El basurero que cocina delicioso

Noviembre 2014, revista Sábado El Mercurio

ignacio chef

En pocos capítulos ha convertido en uno de los mejores personajes de Masterchef, el programa de cocina de canal 13. Ignacio Riveros, recolector de basura, feriante y ahora chef en proceso, cuenta aquí su historia. La historia una vida marcada por el sacrificio, los peligros de la calle, una abuela que cocinaba recetas de campo, una micro amarilla y un amor que lo convirtió en lo que es hoy día: un chico luchador con harta calle a cuestas.

Ahora, empuja un carro de supermercado repleto por la mitad de la calle en Conchalí donde el sol rebota contra el cemento sin piedad y varios feriantes ya se han instalado con sus chucherías desde temprano. En el carro, lleva maletas que contienen varias prendas de ropa usada, un bolso deportivo Puma y una bicicleta sin sillín ni pedales que esas mismas manos, que ahora empujan el carro, días atrás recogieron de la basura de Providencia mientras hacía su pega de recolector, colgado de la parte trasera del camión con dos compañeros más. Esas manos, que esta semana amasaron huevo y harina y prepararon un elegante plato de pasta al pesto decorada con hojas verdes y tomates deshidratados para el programa de cocina de canal 13, Master Chef, donde él ya es uno de los participantes favoritos. Las manos, que ahora ordenan sobre un pañuelo azul, varios pares de jeans, blusas, el bolso Puma, audífonos y otros cachureos que su pareja lavó en casa antes de poner a la venta. Ignacio Riveros, recolector de basura y ahora chef en proceso, dice:

  • ¿Viste? Recojo puras cosas buenas, de marca, impecables. Hay que hacer lucas. Todo se vende. Yo te vendo hasta las piedras pintadas.

Le preguntan por el precio del bolso Puma. “Seis Luquitas, papi. Véalo nomás. Ese bolso todavía está en la tienda”. Le preguntan por la bici sin sillín ni pedales. “En cinco se la dejo. La manda a arreglar y le queda la media nave”.

Desde que empezó el programa, Ignacio está grabando de lunes a viernes en el canal durante el día. A las 6 y media de la tarde, va a su trabajo como recolector y llega a su casa a las 2, 3 o 4 de la madrugada, dependiendo del volumen de pega y de la energía que tengan él y los otros dos pionetas que van en el camión. Los sábados y domingos viene a esta feria a vender lo que encuentra en buen estado, incluso ahora que está lesionado y lleva una férula tipo bota que le inmoviliza la pierna izquierda desde el muslo a la rodilla. “Un mal movimiento, una tontera. ¡Y eso que ya había terminado mi pega en la basura!”, explica. Varios lo saludan a lo lejos: “¡Buena, Nacho!”. Ignacio saluda a viva voz a ellos y a una pareja que se instala a su lado a vender. Lo conocen desde niño y le dicen Nachito. Se sienta un rato a la sombra, en el piso, para mantener la pierna estirada y mientras toma una cerveza, empieza a hojear tres revistas de cocina – una solo de pastas – que le pasaron para que siga aprendiendo recetas. También anda con un libro anillado y antiguo de su abuela materna que contiene varias recetas de campo y que estudia cuando tiene algo de tiempo. Buena mano para la cocina: hasta ahora todos los platos que ha preparado para el programa han llamado la atención del jurado. Buena mano accidentada: también tiene una férula puesta: se dobló el dedo cuando se afirmó al caerse por la esguince de rodilla. En la palma izquierda se dibuja una cicatriz, una línea delgada y blanca, que le quedó  después de que alguien tirara vidrios de una botella quebrada en una bolsa de basura que él tuvo la mala suerte y la misión de recoger.

El Pirata, la micro y la moto

Ignacio creció en Recoleta. Todos juntos y revueltos en la casa de su abuela materna – La Mami Tota, le dice él -, sus cuatro hijas, más de diez primos, él y sus tres hermanos menores. Era un niño desordenado, inquieto aunque de buenas notas, curioso, apresurado y bien instruido: cuando se portaba mal, su mamá lo obligaba a leer El Mercurio. Le abría el inmenso diario y le decía: “Léete estas tres noticias y después me las explicas”. Entonces él leía con avidez, se enteraba lo que pasaba en el mundo, sin querer aumentaba su vocabulario y se distanciaba así, de sus compañeros de barrio y de colegio que a veces le decían que hablaba como maricón, que se creía cuico. “Estudié en colegios de barrio, marginales, donde se mezclaba de todo. Desde chico quise expresarme de otra manera. Todo lo que sé, lo he aprendido leyendo, no me gusta quedar de ignorante. Pero igual soy chulón, nadie me ha pasado a llevar en ninguna de las poblaciones donde he estado”, dice.

