Sirenas

Diciembre 2014, revista Ya Colección, El Mercurio

sirena

A las mujeres surfistas les dicen sirenas. Y es lo que parecen: chicas de cuerpos perfectos y bronceados, de largas cabelleras rubias, jóvenes, bellas y distantes. A las sirenas nada les preocupa más que las olas y la corriente. Les gusta verse femeninas,  pasan la mayor parte del tiempo en la playa y viven al ritmo del reggae. Despacio y sin complicaciones.

Todas las sirenas se parecen entre sí. Si las miras de espaldas, es difícil distinguir a una de la otra. Todas tienen exactamente el mismo dorado del sol en la piel y una larga cabellera – casi siempre mojada, rubia o castaña, pero con los mismos visos casi blancos – que les cae por la espalda hasta la cintura o incluso más abajo. Sobre la playa, algunas reposan sobre una hilera de sillas, entregadas, cansadas, lánguidas. Una duerme profundamente, tapada con una frazada. Una crespa en bikini, sentada sobre una toalla en la arena y al sol, lee una revista femenina de deportes. Otra, con una trenza que le cae hasta la cintura, se aplica factor resistente al agua sobre la cara, con los ojos cerrados, tarareando una canción mientras mueve la cabeza al mismo ritmo. Por los parlantes, se escucha reggae. Una y otra vez, como un anestésico. Las sirenas son hermosas y distantes. Se acercan y de repente, desaparecen, sin despedirse. Como vienen, se van. Pareciera que pocas cosas pudieran sacarlas de sus casillas o interesarlas durante un rato largo, más allá de las olas y la corriente. Nada les importa más a las sirenas que el mar. Y siempre están y estarán mirando hacia allá: hacia las olas. Hacia las olas enormes de Punta de Lobos, una playa pequeña, de arena oscura y gruesa, donde no hay mucho más que cerros verdes y conjuntos de cabañas de maderas para alojar a quienes se apropiaron del lugar hace años: los surfistas.

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Mientras una voz femenina relata por altoparlantes lo que sucede con las sirenas que están en el mar – este es el primer día del primer mundial femenino de surf, Maui and Sons Woman Pichilemu Pro 2014 – Adela Recordón (16) se pone su traje de goma lentamente y se esparce un lipstick con color de base y resistente al agua que una amiga trajo desde Estados Unidos. Su papá, su papá surfista y campeón de windsurf, le enseñó desde muy pequeña a correr olas arriba de una tabla. Ahora, es una de las promesas femeninas de este deporte. Está en tercero medio, pero viaja constantemente a competir al extranjero. Sus profesores y el director del colegio en Pichilemu al que va le dan facilidades. Porque lo primero para una sirena es el surf. “Lo bonito es estar en contacto con la naturaleza. A veces se te aparecen lobos marinos en el agua. Adentro del mar hay una calma que no se compara con nada”, dice. El surf femenino, especialmente en Chile, es relativamente nuevo. Mientras que en competencias de hombres se inscriben casi 150, para este Mundial solo hay 27 contendoras.

“Pero ha crecido mucho el último tiempo. Hace unos cinco años casi no veías mujeres surfistas. Tenían que competir con hombres. No había torneos femeninos. Ahora hay unos 4 o 5 al año. Ellas son más temerosas: no quieren que una ola las revuelque o golpearse muy fuerte. Pero de a poco se están poniendo al mismo nivel que ellos”, explica Francisco Véliz, kinesiólogo experto en surf que ahora ayudar a elongar y les da masajes a las competidoras cuando entran y salen del agua. El principal temor de las sirenas es pagar la ola. Es decir, caer de su tabla, ser revolcadas y que el agua las golpee con fuerza. El surf es un deporte peligroso y exigente: dicen ellas que con media hora de oleaje y corriente fuerte, pueden quedar exhaustas.

La mayoría de ellas vienen de lugares costeros: Viña, Iquique, Arica. Muchas de ellas son de Pichilemu, la cuna del surf local gracias al viento que forma olas de buen tamaño para practicar. Casi todas aprendieron porque tenían hermanos que hacían body board, porque pertenecían a familias con recursos donde había tablas o alguien que surfeaba, como en el caso de Adela. Una vez que lo probaron, no pudieron parar, como si el mar las hubiera hipnotizado con un canto aún más magnético que el de las propias sirenas. Aunque comparten ese amor medio obsesivo con el surf, no todas crecieron al lado del mar. Trinidad Segura (25) – una de las organizadoras de este mundial muy parecida a una barbie con pecas – era de Santiago. Ahora mientras se saca lentamente su traje con mangas rosadas y su largo pelo gotea, cuenta que descubrió el deporte a los 13 años durante  unas vacaciones en Maitencillo. Después tomó unas clases y se enamoró perdidamente de él. Tanto, que después de ese verano, empezó a viajar todos los fines de semana hacia Pichilemu para practicar. Se quedaba alojando en casas de hijas de pescadores y aquí conoció a las hermanas Janelle y Jessica Anderson, hijas de papás norteamericanos y surfistas, con quienes se metía al mar. A los 16 años, su madre, Valeria Safian, se mudó con ella hasta Pichilemu. Mientras a muchas nos hubieran devuelto a Santiago de una oreja, Trinidad consiguió trasladar a su familia para estar al lado de lo que más le importa en la vida: las olas.

