El amor en los tiempos de Tinder

TINDER FOTO

Los solteros tienen una nueva herramienta para conocer gente. Tinder es una aplicación en el celular que crece 5% cada día en Chile y que tiene más de 300 millones de usuarios en el mundo en la que puedes seleccionar o descartar candidatos para tener citas a ciegas. Me gusta, no me gusta. Corazón o cruz. Así de fácil. Este es el testimonio de una reportera en búsqueda de un descongelamiento virtual y el relato de usuarios frecuentes que desmenuzan la oferta, fiascos y aciertos de este catálogo amoroso llamado Tinder.

Muchas personas me lo habían recomendado. Baja Tinder en tu celular, Pepa. Funciona. Conoces gente. Vas a tener citas. Tienes que tener citas. Llevas mucho tiempo sola. Yo hice oídos sordos. Estaba muy feliz en mi soltería. Pero cuando mi sobrino de 10 años sugirió que me metiera a un reality para encontrar un pololo, me alarmé. Ok, estaba muy ensimismada y ermitaña. Al menos podía ver de qué se trataba tinder. Bajé la famosa aplicación para tener citas, que en el mundo ya tiene 300 millones de usuarios, que une más de 10 millones de parejas por día y que cuyo uso en Chile crece un 5% a diario. Lo instalé y lo desinstalé a la media hora: me dio un pudor más espantoso que si me hubiera quedado pilucha en mitad de la Alameda. ¡Era un catálogo de seres humanos! Seleccionabas el rango de edad de los hombres que querías conocer, la cantidad de kilómetros cerca de ti a los que querías encontrarlos y listo. Ahí aparecía el catálogo: Juanito, 33 años, foto de Juanito haciendo surf. Periquito, 35, foto de Periquito arriba de un auto deportivo. Una le daba cruz o corazón si te gustaba el susodicho. Si tú le gustabas de vuelta, recién podían chatear. Y luego, quizás, conocerse. Lo tuve que desinstalar. No por mí, sino por los chiquillos en cuestión. ¿Cómo yo iba a discriminar a alguien por dos fotos? ¿Y si era feo, pero simpático o buena gente? Me salió la intelectual que llevo dentro. Hice puras cruces para no darle el favor a nadie. Miré (porque finalmente soy periodista y la curiosidad me matará), me encontré con conocidos, me dio una vergüenza monumental y lo cerré.

Hasta que bajé Tinder hace unas pocas semanas de nuevo. Porque las mujeres somos contradictorias, pero especialmente porque vi que gente sensata, potable, inteligente y cuerda lo usaba como una herramienta más para conocer a alguien o por último, ampliar el círculo. “No seas tonta grave”, me dijo una amiga. “Al final haces lo mismo en un bar: ves si el tipo te gusta o no. Bájalo, no pierdes nada”. Así es que después de un año y medio en la sequía más absoluta, acostada y enfundada en un sensual pijama de polar, una noche de lunes le doy una nueva oportunidad. Y empiezo a vitrinear chicos sin cargo de conciencia, dopando a mi intelectual interna. Panorama del día 1: Harto macho mostrando los pectorales frente al espejo del gimnasio o en su defecto, en su baño, cortinas de ducha o inodoro de fondo. Bastantes varones viajados que posan felices en Taj Majal, Machu Picchu y la Torre Eiffel. La sorpresa de que vivo en país de deportistas extremos: mucho chiquillo haciendo surf, esquí, saltando en benji o haciendo canopy, remando en canoas por ríos tormentosos, miles de ciclistas con coquetos enteritos de lycra. Otro buen grupo de tipos piscola en mano o derechamente empinándose una botella, los infaltables giles que aparecen con su polola o señora (mención honrosa a uno que aparece casándose, novia de blanco al lado y guiñándole el ojo a la cámara) y señores arriba de autos que en mi ignorancia automotriz, supongo caros o modernos. Me río. Me río mucho. Lo primero que pienso, es una especie de mantra que repetimos con mis amigas solteras y puntudas: “Soy mala. Por eso estoy sola”.

Al menos no soy la única. Como en vivo, por lo general intimida a los hombres con su personalidad y humor, la periodista y comediante Bernardita Bruffinelli (36) bajó Tinder cuando se enteró de su existencia en mayo de este año, para ver cómo le iba en lo virtual. Se encontró con una oferta parecida a la que veía ahora: “¡La cantidad de ciclistas que hay en tinder es impresionante! Ves mucho chico outdoor, mucho beso con tigre en Tailandia, mucho beso con delfín en el Caribe. Otros posan con autos caros. ¿Por qué? Porque les debe dar resultados. También el que posa abrazado de la cintura de dos promotoras. Ahí te preguntas: ¡quién los asesora! ¡quién! Es una plataforma de humor. Yo me río a gritos”, dice.

