Las madres del jardín Hijitus de la Aurora: Sobrevivir después de la tragedia

Marzo 2013

Hace un par de semanas, su hija de cuatro años volvió a dibujar una casa. Era una casa bonita, con colores, de paredes redondas, como la que la familia tiene en Santo Domingo. Una casa como las que dibujaba antes de que comenzara la pesadilla dentro del jardín infantil Hijitus de la Aurora en Vitacura.

Entonces, la niña empezó a dibujar de un día para otro, rayas. Rayas negras y marcadas que su psicóloga, una vez que ya se sabía todo lo que había sucedido, le preguntaba qué significaban. Entonces la niña le decía: “Nada, nada, malo, negro”. Solo ocho meses después volvió a dibujar una casa. Y hace pocos días, volvió a dormir dos noches seguidas, sin despertarse aterrorizada en la mitad de la noche. Entonces su madre, Alejandra Novoa, sintió que al fin comenzaban a aparecer las primeras luces de recuperación después de la tragedia que vivieron al enterarse, gracias al relato de su hija en junio de 2012, que el profesor de computación del jardín Hijitus de la Aurora, Juan Manuel Romeo Gómez ,de 36 años, habría abusado sexualmente de los niños. Ahora, Romeo está en prisión preventiva, y su madre y directora del jardín, Ana María Gómez -formalizada en calidad de cómplice en los abusos- pasó de estar en prisión preventiva a tener arresto domiciliario mientras dure la investigación. Setenta y ocho familias son parte de la demanda que encabeza el abogado y ex apoderado del jardín Mario Schilling, por abusos sexuales y violaciones en contra de más de 80 preescolares. Entre ellas, Alejandra y cuatro madres que hoy por primera vez hablan del dolor más profundo que les ha tocado vivir y lo que ha venido después de ello.

II

Estaba almorzando cuando el domingo 10 de junio del año pasado la llamó una amiga. Le dijo: “¿Tu hija está en el Hijitus todavía? Por favor, mantén la calma, pero anda y enciende el televisor”. Entonces Patricia -quien prefirió no revelar su identidad- fue a una pieza y se enteró de la noticia. Entonces comenzó a golpearse con un puño en el muslo gritando desesperada: “¡Lo sabía! ¡Lo sabía!”. Su hija menor había presentado irritación vaginal hacía unos meses. Y algo le decía su estómago, sin saber bien qué era. Ahora Patricia dice: “Me volví loca cuando supe. Nunca me gustó el profesor, pero era eso, una sensación de que no me gustaba, nada más”. Las madres relatan que sus hijos evitaban saludar a Juan Manuel Romeo, el profesor de computación e hijo de la directora. “Pero yo pensé que era un tipo con una discapacidad, nada más. Nunca se me pasó por la cabeza que él pudiera hacerles algo a los niños”, dice otra de las madres, Valentina Dolz. Dos días más tarde, Patricia vio en la televisión a una psicóloga que, a raíz del caso, decía: “El peligro no son los niños que hablan, sino los que no hablan. El 33% de los niños abusados bloquean”. Entonces, a las 8 de la mañana salió de la casa de sus padres adonde se había ido a alojar con sus tres niñitas, corrió hasta la plaza Las Lilas y allí se puso a llorar y a gritar hasta quedar sin voz. No le había preguntado nada a su hija hasta que la viera una especialista. Pero ella tampoco le había contado algo. Patricia estaba desesperada, impotente, no sabía bien qué hacer más que gritar su pena y rabia en medio de la plaza.

Apenas entendió que lo que estaba pasando era real, Camila y su marido sentaron a sus dos niños en el living y les preguntaron si el tío de computación les había hecho algo. Los dos negaron asustados. Pero Camila -quien también prefirió no revelar su identidad- sintió una pizca de tranquilidad. “Era el ‘no’ que quería escuchar. Que a mis hijos no les había pasado. Sin embargo, después el mayor dijo que había algo que nunca me había contado. “El tío Manuel me tocó”. Después mi hija me dijo que el tío Manuel le había apretado la vagina. No contaron mucho más, pero ya no me importaba: sabía que algo les había pasado”.

Mónica Assef tampoco consiguió que sus hijos le dijeran algo apenas se destapó el caso, pero sabía que algo vivieron sus dos hijos. Hacía unos meses empezó a ver en el mayor conductas extrañas: besaba a sus compañeros en la boca, le sacaba los labiales para pintar a la gente, de un día para otro se había puesto retraído y agresivo. Una vez le había gritado: “¡Todo lo que pasa es culpa tuya!” sin decirle qué. “Pero una semana después de que se supo todo, mi hijo se angustió y me dijo: “Mamá, me duele el potito por dentro, échame crema, por favor”. Entonces me hizo clic de que meses antes, él me había dicho lo mismo muchas veces. Fue como un recuerdo físico que le detonó ver una escena con otros niños. Lo llevé al baño y lo abracé. Entonces me decía: “Échame crema, mamá. Pero el tío Manuel no me hizo nada. Él me hacía jugar a las películas, pero a mí no me gustaba. Pero Jesús lo quiere igual”. Entonces se levantó y se fue a jugar. Y yo quedé ahí en el baño, helada”.

