Un filántropo a la chilena

Octubre 2014, revista Sábado El Mercurio

conde filantropo

Un misterioso empresario e inversionista chileno radicado en Nueva York hace 40 años, acaba de hacer una donación de un millón de dólares para becas de estudio. Cristóbal Conde, astrofísico de Yale, accionista de varias empresas, entre ellas la compañía de software Sungard, avaluada entre las 500 fortunas más grandes del mundo, por primera vez cuenta su historia en Chile. “Solamente para decir que si me fue bien es porque usé valores chilenos que se han perdido”, afirma.

“Un millón de dólares”, dice.

Mirando el inmenso parque verde al que da su balcón, el hombre calvo, de camisa rosada a cuadros, dice que eso es lo que donará: un millón de dólares a la Pontificia Universidad Católica de Chile para que alumnos de escasos recursos y buenas notas puedan estudiar allí. “Que estudien lo que quieran. Que sean filósofos, artistas, ingenieros, no me importa. Tampoco voy a hacer un seguimiento ni saber cómo les está yendo. Lo que me importa es que niños que han surgido en contra de todo, tengan la oportunidad de estudiar. Los ricos deben financiar a los más pobres”.

Luego bebe un poco de agua con limón en una copa de cristal y sonríe.

Cristóbal Conde (54) es chileno, pero vive desde hace casi 40 años en Estados Unidos. No estudió en la Católica. No tiene mucho vínculo con nuestro país: con suerte viene una vez al año a ver a su madre, hermano y primos, pero no ve noticias locales, no tiene idea quién es Farkas, no se junta con la colonia de chilenos en Nueva York. Allá Cristóbal Conde, astrofísico de la Universidad de Yale, tiene su propio imperio: fue presidente y ahora es el mayor accionista en Sungard, la compañía privada de software más grande del mundo que tiene el lugar número 380 de las 500 fortunas más grandes del mundo, es inversionista de cinco empresas de tecnología –  True Office, Calastone y Diogital Reasoning entre ellas – que se ha encargado de hacer crecer meteóricamente y está en varios directorios de empresas del rubro en Estados Unidos. Empresario y millonario, se siente chileno, pero también norteamericano. “¿Por qué dono acá? Porque si he tenido éxito y me ha ido bien es porque usé los valores chilenos a la antigua. Crecí en Chile antes de que llegaran los expertos cubanos y los de Chicago, cuando había un espíritu de solidaridad y comunidad. Pero ahora siento que el enfoque ya no está en esos valores: estudiar y trabajar fuerte, ayudar a los que tienen menos, seguir el ejemplo del Padre Hurtado. Se ha puesto feo, todo está centrado en la cultura del yo. El porcentaje de ex alumnos que aportan a la Católica es bajo: si cada ex alumno diera 10 mil pesos, sería más de lo que yo estoy dando ahora. No es que los más ricos tengan que darlo todo, sino cada uno dé lo que pueda. Yo doy un millón de dólares porque es lo que puedo dar”.

***

La historia comenzó hace muchos años en Talca cuando la mamá de Cristóbal, antes de ser la mamá de Cristóbal, dijo: “Quiero estudiar en Estados Unidos”. “Yo no te voy a pasar ni un peso”, le respondió su padre. Pero ella no lo necesitaba: ya se había conseguido una beca completa para estudiar economía en Massachusetts. Cuando regresó a Chile, inmediatamente comenzó a trabajar en la Cepal. Se casó con el padre de Cristóbal, que trabajaba en el centro de estadísticas de la Universidad de Chile y la Organización de Estados Americanos (OEA). Y así se convirtieron en una familia de la elite intelectual meritocrática chilena que les inculcaron a sus cinco hijos que en la vida no habría límites si se dedicaban a estudiar y trabajar de manera tenaz y que siempre había que ayudar a los que tenían menos privilegios que ellos.

