Comer, rezar y amar en el norte chico

Febrero 2015, revista Ya El Mercurio

IMG_3204

Después de pasar varios meses con problemas de salud, la periodista Pepa Valenzuela decidió retirarse unos días para sanar en Guangualí, en el valle del Quilimarí, IV región. Este es su relato de cómo la desconexión, la comida de campo, la energía de los cuarzos y el cariño pueden reparar y fortalecerte desde adentro hacia afuera.
El cuerpo habla. Y cuando el cuerpo habla, hay que escucharlo. Mi cuerpo me dijo que viniera hasta aquí y por eso, ahora voy sentada en el asiento del copiloto de la camioneta que avanza por el valle del Quilimarí, rodeado de cerros, algunas casitas de colores y cactus, mientras la mujer vestida de blanco maneja y me sonríe con todos sus dientes, con toda su cara, también con los ojos. Por estos lados, nadie le dice por su nombre real – María Alicia Haeussler (61) –. Todos la conocen como Titi. Y aunque solo hace tres minutos pasó a buscarme a la pasarela del Quilimarí donde me dejó el bus con mis cachureos, ella me sonríe así y yo siento que la conozco desde siempre. Quizás de otras vidas.
La parte posterior de la camioneta va llena de cajas con verduras y frutas frescas que Titi compró en Quilimarí. Ahora vamos a su casa, la Casa Guangualí, un oasis verde en mitad de estos cerros resecos, un terreno repleto de flores, árboles frondosos, pinos, mariposas, estatuas, rincones con mesitas y sillas para sentarse a descansar o a contemplar el paisaje, hamacas al aire libre y tinas de baño a la intemperie. La Casa Guangualí es un refugio mágico custodiado por ángeles, cuarzos, budas, vírgenes, santos católicos, deidades hindúes, búhos, hadas y brujas. Era su lugar de veraneo familiar, pero después de sufrir un accidente de tránsito el 2009 que le revolvió la vida y la dejó literalmente mirando hacia el norte, Titi decidió vender su propiedad en Santiago y venirse a vivir aquí hace cinco años. Tenía la sospecha de que tenía una misión espiritual pero ahí se convirtió en una certeza. Entonces abrió las puertas de su casa – y luego de cinco cabañas que ha ido construyendo con el tiempo – a quienes necesitan una desconexión en la naturaleza, un tiempo para encontrarse o un espacio donde sanar. Por 65 mil diarios todo viene incluido: el alojamiento, las tres comidas al día, jugos de frutas, aguas de hierbas, meditación al atardecer y lectura de cartas de ángeles, las camas de cuarzo. Los masajes y baños son aparte. A Casa Guangualí la mayoría llega por dato y con ganas de tener un retiro para apaciguar el cuerpo o el espíritu. Para sanar en toda su amplitud.
A eso vine yo: a sanar. Desde hace un poco menos de un año, mi cuerpo que siempre fue un todoterreno, mutó radicalmente. De repente, ya no podía comer de todo sin que me cayera mal. De repente, una lesión leve de corredora se eternizó en mi pierna izquierda. De un minuto a otro, yo, que era tan fuerte, me había fragilizado por completo. Ya no podía hacer cosas básicas que daba por hecho, como comer y caminar. Entonces, empecé a transitar por el largo camino de la vulnerabilidad. Mientras daba la pelea por recuperar mi salud– recurrí a la medicina alópata, acupuntura, biomagnetismo, terapias holísticas e incluso kambó, el veneno de una rana del Amazonas que supuestamente cura varios males – también pasé por todo el circuito emocional de sentirme enferma de manera sorpresiva y no poder encontrar una solución rápida o lógica a lo que me pasaba: resistí, me negué, me hice la sorda, pretendí bajarle el perfil, seguir haciendo mi vida como si nada pasara. Tuve rabia, pena, lloré muchas veces, desesperé, me pregunté por qué a mí y por qué no lograba sanarme. Hasta que entendí lo evidente: mi cuerpo no era un servicio de utilidad pública. No era un mesón de atención al cliente donde yo pudiera ir a reclamarle por botarse a huelga. ¿Por qué daba por hecho de que tenía que funcionar bien hiciera lo que yo hiciera con él? A pesar de todo lo que yo le había echado encima, de llevarlo a extremos, de dormir poco, de haber fumado durante mucho tiempo, de atiborrarme de basura por años, él había resistido. Él me había acompañado en perfectas condiciones cuando más lo necesité. En vez de alegarle, tenía que darle las gracias por no haberse derrumbado antes. Así aprendí que el cuerpo tiene una nobleza única: sólo se expresa y se enferma cuando ya ha pasado lo peor de la tormenta. Si otra cosa supe con todo esto fue que todo descalabro interno termina siempre por salir al exterior. Por hablar a través del cuerpo.