La vida era dura. De mucho esfuerzo. Su madre trabajaba como nana, a veces puertas adentro, un tiempo tuvo que dejar a Ignacio y a sus hermanos, durante ocho meses, en un internado en el centro de Santiago. Ahí Ignacio aprendió a hacer camas estiradísimas y el rigor del orden. Papá no existía: estaba desaparecido en acción. Sí un padrastro con quien su mamá se casó solo para darle un apellido distinto al desaparecido: así Ignacio terminó por ser un Riveros sin conocer muy bien al señor Riveros. También existió un padrastro dos, una figura masculina más presente con quien toda la familia recorrió varios lugares de Chile – Puerto Natales, Chiloé, Arica, Putre, Río Bueno – gracias a su trabajo en la construcción de carreteras.

A los 12 años, Ignacio quiso conocer a su padre de verdad. Fue a verlo a la casa donde sabía que vivía con su nueva familia en Patronato. Él le dijo: Hola, cómo estai, qué querís y le pasó diez mil pesos para que se comprara unas zapatillas. Ignacio nunca más volvió a buscarlo. A los 13, le dijo a su mamá que la iba a ayudar con la casa, que iba a trabajar para apoyar a la familia. Era como un papá en miniatura. Empezó como empaquetador en un supermercado en las Condes, hasta que a los 14, un día amaneció con la mitad del rostro paralizado. Su mamá le dio una tunda: “¡Fumaste marihuana!”, lo retó. Después el médico le dijo que no había sido marihuana, sino una bacteria que le había entrado al oído medio por estrés. El estrés de estudiar y trabajar al mismo tiempo. En el barrio, por el ojo un poco caído, le pusieron El Pirata. Sin embargo, Ignacio nunca más paró de hacer las dos cosas, estudiar y trabajar: preparó papas fritas y hamburguesas en Mac Donals, fue soldador, puso antenas de palmera, fue copero en restaurantes, comerciante ambulante, albañil, cobrador humano, hasta un inmenso grano de café que repartía volantes bajo 30 grados de calor. Para el 2004, cuando ya tenía 16 años, la familia empezó a surgir: la Mami Tota había comprado una micro amarilla Metalpar en Brasil, para trabajarla en familia. La micro trajo abundancia: permitió tener tres taxis que también se manejaban en familia para darle trabajo a más miembros del clan y expandir la bonanza. Hasta que las autoridades comenzaron a anunciar el fin de esos buses y la implementación de un nuevo sistema de transportes para el 2007: el Transantiago. “Estábamos empezando a disfrutar las lucas cuando jodimos. Perdimos una casa en la playa, la casa en Recoleta de mi abuela y los tres taxis. Mi abuela sigue pagando la deuda de la micro y ahora vive en una pieza a una cuadra del cementerio, donde vende flores. Con el Transantiago jodieron a un montón de familias, incluida la mía”. El fin de la prosperidad trajo el fin de la paz. La familia se dispersó. Su mamá se fue a vivir con Ignacio y sus hermanos a una pieza. Ignacio perdió un poco la fe. Tenía 17 años. Hizo malas juntas y maldades que no quiere recordar. “En la droga nunca me metí. Sabía que era fácil entrar y difícil salir. Ahí usé la cabeza. Pensaba en que si tenía hijos en el futuro, tenía que darles un buen ejemplo. Mi mamá siempre me repitió que no sacaba nada con hacer maldades para después terminar privado de libertad”.

Un día, mientras iba arriba de una moto con un amigo suyo, escuchó una advertencia, cantadita, mientras pasaban por una calle del barrio: “Se ti-ra-ron”. Luego apareció una pandilla. Los balazos al aire. Lo andaban buscando a él porque sabían que ese día había revendido un generador y andaba con plata encima. Corrieron, dejaron la moto tirada, saltaron hacia el interior de unas casas trepándose y se salvaron de milagro. La moto se la robaron. “Ese día me vi mirando el pastito por debajo de la tierra. Ahí fue cuando me dije: No quiero vivir así, no quiero flaiterío, quiero trabajar, salir adelante, hacer las cosas bien”. Al mes siguiente, le cambió la vida.