Los hermanos estudiaron en el colegio Nido de Águilas. Cristóbal era buen alumno, pero no le ponía demasiado empeño a los estudios. Le gustaba la fotografía, el Colo Colo y  los libros: a los 14 años ya había terminado de leer una lista de mil clásicos de la literatura universal que había elaborado un experto en Yale. Eso, hasta que en primero medio, su profesor de matemáticas le dio un remezón. Repartiendo pruebas y cantando las notas en voz alta, un día gritó frente a todo el curso: “Cristóbal Conde: ¡Un cero!”. Muerto de vergüenza, Cristóbal fue a preguntarle por qué. “Porque no te va mal, pero no te estás esforzando”. Entonces le pasó una guía enorme de problemas matemáticos para que los resolviera el fin de semana. El lunes, Cristóbal entregó 200 páginas de problemas resueltos. “Esa fue una gran lección: tienes que esforzarte más allá de tu zona de confort si quieres surgir”, recuerda.

Al año siguiente, en 1975, toda la familia aterrizó en Estados Unidos: su padre había sido nombrado como economista en jefe en la OEA en Washington. Del Nido de Águilas, de un día para otro Cristóbal se vio en un colegio público americano con 1400 alumnos por nivel donde él no era un igual, sino el latino. “Fue una experiencia alienante, medio traumática. Había un racismo sutil por ser hispano, me trataban como si fuera nada. Los profesores me pusieron en cursos de nivelación de matemáticas porque creían que sabía poco”. Para combatir ese ambiente hostil, Cristóbal se refugió en la física. Compró varios libros de nivel universitario y empezó a estudiar. Estudió tanto que cuando estaba en el último año escolar, les hacía clases de física particulares a alumnos universitarios de Georgetown que le pagaban 12 dólares la hora, más de lo que su propio padre ganaba a esas alturas. “No soy superdotado, no. Pero no tengo nada de tonto”, dice ahora.

Entró a estudiar astrofísica en Yale a los 17. A los 20 ya estaba graduado, pero no quería dedicarse a la investigación académica: necesitaba algo más ágil. Entonces llegó hasta a Wallstreet a buscar trabajo en una consultora. “Las matemáticas que hay al interior de una estrella, como la luz que se propaga hacia afuera, son las mismas matemáticas que se usan para cálculos de finanzas. En ese tiempo no había muchos astrofísicos en Wallstreet: era fácil destacarse”, recuerda Conde.  Al poco tiempo, se dio cuenta de que su jefe se llevaba todo el crédito de su trabajo e ideas. “Pensé que me estaba robando la dignidad. Junto con otros compañeros, nos echó porque los clientes confiaban más en nosotros que en él. Entonces salimos y decidimos formar un negocio para competir en contra de él”. Los tres amigos, se pusieron a desarrollar software de riesgo. Cristóbal tenía 6 mil dólares ahorrados que tenían que durarle todo el tiempo que tomaran para montar el negocio, que fue un año y medio durante el  cual se tomó solo un día de descanso. Con la tarjeta de crédito que tenía uno de sus compañeros, compraron un computador: se lo turnaban entre los tres para trabajar. Durante ese tiempo de prueba, Cristóbal le pidió ayuda a su mamá. Ella le mandó un cheque por 20 dólares de vuelta. Le estaba diciendo que podía. Y pudo. A los 4 años, la empresa Devon Systems tenía 11 millones de dólares en entradas y siete de ellos eran puras ganancias gracias al sistema de riesgo que crearon y cuya popularidad alcanzó límites insospechados. Era 1987. Ese mismo año, decidieron venderle Devon a la compañía de software Sungard. A sus 27 años Cristóbal ya podía jubilarse si quería. Pero en vez de eso, decidió seguir trabajando en Sungard, pero con ciertas condiciones que mantiene hasta hoy: de las 7 de la tarde en adelante no recibiría llamadas ni interrupciones por trabajo – tampoco él llamaría  a nadie por ese motivo – y además, tendría una hora y media cada día solamente para él. Para hacer lo que quisiera. Para escribir, leer, ver una película, lo que se le antojara. También ya había adoptado su estilo característico: solo usa corbatas de humita. Después de ver una película de James Bond, decidió que solamente ocuparía humitas. Más de una centena de humitas coloridas son parte de su colección.