“Surfear es heavy adictivo. Cuando venía a Pichilemu, mi mamá se pasaba los medios rollos. Yo era la hija más chica y ella estaba separada. Éramos solo las dos. Mi mamá igual vivía en función mía”, explica. Valeria, su mamá, dice: “La verdad es que se me arrancaba, por eso me vine. No sabía dónde andaba metida. Cuando la Trini empezó, yo le forraba la tabla con cartón y ella tiritaba en la orilla para que le prestaran un traje. Ahora tiene auspicio, es otra cosa. Pero todo lo han conseguido a puro pulso. El mundial es un logro de las surfistas de esta generación. Tienen mucho power”.

Catalina Hotz, una rubia despampanante que felizmente podría ser modelo, es surfista e ingeniera comercial. Pero la prioridad era su deporte. “En la U me acuerdo que de repente llegaba atrasada a clases por estar surfeando y los profes no entendían por qué. No entendían que eran factores que no dependían de mí, como el viento, la ola, cosas que no manejas. Llegaba con el pelo mojado, lleno de sal y arena. Y me corría el agua por las narices. Una vez me sacaron hasta un alga del pelo en clases”, cuenta.

El surf también pesa a la hora de enamorarse de alguien. Aunque siempre están rodeadas de pretendientes – ser surfista es algo sumamente cotizado por el bronceado, el look salvaje y libre y hacer un deporte arriesgado – ellas los prefieren surfistas. “No miramos chicos que no sean surfistas”, dice Sofía Schiappacasse (25) de La Serena. Catalina asiente. Dice: “O sea, no concibo estar con alguien que no surfee. ¿Y dejarlo en la orilla? No, qué fome. Los hombres pueden hacer eso: dejar a su polola en la orilla. Nosotras no. Ojalá entrar con él al mar y que sea mejor que tú para que te enseñe”. Valeria, la mamá de Trinidad Segura, agrega: “Creo que ninguna podría tener una pareja no surfista. No veo a la Trini con un carretero o un gallo que fume. Se muere. Le gustan los hombres sanos”.

El surf incluso influye a la hora de echar raíces. En la terraza del hotel Alaia mientras se ve el atardecer, el mar y unos surfistas que se bañan en tinas calientes comiendo quesadillas y tomando cervezas, Sofía y Catalina imaginan lo magnífico que sería vivir acá, en Pichilemu o en Punta de Lobos. “Sería bacán venirse a vivir acá, aunque sea por un tiempo. Acá todo gira en torno del surf”, dice Sofía. Les pregunto si lo harían, si se vendrían. Sin complicarse demasiado, las dos afirman que sí. “Hay gente que quiere la seguridad de una pega de 9 a 6. El costo de surfear es vivir más el día, pero así: libre, en la playa, dentro del mar”, responde Sofía. Mientras más tiempo giren en torno al surf, mejor para ellas: en sus tiempos libres, revisan videos de surfistas consagrados, estudian su manejo con las olas. También les preocupa, por ejemplo, tener una buena cámara para tener registros de calidad de sus corridas. Pero vivir así tampoco es fácil. Ni barato. De repente, se me acercan papás de las sirenas – que las hacen de entrenadores y barra al mismo tiempo – para que entreviste a sus hijas, para que consigan auspicios de marcas y puedan seguir avanzando. Son pocas las sirenas que tienen patrocinio. Para comprar trajes, tablas y viajar a competencias, las demás deben ingeniárselas. Cuentan con el apoyo de la Federación de Surf, pero también tienen que hacer rifas, bingos, eventos. Y reinvierten lo que ganan en algunos campeonatos para ir a otros. Ahora, en algunos ciudades donde se practica más este deporte, hay fundaciones y escuelas que enseñan a los chicos a surfear gratuitamente. Así, han entrado al ruedo chicos de menores recursos y el surf ha ido ampliando sus márgenes como deporte de elite. Sin embargo, sigue siendo un deporte cool. Y eso explica muchas cosas, incluido el comportamiento de las sirenas.

