El millonario noruego que eligió Chile

enero 2015, revista Sábado El Mercurio

odfjell

Es dueño de la naviera más grande del mundo en transporte de líquidos, de varios terminales de descarga de barcos en Sudamérica y de una viña que lleva su apellido en Padre Hurtado. También es apicultor y el importador a nuestro país de caballos de los fiordos, una raza pura nórdica. Aquí por primera vez el empresario Dan Odfjell cuenta por qué un noruego exitoso y viajado terminó escogiendo Chile para quedarse a vivir.

La bodega está sobre una colina desde donde se ve toda la viña. Las 85 hectáreas de parras ordenadas y verdes. Los islotes biológicos con plantas de la zona: lavanda, aromos, rosas, romeros. El cielo despejado y la brisa que mueve las hojas. En la terraza, sobre un barril, hay copas y tres botellas de vino tinto con el símbolo de la Viña Odfjell: un caballo robusto parado en las patas traseras. El caballo también parece un dragón. Tiene un aire nórdico o vikingo. Los nombres de los vinos tienen conceptos navieros: Armador, Ordaza, Aliara. Todo está en perfecto orden. Todo funciona de manera impecable en este terreno de un total de 250 hectáreas de la comuna de Padre Hurtado, a media hora de Santiago. El misterio del caballo-dragón, los vinos con nombres de barco y la pulcritud de la viña se resuelve al otro lado de la ruta, detrás de unas buganvilias moradas que esconden una casa de campo chilena de un piso y con techo de tejas cuya chapa en la pared dice: “La Colina”. El misterio se resuelve al entrar a la casa, en el hombre de ojos azules intensos, abundante cabellera, bota plástica en el pie izquierdo, que está sentado arriba de una silla de ruedas desde que hace unos días se rompiera el tendón del pie al bajarse de su camioneta.  Dan Odfjell (76) noruego, cuarta generación de dueños de la naviera con su apellido y la más grande del mundo en transporte de líquidos, dueño de esta viña y de varios terminales de carga y descarga de barcos en Sudamérica, da vueltas en la silla con agilidad.  No le gusta esta inmovilidad. Está inquieto. Preocupado. No por sus negocios, sino por las abejas. “Quiero participar con los apicultores locales en esta actividad. Hoy recibíamos 50 abejas reina vírgenes que vamos a introducir en nuevas colonias. Por eso quiero moverme”, dice entornando los ojos al cielo, impaciente. Dan Odfjell también es apicultor. Eso decía su pasaporte anterior. Profesión: apicultor. Ahora dice: Retirado. Al menos del negocio naviero. “Quizás no debiera decir esto, pero lo que más disfruto de todo lo que hago son las abejas”.

Piratas, barcos y caballos nórdicos

Todo empezó en un pueblo de piratas en la costa este de Noruega. Bisabuelo Odfjell era capitán de barco y le heredó el oficio a su hijo. Abuelo Odfjell hizo lo mismo con el suyo, el padre de Dan. La flota de barcos fue creciendo y la familia se mudó a las afueras de Bergen, ciudad al oeste del país donde la temperatura promedio es de 0 grados gracias a la costa, el mar y la corriente del Golfo. El 38 nació Dan y un año más tarde estalló la Segunda Guerra Mundial. La familia Odfjell perdió el dominio sobre sus barcos: el 40 los alemanes ocuparon el país y tomaron control de todo lo que encontraron. Y por otro lado, el gobierno noruego en el exilio armó una flota con los barcos noruegos que navegaban en aguas extranjeras. El abuelo se fue del país en bote hasta Inglaterra y luego a Estados Unidos. Sin mucho más que hacer, el padre de Dan decidió dedicarse a la apicultura: los alemanes le habían dado raciones extra de azúcar a los apicultores para que alimentaran sus colmenas. Así, el padre de Dan fabricaba miel que intercambiaba con otros granjeros a cambio de leche y mantequilla mientras Dan aprendía el oficio como observador. Supo que había terminado la guerra a los 7 años cuando vio a los soldados americanos avanzar por Bergen repartiendo plátanos y cereales. Más grande también supo que seguiría con la tradición familiar del negocio de los barcos que recuperaron después de la guerra. “Era una cosa natural hacerme cargo. Era lo que quería hacer, no sé si soñé con hacer algo más”, dice él. Estudió en un instituto comercial, estuvo tres años en la marina noruega y también fue marino mercante. “Soy uno de los últimos mohicanos: hice los trabajos que un dueño de naviera se supone debe dirigir”, dice.

