Un niño de la calle rescatado por el padre Baldo Santi

Enero 2013.

calle

 

 

Escapó de su casa a los nueve años, fue niño de la calle y contrajo el VIH a los 15 años. Hasta que conoció al recientemente fallecido sacerdote Baldo Santi.  Jean Paul, ahora estudiante de psicología, padre de familia, voluntario de la fundación que inició Santi, cuenta por primera vez cómo el cura abocado a ayudar a portadores de VIH le salvó la vida.

Los niños de la calle le decían “La tía monjita”, aunque su nombre era Soledad. Era una mujer mayor. Tenía una casona antigua y grande en calle Domeyko en el centro de Santiago, donde todos los inviernos les daba cobijo y comida a él y otros chicos sin techo. Por eso los niños de la calle le decían “La tía monjita”: porque era buena como el pan y los quería, así como ellos la querían a ella.

Era 1989 y Jean Paul ya llevaba seis años vagabundeando por la ciudad. Tenía 15. A los nueve había huido de la casa de su padre. Y de todas las personas que había conocido en la calle -taxistas, drogadictos, ladrones, prostitutas, travestis, quiosqueros, trabajadores- Soledad era una de las pocas personas que le habían dado verdadera protección. Por eso le hizo caso cuando ese año le propuso a él y a su grupo de amigos hacerse el test de Elisa en el Instituto de Salud Pública.

-Chiquillos, ustedes son desordenados, andan con una polola y con otra. A veces consumen droga. Son grupo de alto riesgo. Tienen que chequearse -les dijo ella.

Los adolescentes fueron a hacerse el examen de sangre. “Jamás vamos a tener VIH. Eso es de homosexuales y nosotros no lo somos”, se decían entre sí. Semanas más tarde, la noticia les cayó como un balde de agua fría: los cinco estaban infectados. Tenían VIH. Lo que no supo entonces Jean Paul es que más adelante, de todos ellos, tres morirían por culpa del virus, otro terminaría ahorcándose y él sería el único sobreviviente gracias a un curita al que le decían el cura del sida y quien le cambiaría la vida para siempre.

II

Jean Paul era un niño bueno y confundido. Vivía con su padre electricista y una madrastra y sus seis hijos -sus medio hermanos- en una casa en Recoleta. Pero a sus nueve años había muchas cosas que Jean Paul no entendía. No sabía quién era su mamá ni dónde estaba: su papá simplemente le dijo que lo había dejado con él y se había esfumado. No tenía mucha certeza de quién era ni cuáles eran sus apellidos: su padre había tenido casi veinte hijos con cuatro mujeres diferentes. No entendía por qué no le compraban uniforme para ir al colegio ni por qué era el único que iba con jeans. No comprendía por qué nadie le planchaba su ropa ni lo cuidaba. Ni tampoco por qué su madrastra no lo quería y le metía cosas en la cabeza a su papá, quien comenzó a golpearlo con una correa sin razones aparentes. Sólo sabía que en esa casa era un fantasma. Un niño invisible. Harto de los golpes, un día Jean Paul escondió la correa. Su padre entonces lo golpeó con el cordón de la plancha. Jean Paul sacó el cinturón de su escondite: “Pégame con esto mejor. Duele menos”, le dijo. Ese mismo día, decidió irse para siempre de su casa.

-De alguna manera quise encontrar mi propio mundo. Empecé a deambular y a vender dulces en las micros. Conocí el centro y a mucha gente: taxistas, prostitutas, indigentes, de todo. Como todos me decían “Ten cuidado, la gente es mala”, lo que hacía al principio era dormir de día en algún cine y dar vueltas en la noche.

Vendió sopaipillas y recolectó plásticos en La Vega. Durmió con vagabundos, niños en la misma situación que él en distintos lugares cerca de Mapocho. Repartió diarios, cortó pasto, limpió vidrios, hizo lo que fuera por subsistir y comprar algo de comida, alguna prenda de ropa, un champú en sobre. Poco a poco se fue acercando a la Alameda. Hasta que llegó a la Biblioteca Nacional, donde se alojó durante años debajo de sus pilares. A veces se alimentaba gracias a la caridad del dueño de un restaurante italiano que le regalaba las sobras.  Vio asaltos, robos, peleas. Fue detenido varias veces por Carabineros que lo llevaban a la comisaría de menores de calle República, lo derivaban al juzgado y lo enviaban a un hogar de menores del cual se arrancaba.

Cuando tenía unos 12 años, empezó a conocer a amigos de su edad. Con ellos iba a lavar ropa al cerro Santa Lucía, pedía completos fiados en un carrito, pololeaba con chicas que daban vueltas por el cerro. En verano, se lanzaba por los chorros de agua de la pileta del cerro  haciendo piruetas para que los turistas le dieran algunas monedas. Con sus nuevos amigos, también conoció las drogas. Fumó marihuana, probó cocaína y se inyectó algunos de sus derivados.