Muriel y el buen camino

La conoció en una fiesta, en la casa de un amigo, en la cocina. Ya era de madrugada cuando le pidieron que cocinara algo rico, había hambre. Siempre le pedían que cocinara. Ignacio tenía buena mano: había crecido viendo a la Mami Tota hacer pantrucas, humitas en fogón, chupe de guatitas, patitas de gallina con tomate, paté de hígado con mermelada de mora, delicias con harina tostada, todas preparaciones del campo de Valdivia, donde su abuela se había criado. Desde los 10 años, Ignacio cocinaba con ella, la miraba, aprendía, preguntaba, metía la cuchara. Le enseñaron a cocinar, coser y tejer desde pequeño para que fuera autovalente. Además desde los 16 años, se había transformado en un fanático de los programas de cocina que daban por el cable como el del chef americano Anthony Bourdain y el inglés Jamie Oliver  otros, de los cuales aprendió a preparar más recetas. A esas alturas, Ignacio sabía cocinar de todo: comida thai, platos caribeños con coco y plátano frito, crema francesa de papas con cebolla. Esa noche, preparaba unas chuletas con arroz cuando ella le habló.

  • Mi hijo también se llama Ignacio. Ignacio Andrés-, le dijo.

Él se dio vuelta a mirarla: siempre había querido ponerle a un hijo Ignacio Andrés, igual que él. Ella se llamaba Muriel. Se enamoraron ese día y no se separaron nunca más. A los pocos meses, Ignacio ya estaba viviendo con ella e Ignacio pequeño en Conchalí. Esa familia lo alejó definitivamente de las tentaciones del dinero fácil, la calle y las malas influencias. “Al poco tiempo de estar con ella, me ofrecieron hacer una maldad grande, un robo por buenas lucas que me podrían haber arreglado la vida. Pero Muriel me dijo que no fuera. Que no, que no, para qué. Le hice caso y no fui. Ahora seis de mis amigos tienen 12 años de condena. Gracias a ella estoy libre y duermo tranquilo. Mira, es fácil subirse al carro de la delincuencia. Pero salir es lo complicado. Ahora me da pena: tengo amigos que siguen afirmando el poste, llevo seis amigos muertos, a uno lo voy a ver todos los sábados al cementerio. Lo mataron de seis tiros en la espalda. Yo quiero que despenalicen el pito, pero le pongan mano dura a la pasta, a la coca. La pasta tiene la cagada. Todos dicen que este es un gran país, pero yo creo que se está yendo al hoyo: ahora ya no respetan a los pacos ni a los camiones Brink”.

Las andanzas dejaron de ser una opción. Con Muriel, dejó de carretear, no salió nunca más a una fiesta, y se convirtió en un buen dueño de casa que cocinaba, regaba las plantas del patio, ordenaba, ayudaba a lavar la ropa, a hacer el aseo. Consiguió trabajo como guardia de supermercado. Pero sus propios amigos del barrio entraban a robar y le empezaron a gritar “sapo” en la calle. “Muchas veces me hice el loco. Con el que robaba para comer, como un abuelito que sacaba paté y leche Purita para sus nietos, no estaba ni ahí. Pero si me hablaban por fono, tenía que pararlos. Era mi pega. Varias veces me agarré a trompadas. En la calle estuve a punto de que me apuñalaran por “sapo”. Pegué unos combos y salí corriendo: el que no arranca, no filma otra película”, explica.  Abandonó ese trabajo y encontró empleo como soldador. Cuando Muriel quedó embarazada el 2012, buscó otra ocupación que me permitiera estar más tiempo con ella y su hijo, en casa. Encontró el aviso de recolector de basura en Providencia. Horario flexible, decía, y lo tomó. “Es una pega mal mirada, pero en el fondo es súper buena: eres tu propio jefe, tienes que recoger la basura, hacerla rapidito, ser amable con la gente y listo. No te voy a decir que al principio no fue chocante: ponerte atrás del camión con el olor a mierda es fuerte. La primera semana lloré dos veces: un día terminé hediondo a jugo de pescado porque se reventó una bolsa. Pero ya me da lo mismo. Tengo la nariz pulida. Y lo mejor es que me permite estar en la casa, estar con Amaro (su hijo de 1 año y seis meses), ayudar en la casa. Parezco una nana”, dice riéndose.