Ahora ya no estoy tan frágil como hace seis meses. Estoy un poco mejor, pero no recuperada del todo. Por eso vine hasta acá a terminar mi sanación en medio de la naturaleza y en paz. En este valle mágico lleno de cuarzos y minerales que dicen, alinean hasta el más porfiado de los organismos. Después de unos exquisitos porotos granados de campo que me dan de almuerzo, me voy a mi cabaña que parece de cuento infantil. Ahí, me recuesto al lado de un ventanal y miro cómo el viento mece las hojas de los árboles. Me va dando sueño. ¿Hace cuánto tiempo no me quedaba dormida así, oyendo el silencio?
***
En cada recoveco de la casa hay una sorpresa: un círculo de piedras para hacer fogatas nocturnas. Tinas calientes al aire libre, rodeadas de flores. Camas de cuarzo escondidas detrás de cortinas de bambú. Una sala de meditación de madera adonde entro descalza al atardecer. Todo lo ha hecho Titi, a pulso, sembrando cada árbol y planeando cada rincón. En Casa Guangualí los huéspedes nos juntamos en el comedor de la casa principal para las comidas y todas las tardes hay una meditación con lectura de cartas de ángeles o cuencos tibetanos a la que se puede unir quien quiera participar. Es algo voluntario. Me siento en el círculo de cojines puestos en el suelo y alrededor de una alfombra blanca, peluda y calientita. A mi lado, se sienta una pareja, todos cruzamos las piernas y erguimos la espalda. Cerramos los ojos. Titi dirige la meditación. Inhalo, exhalo. Inhalo, exhalo cuarzo, la montaña, el aire limpio. Inhalo y siento cómo ese aire circula por todo mi cuerpo. Exhalo. Siento que estoy a salvo. Al abrir los ojos, Titi esparce en un círculo, cartas de ángeles sobre la alfombra. Cada cual saca una. Doy vuelta la mía. “Somos los querubines y hemos venido a colmarte de alegría y amor”. Titi lee el significado de la carta en un librito: los querubines son sinónimo de gozo, felicidad, alegría, liviandad, humor. En mi lista de sueños para este 2015 había puesto precisamente eso: recuperar la alegría. Después de llevar tanto rato enferma, sentía que la había perdido. Cuando te sientes mal físicamente de manera constante, cuesta conectarse con la felicidad. Me había apagado. Sentía que de algún modo se me habían quitado las ganas de vivir. Por eso la carta me cae como anillo al dedo. Me emociono y Titi también se emociona conmigo, como si fuera capaz de leerme. Tiene esa extraña cualidad: pareciera leer bien a todo el mundo y los acoge a todos con el mismo cariño, con abrazos, con palabras cariñosas, sonriendo, es pura energía luminosa en una sola persona. La carta dice que repita: “¡Que viva la vida!”. Repito: “¡Que viva la vida!” en voz alta. Esa noche, duermo como un tronco.