Yo también. Me sigo riendo. Cruz, cruz, cruz. Los tacho a todos. Por mala, en mi despiadado descarte, de repente se me pasan guapos a quienes sí les habría dado un corazoncito. ¡Adiós, mi amor! Sigo vitrineando. Pienso que la masculinidad está en crisis en el país. Pienso que debe ser difícil posar varonil sin parecer freak o cursi. Pienso que no se puede confiar ni dar un like a un tipo que se pone como nombre “Calcetín” o “Guapo”. Pienso que nadie puede con biografías que dicen frases de autoayuda de cuneta tipo “La vida es lo que pasa mientras estás haciendo otros planes” o “Piensa, siente, respira, disfruta el trayecto”. Pienso que Arjona ha dañado mucho a nuestro pueblo. Tampoco en esto soy la única. Bernardita me cuenta: “Encontré una biografía que me mató. Decía: “Busco a alguien que me saque de tinder”. Encuentras bastantes copy paste de Deepak Chopra. Otros dicen que no creen mucho en esto de las citas a ciegas. Ese cinismo de no andar buscando cita, es una lata. Hay que asumir que si estás ahí, es para conocer a alguien, ¿o no?”.

Pues claro. No puedo ser tan mañosa. Empiezo a dar algunos corazones. Porque tinder tiene harto de fauna, pero también bastantes chicos normales, potables, incluso guapos. Y aleluya, disponibles. Doy algunos corazones. Compruebo que a las malas nos va bien: a los 10 minutos tengo muchos matchs. Es decir, muchos de mis corazones me dieron corazón a mí. Entonces me empiezan a hablar por el chat. Y así, de un sopetón, paso de estar muerta en vida a muy vigente y matadora. Me habla Juan desde Concepción. Mientras habla conmigo, me cuenta que juega ajedrez virtual con otro amigo. Bostezo. Me habla Klaus, un canadiense que vive en Chile con una espalda más grande que mi casa. Me hablan todos mis matchs. “Una hace hartas compatibilidades. El problema es que pocos concretan en citas”, me advierte Bruffinelli. Paulina Arenas (31), dibujante proyectista que empezó a usar tinder aburrida de repetir eternamente el diálogo inicial de bar – “me gustó esto de vitrinear en mi casa, echada en mi cama” – también me lo dice: “Haces muchos matchs, pero la mayoría de ellos es predecible. Todos tienen el mismo texto: qué haces, cómo estás, hola. Enganchas con el que te dice algo distinto, te hace reír o tiene tema”. No importa, pienso. En diez minutos tengo 10 pretendientes virtuales. Soy una campeona. Estoy en mi mejor momento. La estoy rompiendo. Corazoncito para mí.

***

8:30 de la mañana y ya tengo dos saludos en mi chat de tinder. “¡Hola! ¡Buenos días! ¡Cómo amaneciste!”. Debiera ser halagador para alguien que amanece sola, pero en realidad siento ahogo. Síndrome de Olguita Marina. ¿Y esta gente no trabaja?, pienso. ¿No digo? Soy mala, por eso estoy sola. Día 2 y ya tengo a varios de mis candidatos buscando diálogo, pero todos me parecen muy aburridos. “Yo descarto a los que esperan que yo les hable primero, a los fomes, a los que se sacan el pillo que están recién en tinder o no creen en esto o los que quieren verte al tiro porque no resisten una conversación”, me explica Bernardita. El problema de la cita a ciegas, es que la posibilidad de que sea un fiasco es alta. Altísima. Paulina salió con tres. De ellas, una fue un desastre, otra un desastre divertido, la otra ni buena ni mala. “Con el primero coincidimos en un recital. Era muy pesado, se creía la muerte, era muy insistente. No hubo onda. El segundo era más bajo que yo. Yo mido 1.80 y lo puse en mi biografía. Pero parece que él no la leyó. Llegué a la cita entusiasmada, pero cuando se paró a saludarme, yo me agaché a saludarlo. Pero nos llevamos súper bien. Fue divertido”.