Después se dedicó de lleno a la naviera Odfjell. La compañía le consumía casi todo su tiempo. “Trabajaba mucho. Era un marinero ausente para mi familia. Pagué por eso, es malo, pero era lo que tenía que hacer en ese momento. Quería hacer crecer el negocio, era como una especie de posta. Mi padre lo hizo bien, yo era el mayor de cinco hermanos y tenía la responsabilidad de entregar la empresa en mejores condiciones de las que la recibí a la siguiente generación. No era ambición de dinero, sino de hacerlo bien, de hacer lo mejor. Buscaba la perfección”, explica Dan. Para ello, tuvo una idea: implementar terminales de carga y descarga de barcos en Sudamérica. Llegó al continente a los 28 años sin hablar una gota de español. Llegó a Chile en 1970 cuando Allende estaba recién electo. En el puerto de San Antonio encontró un lugar para el primer terminal. Después vendría otro en Mejillones, terrenos cerca de Concepción y Ventanas que aún no implementa y varios terminales más en Perú, Ecuador, Argentina y Brasil cuya propiedad dividieron con un hermano suyo que vive en Sao Paulo. Bajo su administración la naviera Odfjell adquirió escala mundial: hoy la compañía representa el 22% del movimiento internacional en transporte de líquidos.

Dan comenzó a venir a Chile cada vez más frecuentemente. A veces estaba acá tres veces en un mismo año para supervisar los terminales. Así, se dio cuenta de que de acá podría cumplir un sueño que en Noruega estaba prohibido: adquirir un terreno para tener una granja. El 82 encontró la enorme parcela en Padre Hurtado: se llamaba La Colina, tenía árboles frutales y la habían rematado. “Cuando vi este lugar, me enamoré. Era diciembre y las mariposas volaban. Fue maravilloso”, recuerda. Su primera esposa, con quien tuvo cinco hijos, le había heredado la pasión por los caballos. Por eso decidió traer una especie de raza pura y protegida en su país, hasta acá: los caballos de los fiordos, rubios, fuertes y con una distintiva línea negra en la mitad de sus crines que habían llegado a Noruega atravesando Siberia hacía miles de años. “Es un caballo fantástico, amable, lo puedes usar para cualquier cosa. Algunos trabajan en la viña, hemos vendido otros a gente de este país, los Luksic, los dueños de Falabella, los Matte. Los compraron para sus nietos o hijos porque puedes caminar entre las patas de estos caballos y no pasa nada, son muy calmos. También hemos donado  al menos 20 caballos a hipoterapia, para rehabilitación. Ver a niños que no tienen piernas o que gatean, que ven el mundo desde debajo de una mesa y de repente arriba del caballo tienen pies y visión, es impresionante”.

Un amigo enólogo francés, le recomendó hacer una viña en el terreno. Aunque Dan no sabía nada de este negocio, se propuso hacerlo en su estilo: a la perfección. Cortaron los árboles frutales, trajo a su amigo enólogo hasta Chile, le encargó a su hijo Laurence, arquitecto, el diseño de una bodega única para la viña. El 97 Laurence terminó la primera bodega gravitacional en el país: ahí las uvas y el vino, caen por efecto de la gravedad, no se usan máquinas ni bombas para empujar o manipular la cosecha. También la convirtió en una viña orgánica y biodinámica: no se usa ningún tipo de químicos con los cultivos y se apuesta por una forma de producción autosustentable en la que se toma en cuenta el entorno del cultivo, con sus plantas, animales, insectos e incluso el cosmos: todo el trabajo se rige por el calendario lunar y astrológico. En una caseta de la viña se guardan preparados biodinámicos con hierbas nativas que se colocan con cachos de cabra en la tierra, para nutrir los viñedos. Cultivan cepas poco tradicionales con precisión nórdica: Tempranillo, Tannat, Mourveche. Cada cierta cantidad de metros hay islas biológicas donde crecen especies de flora local que potencian el ambiente y los panales de abejas: Dan sigue trabajando en esta afición. En la viña cosechan 70 mil cajas de vino por año. Antes solo exportaban, ahora también venden los cuidadosamente preparados vinos Odfjell en tiendas exclusivas del país.

Con una copa de su propio vino en mano, Dan dice: “Con la viña no estamos haciendo mucho dinero, pero sí hacemos un muy buen vino y me siento orgulloso de eso. Siempre tienes que hacer las cosas lo más perfectas que puedas, dar lo mejor de ti. Ya sea una naviera, vinos o miel de abeja”.

***

Rusia, el Islam, Noruega y Chile

La conoció en Rusia, en 2004. Ella, varios años más joven que él, ingeniera civil, se llamaba Arnhild y estaba a cargo de una empresa que hacía diseño para barcos. Él había ido a la ceremonia de un proyecto porque tenían negocios en común. Entonces la vio: con un traje típico noruego respondiendo las preguntas de periodistas, cercada por cámaras de televisión después de la ceremonia. Se acercó y le dijo: “Qué lindo ver a alguien con el traje típico del país”. Al año se volvieron a encontrar en otra conferencia de negocios en la costa del mar Negro y no se separaron más. Se casaron hace 8 años. Cuando cumplió 70 años, Dan le dijo a uno de sus hijos que quería retirarse de la naviera, que ya estaba cansado. Laurence le pidió dos años para entrenarse para el cargo. Así, el 2010 Dan pasó la posta a su hijo y desde entonces, junto con su segunda esposa Arnhild, empezaron a venir cada vez más seguido a Chile desde noviembre a enero, para capear el invierno en Bergen. El 2009 tuvieron a Gabriel, de pelo casi blanco de rubio y que ahora da vueltas por la casa en monopatín. Recién ahora, decidieron quedarse a vivir aquí. Se instalaron en la casa vecina a la viña en noviembre pasado. “Chile tiene el clima perfecto: poco invierno lo que es bueno para las uvas, las cuatro estaciones, calor en verano. Cuando te vuelves mayor, tus huesos piden un clima más cálido. Además, mi esposa fue nombrada presidenta de la Cámara Noruega Chilena de Comercio recientemente. Para Gabriel va a ser bueno: va a aprender español e inglés fluido en el colegio donde está”, explica Dan. Arnhild añade: “En Bergen tienes que estar mucho en casa, es muy oscuro. Además donde vivíamos, Dan estaba muy cerca de su oficina. Acá se puede distraer más, pasa más tiempo en familia, con Gabriel. Chilenos y noruegos somos parecidos. Dan no puede aguantar un día en Argentina”.