A partir de entonces, los niños empezaron a hablar y a asistir a terapias psicológicas. Algunos dijeron todo, como la hija de Alejandra, quien fue la primera en declarar ante el fiscal. Pocas semanas después, preguntó: “Mamá, ¿en la cárcel hay cuchillos?”. Alejandra le explicó que no, por qué le preguntaba eso. Entonces la niña le contó algo nuevo hasta ese momento: “Es que el tío Manuel me ponía un cuchillo en el cuello y me decía que si yo te contaba las cosas que nos hacía, te iba a matar a ti porque eres fea”. Otros pequeños empezaron a relatar detalles de los abusos de los que fueron víctimas, por goteo, como el hijo de Mónica Assef.

Pero otros no dijeron nada, como el hijo de Valentina. “La Ale tiene un relato de su hija. Yo no. Varios papás sabemos que si bien les pasaron cosas, no sabemos cuáles. Y eso es angustiante. Cuando sabes qué pasó, tienes por dónde empezar a reparar. Pero cuando no sabes, pero tienes certeza de que algo pasó por los testimonios de otros niños que hablan de tu hijo, es desesperante”. Hace pocas semanas, su hijo le gritó llorando: “¡Mamá, entiende, no te voy a contar nunca lo que pasó en el Hijitus y no me lo preguntes más! ¿Entiendes?”. En fiscalía, el niño declaró que el tío Manuel era malo, pero dijo que se le había olvidado lo que había hecho. Sin embargo, a través de los relatos que ha podido recopilar y acreditar la fiscalía y el Servicio Médico Legal, las madres se han ido enterando de lo que sucedía al interior del jardín: los niños relataron juegos sexuales con nombres de animales, tocaciones y otros abusos. Los niños han descrito que Romeo les habría tomado fotografías y los habría amenazado con robarlos en la noche o matar a sus familias si contaban algo de estos juegos. Las pericias ya determinaron que Romeo padece de epilepsia, pero no de deficiencias ni trastornos neurológicos. A medida que avanzaba el proceso, las madres también se fueron dando cuenta de que el caso era más grave de lo que pensaban.

Alejandra explica: “En las audiencias se leyó un relato de un niño que dice que una vez cuando estas cosas estaban pasando, la directora Ana María Gómez entró a la sala y le dijo a su hijo que dejara de hacer eso, si no le iba a poner orejas de burro. Las parvularias también han dicho que en la sala de dirección, que estaba al lado de la de computación, siempre había gente. Entonces nos dimos cuenta de que ella también tenía responsabilidad: le confiamos a nuestros hijos a una persona que no solo nos aseguró que iban a estar bien cuidados, sino que además facilitó los medios para que abusaran de ellos”. En febrero, Gómez fue formalizada en calidad de encubridora de los abusos, aunque cambiaron la medida cautelar de prisión preventiva por arresto domiciliario.

Mónica Assef dice: “Como mamá, sientes primero angustia, no dormía, me obligaba a trabajar, pero tenía una impotencia terrible. Después pasé a la pena, la rabia, la culpa. Es una sensación que cambia semana a semana”. Camila agrega: “Anduve un tiempo en negación, a mis hijos no les pasó. Pero en un momento hice un clic y lo acepté. Entonces he tenido una pena profunda, porque pienso por qué tuvieron que pasar por esto. Me angustia pensar que tuvieron miedo, que trataron de darnos señales y no las pudimos ver. Eso me duele hasta el día de hoy”.

Hasta ahora, los hijos de Camila tienen problemas de sueño, le preguntan si las ventanas tienen seguros, si va a venir alguien a sacarlos de la casa por las noches. La hija de Alejandra también. Durante el primer tiempo, antes de acostarse, Alejandra tenía que recorrer toda su casa con su hija de la mano, chequeando que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas: sólo eso le daba cierta tranquilidad a la niña para irse a la cama. Su hija dejó de dormir y de comer. Estuvo hospitalizada por una neumonía debido a sus bajas defensas. Ella tampoco podía dormir ni comer bien. No podía tragar. Bajó mucho de peso. Pero intentaba seguir funcionando, trabajando, atendiendo a su familia, hasta que entendió que ella también había sido víctima. “En un momento tienes que asumir que también estás sufriendo un dolor tremendo, que como mamá fallaste, que además te están agrediendo por dar la pelea y decir la verdad. Tuve que entender que no solo quería proteger a mi hija de sus miedos, sino darme cuenta de que yo también tenía unos miedos terribles. Todo eso fue un proceso”, dice.