Hace un par de meses, un tío les habló a él y a Muriel del casting para un programa de cocina que estaban anunciando en la tele. Muriel lo inscribió sin preguntarle. Un día lo llamaron para que se presentara a una prueba. Le dijo a su señora: “Si me piden plata o una tarjeta de prepago, los mando a la chucha”. Finalmente en la prueba donde había 800 postulantes, Ignacio cocinó frente a La Moneda. Mientras, miraba para el lado y veía unos montajes de platos de película, con hojas, botellas de vino abiertas, harta utilería. “Vámonos para la casa, Muriel”, le dijo en un corte comercial. En vez de eso, recibió la cuchara de palo que lo seleccionaba para el programa. “Con esto estoy servido y pagado. Me puedo pegar la quebrada de que cocino rico, pero no sé si voy a ganar. No me creo ningún cuento. Ojalá que se me abran otras puertas, que sea una plataforma para surgir y mejorar nuestra vida. Dejaría la pega de la basura si me pagan más lucas, pero si es lo mismo y tengo que estar esclavizado 8 horas donde me estén mandando, ni loco”, dice.

Ignacio camina de regreso hacia su casa mientras deja encargado su puesto en la feria. Tiene hambre, quiere prepararse algo rápido, no tomó desayuno. “Qué hacís aquí, ahora que sales en la tele”, le preguntan. “Las monedas las tengo que hacer igual”, contesta él a viva voz.

-¡Te tengo fe! -, le grita una voz masculina a lo lejos

– ¡Yo también me tengo fe! -, dice él.

En el camino, se encuentra con Muriel, el pelo largo, negro, la sonrisa dulce. Muriel lleva el coche donde Amaro toma un jugo en caja. La casa de ambos es linda, grande, impecable, un columpio en el patio delantero, varias plantas que Ignacio sembró y cuida con esmero. También plantó un rosal afuera, en el pasaje. En la cocina, fríe unos huevos, cebollas, echa unos fideos hechos, se los come untados en un pedazo de marraqueta mientras Muriel le sonríe en el lenguaje cómplice que tienen las parejas que además son amigos. Afuera está la patineta en la que Ignacia se va y regresa de su casa al canal y viceversa y que hace unos días un niño quiso robarle en la micro.

  • Pasa el skate -, le dijo el chiquillo.

Ignacio se rió para sus adentros. “Ah, tú quieres robarme el skate”, le contestó. Le hizo una señal para que se acercara y tomara la patineta. Con ella le dio un golpe y lo empujó por la puerta trasera de la micro hacia abajo. “Tengo mi carácter. Crecí en poblaciones. Me enseñaron a defenderme. Me gustaría ser mi propio jefe, sacarme la mugre para nosotros con la Muriel, vender sanguches gourmet en la feria, algo piola. No puedo pensar en tener un restaurante si no tengo dónde caerme muerto”, reflexiona. El realismo de haber vivido el rigor de la calle. Ignacio termina de comer y sale con Muriel y Amaro de regreso hasta su puesto de la feria, caminando por avenida Independencia.  Ignacio va con frecuencia a ver a su abuela al cementerio donde vende flores. A su mamá la ve poco, se quieren, pero chocan mucho. Hace unos días ella le mandó un mensaje en el que le decía que se sentía muy orgullosa de él, de lo que estaba haciendo, de todo. Su padrastro dos se perdió hace años en la droga. De su papá biológico no supo más, pero hace unos días una hermana suya por ese lado lo agregó a Facebook: lo vio en la tele y lo reconoció. Ignacio aceptó su solicitud de amistad. Quiere conocerla a ella y a su sobrina. En el brazo izquierdo, tiene tatuado una R y el número 31 que representan a sus dos mejores amigos. También un pirata, como le pusieron después de la parálisis. La fecha de nacimiento de Amaro, Muriel al costado izquierdo, Amaro en letras grandes a lo largo del pecho. Y el único tatuaje que se hizo siendo menor de edad: una M en el brazo derecho. Una M muy parecida, por no decir idéntica, a la M de Master Chef.

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