Perdido en Galápagos

Julio 2012. Revista Sábado.

NAUFRAGO
El 11 de junio el economista chileno Felipe Bravo se perdió en isla Santa Cruz, Ecuador. Cinco días más tarde lo hallaron vivo de milagro. Aquí cuenta por primera vez cómo lo logró.

A las 11 de la mañana escuchó un helicóptero a lo lejos. -¡Gracias, Dios mío! -gritó de alivio.Era miercoles 13 de junio y el economista chileno Felipe Bravo (31) llevaba dos días perdido en el cerro Crocker de la isla Santa Cruz en Galápagos, Ecuador. Caminó en medio del terreno desértico guiándose por el sonido de las aspas y de pronto, en medio del cielo, vio aparecer el helicóptero frente a sus ojos. Empezó a correr y a saltar, agitando sus brazos.-¡Ayuda! ¡Ayuda! -gritó con todas sus fuerzas, desesperado. Seguro lo verían: el lugar era árido, de color arenoso y él estaba vestido completamente de azul. Hacía contraste.Pero el helicóptero pasó sobre su cabeza, siguió de largo y desapareció en el horizonte.Sin embargo, Felipe seguía oyendo la nave que aún volaba por los alrededores. Tendría que pasar otra vez por ahí. Corrió a buscar su mochila y sacó todos los papeles con mapas y datos sobre las islas Galápagos que había impreso para el viaje. Con ellos, dibujó en el suelo la palabra S.O.S lo más grande que pudo y esperó, con el oído atento. Pero a las 4 de la tarde ya no oía nada más que el silbido de los insectos.De nuevo estaba solo, perdido en la mitad de la nada, lejos de su país y de su familia, sin agua ni comida y con más de 30 grados de temperatura. Entonces sintió que perdía la fe. Quizás nadie lo encontraría. Y por primera vez desde que se había extraviado, se puso a llorar.

II

Felipe Bravo llegó a Ecuador para pasar un mes de vacaciones. Viajó solo. Siempre lo hacía. Había recorrido Sudamérica casi completa. Recorrer, solo o acompañado, se había convertido en una afición y el único país que le faltaba por conocer era Ecuador.El 2 de junio aterrizó en Guayaquil y el 4 llegó a San Cristóbal, una de las 19 islas Galápagos, en el océano Pacífico. Estuvo en tres islas: San Cristóbal, Isabella y Santa Cruz. En todas hizo snorkel, vio las tortugas de la zona, anduvo en bicicleta, fue a las playas y caminó por senderos rodeados de una vegetación exuberante.El lunes 11 aún tenía tiempo para conocer un poco más de Santa Cruz antes de irse en dos días más a Quito para recorrer el continente.”Ya había hecho tantas cosas, que me pareció más interesante ir a la parte alta de la isla, donde se podía mirar todo desde arriba. El domingo había ido a caminar un rato por cerro Crocker. Íbamos a ir en un tour, pero el grupo se deshizo. Así es que el lunes pensé volver: en las islas hay muchos senderos y no estaba prohibido recorrerlos solo”.