De las seis citas que ha tenido por tinder, Bernardita recuerda una como un fracaso: el ególatra que la cuestionó por tener nana y que le dijo de entrada que una mujer nunca lo había hecho reír. “Le salía el ego por las orejas. Era como un argentino en crack. Con la primera estupidez que dijo, se me olvidó todo lo mino que era. Duró una hora. Los dos nos queríamos ir. Fuimos diplomáticos, pero el abrazo final fue un témpano de hielo”.  Sin embargo, también tuvo aciertos: un chico reality que le quitó su prejuicio al respecto y que terminó siendo simpático, culto y divertido. Y dos citas en las que apenas vio a sus candidatos, se felicitó a sí misma. “Es difícil conocer a alguien, especialmente a esta edad. Por eso prefiero usar tinder desde mi cama o aburrida en la fila del banco, que producida en un bar. Creo que puedes encontrar el amor en cualquier parte”.

Franco Rojas (35), traductor, es un galán en tinder. Lo usó durante 4 meses porque “era una herramienta fácil para conocer minas”. Guapo como es, tuvo un éxito arrollador: alcanzó a tener 200 compatibilidades, concretó 39 citas y con casi la mitad de ellas, tuvo algo más que un encuentro a ciegas. “También tuve chascos: dos veces llegaron chicas, pero con 20 kilos más que en su foto de perfil. No les dije nada, pero la hice cortita. Un caso fue terrible: ella era guapa, pero pesadísima. Habló toda la cita de sí misma. Fue una batalla de egos. Al final, me dijo: “Cuéntame algo de ti”. Ya era tarde. Era una vaca de espíritu”. Si los chilenos son aburridos en el abordaje, Franco dice que las chilenas, por lo general, son doble estándar y conservadoras. Que a diferencia de las extranjeras, muchas compatriotas quisieron saber con cuántas mujeres de tinder había salido antes y lo primero que le preguntaban en qué trabajaba, calculando cuánto ganaba. “Con otras lo pasé bien, tuvimos sexo y a la segunda cita, no querían repetirlo. “No quiero que me agarres para el leseo”, me decían. Creo que muchas buscan pololo o marido, pero otras no se atreven a reconocer que sólo quieren pasarlo bien”.

La estadística se confirma en mi tinder: poca acción ahí. Pocaza iniciativa. Día 3: converso con Lucas, un musculoso estupendo que habla a puros monosílabos. Converso con Klaus, el canadiense de espalda inmensa, pero escasa chispa. Converso con Francisco, un papá soltero que solo habla de su hija. Converso con Patricio que tiene una sonrisa alba, pero solo repite más de lo mismo. Excepto Diego, quien al poco rato me pide el whatsapp para seguir conversando. Diego me cuenta cosas de su vida, es simpático, no se pasa de revoluciones. Parece un chico normal. Lo normal, que es lo más anormal del mundo. Ese mismo día, me pregunta qué pienso acerca de estar soltera.

– Que no por estarlo, estoy coja. Y solo dejaría mi soltería entretenida por algo que me sume.

-¿Y desde cuándo alguien no te suma?

– Desde 1981 -, le contesto, para probarlo.

Diego se ríe. Los dos nos reímos. Punto para Diego. Primer punto para tinder.

***

Después de salir y salir con un ejército de chicas, de haber gastado más de 300 mil pesos en 4 meses de romances y de tener hasta dos citas por día, a fines de junio Franco decidió darse un receso de tinder. “Se salió un poco de control. Es entretenido, sube el ego, pero al final cansa. Tienes que andar mintiendo a cada rato. Al final estaba confundido. Las minas se enganchan, les cuesta separar sexo del compromiso. Buscan pololo, pero en tinder no hay amor”, dice.

