Contrastes de Abu Dhabi

Enero 2014. Revista Domingo.

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De excéntricos rascacielos a mujeres cubiertas por completo. De tiendas de lencería con plumajes sensuales a la solemne mezquita Sheikh Zayed. Éste es un recorrido por Abu Dhabi, el rico emirato que algunos empezaron a conocer a través del lujo desenfrenado exhibido en la película Sex & the City, ambientada aquí (aunque -primer contraste- por cuestiones religiosas buena parte se filmó en Marruecos).

Dicen que la vida está llena de contrastes. Un día estás arrastrando tu carrito de compras de 4.990 por uno de esos supermercados enanos de Santiago Centro, y cuarenta horas más tarde figuras arriba de un Audi negro 2013 con un chofer terneado, mirando por la ventana los edificios enormes e iluminados de Dubai camino a Abu Dhabi, en Emiratos Árabes Unidos. Sí: dos días después de no encontrar ni la mitad de los productos que buscabas en ese supermercado, vas rumbo a un estado que sólo sabías que existía gracias a la película Sex & the City, cuando viste en la pantalla a Carrie Bradshaw y a sus amigas viajar hasta allá en un avión con camas, llegar a un hotel lujoso con mozos personales y andar en camello por el desierto vestidas con prendas neoyorquinas de diseñadores exclusivos.

Así es la vida: un día eres una niña que veranea diez días en El Quisco con su abuela y su mamá y que con suerte tiene plata para fichas de flipper, y 19 años después estás sentada en un asiento business de Emirates que se reclina en 180 grados, frente a una pantalla de televisor más grande que tu tele en Santiago y con más de dos mil canales y hasta wifi, una bolsita con calcetines y antifaz para dormir, un kit de aseo con productos Bvlgari, atendida por una azafata con un coqueto velito unido a su gorra, comiendo un menú a la carta -pollo que se deshace en la boca con cuscus, quesitos, mousse de chocolate- y tomando champán echada para atrás, pensando que podrías pasar una semana arriba de ese avión sin problemas. Entonces llegas a un aeropuerto de mármol reluciente y cascadas de agua. Subes a ese Audi que te espera como si fueras una faraona.

Y una hora después tu chofer se estaciona en un hotel de gigantescas lámparas de lágrimas y alfombras mullidas mientras un botones más elegante que novio abre la puerta del Audi y te dice: “Welcome to Abu Dhabi, Miss Valenzuela”.24 horas después de un viaje eterno, con un jet lag considerable -ahora en Abu Dhabi hay siete horas más que en Chile- subes a tu pieza que es más grande que tu casa y no te atreves a tocar nada. Porque la tele parece cine, tus pasos se hunden en la alfombra persa y hay una tina con ventanas plegables de madera que conectan con el dormitorio -para que puedas ver tele mientras te bañas- en la que podrías meterte con tu familia completa. Hasta que despiertas al día siguiente y sales enfundada en una bata de millonaria a tu balcón. Entonces ves una piscina que parece lago. El mar de Arabia. Y en la otra orilla, los edificios enormes y las casas color arena de la ciudad. No es un sueño. Estás en Abu Dhabi. Y te sientes afortunada.

***

Khaled Al Suwaidi nos hace señas a mi colega chileno y a mí. Viste su tradicional túnica blanca -kandora- y un pañuelo en la cabeza -hatta-, pero lleva puestos lentes de sol Ray Ban y un celular supersónico en la mano. “Vengan, vengan. Deben estar cansados después de ese viaje tan largo. Vengan a comer”. Luego llama por su celular y dice: “Traigan some nice food”. Khaled nos guía a un salón de reuniones con sillones que parecen tronos y una pantalla incrustada en un muro de mármol que da las noticias en árabe. Cada puesto tiene una mesa con una bandeja de rosas frescas y varias bebidas. Estamos en Abu Dhabi gracias a Khaled y sus colegas quienes invitaron a un puñado de periodistas del mundo y a otros locales al aniversario número veinte del Centro de Emiratos para Estudios Estratégicos e Investigación. Hace un rato hubo una conferencia de prensa: en el estrado había seis miembros del Centro (tres hombres de túnica blanca y tres mujeres con sus túnicas negras -bayas- y el pelo cubierto) sentados frente a unas mesitas con pantallas que cambiaban sus nombres del modo occidental al árabe, y en la que ninguno dijo mucho acerca de lo que hacían. Se limitaron a explicar que estaban celebrando su aniversario y que pronto darían anuncios importantes. También, que querían establecer conexiones con otros centros de estudios del mundo.

Luego nos llevaron a la librería, muy ordenada, con mesas de madera lustrosas y hasta una versión con hojas de oro del Corán, y al centro de prensa. Entonces Khaled nos trajo hasta acá.Un mozo aparece con una bandeja de plata con seis tipos de ensaladas árabes y dos platos de fondo gigantescos con arroz, pastas, carne, calamares, pollo, camarones y puré. Mientras, Khaled habla mirando a mi colega Ignacio. Conmigo no hace contacto visual. Le cuenta que tiene 30 años, que estudió un doctorado en Estados Unidos y que está casado con una francesa. “No quería casarme con una mujer de acá. Ni tampoco quise convertir a mi mujer al islamismo. Respeto su forma de pensar”, dice.