Eso hizo: la mañana del lunes 11 fue a la playa de Santa Cruz y cerca del mediodía, una ecuatoriana que había conocido allá lo llevó hasta un restaurante para que almorzara antes de subir al cerro Crocker. Pero en el restaurante se demoraron tanto en atenderlo, que Felipe desistió de almorzar allí y se fue.En el camino se compró un yogurt de litro y dos pasteles de chocolate y se los fue comiendo hasta que a las 12 y media del día llegó al sendero que lo llevaría hasta la parte alta de la isla.Iba en traje de baño, polera y bototos -en Galápagos es preferible caminar con ellos porque hay mucha roca volcánica- y en su mochila llevaba un snorkel, cámara de fotos, un iPod, una linterna, mapas y papeles impresos con datos turísticos de la isla, un pantalón de buzo, una botella de agua de dos litros y un par de naranjas y plátanos.Felipe leyó en un letrero que el recorrido duraba alrededor de tres horas. Pensó que con el agua, los plátanos y las naranjas que llevaba en la mochila le alcanzaría de sobra. Y entonces empezó a ascender.Al inicio, vio algunos lugareños. Luego, sólo naturaleza. Árboles enormes, prados, bosques tupidos, plantas. Había muchos insectos, abejorros y avispas. Todo era verde, agreste y tropical. Un paisaje casi virgen. Pero de pronto se dio cuenta de que había pasado mucho rato y no había llegado a la salida, a pesar de que el camino era circular.Miró su reloj. Eran las cuatro de la tarde. Qué raro, dijo. Y se propuso regresar. Sin embargo, seguía dando vueltas en redondo. Volvía siempre al mismo punto del camino. Los enormes árboles no lo dejaban ver el horizonte. No tenía idea de dónde estaba. Anduvo dos horas más. Recién a las 6 de la tarde, cuando empezó a oscurecer, se dijo a sí mismo: “Estoy perdido”.Gritó por ayuda, pero nadie le respondió. Se había comido las frutas, ya no tenía agua en su botella y sintió miedo.Pensó:”Si estoy perdido, no me sirve de nada estar angustiado. Tengo que estar de buen ánimo para encontrar la salida cuando sea de día. No puedo ponerme a abrir caminos: me puedo perder aún más o herirme. Ahora tengo que cuidarme, mantener la calma y pensar bien qué voy a hacer mañana”.

Lo primero era planear cuál era la mejor manera de pasar la noche en medio de esa selva deshabitada.

III

Como no sabía qué clase de insectos había en el suelo, decidió que lo mejor era dormir arriba de un árbol. Encontró uno gigantesco y se encaramó hasta que llegó a una rama donde pudo recostarse. Sin darse cuenta, se le cayó el iPod de la mochila: luego, miembros del equipo de búsqueda pensarían que Felipe lo había dejado intencionalmente ahí como una pista. La noche estaba tan oscura, que ni siquiera alcanzaba a verse las manos. Cuando encendió la linterna, vio que unas arañas del porte de su puño iban subiendo por el tronco hasta donde él estaba. Las empujó con los papeles y prefirió quedarse a oscuras, pateando de vez en cuando el tronco y sacudiéndose mientras dormía a saltos, tiritando de frío, escuchando grillos, luciérnagas y cientos de insectos. Despertó a las 5 de la madrugada del martes 12, mientras aclaraba. Cuando se bajó del árbol, se propuso dos tareas: encontrar comida y llegar a un lugar despejado del bosque. “Si estoy en medio de puras ramas, nadie me va a ver. Y de acá sólo podrán rescatarme en helicóptero”, meditó. Entonces fue hasta un lugar donde recordaba haber visto maracuyás el día anterior. Recogió unos 15, los puso en su mochila y se los fue comiendo a medida que avanzaba por el sendero. Pero a la hora, seguía dando vueltas en círculos, igual que el día anterior. “No me queda otra que abrir camino”, se dijo. En medio de la vegetación, empezó a hacerse paso a la fuerza entre árboles, ramas y plantas, mientras se rasmillaba los brazos y el rostro y tropezaba a cada rato. Una hora después, el panorama había cambiado. De repente ya no estaba en mitad de un bosque tupido, sino que frente a sus ojos tenía un desierto de piedras movedizas y puntudas donde sólo había espinos y árboles secos. ¡Al fin, un lugar despejado!

Felipe comenzó a avanzar por las piedras equilibrándose, intentando no caer ni doblarse los pies. De tanto en tanto se detenía a comer los maracuyás que le iban quedando. Tenía fe que iba a encontrar agua. También de que ya lo estuvieran buscando: al menos le había dicho a la chica ecuatoriana que lo había llevado a la playa que iba a venir al cerro Crocker. A las cinco de la tarde, después de haber caminado durante todo el día, se comió su último maracuyá. En el lugar había un cactus de unos tres metros de altura. Felipe se instaló allí: sabía que pronto oscurecería y que el cactus era una fuente de agua, aunque no tenía la menor idea cómo sacarla. Sí sabía que no podía intentarlo a tontas y a locas: debía descubrir la forma más eficiente de hacerlo, sin desperdiciar su energía ni hacerse daño.Se le pasaban muchas cosas por la cabeza. Sabía que sin agua ni comida era imposible salir por sus propios medios de allí. A veces pensaba en la muerte, pero trataba de no prestarle atención a esa idea. Tenía clara una sola cosa: estaba más perdido que antes. Y lo peor: no tenía agua ni comida.