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Sofía toma sol en bikini. Surfea desde los 13 años, cuando le regalaron su primera tabla. Antes hacía atletismo. “Pero me gustó el surf porque la gente era más natural, más taquilla, me gustó la onda bacán”, dice detrás de sus lentes de sol. “La onda filete”, repite Trinidad Segura. Filete, bacán, todo el rato, cuático, son palabras que las chicas usan bastante.  Aunque estén en tierra, las sirenas siempre están flotando. No se enredan en asuntos terrenales. Parecen inalcanzables y misteriosas. Mientras más grandes, más aura de divas tienen. No pescan mucho a nadie ni a nada que no tenga que ver con el mar, tomarse fotos surfeando o correr una buena ola. Tienen esa indiferencia de saberse lindas, admiradas y de practicar un deporte cool, que era patrimonio de los hombres más que ellas. Ser mujer surfista tiene aún más onda. Y ellas lo saben. Por eso, y por estar pendientes solo del surf, algunas derechamente no hablan o te dejan hablando sola, se escabullen o te miran desde lo alto. Punta de Lobos es, en ese sentido, como ellas. Mientras Pichilemu es un balneario de casitas de madera, locales de videojuegos y empanadas de queso fritas y muchas calles de tierra, Punta de Lobos tiene cabañas con diseño, algunas tipo loft, y tiendas de productos naturales y orgánicos. Mucho más hippie chic.

  • ¿Vieron a la hawaiana? – pregunta Jessica Anderson (24), una de las chilenas favoritas de la competencia y número 10 del mundo en la competencia ISA. – Está muerta de frío, anda con parka y gorro de lana. Y mira, tú en bikini – le dice a Sofía riéndose.
  • Cuática la mina igual -, añade Adela.

Lo cierto es que en estos días de competencia, la hawaiana Dax Mc Gill de 16 años, ni siquiera se ha acercado a conversar con sus colegas sudamericanas. Está enfocada ciento por ciento en la competencia, como una profesional. Se mete al mar, se saca el traje, elonga, descansa, come. Y así. Trae un aparataje importante: tiene una carpa exclusiva para ella y vino con toda su familia. Al final del torneo, ganará por lejos. Otra de las chicas, con un peto negro a crochet, se mira su estómago liso y dorado. Le pregunto por qué no pescan nada, por qué tienen esta aura displicente, lejana.  Me responde, sonriendo: “Es que cada una está en su onda”.

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Ya lo sabemos: lo primero es el surf. Pero después del surf, las sirenas tienen otras preocupaciones que quizás se resumen en lo femenino. Quieren seguir siendo mujeres. Bonitas y femeninas. “Las primeras surfistas eran amachadas. Usaban shorts, tenían mucha espalda, eran gigantes. Ahora no”, explica Sofía. Por eso, tienen un cuidado especial con su pelo, sus largas cabelleras que se resecan y ponen rubias con el sol y la sal del mar. Todas invierten en cremas hidratantes, champús, acondicionadores y andan con algún producto y cepillo en sus mochilas. Las sirenas aman sus cabelleras. Se peinan al salir del mar, a ratos se trenzan o desenredan el pelo con las manos o se hacen unos tomates al lote cuando entran al agua. “Les interesa mantener una buena forma, estar fit, tener un cuerpo bonito y femenino. Al bracear mucho, les crece la espalda y eso no les gusta. Ninguna quiere ser maceteada ni musculosa”, explica el kinesiólogo Francisco Véliz.