Al rato, salgo al aire libre y encuentro a Khaled fumando un cigarrillo. Le pido uno. Khaled me da la cajetilla entera. En Abu Dhabi no se andan con chicas. Por eso, apenas les mencioné que quería recorrer la ciudad, los encargados del centro pusieron a mi disposición otro Audi 2013, con un chofer indio, para que me llevara a donde me diera la gana. No aceptaron un no por respuesta. Así que acá voy, rodeando Corniche Road, la avenida costera con restaurantes, palmeras y banquitas de madera desde donde se ven los yates millonarios sobre el mar. Me bajo en un mirador. Y ahí están los contrastes de Abu Dhabi: a un lado, varias mujeres con sus pañuelos cubriéndoles el cabello haciendo picnic en el pasto con sus niños. Y al otro lado del mar, los altísimos y modernos edificios con formas estrambóticas que las autoridades del país mandaron a hacer a los mejores arquitectos del mundo. A un lado, la tradición. Al otro, la modernidad y el derroche. El imperio del lujo que Abu Dhabi levantó hace sólo 40 años. Antes de eso, Abu Dhabi era un poblado con 46 mil habitantes, 4 doctores y 5 escuelas. Vivían del cultivo de dátiles y verduras, la venta de perlas y de la pesca. La gente habitaba en casas de barro. Eso hasta que en 1958 los británicos descubrieron que Abu Dhabi estaba asentado sobre un décimo de todo el petróleo del mundo. En 1971 los Emiratos Árabes Unidos se independizaron y cambiaron radicalmente su estilo de vida e imagen ante el mundo. Empezaron a construir edificios, hoteles boutique, avenidas impresionantes como buen país multimillonario gracias a los petrodólares. Tan millonario que en Abu Dhabi se dieron el lujo -valga la redundancia- de tener un museo Guggenheim y un Louvre locales. Ésta es una de las ciudades más caras del mundo. Emiratos tiene un ingreso per cápita de 63 mil dólares: están en el tercer lugar de los mejores ingresos mundiales después de Luxemburgo y Noruega. El sistema de educación es gratuito y las escuelas parecen hoteles. Por sólo 600 dirhams al año -100 mil pesos chilenos aproximadamente- cada habitante tiene acceso a un sistema de salud impecable al que incluso vienen a tratarse desde Estados Unidos y Singapur.

En Abu Dhabi todo funciona y a lo grande. La suntuosidad convive con lo religioso en una curiosa mezcla de país nuevo y reluciente, pero con costumbres antiquísimas.A unos 200 metros del mirador en Corniche Road, está Marina mall, el centro comercial más grande de la ciudad. Adentro, los mismos contrastes: los brillos, las lámparas de lágrimas, las tiendas exclusivas. Pero también salas de oración musulmanas y las mujeres con sus bayas negras, algunas con burka, sólo con sus ojos maquilladísimos al aire, muy perfumadas, sosteniendo carteras Louis Vuitton, Versace o Prada, detenidas frente a vitrinas con lencería extremadamente sexy. Cercano a Marina Mall está Emirates Palace, una construcción apoteósica que parece palacio presidencial de mármol, piedras preciosas, alfombras persas tejidas, fuentes de agua danzantes y cientos de turistas que van a admirar la construcción hotelera más cara del mundo: levantarlo costó tres mil millones de dólares. En el mar se pueden ver las islas artificiales que hicieron como playas paradisíacas para turistas y jeques. Y en tierra, las señales del tránsito en árabe e inglés. Los carteles en cada cuadra con los rostros del presidente de Emiratos Árabes Unidos y jeque de Abu Dhabi, Khalifa bin Zayed Al Nahayan, y su padre, el primer presidente del país, Zayed bin Sultan Al Nahyan. Y cientos de construcciones en progreso cuyos obreros vienen de Filipinas, Malasia, China e India: en Abu Dhabi sólo el 35 por ciento de la población es local. El resto, extranjeros que se asentaron acá siguiendo el tentador llamado de los petrodólares.

“Queremos ser modernos, pero a la vez conservar las tradición”, explica Hasim Al Hosani, el director del centro de estudios, en la cena, para variar de lujo, que nos prepararon nuestros anfitriones para esta noche en el Ritz Carlton.Un grupo de periodistas estamos sentados bajo un cielo de lucecitas navideñas, comiendo camarones, cordero massala, pastas, arroces árabes y unas delicias envueltas en hojas de parra, mientras Hasim nos habla de estos contrastes. “Es difícil conservar la tradición. Los niños no quieren aprenderla: prefieren el inglés al árabe, ven televisión, esto de MTV, no quieren ir a la mezquita. El 70 por ciento de las graduadas en la universidad son mujeres y eso ha provocado que la mayoría ahora sea profesional y trabaje. La tasa de natalidad ha bajado de 9 hijos a 2 en pocos años. Ése es un gran problema”.

-¿Hay pobres en Abu Dhabi? -le pregunto.