Entonces abrió su mochila, miró el mapa y se dio cuenta de que durante todo el día había caminado para el lado contrario donde estaba el pueblo. Pero ya era tarde: no tenía recursos suficientes para devolverse y salvar con vida. Así es que tomó una decisión: desde ese momento viviría allí.Se dijo:-Estoy vivo. No estoy accidentado, sólo perdido. No voy a esperar la muerte. Puedo buscar la manera de sobrevivir. A la primera persona que vino a la Tierra se le tuvo que ocurrir cómo hacerlo, así es que me estableceré y acá iniciaré mi nueva vida. Mañana sacaré agua del cactus.Entonces se acomodó encima de unas rocas que habían conservado el calor del día y se quedó dormido a cielo abierto, bajo un montón de estrellas. Lo primero que sintió a las 6 de la mañana del miércoles 13 fue una agobiante sensación de sed. Tenía que ver cómo sacar el agua del cactus sin pincharse ni hacerse daño.En eso estaba, cuando escuchó el helicóptero.El helicóptero apareció, desapareció de su vista y luego lo dejó de oír a las 4 de la tarde. Quedó llorando y totalmente descorazonado.Pensó:-Quizás me voy a morir aquí.¡Era insólito estar perdido en una isla! ¡En alguna parte debiera haber orilla! Sin embargo, no la había encontrado y el helicóptero se había ido.Entonces decidió dejar una carta a su familia para explicarles que se había perdido por algo fortuito. No quería que pensaran que había querido perderse o que había buscado su muerte. Sacó unos papeles de su mochila y le escribió cuatro hojas a su madre, María Blanca Rodríguez, y a toda su familia. Cuando terminó, se dio cuenta de que no podía seguir llorando si no quería deshidratarse. Se secó las lágrimas.Tenía muchísima sed y aún no sabía cómo sacar agua del cactus. Cerca de las 5 de la tarde bebió un sorbo de su propia orina que había guardado en la botella en caso de emergencia. El sabor le pareció asqueroso, amargo. Tanto, que el asco le quitó la sed.Mañana sacaría agua del cactus.

IV

El jueves se despertó a las 6 de la madrugada, como todos los días. Botó la orina de la botella y pensó cómo obtener el agua del cactus.Tomó una piedra afilada del suelo y con ella le pegó a la planta. Botó tres palmetas. Las atravesó con una rama seca, las llevó hasta una roca grande que usó como cocina y comenzó a intentar abrir la primera haciéndole hoyos con piedras. Logró hacerlo después de tres horas y media, y tras de clavarse varias espinas en las palmas de las manos y los brazos. Apenas sacó dos dedos de líquido.Siguió con las otras dos y fue perfeccionando la técnica: primero perforaba las palmetas con una piedra. Luego sacaba esa primera capa con una roca que usaba como si fuera un cuchillo. Después, con las manos sacaba la segunda capa de raíces duras, pero sin espinas. La tercera capa era pulpa que empezó a sacar con la tapa de su botella como si fuera una cuchara. Después la colaba con su polera e iba echando el líquido en la botella. Ese día bebió medio litro de líquido y llenó la botella.Iba descansando de tanto en tanto. Trataba de gastar la menor cantidad de energía, sobre todo a la hora de más calor.A pesar de que no tenía tanta hambre y se daba cuenta de que aún no se le marcaban las costillas, sabía que debía buscar alimentos. En la tarde, mientras descansaba a la sombra de un árbol seco, vio unos escarabajos muy cerca suyo. Parecían chanchitos de tierra. Tomó uno, le sacó la cabeza y se lo echó a la boca. Para su sorpresa, el escarabajo no estaba mal. Tenía sabor a carne. Comió unos 15 para nutrirse. También probó las hojas verdes de una planta y atrapó un grillo para saber si podría comerlos más adelante. Pero el grillo no tenía sabor a nada y requería demasiada energía para cazarlo.El viernes hizo lo mismo: volvió a sacar agua de unas 12 palmetas de cactus: ahora ya sabía que las más delgadas tenían más líquido.