-Si no te haces parte de eso en la calle, eres gil. Si había un pito, había que fumarlo. Pero nunca probamos pasta base ni andábamos drogándonos todos los días. Si había, consumíamos. Nunca vendimos cosas para comprar. Eso fue de la mano con el sexo. En la Plaza de Armas había chicos que bailaban y nosotros conversábamos con chiquillas. Nos intercambiábamos las pololas, íbamos a discos, y como no teníamos para moteles, hacíamos el amor en las plazas.

En las noches, mientras miraba las estrellas, Jean Paul a veces pensaba en lo que le decían todas las personas sin techo que iba conociendo en el camino: que él no pertenecía a ese mundo. Que si alguna vez tenía alguna oportunidad para salir de ahí, tenía que aprovecharla.

-En la calle todo es peligroso: alimentarte, sortear peleas, que nadie te proteja. En algún momento rogaba: que se acabe esto, por favor. Los inviernos eran terribles. Hasta que llegamos a la casa de la tía Soledad. Luego supimos que éramos portadores de VIH.

A Jean Paul se le vino el mundo encima. De alguna manera, en todos los lugares adonde iban, se corría el rumor de que eran portadores de la enfermedad. El grupo fue dando tumbos de un lugar a otro, marginados dentro de la marginación.

-Fue terrible. Nunca pensé que me iba a morir. Pero me sentía mal, tenía dolores de cabeza, llegué a pesar 45 kilos. No tomé remedios hasta hace sólo cuatro años: en esa época no había tratamiento y nosotros estábamos fuera del sistema.

Un año después, Soledad perdió su casa. Ad portas de los 17 años, más cerca de la adultez y sin el apoyo de Soledad, Jean Paul sintió que no podía aguantar más. Necesitaba un refugio, un trabajo, salir de esa situación. Entonces Soledad le habló de un sacerdote que trabajaba en Caritas Chile, que ayudaba a los enfermos de VIH, y que tenía su oficina en el centro. Jean Paul partió a verlo. Cuando llegó a la oficina, la secretaria le dijo: “El padre está por salir. Te va a escuchar, pero vuelve el lunes”. Jean Paul salió del edificio decepcionado. Pero al rato, mientras caminaba por la calle, una joven se le acercó corriendo. “El padre supo que habías ido, dice que pases”.

Jean Paul regresó a la oficina y se encontró con un hombre de hábito oscuro, pelo cano y acento italiano que escuchó su historia con atención. Cuando terminó, el sacerdote italiano Baldo Santi le dijo: “Tengo una casa en José Domingo Cañas donde viven portadores de VIH. Si quieres, puedes ir conmigo para allá”. Jean Paul aceptó de inmediato.

III

La casa en Ñuñoa era grande, tenía un gran jardín y una piscina. Era un lugar tranquilo donde había personas de todas las edades: viejos, niños, hombres y mujeres. Como llevaba varios años viviendo en la calle, Jean Paul no se acostumbraba a los horarios rígidos. Se escapó un par de veces por las noches, pero siempre regresó a la casa. Hasta que finalmente ahí se quedó, trabajando en pequeñas cosas y conversando largos ratos con el sacerdote quien iba a visitar a los huéspedes los fines de semana. No pasó mucho tiempo para que Jean Paul se aburriera de esa rutina. Entonces le dijo al padre: “Quiero trabajar”. Él le respondió: “Ven a Caritas”. Al día siguiente, el padre Santi lo presentó en las oficinas del centro. Todos ya sabían que Jean Paul era portador de VIH.

-Al principio todos andaban asustados. Nadie quería entrar al mismo baño que yo. El padre me pasó el suyo. Yo era buena onda, ofrecía cafecitos, era como junior. Con el tiempo, una de las secretarias con quien soy gran amigo ahora, me confesó que cada vez que yo le ofrecía café, se aterraba. Tenía un gomero que quemó porque cada vez que le daba café, lo echaba ahí.

Al poco tiempo, los habitantes de la casa de José Domingo Cañas tuvieron que buscar otro lugar para vivir: los vecinos de Ñuñoa le habían hecho la guerra al hogar. Alegaban que “el sidario” les bajaba la plusvalía a sus casas, que había un jardín infantil al lado. Una vez les tiraron un gato envenenado a la piscina. Entonces el padre Santi empezó a buscar una casona en el centro. Pero ahí, los feligreses y los vecinos empezaron a armar protestas afuera de la iglesia San Lázaro donde el sacerdote hacía misas. En una de esas trifulcas, Jean Paul vio al padre ofuscado y le dijo: “Está la televisión. Todos van a esperar que usted salga enojado. Vea qué va a hacer”. Entonces Santi se dio media vuelta y frente a las cámaras, empezó a rezar.

