Aruba, la isla interior

Octubre 2013, revista Domingo

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En el Caribe, frente a las costas de Venezuela, una de las islas ícono del turismo también tiene un lado menos visto, menos conocido, más íntimo, de los propios arubianos. Lo que no ven sólo los que están de paso. Esa Aruba es así.

“Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me bañé en el mar o que tomé sol. Esto es normal para mí”, dice Glenn (31) echado en traje de baño sobre una reposera, con sus tatuajes apenas perceptibles en su piel de color, mirando el horizonte que para él es tan normal: arena blanca y fina, palmeras, el mar esmeralda, transparente y tan quieto que parece una piscina.Un puñado de turistas se remoja en el agua mientras un par de familias arubianas se refugia debajo de los árboles en Baby Beach, al otro extremo de la isla, alejados de la zona turística y hotelera de Aruba, donde gringos, holandeses y muchos venezolanos comen en restaurantes de todas partes del mundo, pasean por shoppings de marcas exclusivas y hacen esnórquel mirando cientos de pececitos de colores.

Baby Beach, en cambio, es una playa donde vienen más los locales: está cerca de la ciudad donde vive la mayoría de los arubianos -San Nicolás- y llegan sólo los turistas que arriendan un auto buscando un poco más de tranquilidad. A lo lejos, rompiendo el paraíso natural, se ven las grandes torres de hierro de la refinería de petróleo que ahora está cerrada, que trajo a caribeños de otras islas a trabajar en los años 30 y 40, y que mezcló aún más las raíces de la isla.

Eso es Aruba: una mezcla curiosa y amplia de razas. De indios arawak, ingleses que manejaron la isla por períodos cortos de tiempo, caribeños y latinos que llegaron como trabajadores inmigrantes, norteamericanos y holandeses, los principales colonizadores de Aruba. Hoy la isla es una entidad autónoma de los Países Bajos, pero aún depende de Holanda. La reina designa al gobernador, los arubianos eligen a las demás autoridades. Es una isla caribeña, pero más desarrollada que las demás. Tiene un PIB alto de 20 mil dólares per cápita (en Chile es de 14 mil). No hay desempleo. El turismo ofrece más puestos de trabajo que lo que los arubianos pueden abarcar: hay 10 mil habitaciones hoteleras. La política es estable y la tasa de criminalidad, baja. Los arubianos hablan cuatro idiomas de manera fluida: holandés, inglés, español y papiamento, su idioma nativo. Todos tienen pasaporte holandés y la mayoría hace sus estudios superiores en Holanda.

Por todo esto a Aruba la han descrito como una isla europea en mitad del Caribe centroamericano. Sin embargo, Aruba es más Caribe que nada. Caribe en el calor húmedo que reina todo el año, el mar brillante, la arena blanca, y los locales que son amables, sonrientes, rítmicos y lentos, lentísimos, como si nada fuera más urgente que mantener la calma.

Así, en Baby Beach todo transcurre en cámara lenta. En Big Mamma, el único restaurante del lugar con asientos de madera inspirados en Los Picapiedra, las dos meseras atienden bailando soca. Mientras en la playa, una prima de Glenn reposa junto a sus dos pequeños hijos en pañales bajo una tienda de madera chequeando el arriendo de reposeras a los turistas. Y Glenn que está ahí, inmóvil, bajo una carpa sin mucho más que hacer que matar el tiempo. Glenn es ingeniero mecánico. Trabajó 5 años en Nueva York, pero volvió hace unos meses a Aruba por un traslado. La sucursal cerró dos meses después y Glenn descubrió que ganaba más dinero jugando póquer en torneos online y casinos que como ingeniero. Eso hace ahora: jugar póquer de noche y ganar muchos dólares. Con ellos se compró una casa de rico y famoso en un condominio exclusivo en Palm Beach, la zona turística de la isla, y decidió no trabajar más. Y hoy me trajo a Baby Beach, un paraíso donde cada tanto yo corro al mar y me quedo como una boba mirándome los pies bajo el agua.

-Ven Glenn, disfruta de tu país -le grito medio sumergida.

-Eso es normal, amiga. Siempre va a existir.

-Nada es para siempre Glenn, vente al agua.

Entonces Glenn se levanta, camina a la orilla y entra despacito al mar. Sin apuros. En cámara lenta. Al ritmo arubiano.

Recorremos Aruba real, donde viven los arubianos. En el auto de Glenn con todos los vidrios abajo. Sudo como energúmena. Glenn maneja descalzo. No vemos un alma en ninguna parte. San Nicolás, con sus casitas de cemento pintadas de colores, de un piso, las calles estrechas y zigzagueantes, sin árboles salvo un par de palmeras y el sol implacable, parece un pueblo fantasma. Sólo divisamos a un par de gringos tomando cerveza en el famoso bar de Charlie -abierto por un matrimonio holandés en 1941 y donde los buzos fueron colgando del techo y las paredes las cosas que encontraban en el fondo del mar, convirtiéndolo en un museo lleno de objetos-, un amigo de brazos musculosos de Glenn y algunas chicas sentadas en las puertas de las casas y de los bares con carteles de neón que ahora están apagados, a la espera de clientes.