“Dentro de todo este horror, tuvimos la suerte de estar juntas en esto, y somos muchas familias. Sola, no habría sabido qué hacer. Hemos estado bien apoyadas y guiadas en este camino. La defensa ha dicho que esto es una sicosis y que estábamos organizadas. Pero no es así: muchas mamás ni nos conocíamos. Hasta ahora ves caras que no conoces y están pasando lo mismo”, explica Mónica. A pesar de que hay 78 familias representadas por el abogado Mario Schilling, la fiscalía solo ha podido acreditar cuatro testimonios de niños que han sido chequeados por las entidades pertinentes como relatos de veracidad. “Eso nos da mucha impotencia: sabemos que los abusos fueron en contra de muchos, pero los niños van contando de a poco, otros bloquean lo ocurrido, son tan chicos que confunden tiempo y espacio y hay cosas que vieron que no saben cómo describir”, afirma Camila.

A Alejandra, su psicóloga le dijo en la mitad de este camino que esto era doloroso, pero quizás no era lo más terrible que le podía pasar a sus hijos. Que no los podía proteger de todo. “Yo me daba cabezazos. ¡Cómo no voy a poder protegerla! Las mujeres creemos que somos omnipotentes. Pero es verdad que no es lo peor que te puede pasar. Entonces con mi marido determinamos una cosa: aunque suframos en las audiencias, sabiendo más cosas, a las niñas les mostraremos que estamos bien, quizás a veces cansados. Pero que esto no nos ha fregado la vida y podemos ser felices”.

III

A pocos meses de lo ocurrido, Alejandra se cambió de casa junto con su familia. Además de las terapias psicológicas para ella y su hija, todos decidieron hacer una terapia grupal. “Terrible por el motivo que fuimos, pero ha sido maravilloso trabajar juntos, ver que hay un mundo familiar que nos protege”. Toda la familia pintó un cuadro en el que cada uno se representó como un animal submarino y lo pusieron en la casa nueva. Mónica dice: “Esta experiencia también te cambia como persona. De ser relajada, también pasé a estar más atenta. No paranoica, pero sí escuchar y conversar más, estar conectada con mis hijos”. “Un tiempo estuve muy ausente. Estaba disociada. Pero mis hijos son mi cable a tierra, y conectarme con ellos me obliga a estar lúcida y en equilibrio”, dice Camila.

Patricia también se cambió de casa unos meses después de que se supo todo: vivía cerca del jardín infantil y su hija revivía sus temores cuando algo le recordaba lo que había vivido. “También me deshice de muchas cosas. Dejé de trabajar. Estoy conectada ciento por ciento con mis niñitas. Antes, los focos estaban para afuera, no para adentro. Ahora están todos puestos en mi familia. Quería tener otra guagua, pero después de esto me da terror”, confiesa. A Camila le pasa algo parecido: “No me siento capaz de tener que pasar de nuevo por el tema de poner a un hijo en el jardín infantil. No puedo”.

Ocho meses después, todas sienten que sus hijos y ellas están mejor emocionalmente. Que han dado pasos pequeños, pero pasos al fin y al cabo. Como el dibujo de la casa de la hija de Alejandra. Como algunas noches en las que los niños duermen de corrido. Sin embargo, el proceso judicial les hace revivir el dolor. “Por eso no podemos entender cuando la defensa dice que indujimos el testimonio de los niños. No tenemos nada que ganar. ¡Cómo vamos a querer hacer pasar a nuestros hijos por esto! Por un sistema perverso, a declarar, a ir al Servicio Médico Legal. Pero estamos en esto y hablamos porque creemos que la verdad libera. No puedo borrar lo que pasó, pero sí puedo poner todas mis energías en que estemos mejor como familia. Y espero algún día poder decirle a mi hija que las penas no alcanzan para lo que espero, pero que se hizo justicia, que las instituciones funcionan, que puede confiar en que hay gente que sí la va a cuidar. Los niños no mienten. Y es fundamental que las mamás les creamos y escuchemos a nuestros hijos. Pensar que los niños mienten es dañino para toda la sociedad: así solo los dejamos en el más absoluto desamparo y desprotección”, dice Alejandra.

En febrero, las madres vivieron una de las audiencias más largas que ha tenido este caso: pasaron más de 10 horas en el Centro de Justicia, escuchando relatos y pruebas escalofriantes. Cuando salió de ahí ese día, Alejandra se devolvió rauda a su casa: se sentía culpable de haber dejado tanto rato a su familia. Pero cuando abrió la puerta de su hogar con su marido, vio que sus hijas estaban bailando frente a la pantalla del televisor con un juego de Wii. “Mamá, papá, vengan, tienen que bailar”, les dijo una de ellas. Alejandra dice ahora: “Ellos tienen esas respuestas que son las que te ayudan a seguir adelante”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s