Pero el traspaso de Devon a Sungard disparó la dimensión del negocio: Devon tenía 24 empleados y durante el primer año en Sungard, ese número creció a 200. “Me puse mandón, no tenía las técnicas para manejar a tanta gente. Y la compañía se empezó a ir para abajo, comenzaron a renunciar muy buenos empleados. Uno de mis mejores amigos también se fue. Me dijo: “Me voy porque ya no lo paso bien”. No me dijo que se iba porque yo era mandón, pero entonces entendí que el problema era yo. Ahí empecé a experimentar con otros modos de manejar gente: dejé de ordenar y empecé a dejar que los empleados tomaran las decisiones. Cambié a la manera chilena: pensé que lo mejor que podía hacer era ayudar a que los empleados para que  ellos pusieran metas, surgieran y tuvieran el orgullo de hacer las cosas por ellos mismos. Con eso, la compañía creció como cuete”

Cristóbal se preocupó de incorporar sistemas de colaboración computacionales mediante los que todos los empleados de la compañía podían comunicarse entre sí, aunque estuvieran en distintos países. A esas alturas, Sungard tenía 14 mil programadores en todo el mundo. “Se formó una red, ellos se congregaban virtualmente, hacían sus metas, se necesitaban pocos jefes. Yo me eché para atrás y empecé a pasar mucho más tiempo con los desarrolladores de estos sistemas de colaboración que permitían que todos estuvieran en contacto. Aprendí que un buen jefe no estaba preocupado de las ganancias ni del valor de las acciones, sino de ayudar a sus empleados. Al final el valor de las acciones es una consecuencia de mejorar la colaboración entre los trabajadores de la compañía. Me daba tanto orgullo cuando ganábamos un cliente y yo no había hecho nada al respecto, solo no meterme en medio. Era una recompensa psíquica”, explica él.

El 2011, cuando Cristóbal Conde dejó de trabajar en Sungard – aunque sigue siendo su mayor accionista- la compañía tenía entradas por 5,6 billones de dólares. Sungard es la empresa privada de softwares e IT más grande del mundo. A Cristóbal le tomó 9 meses encontrar a un jefe que lo reemplazara.

***

“Cuando sales de Yale, te dicen: “Te sugerimos que nos des 3 dólares, mil pesos”. Después eso va subiendo de acuerdo a lo que vas ganando. Mi esposa estudió en Chicago: ella venía de una familia de clase media y no pagó nada por estudiar. Chicago cuesta 67 mil dólares al año, pero eso lo pagan pocos. El 93% de quienes piden ayuda para estudiar allí, la obtienen. Los que pueden pagar son pocos, pero esos son los que subsidian a los demás. En Chicago dicen que lo más importante es la colaboración, no la cultura del individuo, del yo. Pero acá copiaron eso y no los demás, lo copiaron mal. Este país tiene valores tan lindos que me parece de locos que se le haya dado más importancia a los de Chicago que al Padre Hurtado. Tenemos tantos ejemplos aquí, que no era necesario mirar hacia afuera o importar modelos de otros lados”, reflexiona Conde.

Por eso está haciendo esta donación de becas en Chile. A la Universidad Católica llegó hace cuatro años, cuando aún estaba en Sungard y desde la compañía querían venderle un software a la universidad. “Vine y me encantó el sentido de misión que tenían los ejecutivos. Todos querían hacer lo mismo: educar a la próxima generación de forma avanzada y con rigor, con los valores chilenos a la antigua, ayudar. Cuando veo una compañía así, yo invierto”, explica. Entonces, dio 25 becas a alumnos destacados con pocos recursos. La mitad de ellos venían de zonas de Chile donde nadie había ingresado a esta casa de estudios jamás. Sobre su nueva donación de millón de dólares, dice: “Me gusta ayudar para que otros surjan. Yo siempre supe, gracias a mi formación, que la educación que tuve en el Nido de Águilas y en Yale, era un privilegio y sabía que era algo que iba a tener que pagar”.