En Aruba la prostitución es legal y normada: las chicas, venezolanas, colombianas y algunas arubianas, trabajan en la zona roja de San Nicolás y son rigurosa y regularmente chequeadas por médicos.

Un gendarme saluda a Glenn a lo lejos en papiamento mientras toma una bebida afuera de un local. La cárcel de Aruba está cerca de San Nicolás, en un descampado desértico rodeado de cactus. La mayoría de los delitos son por tráfico de drogas. Glenn me dice: “Hasta los presos viven bien en Aruba: hay dos personas por habitación; tienen televisión y ventiladores. Lujoso”.

A unos pocos kilómetros de la cárcel, el parque Nacional Arikok, igualmente desértico y lleno de cactus, serpientes, iguanas, cabritos y unas cavernas milenarias que antes fueron fondo de mar donde se pueden ver jeroglíficos nítidamente pintados y murciélagos volando de un lado a otro en la oscuridad.

Savaneta, otro pueblo que antes fue capital arubiana, lo mismo: las casas pintadas, los negocios abiertos, las terrazas vacías, el sol duro y las palmeras ondeando al viento en solitario. Lo único vivo pareciera ser Zeerover, un restaurante sobre la playa lleno de banderas de todos los países y timones de barco donde algunos turistas se mezclan con locales para comer pescados recién salidos del mar.

Rastros de vida en Santa Cruz, en el centro de la isla: un grupo de escolares que regresa a casa con sus mochilas al hombro, poleras verdes y jeans.

En Oranjestad, el centro de Aruba, hay un poco más de movimiento gracias a las tiendas de comercio, ferias artesanales y negocios en casas de fachadas coloridas que le dan al lugar una apariencia de ciudad pintada en un cuento de niños. Hay un mall de puras marcas exclusivas y caras. Pero un poco más allá, en calles muy estrechas, las casas de los arubianos y negocios locales. Peluquerías pequeñas, supermercados, una iglesia evangélica, un localcito de llaves, un trío de hombres que toma la cerveza local Balashi sentados en la calle. Los demás arubianos no se dejan ver por ninguna parte.

-¿Dónde están los arubianos, Glenn?

-Todos están trabajando, y todos trabajan en turismo. Están en Palm Beach o en Oranjestad, en el comercio. Regresan tarde para acá. Y los que están acá, los mayores o los niños, están dentro de sus casas, no salen a esta hora, con este calor. ¡No están locos, amiga! Acá vives dentro de la casa, con ventilador o aire acondicionado.

En una casa de San Nicolás, Jermin Bell (28) ve televisión bajo el ventilador. Jermin estudia psicología hace siete años en Holanda, pero ahora vino a visitar a su familia y a lanzar su libro Nameless en la Biblioteca Nacional de Aruba. “La vida acá es muy tranquila. En las familias viven todos juntos en una casa; yo vivía con mis padres, tíos, 17 primos y abuelos. Recuerdo que jugaba mucho con mis primos al fútbol, íbamos a bailar a los carnavales, los fines de semana se hacían fiestas en la casa donde mi papá se ponía a jugar dominó con sus amigos la noche entera. Ahora juegan Monopoly. También íbamos al mar: los adultos hacían asados, tocaban música típica, conversaban mientras nosotros los niños jugábamos frisbee o nos bañábamos en el mar. Así es la vida arubiana. Muy lenta”, dice.

Por eso cuando Jermin llegó a Holanda a estudiar, le costó acostumbrarse al orden y rapidez europeos. Al estrés. Hasta ahora, cuando está allá, tiene que meditar todas las mañanas unos minutos para poder funcionar en ese mundo acelerado, tan distinto al de su isla. “Nosotros no somos europeos. ¡Somos muy caribeños! En Holanda la gente habla de todo menos de quién eres tú como persona. En Aruba se habla de eso. Ser arubiano es ser una persona calurosa, respetuosa del otro. La gente es cálida, saludamos siempre. El paisaje es tropical, el clima es el mismo los 365 días del año, las cosas funcionan, es seguro, no existe el estrés. Te levantas y escuchas los pajaritos. Eso te ayuda a manejar tu energía”.

En Holanda, Jermin se junta con otros arubianos a preparar comidas típicas y bailar la música autóctona de la isla. Quiere regresar para contribuir con todo lo que ha aprendido en Holanda. El 50 por ciento de los turistas regresa a Aruba porque efectivamente es un paraíso mejorado respecto de otros lugares del Caribe. Los arubianos hablan en casi todos los idiomas. No hay huracanes ni tornados. El clima se mantiene igualmente cálido y con una brisa aliviadora durante todo el año. Y el mar, a diferencia de otros lugares, no es caliente sino más helado y refrescante.