***
Despierto con la luz que se cuela en una ventanita pequeña y alta, casi en el techo de mi cabaña. A través de ella, puedo ver cómo se menean los árboles. Escucho un gallo cantar a lo lejos. Desayuno frutas, pan integral hecho en casa con huevos de gallina feliz que saben muy distintos a los que como en Santiago. Desayuno con Titi que me pregunta cómo dormí, que me da un abrazo apenas me ve y que descubro vive sonriendo con los ojos. Titi es de esas personas que eligió ser feliz y como tal, ignora lo malo y amplifica lo bueno. Para ella todo es rico, bonito, precioso. Yo también. Pepita linda, me dice y a mí me dan ganas de que sea algo así como mi madrina.
Parto a la piscina, a recostarme con un buen libro. Allí ya están instaladas dos de las tres parejas que están alojando acá. Al mediodía descorchan un vino. Una de las chicas tuvo un cáncer hace pocos meses, pero se ha dedicado básicamente a beber. Con su marido compran en Quilimarí – en Casa Guangualí no están incluidos los tragos – y beben a lo largo del día. La chica no come frutas ni pescado. Pareciera estar más interesada en la cerveza. Cuenta anécdotas etílicas de las que se ríe de buena gana. Debe estar en su etapa de negación, cuando pretendes que la enfermedad no ha entrado en tu cuerpo y quieres continuar igual que siempre. Cuando intentas probarte a ti misma de que puedes hacerlo todo de todas formas. Pero en realidad cuando te enfermas, cambias. Y te das cuenta, tarde o temprano, de que no puedes operar igual que siempre. Ves cuán afortunada eras antes, cuando estabas sana e ignorabas la suerte que tenías. Y entiendes que si quieres sanar, tienes que reajustar tu vida y tu rutina. Sobre todo, si tu rutina es enfermante. Incluso si para hacerlo, debas cambiar de lugar. Eso hice después de mi resistencia: cambié para darle a mi cuerpo lo que sí necesitaba. Aprendí a cocinar más sano, a elegir mi alimento (y descubrí que la mayoría de lo que llamaba alimento no contenía nada de alimenticio), me deshice de todo lo era tóxico para mi organismo: ya había dejado de fumar, pero saqué de mi dieta todo producto procesado, dejé de beber alcohol, abandoné los trasnoches. Si estaba débil, necesitaba recuperar fuerzas y no dañarme aún más. Aprendí a cuidarme y a hacerme cariño. Aprendí mucho acerca de mi nueva fragilidad cuando asumí que estaba ahí. Eso pienso mientras miro a la chica brindar en la piscina.
Leo. Almuerzo. Me recuesto en una reposera a la sombra. Leo. Duermo. Siento cómo el viento me sopla la piel. Y en la tarde, camino como un zombie hasta una salita con una camilla y olores silvestres donde me espera Jessica Barahona para hacerme un masaje ancestral. Jessica es morena y tiene las manos grandes y fuertes. Nació en Quilimarí, su familia es de componedores de huesos y curanderos. Ella dice que siempre la dejaron ser porque en el campo, en Quilimarí, mirar las estrellas, inventar juegos, ver a la Virgen, ver más allá, eran cosas normales. Por eso, afirma, lo suyo más que un masaje, es una cura ancestral. Jessica siente que los cuerpos le dicen cosas. Que en los músculos puede palpar cuando, por ejemplo, alguien nació prematuro o cuando hay energía atascada: los nudos, son según ella, problemas del alma. Así estoy más de un hora mientras Jessica, con un aceite de eucalipto que ella misma prepara, masajea mi espalda, mis piernas, mis brazos, mi mandíbula, la cabeza y saca con sus manos cálidas y fuertes, negatividad anquilosada en mis huesos. Después me alinea los chacras con un péndulo. Tenía bloqueos en el estómago y el corazón. “¿Qué te dijo mi cuerpo, Jessica?”, le pregunto. “Llevabas envidias en la espalda y miedo en la pierna. Pero está terminando tu proceso de sanación. Tu cuerpo me dice que éste es un renacimiento”. Asiento. Yo también creo lo mismo. Que estoy renaciendo y para hacerlo, tenía que morir un poco.