Finalmente se trasladaron a una casa en San Bernardo, donde Jean Paul empezó a trabajar criando gallinas, conejos, haciendo mermelada, cultivando la tierra, cortando árboles mientras seguía ayudando al cura en sus labores en Caritas. Jean Paul se puso a hacer séptimo y octavo básico. A los 21, empezó a sacar la enseñanza media con estudios vespertinos. El sacerdote le insistía que regresara a su casa y viera a su padre. Incluso lo acompañó. Así, de a poco, padre e hijo empezaron a restaurar algo de su relación.

Luego, Jean Paul sacó su licencia de conducir y se transformó en el chofer del sacerdote. Lo trasladaba a sus charlas, viajes. Jean Paul siempre le decía: “Yo soy el hombre más culto de Santiago, padre: dormí años debajo de la Biblioteca Nacional” y él se reía a carcajadas. Así Jean Paul conoció Nápoles, Florencia, Roma.

-Era un tipo choro, divertido, de Iglesia, muy valiente y, de repente, arrebatado para sus cosas. Peleábamos porque él era del Audax Italiano y yo del Colo Colo. Pero se fue afianzando nuestra amistad. Él se convirtió en mi padre. Eso fue para mí -dice Jean Paul.

Le ayudó a buscar el terreno para la Clínica Familia, que recibía a los entonces enfermos terminales de sida, a mediados de los 90. Un día llegaron hasta La Reina para ver terrenos. La alcaldesa de la época  le dijo al sacerdote mientras él estaba en el auto: “Padre, no se le ocurra poner un sidario acá. Nunca va a tener ese permiso”. El padre bajó el vidrio y le respondió: “¿Y los 72 moteles que sí tienen permiso?”.

IV

Un buen día, a fines de los 90, el padre Santi le dijo:

-Jean Paul, te voy a despedir. ¿No quieres tu casita? Te despido y te contrato de nuevo. Con el finiquito, pones un ahorro para una vivienda.

Meses más tarde, Jean Paul se compró un departamento en el centro. Entonces empezó a devolver la mano: lo primero que hizo fue llevarse a tres de sus hermanastros pequeños a vivir con él para darles educación. Hace una semana, uno de ellos se tituló como biólogo en la Universidad Católica de Temuco. También formó un voluntariado para ayudar a portadores de VIH, enfermos terminales y sus familiares. Y empezó a cuidar cada vez más al padre Santi, cuya salud fue decayendo desde el 2003. También conoció a una chica y después de muchos años, volvió a tener una relación. Estaba a punto de formalizar, cuando la familia de ella su novia se enteró de que era portador del virus.

-La mamá la amenazó con suicidarse si se quedaba conmigo. Me dolió mucho esa desilusión.

Para olvidarse de ese dolor, decidió entrar a la universidad y estudiar psicología. Empezó a hacerlo de noche el 2007.  Un día Jean Paul recibió una nota de una joven que trabajaba en la fundación junto con un número de teléfono. Empezaron a salir. Hoy viven juntos. A fines de 2012 el padre Santi ya estaba muy débil. Jean Paul lo cuidó hasta el final. El sacerdote solía decirle: “Cuando me muera, tienes que hacer mi discurso, Jean Paul”.

-¿Y qué digo, padre?

-Algo simple: acá yace el padre Baldo Santi. Todo lo bueno lo hizo mal y todo lo malo lo hizo bien -le respondía él y se reía.

El 4 de enero de este año llamaron a Jean Paul mientras estaba en su casa para avisarle que el padre Baldo Santi había fallecido. Jean Paul entonces se puso a llorar.

-Fue mi padre. Me enseñó el valor de la perseverancia, de que si uno quería hacer las cosas bien, resultaban. Él me dio las herramientas y yo me fui acomodando. Era un hombre bueno. En su funeral vi llorar a un ex ministro y a un maestro que llegó con su overol y le escribió en el libro: “Gracias padre Santi. Gracias a usted, soy lo que soy”. Ése era él -dice ahora Jean Paul, quien aún sigue estudiando psicología. Desde la muerte del padre, se instaló en la Clínica Familia para ayudar en lo que sea. Hace trabajos administrativos, da contención, escucha y aconseja a los enfermos de cáncer terminal y sida, y les cuenta su historia. Les cuenta todas las cosas por las que pasó. A veces también les habla del hombre que le dio un vuelco completo a su existencia.

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