Casi todos los arubianos que viven o estudian en el extranjero también regresan por lo mismo: comparan y vuelven. “Desventajas tiene -dice Glenn-. Acá todo el mundo se conoce, todo se sabe; la gente habla mucho de los demás como pueblo pequeño. Pero cuando viajas a otros lados, te das cuenta de que es incomparable vivir aquí”.

Hilward Croes, reconocido músico arubiano, siempre está volviendo. Es uno de los principales cultores de la música típica de carnaval arubiano con su grupo Dushi Band y Grupo Di Betico, un conjunto de 12 integrantes que tocan parranda arubiana, un sonido carnavalesco y alegre propio de la isla. En los 90 trabajó con Juan Luis Guerra y Chichi Peralta, pero siempre con esa condición: que le permitieran estar regresando a Aruba constantemente. Ahora tiene aquí un estudio de música donde graban grupos de carnaval y él hace jingles y sigue tocando con Grupo di Betico y Dushi Band en cada fiesta nacional. “El sonido arubiano, como Aruba, tiene influencias de muchas partes: de Sudamérica con los latinos, colombianos, venezolanos, que llegaron a trabajar a la refinería. Las islas con descendencia africana del lado de Trinidad y Tobago, Barbados y las islas más centroamericanas como Cuba, República Dominicana, Haití. También la influencia europea a través de Holanda y los americanos que han llegado a la isla. Nosotros fusionamos todo eso con nuestro propio estilo, en soca, algo que rítmicamente y en el sabor se siente latino y europeo al mismo tiempo y que se expresa en los carnavales. Ahí salen los arubianos a la calle. Al carnaval. Ahí se dejan ver”.

La calle principal de San Nicolás ya no es fantasma. Ahora suena la caja de órgano de un matrimonio de guayaberas coloridas y en toda la avenida hay puestos con comida típica arubiana -productos del mar, pescados, una especie de pastel de choclo arubiano delicioso, cervezas Balashi, dulces, cocos-, también artesanías, pareos de inmensas flores, sombreros y bebidas. El bar de Charlie está atiborrado de extranjeros, casi todos gringos, que toman cervezas y gritan en inglés. Y en las calles, al fin, van apareciendo de a poco los arubianos que se instalan en las veredas con sus familias completas. En la entrada de la calle, varios buses de turistas que vinieron hasta acá a ver algo típico: Carubbian, un festival que se hace cada tarde de jueves desde hace dos años y que recrea los carnavales. Porque en Aruba hay varias fiestas típicas que parten junto con el año, con el llamado Dande, el 1 de enero, donde músicos con sombrero van de casa en casa cantando y deseando prosperidad para el año que inicia. Y vienen al Carubbian a bailar, darse una vuelta, cantar un rato. Charlie Lion es el organizador del Carubbian. Es un viejito delgado que va de un lado a otro con una vitalidad envidiable y una polera celeste con el logo de Aruba en letras de colores y su lema: One Happy Island (Una isla feliz). Charlie dice: “Todas las islas del Caribe son lo mismo: playa, arena y sol. Nosotros queríamos hacer esto para mostrar nuestra cultura, historia, bailes y música”. Charlie chequea el sonido de los micrófonos en el escenario dispuesto en mitad de la calle y que los turistas entren a zonas privilegiadas mientras otros arubianos exhiben sus productos en puestos ambulantes. Sonny tiene unos dreadlocks hasta la cintura y vende distintos brebajes con hierbas como toronjil, jengibre y salvia. Algunos tienen alcohol, otros no. “Buenos para la salud, amiga”. Sonny es tapicero y en la semana trabaja en su negocio de San Nicolás, pero viene cada jueves a mostrar sus creaciones. “Así uno colabora con la isla. Aruba es muy tranquila, una vida muy buena. En la semana trabajas, el fin de semana vas a la playa con tu familia y vienes a bailar al carnaval”.

Ya ha oscurecido en San Nicolás. En el escenario, tres cantantes entonan canciones en español e inglés, movidas, cadenciosas. Los locales en las calles se mueven al compás mientras toman cerveza y conversan. Al rato, un hombre embutido en un enterito de lycra celeste, delgado, de insólitos y bien llevados 61 años, presenta un número de limbo. El hombre se dobla como un churro casi rozando el suelo, con la vara del limbo encendida en llamas. Los gringos aplauden enfervorizados hasta que aparecen bailarines en el escenario. Después de una muestra de distintas danzas de la isla, los mismos bailarines aparecen al final de la calle, al lado del bar de Charlie, con mallas brillantes y plumas, desfilando a lo largo de la avenida. Los sigue una banda con trompetas, tambores y bombos. Los turistas con máscaras pasan en trencito en medio del carnaval, se toman fotos, tratan de soltar las caderas, les resulta poco y nada. Mientras los arubianos siguen ahí, en las veredas, sonriendo, moviéndose, conversando, tranquilos, felices, calmados, bailando. Al ritmo local. En cámara lenta.

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