En la noche, hacemos una fogata alrededor del círculo de piedra. Titi nos da las gracias. Dice que un pedacito de nosotros se quedará allí, con ella. Y nos entrega a cada uno una espiga de trigo para que la lancemos al fuego con una intención. La mía es ésa: Renacer. Renacer sana, mejorada y feliz.
***
Ayer llegó una monjita a la casa. Titi me ha contado que acá llega de todo tipo de gente: parejas, mamás con niños, actrices, poetas, extranjeros, gente que busca más carrete que paz también. “La mayoría llega en una misma sintonía espiritual. Pero de repente, aparecen otros que vienen en otra. Es un espejo para medir mi tolerancia”, dice. Ahora la monjita vino con su hermana biológica a despejarse porque estaba muy cansada y necesitaba prepararse para un cambio importante: en su congregación la ascendieron y va a ser jefa de varias hermanas, pero eso significa que tendrá que dejar el colegio y el trabajo con niños que a ella le gusta tanto. Bajo un toldo de la piscina, con la Biblia en la mano, me dice: “Tenemos mucho tiempo para hacer y poco para ser, ¿cierto?”. “Cierto”, le contesto. Recostada bajo el sol, saco mi celular y miro por primera vez mis correos. Error. Ahí solo hay histeria. Rapidez. Instantaneidad. Me piden respuestas urgentes. No contesto. El apuro también se alojó en mi cuerpo y es hora de expulsarlo haciéndole la ley del hielo. Nada es más importante ahora que mi salud. Me quedo ahí quieta, leyendo, sin reloj. Al rato una chinita se posa en mi brazo, otra en la pierna izquierda, una tercera en mi estómago. Recuerdo que hace un tiempo, soñé que me bañaban en unas aguas curativas en la India. Sé que era la India porque había muchos indios en el sueño. Alguien me remojaba allí y cuando emergía del agua, todo mi cabello estaba cubierto con chinitas. Al día siguiente busqué el significado de soñar con ellas. Sanación, decía en varias páginas que encontré.
Pastel de papas casero en una fuente de greda, jugo de menta, cedrón, melisa, limón y ortiga. Ensalada de lechuga, apio, palta y jengibre. En Casa Guangualí el alimento se ha transformado en mi medicina. Cada bocado de esa comida de campo sana, sin químicos ni artificios, me está reparando por dentro. Los jugos con hierbitas que prepara Norma, las ensaladas orgánicas, los huevos de gallina feliz muy amarillos, el pan amasado, la merluza con puré, las agüitas con lavanda, menta, las sandías, melones y piñas, las cremas de verduras. Todas esas delicias que prepara Titi con Rosita, la cocinera, que es nacida y criada en Guangualí. Cuando tenía 12 años, a Rosita la mandaron a trabajar de nana a Santiago. Duró 3 años. Allá aprendió a cocinar con su patrona de Providencia, pero a Rosita no le gustó nada la ciudad. Le pareció demente el apuro y que la gente no se conociera entre sí, que pasaran por el lado sin saludarse. Así es que regresó y ahora prepara sus platos acá para los pasajeros de Casa Guangualí donde dice que Titi le ha enseñado a hacer cosas raras, pero deliciosas. De postre, hay helado con hierbas. Como helado después de casi 7 meses sin haberlo probado. Como contenta y confiada y mi cuerpo lo recibe sin reclamar.
En la meditación de la tarde, Titi toca sus cuencos tibetanos mientras yo, con los ojos cerrados, siento cómo esa vibración oriental me traspasa. Las cartas mágicas me dicen ésta vez: Paciencia, que todo se va a concretar, pero en un tiempo más. Y me arrojan un número: 677. Doble fortuna. Júbilo. Bienestar.
