo y salvavidas”, cuenta su padre.

Pero la policía de inmigración volvió a descubrirlo. Como era segunda vez que lo pillaban de ilegal, lo mandaron preso. Estuvo en una cárcel norteamericana un año. “Como él todo lo tomaba para bien, me llamaba y me decía que estaba súper, que parecía un hotel cinco estrellas, porque tenían hasta piscina”.

Durante su reclusión en la cárcel se dedicó a comprar y estudiar libros de hipnotismo y a practicar con sus compañeros de encierro. Cuando regresó a Chile, en 2004, quiso desplegar sus nuevos conocimientos. Dijo que ahora era guardaespaldas y salía engominado, de terno y corbata, a trabajar. Dijo que ahora era hipnotizador. “‘¡Yaaaa!’, le decía yo. No le creíamos. ¡Es que no podía ser un mes hipnotizador, después masajista, al rato guardaespaldas!”, cuenta Marcela Ahumada. Otra de sus hermanas, Yorka, agrega: “Él decía que iba a trabajar de guardaespaldas de Bon Jovi, pero después llegó con fotos con él. También apareció de hipnotizador en la tele, en un programa chico, como un mes. Hipnotizó a la actriz Soledad Pérez”. Soledad Pérez recuerda: “Sí, en un programa que se llamaba Así de simple me hipnotizaron. Me hicieron comer cebolla. Pero no me acuerdo del nombre del hipnotizador”.

Sentada en su casa llena de plantas y cactus, Olga sonríe: “Pasaba de una cosa a otra. Se aburría rápido. Era muy inquieto el Pancho”.

Después quiso ser salvavidas. Así llegó hasta Guardavidas Seal, la empresa de Claudio Pradenas, para certificarse. “Me dijo que había ido a dar las pruebas a la Armada, pero le dio hipotermia. Se certificó con nosotros y después trabajamos un verano en la piscina de una empresa. Me acuerdo de que no te aburrías nunca con él, tenía historias todos los días. Contaba que había estado en Estados Unidos y allá había hecho un curso de rescatista, que había cruzado la frontera de México, que lo habían deportado, que después se había perdido en una selva en Colombia. Lo contaba con una convicción que cualquier persona más débil, le compraba absolutamente. Para mí, era un mitómano”, dice Pradenas.

Al año siguiente, Francisco puso su propia empresa de salvavidas, Professional Rescue. “Me copió el logo con tiburón, los textos de la páginas, era igual a la mía”, acusa Pradenas. Lo cierto es que Villa estuvo a cargo de los salvavidas de varias piscinas de empresas, bancos, hoteles y de la Municipalidad de Recoleta, donde, a cambio de cuidar el recinto, él hacía cursos a universitarios a quienes después contrataba en las piscinas durante el verano.

“Todo lo aprendía por internet. Se compraba monos para masajes de reanimación y después llegaban a la casa. Nos enseñaba, nos hacía todo el cuento. Mandó a hacer poleras, gorros, toda la parafernalia de la empresa”, cuenta Marcela. En eso estaba cuando, para el terremoto de 2010, Francisco tomó a su perra Luqui, una pastor alemán cruza con quiltro, y dijo que se iría a buscar cuerpos a Concepción. A Luqui la había entrenado en inglés y lo increíble, dice la familia, es que la perra le obedecía. “Se fue a dedo, así nomás, él llegaba y salía. Encontraron como a cuatro personas, en Concepción y en Dichato, salió en la prensa local. Regresaron con la Luqui en un Hércules de la Fuerza Aérea”, recuerda su madre.

Por esa misma época, Pradenas se encontró con Francisco en el Paseo Ahumada incursionando en otra faceta: la de fotógrafo. “Andaba con una camisa guayabera, un short, medias chilotas, chalas de fraile y una cámara antigua. Me dijo que quería ser fotógrafo de modas e irse a Buenos Aires. Que estaba buscando una musa como Baby Vamp para hacerla famosa”.

En su casa, recuerdan a varias novias: lindas, bajas, altas, de distintas nacionalidades. A Francisco le iba bien con las mujeres. Tenía el don de la palabra. “Era muy carismático, tenía poder de convencimiento. A mí me daba vuelta. Yo le decía siempre: ‘Pancho, aléjate de mí'”, cuenta Yorka. Marcela recuerda: “Les contaba historias a los niños, ellos lo escuchaban por horas. ¡No les metas cosas en la cabeza a los niños, Pancho!, le decía yo”.