Felipe Gatica, (30), periodista, no piensa lo mismo. En febrero descubrió la aplicación. Salió con varias chicas: con una colega simpática, pero que no le gustó, con una ingeniera que buscaba pololo a toda costa y que lo invitaba con insistencia a su casa, una chica que alegó por todo y con una actriz que terminó llorando por el aniversario de muerte de un pariente durante su primera cita. Hasta que en mayo conoció a Constanza Meza (25), periodista. Después de terminar una larga relación, Constanza había descargado tinder sin mucha fe, pero su hermana y su mejor amiga la convencieron de hacerlo. Hizo algunos matchs, pero que nunca la invitaron a salir. Hasta que en su cumpleaños, el 27 de mayo de este año, Felipe Gatica le preguntó: “Si fueras un mueble, ¿qué mueble serías? Estudio psicología del consumidor”. A Constanza le llamó la atención la originalidad de la pregunta y siguió conversando con él. Mientras estaba comiendo sushi con sus amigas, celebrando su cumpleaños, seguía chateando con este desconocido que la mantuvo entretenida cinco horas seguidas. Felipe la invitó a salir. Se juntaron pocos días después. Inmediatamente hubo química. Tres días más tarde y después de un viaje corto por trabajo, Felipe la fue a buscar al aeropuerto. Apenas lo vio en la salida de pasajeros, Constanza le dio un beso.  Al día siguiente, fueron a un mirador donde ambos decidieron desinstalar tinder al mismo tiempo y se pusieron a pololear. “No veo ninguna diferencia entre conocer a una persona en un bar que en tinder. Miras, encuentras atractivo a alguien y lo conoces. Es una herramienta más. Pero nuestros papás no saben que nos conocimos así: creen que fue por amigos en común”, dice Felipe. Constanza agrega: “Es que mi papá era de los que me decía siempre que no saliera con un desconocido, que tuviera cuidado con internet”.

“En tinder hay de todo. Gente que busca pareja, gente que busca sexo. No es para  perdedores: es una herramienta maravillosa que te da seguridad – porque te vas a juntar con alguien que también quiere conocerte – y que le permite a la gente más tímida acercarse a otra persona sin que se lo coman sus miedos personales”, dice Bernardita.

Día 4 en tinder: aumentan mis compatibilidades. Mi lista de candidatos crece a unos 20 y eso que soy avara y exquisita con mi entrega de corazones. Pero Diego les lleva millas de ventaja a todos mis candidatos. Me ha mantenido entretenida e intrigada por chat. Más ahora que me invita a salir el sábado. “¿Cajón del Maipo? ¿Casablanca? Me encanta ir de paseo”, me dice. Me acuerdo de Bernardita y su táctica para las tinder citas: “La primera vez salgo de día, a un lugar público para asegurarme y voy de buzo y sin maquillaje. Si te ven mal la primera vez y aún así después quieren verte, ese hombre vale la pena”. Buzo jamás. Sin maquillaje menos. Pero le pongo freno a Diego: “En Santiago, de día. Almorcemos o nos tomamos un café. No te conozco para ir lejos”. Espero su respuesta. Me dice que entiende mis reparos y que almorcemos en un rico restaurante el sábado en Santiago. Acepto. Tengo una cita. Dios me ama.

Horas más tarde pienso que Dios no me ama tanto, sólo graba una sitcom con mi triste existencia: casi al anochecer de ese mismo día me doy cuenta de que como un volcán imparable, me va a empezar a crecer una espinilla ciega en la pera. Sí, una de esas malditas. ¡A mis 33 años! No es justo. Me junto con unas amigas en la noche. Todas chillan: “¡Qué vas a hacer con esa espinilla, Pepa! ¡Qué mala suerte!”. Me acuesto deprimida. Me pregunto qué querrá el Señor de mí.

Día 5 en tinder: un día antes de mi cita, decido que como esta situación es imposible de ocultar, debo resolverlo a lo Pepa. A lo bruto nomás. Whatsapeo a Diego: “Diego, ¿qué opinas de las espinillas ciegas?”, le escribo. Recibo muchas risas de vuelta. Y luego, Diego dice: “Creo que las espinillas son un detalle sin importancia, solo eso”. Me tomo una foto de mi pera en erupción y se la envío. Diego se ríe aún más. Como ya sabe que además soy alta, bromea con que no importa mi espinilla porque él mide un metro 50 y todo será un chasco mañana. Nos reímos a carcajadas. Más puntos para él.

Día 6 en tinder: camino hasta el restaurante donde me espera mi cita a ciegas. Voy con una cantidad de estuco considerable sobre mi espinilla, pero bien arreglada, caramba. Apenas me ve, Diego se pone de pie y me saluda sonriente. Efectivamente es un poco más bajo que yo, pero un poco nada más. Rápidamente eso se me olvida: Diego es entretenido, vital, se ríe mucho, cuenta historias, huele rico y es un caballero. Después del almuerzo vamos a pasear. No paramos de conversar ni de reírnos. La conversación fluye sola. Ninguno de los dos, tiene intenciones de terminar la cita. Tres horas más tarde, seguimos caminando y conversando como si nada por el parque Forestal. “¿Nos tomamos una copa?”, me pregunta él. Yo acepto. A nadie le falta Dios. Ni a la gente con espinilla ciega en la pera.

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