Procuraba concentrarse al máximo, y cada vez lo hacía más rápido.Sin embargo, notaba que estaba más delgado y que tenía menos energía: cuando se ponía de pie, se mareaba por la falta de azúcar. Estaba agotado, pero al menos tenía agua y se aseguraba de dejar siempre la botella llena para el día siguiente. “Sigo vivo. Ya tengo mi vida armada y mis actividades”, pensaba. También rezaba. Hasta que se quedaba dormido. A las 6 de la madrugada del sábado 16 de junio, sintió de nuevo el helicóptero. Se paró, corrió, volvió a gritar ayuda con las pocas energías que le quedaban. Pero el helicóptero otra vez pasó de largo.Dos horas más tarde, cerca de las 8 de la mañana, oyó ruido a lo lejos. ¿Eran voces? ¿No estaría volviéndose loco? Gritó al aire:-¡Ayuda! ¡Ayuda!Entonces escuchó, ahora más nítido y fuerte:-¡Felipe!Al poco rato tuvo una visión impactante: a unos cien metros de distancia, cuatro hombres en trajes rojos y azules de camuflaje sostenían unos sables enormes mientras gritaban su nombre a todo pulmón.Luego de divisarlo a lo lejos, comenzaron a avanzar hacia él, cortando con sus sables los espinos secos y las ramas que se interponían en el camino.Uno de los hombres, el guardabosques Milton Calva, llegó a su lado y lo abrazó:-¡Estás a salvo! -le dijo.

Felipe lloraba emocionado. Sólo atinó a pedir agua. Le pusieron un trapo húmedo en la boca. Cuarenta minutos después aterrizó, a pocos metros de distancia, el helicóptero que lo llevó al hospital.Antes de que lo subieran, Felipe alcanzó a ver a unos 70 hombres que lo miraban atónitos: era el equipo de búsqueda, compuesto por bomberos, policías y guardaparques ecuatorianos, que habían estado rastreando cerro Crocker desde el martes. Apenas el helicóptero aterrizó en Santa Cruz y lo bajaron en camilla, su madre, María Rodríguez, que había viajado a Ecuador un par de días después de su extravío, corrió a abrazarlo. En el hospital sólo lo encontraron un poco deshidratado: había perdido unos cinco kilos, pero no tenía nada más que algunas heridas en la planta de los pies y espinas de cactus enterradas en las palmas de las manos.Felipe fue dado de alta el domingo, pero se quedó unos días en Ecuador antes de regresar a Chile. Quería agradecerles a quienes lo habían buscado incesantemente y a quienes rezaron por su vida. Quería contar su historia de supervivencia a los habitantes de Galápagos. Además, la gente quería conocerlo, tocarlo, les parecía un milagro.Ahora, en Santiago, contando por primera vez su historia de sobrevivencia, dice: “No recuerdo lo que viví como algo trágico. Quiero quedarme con el mejor de los recuerdos de todo lo que aprendí y sacar lecciones de esta experiencia. Nunca antes había pensado en la muerte, y creo que sobreviví para algo. Dios me ayudó, porque todas las decisiones que tomé, las dejé en sus manos. Pero también creo que es importante la actitud que tienes frente a la perdición: si dices que te vas a morir, te mueres. Pero de la nada, siempre puedes hacer algo. Siempre puedes buscar la manera de seguir viviendo. Eso sólo depende de ti”.

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