Sin embargo, el mar les abre el apetito. Casi siempre tienen hambre. En fila, van una y otra vez al puestito donde reparten pizzas, queques, sandwichs, dulces y frutas y comen con un hambre voraz.  “Comemos hartos tallarines y masas porque el carbohidrato se transforma en energía, no en grasa. Y lo necesitamos para surfear. Pero igual nos cuidamos porque si paras de entrenar, te vas a la cresta”, dice una de ellas. Valeria, mamá de Trinidad, y Juliette, la mamá de las surfistas Jessica y Janelle Anderson, conversan sobre la arena. “Son chicas dulceras, buenas para comer, pero se alimentan sano. La Trini se hace sus batidos naturales con espirulina, cositas naturales, comen pan integral, pescadito, quinoa”. Juliette añade: “Igual comen sus chanchadas. Tampoco son extremistas que no comen ciertas cosas porque engordan. Se cuidan, pero también disfrutan de las cosas ricas”. Delicadeza de sirenas: cada vez que se ponen y sacan el traje, lo hacen con una suavidad y habilidad únicas: despegan su buzo del cuerpo con una mano y sostienen un pareo o una toalla con la otra, para taparse y no quedar a la vista de toda la playa.  Muchas llevan las uñas pintadas de colores. Sobre la arena, después de haberse pintado las uñas de lila, Sofía se las pinta a una surfista más pequeña. Las rodean mochilas, polerones, carcasas de celulares de colores eléctricos. Mucho morado, mucho fucsia. Un grupo de sirenas de entre 13 y 15 años, miran a Jessica Anderson encerar su tabla. Una dice: “Es lindo ese traje de la Jessica. ¡Me encanta!”. Todas asienten. El traje tiene colores, algunos diseños, principalmente en las mangas y los hombros. Antes, las surfistas tenían que usar trajes de hombre. Ahora hay trajes hechos a la medida del cuerpo femenino y con estampados. Y eso les gusta a las sirenas: lo femenino. Y como todas las adolescentes, pasarlo bien. Mientras la brasileña Monik Santos (23) está boca abajo en la camilla de masajes, pasa una amiga y le hace cosquillas en el cuello. Monik se levanta y muestra dos cicatrices en ambos hombros. “Dos luxaciones por remar”, explica.

  • Mentira, Negra. Te pusiste tetas -, se ríe Vania Torres (19), peruana, que anda con botas con chiporro por la playa, molestando a todas sus compañeras.

Luego, la abraza y al grupo se acerca la argentina Lucía Cosoleto (19), una rubia casi albina de ojos azules y las tres se toman una selfie con un celular sacando la lengua y abriendo mucho los ojos. Vania después se toma otra, levantando el dedo del medio de la mano. Al día siguiente, Vania y Lucía contarán que fueron a un boliche en Pichilemu en la noche. “Primero fuimos con unos chicos que conocíamos a una casa. Nos dijeron que había parrillada, pero no tenían parrilla. Después fuimos a Waitara, un boliche”, dice Lucía.

  • ¿Y cómo lo pasaron?
  • Nos fue mal. No había nadie. Pero hoy día sábado va a estar buenazo – contesta Vania.

Mientras, Monik, que ayer bañó a un perro vago en su cabaña, ahora lo busca por toda la playa con un plato plástico y un saco de comida de perro en la otra.  Las sirenas aman la naturaleza y a los animales.

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Las sirenas no piensan mucho en el futuro, como si correr olas no fuera a terminar jamás. Sin embargo, las mayores de esta competencia tienen 25 años. Les pregunto por qué no hay surfistas de más edad. “Porque es un deporte que exige mucho estado físico. Igual esto empezó hace poco en Chile, pero en otros países que tienen más cultura de surf, como en Hawai, ves hasta abuelos surfeando”, responde Adela. Sofía reflexiona: “Hay surfistas más grandes. Pero cuando se casan y son mamás, lo dejan. En otros países, siguen y se meten al agua con sus hijos. Acá no pasa eso: la maternidad las detiene”. Adela cuenta que antes, surfeaba con una amiga de Pichilemu, un poco más grande que ella, de 19 años. Pero cuando quedó embarazada, su amiga dejó el deporte. “Ahora ya tuvo a su bebé. Quizás vuelva”, dice esperanzada. Por eso, ella antes que todo, quieren surfear. Competir lo que más puedan, por todos los torneos que puedan. Viajar y ojalá ser parte del circuito mundial. Más tarde, Adela, con la parte de abajo de su traje de goma puesto y la parte de arriba colgando debajo del pareo con el que se cubre desde la cintura hasta el pecho, va a estar mirando el mar, con el entrecejo fruncido. No pasó a la siguiente fase del mundial y está enojada. “La ola estaba muy difícil. Con este día, no se puede”, dice. Entonces se sumerge en su celular un buen rato a whatsapear, abstraída del mundo. Quiere salir pronto del colegio para competir. Solo después del surf, quiere estudiar. Quizás arquitectura o diseño. Eso lo verá después, explica. Por ahora, se ve más arriba de su tabla que como una profesional universitaria.

Sobre una toalla de colores en la arena, Trinidad se despega lentamente el traje del cuerpo. Primero los pies. Luego las mangas. Le pregunto por el futuro. Trinidad ya tiene una productora, relacionada al tema del surf, llamada Sirena. También tiene un pololo surfista, pero abogado que trabaja de lunes a viernes en Santiago y viene a verla los fines de semana. “Más grande me imagino surfeando, con niños, en Máncora de repente”, dice.  La gente la saluda, a lo lejos. Ella responde con una sonrisa medida y vuelve a su tarea, ensimismada y lejana. Bella e inabordable. Flotante, como una sirena.

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