  • Ah no. Son muy arrogantes. Y políticos. También nos vinimos porque ahora Noruega es un desastre.
  • ¿Un desastre Noruega?
  • Sí. Se ha puesto todo muy relajado, sin disciplina. Europa es un desastre con esto de la inmigración: todos entran y quieren nuestros beneficios sociales, pero sin trabajar. Y los que más llegan son musulmanes que no quieren integrarse, pero debemos mantener. A veces tienen hasta 10 hijos mientras que la tasa de natalidad en Noruega es 1.8. Ahora el nombre más común en Noruega es Mohamed. Yo soy luterano y creo que la única salida es el cristianismo. Escribo algunos artículos en mi país sobre esto, para el debate social, pero llegó un punto en que se volvió peligroso opinar allá. Pero yo no tengo miedo. Digo lo que pienso. Así por lo menos la gente sabe quién soy. No soy muy conservador, pero sí conservador. Y creo que Noruega está decayendo por el aumento de la inmigración que es principalmente islámica. Me han preguntado si Chile no tiene problemas. Claro que tiene, pero al menos ustedes no le están entregando el país a otra religión ni civilización como los musulmanes. Y yo no puedo apoyar a un sistema que a la larga, nos va a eliminar como identidad, como cultura.

Don Dan y lo pequeño y hermoso

Dentro de la viña, Dan Odfjell se mueve en una camioneta Montero del año 84 que compró en Ecuador y que se trajo manejando desde allá. Le gusta ir a la viña, conversar con los trabajadores. Grandes lujos no se da. La mayor parte del tiempo está en su casa donde reciben visitas. Prefieren comer ahí antes que ir a restaurantes. Hace poco restauró cinco coches de caballo antiguos y los puso en el jardín, bajo techo, como una especie de museo al aire libre. Antes de romperse el tendón, estaba entretenido haciendo reparaciones y arreglos en la casa. También leyendo y escribiendo más artículos políticos que publica en Noruega sobre la necesidad de ponerle freno a la inmigración y jugando con su hijo menor, Gabriel. Es sencillo, anda de shorts y polera y no le gusta nada que los trabajadores le digan “Don Dan”.

“Venimos de una sociedad igualitaria. Miramos a la gente igual, no nos importa si son ricos, pobres, su apellido o dirección. Cuando me dicen: “Don” es como si estuviera arriba y no es así. Otro problema es que algunos toman mi amistad como señal de privilegio y la usan como herramienta de poder: Don Dan dijo esto o lo otro. Les gusta promover la idea de que son cercanos a mí. Yo uso esa camioneta Montero porque para mí un auto es transporte y nada más. Hay mucho esnobismo en el mundo, pero yo no necesito un extensor de mi masculinidad. No es algo importante. Cuando tienes lo suficiente para cuidar de tu casa y tu familia, estás bien”, afirma él.

De Noruega solo echa de menos una cosa: su casa, la casa que tiene al salir de Bergen a la orilla de un lago y que él construyó con sus propias manos, la casa hecha de roca que ahora unos amigos le están cuidando y donde había una pequeña pista para esquiar. “Es curioso, pero mis raíces están en esa casa. Mi familia ya no está en Noruega: tengo dos hijos en Londres, una hija en Canadá, otro en Singapur, mis padres ya no están. Pero está esa casa en Bergen que es importante para mí”, dice.

Mientras, sigue inventando proyectos y cosas que hacer. En la viña dicen que es imparable. Le cuesta estar quieto, le cuesta mucho esta silla de ruedas y la bota en la pierna izquierda. Para él la perfección es una búsqueda activa. Yendo de un lado para otro. Moviéndose. Concretando. Dice: “Con el tiempo he aprendido que no me gustan las grandes compañías: son impersonales, hay conflictos de todo tipo y nunca llegas a ver la consecuencia de tu trabajo. Para mí pequeño es hermoso. En una compañía pequeña sientes que estás aportando y ves esa contribución. Por eso en mi próxima vida me gustaría ser carpintero: empezar algo en la mañana y por la tarde, ver el resultado de mi esfuerzo”.

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