Ahora Cristóbal Conde tiene una incubadora de compañías más pequeñas en las que invierte y contribuye para que crezcan, ojalá basadas en el sistema de colaboración que él le dio tan buenos frutos. Trabaja desde su departamento en Nueva York, donde su secretaria tiene habilitada una oficina especial.  Se toma tres semanas de vacaciones al año porque “es todo lo que necesito”. A veces cuando viene a Chile, viaja en clase Business, otras en clase económica.  “Trabajo muy fuerte, pero el 80%. Antes era 150% del tiempo, era trabajólico”.

  • ¿Pero disfrutas la fortuna que tienes?
  • Realmente la fortuna no es lo que se disfruta. Yo me podría haber jubilado hace mucho tiempo y no hacer nada. Pero lo que me da satisfacción es ver cómo se escala ayudando a los demás. Lo que disfruto es que por ejemplo, en los últimos diez años que estuve en Sungard, no renunció nadie que trabajaba para mí. Sólo tuve jubilaciones, pero nadie renunció: eso quiere decir que estaban contentos allí. He disfrutado mucho mi vida, pero con cosas simples: vivir dentro de mi sistema de valores me ha dado muchas satisfacciones. Eso me define, no mi fortuna.

El mismo año que dejó Sungard, Cristóbal Conde se convirtió también en un sobreviviente: el 11 de septiembre de ese año a las 8 y media de la mañana estaba tomando desayuno con un accionista en el piso 32 de la segunda Torre Gemela impactada por los aviones terroristas de Al Qaeda. A las 9, Cristóbal se iba a juntar con sus mejores amigos en el piso 107 del mismo edificio para tomar desayuno por segunda vez: las dos reuniones eran ineludibles. Pero no alcanzó a subir. Todos sus amigos que estaban en el piso 107 murieron. Cristóbal perdió a 42 seres queridos en el ataque. “Sentí el ruido de la explosión y vi cómo todos los vidrios del edificio tiritaban. Había trabajado ahí y sabía las entradas y salidas, les dije a quienes estaban conmigo que me siguieran. La escalera estaba tan llena que me dio miedo de que nos atropellaran. Bajamos en el ascensor. Nos salvamos. Mis amigos no tuvieron ninguna chance. Un día tuve que decidir entre dos funerales de amigos a cuál ir. Esa experiencia me hizo alguien más agradecido. También en alguien que les da más oportunidades a los demás”.

Dice que no le da temor perder su patrimonio, pero sí que un hijo suyo – tiene 4 de 21, 19, 17 y 3 años – le saliera flojo. “Eso me mataría. Lo sentiría como una falla total como padre”. Pero hasta ahora ninguno va por ese camino: los dos mayores estudian en la universidad, todos han sido aplicados como él.

  • ¿Pensaste alguna vez que serías millonario?
  • Cuando niño creía que iba a terminar como ingeniero, diseñando cosas, después me vi como físico, en el mundo académico. Cuando empecé Devon pensaba que tal vez algún día iba a tener 8 empleados y eso lo miraba como un tremendo éxito.

Conde tiene mucha familia en Nueva York: tres de sus hermanos viven allá y está rodeado de sobrinos, hijos, primos. Todos viven cerca y para este último 18 de septiembre prepararon entre todos 220 empanadas a mano. Pero su familia en Chile sabe poco y nada de su impresionante carrera como empresario y el imperio de inversiones que ha construido en Nueva York: él no cuenta ni tampoco nadie le pregunta. Aunque se lo han pedido varias veces, nunca había dado una entrevista en Chile porque prefería mantener su anonimato. Hasta ahora. “Soy una persona muy privada. No me gusta hablar de lo que hago. Con mi familia de acá tampoco porque me gusta que me traten igual que cuando tenía 15 años y jugaba a la pelota en la calle. Ahora decidí hablar solo para contar que un tiempo no me fue bien, pero repunté cuando usé los antiguos valores chilenos, para decir que puedes ayudar a la gente dentro de tu compañía y que sólo así surges”, dice.

Cuando le preguntan qué hace o debe anotar su ocupación, Conde escribe:

“Físico”.

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