Eva Gómez: “No soy Dios” (entrevista para revista Fibra, 2005)

eva
Esta entrevista es inédita. Debió haber salido publicada a fines de 2005 cuando entrevisté a Eva para revista Fibra de Telefónica. Lamentablemente ese número no alcanzó a salir: la revista fue cerrada por la empresa Teléfonica por razones que nunca nos aclararon bien. Y así, se perdió uno de los mejores e innovadores medios de los que se tenga memoria en este país. Grande Fibra. Grande Guille Hidalgo. Grande Roberto Merino. Grande equipo Fibra. Gracias por haberme dado una escuela maravillosa.

Acá les dejo esta antigua conversación íntima con Eva.

Llegó a Chile por amor en 1995 y ahora es el rostro femenino más importante de Chilevisión. Desde hace tres años se levanta escuchando dramas ajenos, aconsejando a mujeres maltratadas y parándole el carro a abusadores delante de las cámaras. Eva Gómez es como el hada madrina de la galucha. Una sevillana que dice involucrarse con los problemas reales de la gente y que defiende su vida privada con garras. Aquí, cómo la niña que bailaba sevillanas se convirtió en una mujer de armas tomar.

El Diario de Eva, de Chilevisión, podría haber tenido nombre de teleserie venezolana. Porque su conductora, Eva Gómez (34), estuvo a punto de ser bautizada como María del Mar. Su hermana Concepción tuvo la misión de encontrarle un nombre y ya estaba decidida en ponerle así, como una de sus mejores amigas. Pero el día antes del bautizo, Concepción peleó con María del Mar. Y en una medida radical optó que su hermana menor se llamaría Eva, como otra de sus amistades.

Eva Gómez fue una niña inesperada. El concho de la familia. Su madre Concepción quedó embarazada a los cuarenta años y con su marido Victoriano, un militar español, decidieron no contarles la noticia a sus hijos hasta que Eva naciera. Por eso Francisco y Concepción,  de catorce y siete años en esa época, quedaron sorprendidos cuando se encontraron de un día para otro con un bebé en casa. Pero Concepción no se lo tomó tan bien. Bajó de peso e incluso se fue a vivir unos días a casa de sus abuelos. Para hacerla partícipe de este acontecimiento y sacarla del shock, sus padres le dieron la responsabilidad de bautizar a su hermana chica.

Eva creció en Sevilla. Jugando a Las Naciones, practicando gimnasia, andando bicicleta en el patio de vecinos donde su madre vive hasta ahora y disfrutando de una parcela familiar a las afueras de la ciudad. Inquieta, obediente y buena alumna. “Corriendo, vestida con un buzo, medio amachada y siempre transpirando”, como recuerda ella. Escuchando Olé Olé, Santana, Miguel Bosé y flamenco en casa. Y bailando sevillanas desde que tiene uso de razón.

– ¿Cómo aprendiste a bailar sevillana?

– En la calle. Allá todo el mundo baila en la calle. En los colegios se hace una fiesta en abril que se llama la Feria de Sevilla. Desde marzo, empiezas a ensayar. Es un regalo que España tiene con sus costumbres y con sus artistas. Si acá te pones a bailar cueca en un recreo, te mandan a El Peral en el acto. En España no. Allá uno canta en las calles, en las discotecas te ponen sevillanas a partir de las 12 de la noche. El baile aúna grupos. Si estás cantando en la calle, se te une alguien que no conoces y te hace palmas. Te nace de la guata, no es algo planificado. No se necesita nada más que una voz, las manos y las piernas. En el colegio me metía en todos los actos y bailes. Era bien histriónica y súper matea, más viva que estudiosa. No era muy constante, pero en las clases me enteraba.

– Y cuando ibas a salir del colegio ¿qué pensabas hacer?

– Allá estaba complicado. Era una época en la que había desmotivación porque había mucha  cesantía. Entonces mis amigas salían del colegio y se ponían a trabajar o se inclinaban por carreras técnicas que duraran poco. Por eso en España nunca pensé estudiar, pensaba trabajar. Sólo cuando llegué a Chile, me di cuenta de la  importancia que le daban el hecho de tener un título. Era como: “Quién eres, de adónde saliste, en qué universidad estudiaste”. Por eso acá dije: “No voy a ser menos porque no tengo un título. Lo saco y me importa nada”.