-I don´t think so! -contesta por primera vez mirándome a la cara.

Luego Hasim responde su celular. Corta-. “Dicen que viene otra tormenta a Malasia. Tiene nombre de mujer. ¿Por qué todo lo malo tiene nombre de mujer?”

-Porque esos nombres los ponen hombres -respondo sin pensar.

¿Me podría meter en problemas por esto? Quizás. Pero Hasim se ríe.

-¿Chilena? -me pregunta.

-Sí.

-Acá tuvimos jugando al Mago Valdivia.

-Sí. Qué bueno. Acá se comportó. En Chile se portaba muy mal.

Hasim vuelve a reír, divertido. En Emiratos nunca sabes bien cuáles son los límites entre la imprudencia, la ofensa, la ilegalidad y lo espontáneo.

***

El lujo y la tradición también están en el lugar más hermoso de Abu Dhabi: la mezquita Sheikh Zayed. Eso pienso mientras dos guardias vienen corriendo detrás mío gritando algo que no entiendo porque estoy con un vestido hasta la rodilla y acá está prohibido mostrar casi todo: las mujeres deben entrar a la mezquita con el pelo, los brazos y las piernas cubiertas, sin llevar nada ajustado al cuerpo. Pero yo no les pongo mucha atención: estoy embobada mirando la mezquita, un palacio blanco de cúpulas redondas, rodeada de piscinas de agua celeste, con pilares con flores talladas en piedras preciosas y el piso albo también con mosaicos de flores. Mi guía explica a los guardias en árabe que voy en camino a ponerme una baya. Ambos se tranquilizan, pero nos siguen hasta la entrada del recinto. En el subterráneo, una fila de extranjeras y yo nos enfundamos esas capas negras con gorro que nos dejan bien similares a Harry Potter y luego nos dirigimos a la mezquita que terminó de ser construida el 2007, es la más grande de Emiratos y costó 600 millones de dólares.

El lugar es sobrecogedor. Adentro, todo el lujo y la solemnidad de Abu Dhabi: una alfombra de por lo menos 400 metros de largo con flores -tejida por 1.200 mujeres en un año-, pilares de mármol, muros con letras árabes en relieve, lámparas llenas de joyas, muros con flores talladas en piedras y cerámicas, techos altísimos, mucho oro y decenas de turistas descalzos que miran todo boquiabiertos. De pronto retumba por los parlantes la voz de un hombre que lee el Corán. Parece un canto milenario que pone la piel de gallina. Un canto desde las profundidades del desierto. Un canto estremecedor que no hay que comprender para saber que le está hablando directamente a tu alma.En Sex & the City, las amigas cantan en un bar karaoke I am Woman y también van a un mercado al aire libre. Por eso le pido al chofer que me lleve a un suk, un mercado, en Abu Dhabi. Sin embargo, me deja en World Trade Center, un mercado cerrado tras muros de madera tallados, el único de Abu Dhabi: por ser una película sobre sexo, Emiratos no permitió muchas grabaciones en el país y varias escenas fueron hechas en realidad en Marruecos, incluidas las del mercado y el desierto.

El bar karaoke también era un mito: en Abu Dhabi no hay mucha vida nocturna. Y casi nadie bebe alcohol. En los supermercados no venden ni siquiera cervezas. Y no existe suk al aire libre. Pero este suk es muy lindo: hay puestos de artesanías con pulseras con piedras de colores y el tercer ojo colgante, lámparas de Aladino, pipas de agua, puestos de especias, perfumes, bayas con vuelos de colores, pañuelos de cachemira, muebles tallados en madera, figuras de camellos, tigres y elefantes. También saleros de una pareja típica: él, para la pimienta, con su túnica blanca; ella, con burka, es el salero. Hay muchas joyas, collares, carteras, tejidos, todo lleno de colores y texturas. Los vendedores seducen para entrar y regatear es parte del trato, aunque hay que hacerlo con cierta elegancia. También hay algunas propuestas que mezclan lo nuevo y lo antiguo: cuadros con figuras y paisajes de Abu Dhabi pop como camellos fluorescentes y también tarjetas Keep Calm en versión Emiratos. Una de ellas dice: “Keep calm & we still have oil”. Así es el mercado típico en Abu Dhabi del que tengo que despedirme muy rápido, como si me hubiera teletransportado al Medio Oriente de manera express.Varias horas más tarde, regresando a Chile, descubro que perdí mi última conexión desde Sao Paulo a Santiago. Así que días después, desde bussiness de Emirates, vuelvo a clase económica en una compañía aérea latina. Subo resignada la escalera con mi bolsito y en la puerta del avión me encuentro con un compañero de colegio. Es el piloto. Lo saludo con un abrazo y le cuento que vengo muerta de un viaje eterno y acontecido desde Abu Dhabi. Al rato, una azafata viene a buscarme y me lleva a business. Mi amigo me cierra un ojo antes de meterse a la cabina. Dicen que la vida está llena de contrastes. Pero también dicen que es mejor tener amigos que plata. Y en eso, me siento igual de millonaria que un jeque emiratí.

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