“Siempre quiso sobresalir, buscaba reconocimiento, lograr una hazaña. Yo siento que quería demostrar que podía ser alguien”, agrega su madre, Olga Villa. Por eso, en 2010, después de haber hecho de todo menos vivir de manera formal, se propuso batir un récord Guinness y recorrer Chile desde Arica hasta Punta Arenas en patines. Llegó a Arica, pero la proeza duró poco: no había auspiciadores y en la práctica no había ruta para patinar a lo largo del país.

Fue después de eso cuando se le ocurrió dar la vuelta al mundo en bicicleta. “Nos quedamos preocupados, sobre todo mi mamá. En muchas cosas que quiso hacer, no llegó ni a la vuelta de la esquina. Pero él se creía el cuento completamente”, explica una de sus hermanas. En noviembre de ese año, Francisco pedaleó por la ruta de Los Libertadores hacia Mendoza. A su bicicleta la bautizó como Rocinante.

Como algunas de las condiciones del Guinness era no usar tarjeta de crédito ni tener auspiciadores, Francisco se las fue ingeniando para continuar su viaje: confeccionó carteles en los que decía en inglés y español que estaba batiendo un récord y aceptaba ayudas. Así la gente le daba comida, le abría las puertas de su casa y se tomaba fotos con él y Rocinante. Con las botellas de vino que llevaba en sus alforjas, hacía intercambios para conseguir alojamiento. También fue a varias centrales de Bomberos, quienes lo ayudaban con comida y techo por haber sido voluntario en Chile. Llevaba una bandera chilena en la parte posterior de su bici. El primer tramo de la ruta fue así: Argentina, Uruguay, Brasil, Guyana Francesa, Surinam, Guyana Inglesa, Venezuela y Colombia. En las fotos que iba subiendo a Facebook, Francisco está en octubre de 2011 en el río Amazonas, en el estadio Maracaná, en Buzios y también alojando con el circo Las Vegas, en Brasil.

“Cuando llegó a Colombia, nos escribió diciendo: ‘Familia, estoy bien, pero me llegaron unos balazos’. Resultaba que iba en un bus e intentaron asaltar y secuestrar a la gente. Como Pancho sabía karate, se puso a pelear y le dieron dos tiros. Nos mandó las fotos. Menos mal no le pasó nada”, cuenta su hermana Marcela.

Después, siguió por Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Belice, hasta que llegó a México. Todo el viaje está documentado en su página: Francisco pedaleando por carreteras selváticas, en la playa, con caimanes, bomberos centroamericanos, pescando en ríos tormentosos, por todos los lugares que dijo haber conocido. En México dio varias entrevistas a diarios locales y una charla en una universidad sobre su viaje. Pasó por Canadá, Estados Unidos y regresó unos días a México. Allí, su viaje cambió para siempre: a fines de 2011 conoció a Baoling Wu, una profesora de inglés singapurense que se había tomado un año sabático para recorrer Latinoamérica. Estuvieron un tiempo juntos, se enamoraron, pero Baoling siguió su viaje hasta Perú. Al poco tiempo, le escribió a Francisco diciéndole que ya no quería seguir sin él. Baoling tomó un vuelo de regreso hasta México y, desde entonces, se unió a la travesía. Consiguieron otra bicicleta y empezaron a pedalear juntos. Desde México tomaron un vuelo hasta Suiza. Llegaron aZúrich el 19 de septiembre de 2012 y continuaron por Francia, España, Portugal, Suecia, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Alemania, Bélgica, Luxemburgo y España.

En el invierno europeo viajaron a África: pasaron por Marruecos, Libia, Argelia, Túnez, Egipto y Mauritania. Volvieron a España para convertirse en padres: a esas alturas, Baoling estaba embarazada. En noviembre de 2013 nació Lukas, en un parto sin anestesia, en un hospital madrileño.

Iban a seguir su trayecto con el bebé, cuando su familia lo llamó desde Chile para contarle que su padre biológico, el hermano de su madre, estaba desahuciado, con un cáncer terminal. Francisco pidió permiso en el Guinness Record para hacer una pausa de su hazaña y regresó a Chile. “Partimos a buscarlo al aeropuerto, nos dijo que venía con una sorpresa. Con Yorka decíamos: ¿qué será?, ¿vendrá rubio?, ¿sin un brazo? Podíamos esperar cualquier cosa de Pancho. Llegó el 2 de diciembre con guagua y señora”, relata Marcela. “Eran un amor idílico, estaban muy enamorados, todo lo que decía Pancho, era lo máximo para Baoling”, recuerda Yorka. Los tres se quedaron en casa de Olga, en La Granja. Finalmente su padre biológico falleció en febrero de 2014.