***
Despierto tarde. Mientras la monjita pinta mandalas en la sala de meditación con su hermana, yo me tiendo un rato en la cama de cuarzo y me arropo. Me quedo dormida un rato largo que no sé cuánto es. Acá no miro el reloj. Al almuerzo, disfrutamos unos garbanzos con mote inolvidables. Mientras, Rosita nos entrega a mí y a la monjita las recetas de sus delicias. Las dos anotamos, ella en una libretita, yo en mi celular. Jugo de naranja y albahaca. Cremita de papas, acelga y cebolla. Crema con zapallos italianos, apio y perejil.
En la tarde, me siento con Titi a conversar en la terraza un poco antes de la meditación. Titi es una especie de madre universal. Abraza con afecto. Habla sin dobleces de cosas que no todos pueden ver. Cree en el universo. Tiene cuatro hijos en Santiago, una nieta que la tiene loca de amor, como dice ella y ganas de aprender cada día más: ahora está estudiando unas cartas de medicina y constelaciones familiares. Me ha contado pedacitos de su vida con total confianza y yo también me he abierto con ella con una facilidad que solo se produce con gente que está conectada de maneras misteriosas. Titi me ha regaloneado de lo lindo estos días. Ha hecho que me preparen comida especial para ayudarme en mi recuperación. Me ha cuidado con amor. Me ha hecho cariño preocupándose hasta de los más mínimos detalles, como envolverme con sus chales de lana en la noche, para regresar abrigada hasta mi cabaña. En la última meditación, mientras estoy sentada con los ojos cerrados, Titi toca un tambor y canta. Entona melodías de cuna. Después me confesará que esas melodías me la estaban cantando desde el otro lado. Las cartas de esa noche: La Gloria y Honrar mis verdaderos sentimientos. Titi me dice: “Tú ya diste un salto cuántico y no hay vuelta atrás. Es la última etapa. Siento emoción porque ya nos conocemos. Ya nos conocíamos. O sea, nos reencontramos”. Yo le cuento que desde el primer minuto, pensé lo mismo. Nos abrazamos largo rato. Y ese abrazo se siente muy cómodo y cálido porque es un abrazo de verdad.
Apenas entro a la casa, me doy cuenta de que el comedor está distinto. Hay guirnaldas de colores, sorpresas envueltas en papel morado en cada plato, dos regalos en uno, velas amarillas encendidas y flores. Aunque falta una semana completa, Titi me organizó un cumpleaños sorpresa adelantado. Con la monjita, su hermana, Jessica, Viviana – que también ayuda a Titi por las tardes – y Titi, nos tomamos fotos. En todas estoy riéndome tanto que pareciera se me fuera a salir la boca del rostro. Abro los obsequios: es un hada con alas de fieltro y dos tacitas con sus platos con vaquitas que dice: “I Love you”. “Para cuando encuentres a tu amor”, me dice Titi. Al día siguiente Rosita me entregará preparado pan integral hecho con sus propias manos y un remedio con miel y aloe vera para mi estómago, para que me lo lleve conmigo de vuelta a la ciudad.
Comemos tortillas, ensaladas de tomate con albahaca, pan integral. Desde la cocina, Titi aparece con una torta con velas encendidas. Soplo, pido deseos, pero sobre todo doy las gracias. Sin darme ni cuenta es primera vez en muchos meses que ni siquiera he sentido mi cuerpo. Me siento tan bien que poco a poco me he olvidado de que estaba enferma, que estaba débil. Porque estaba, ya no estoy. Después de casi cinco días aquí, mi cuerpo es otro. Mi cara, mi mirada, mi ánimo, mi piel son otros. Mis dolores se han ido. O al menos se han quedado en silencio durante estos días. Y no es magia, sino lógica. Porque si otra cosa aprendí acerca de la fragilidad es esto: las penas te enferman físicamente. Pero el amor te sana. Y aunque suene a frase hecha, así es: el amor sana. Sanas mejor cuando te quieren. Sanas mejor cuando alguien te cuida y te hace cariño. Sanas mejor cuando sabes que ya no estás sola. Cuando te vas lejos para renacer y con ello, te acercas a lo que te hacía falta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s