Baoling y Francisco decidieron esperar a que Lukas creciera un poco para continuar el viaje. Para juntar dinero, Francisco montó su propio taller de arreglo de bicicletas en el patio de la casa de su madre. “También venía con una pila de relojes suizos que había comprado muy baratos. Los vendía y también sabía cómo repararlos, había aprendido allá”, cuenta Napoleón Ahumada.

En mayo, se casó por el civil con Baoling. “Le compró a Bao un vestido en la ropa americana y se lo adaptó. Estaban felices”, cuenta Marcela.

Ese año también perdió a Rocinante: mientras hacía trámites en una notaría en julio de 2014, le robaron la bicicleta. Apareció en la prensa pidiendo ayuda para reponer su medio de transporte. Así lo conoció Ricardo Jerez, Ceo de VeloTour y experto en ciclismo. “Sabía que había un chileno dando la vuelta al mundo por los movimientos pedaleros: somos una red y nos ayudamos. Cuando volvió a Chile nos juntamos, almorzamos con su señora e hijo. Lo invité a un seminario en Los Andes para que pudiera seguir en el récord”, recuerda él. Pero solo una marca para deportistas extremos y Juanito Mena le dieron una mano. El último, le regaló marcos, frenos y dos carros de arrastre. El 28 de noviembre de 2014 volaron desde Chile hasta China. La misión, esta vez, era pedalear por Asia, luego Oceanía.

Cuando iba por una carretera cerca de Bangkok, en Tailandia, una camioneta se cruzó y lo atropelló. Era de día. El conductor dijo que no lo vio. A Francisco le faltaban alrededor de 100 mil kilómetros para cumplir su meta.

Entonces sucedió lo increíble: apenas se supo de su muerte, empezó una verdadera avalancha de correos y mensajes por Facebook desde todas partes del mundo lamentando la tragedia, subiendo fotos con Francisco y su bicicleta, dejando mensajes de condolencias en distintos idiomas, mostrando una enorme cadena humana que lo ayudó durante todo su recorrido. De pronto, ahí estaban todos los personajes que aparecían en las extraordinarias historias que él había narrado. Grupos de ciclistas mexicanos, amigos de un país y otro, bomberos de diferentes compañías, archivos de prensa de entrevistas en varios medios y un documental español de la productora Amagifilms sobre Francisco y su aventura. También hubo varios homenajes en su nombre: Colombia, Brasil, México. En Bangkok se realizó una cicletada y se instauró “el día del ciclista Francisco Villa”, el 21 de febrero. En Chile, Ricardo Jerez organizó una cicletada el 6 de marzo para recordarlo, desde Plaza Italia.

“Nunca pensamos que era tan querido, que tenía tal impacto”, dicen Yorka y su madre ahora, sentadas alrededor del comedor, revisando fotos viejas. Marcela añade: “Han ido apareciendo evidencias de lo que él contaba era cierto. Él decía que tenía un amigo en un templo budista y ahora sabemos que estuvo ahí siete días antes del accidente. Decía que tenía amigos en España con dinero que lo podían ayudar en cualquier emergencia y ahora, cuando murió, llamaron para ofrecerle los pasajes a Christopher, su hijo mayor, hasta Tailandia. Antes te habría dicho que el 80 por ciento de lo que él contaba era mentira y el 20, verdad. Ahora diría que el 80 por ciento era verdad y solo el 20, mentira. Al final, no sé si era un loco en un mundo de cuerdos o él era el cuerdo en un mundo de locos. Porque sin hacerle daño a nadie, fue feliz, disfrutó a concho y vivió y murió en su ley”, dice Marcela.

Producto del accidente, Baoling sufrió varias contusiones y la fractura de una de sus piernas. Quedó hospitalizada en Bangkok junto con Lukas durante varios días. Al principio dijo que terminaría el viaje en nombre de Francisco, ahora les contó a su familiares que se iría a Madrid para empezar el taller de arreglo de bicicletas con el que Francisco soñaba para cuando terminara su hazaña. Christopher viajó a Tailandia a reconocer el cuerpo de su padre. Aún no es capaz de hablar. Finalmente, lo cremaron y sus restos quedaron en el templo budista donde estuvieron con Bao un poco antes del accidente. Él le había dicho que ese era su deseo al morir.

En el documental español en el que grabaron parte de su historia, Francisco, curtido por el sol y sonriendo, dice: “El Quijote era un soñador como yo. Él salió a luchar contra los molinos de viento, yo lo hago contra las vicisitudes del camino y de una nueva vida, hasta encontrarla”.

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