– Antes de venirte, trabajaste en la Expo Sevilla del 92. ¿Cómo llegaste ahí y en qué consistía tu trabajo?

– Estaba el boom de la Expo Sevilla ese año. Todas queríamos estar ahí por el cruce de culturas, porque ibas a conocer a gente de todos los países. Y mi amiga Zulema me dijo que postuláramos. Ella mandó mi currículum y al final yo quedé, pero ella no. Me tocó estar en el pabellón de Chile por azar. Hice de todo: me banqué los seis meses muerta de frío con ese iceberg enorme que había. Afuera hacían 50 grados y adentro, 0 grados, una cosa terrible. Vendí, manejaba la caja y atendía a la gente. La tienda que se dividía en tres secciones: vinos y mariscos, artesanía  y joyas, principalmente lapislázuli. Y atrás estaba la parte de música y libros: había cassettes de Los Prisioneros, Congreso, Myriam Hernández, Alberto Plaza y  libros de Neruda, de Isla de Pascua y la Antártica.

– ¿Y qué sabías de Chile antes de que te tocara trabajar en la Expo?

Nada. Sabía que había un señor que se llamaba Augusto Pinochet que era como Franco y que Chile estaba al lado de Argentina. Pero ahí empezamos a aprender sobre el país y me enamoré de Chile. Me llamó la atención que tuviera desierto y selva a la vez, y Santiago. Pensaba: “cómo puede ser”. Mal que mal era el tercer mundo, pero veía fotos de Santiago y lo encontraba increíble porque Sevilla es chica. Me puse mucho la camiseta.

Mamá matea

Eva conoció a su marido chileno en la Expo Sevilla. Con él se casó en España y luego se vinieron en 1995 a Chile. Con él tuvo a Fernando (8) y Matías (5) y luego se separó. Eso es una de las pocas cosas que se saben de su vida privada. Porque a Eva no le gusta hablar de sus amores ni de su familia. Tampoco de sus rupturas ni menos de la relación que actualmente tiene con Pablo Morales, gerente de producción de Chilevisión. De lo que sí habla es de sus estudios en Chile. Casada y esperando a su primer hijo, Eva decidió estudiar periodismo. Aunque para ello, tuviera que rendir una prueba de la que no sabía nada.

– ¿Cómo te preparaste para rendir la Prueba de Aptitud Académica?

– No tengo idea, no me preparé nada. Estaba esperando a Fernando, mi primer hijo. Imagínate: él nació en agosto del 96´ y yo di la prueba en diciembre de ese año. De repente alguien me decía: “Oye, salió este facsímil en el diario, ¿por qué no lo haces?”. Entonces entre pechugazo y pechugazo leía algo, pero re poco. Además no entendía por qué tanta presión, por qué todo el mundo sufría. Me pareció tan raro y angustiante el proceso. Podías haber estado todo el colegio sacándote la cresta y ahora en una prueba te jugabas todo tu futuro.  Había gente que iba llorando, con ataque y yo iba casi silbando. Fui tranquila y creo que eso jugó a favor mío. Saqué como 620 puntos y entré a periodismo a la Portales.

– ¿Y cómo lo hiciste para conciliar tu matrimonio, ser mamá y además estar en la universidad?

– El primer año pensé que me iba a volver loca. No entendía nada. Los profesores hablaban y me costaba entenderlos porque usaban dichos. Pero era bien matea.. La vida me dio la edad que necesitaba para estudiar. Antes era muy inquieta, me gustan los resultados en el acto, no habría tenido paciencia para asumir fracasos. Pero el hecho de estar casada y tener un hijo me ha apaciguado un montón. Me dio una capacidad para discernir y quedarme con la sustancia. Estudié a la edad, en la época y con las circunstancias adecuadas.

– Fuiste productora periodística de S.Q.P, ¿Cómo fue esa experiencia?

– Me llegó del cielo: me inserté en un mundo que yo no conocía, empecé a aprenderme los nombres de los artistas. Me decían: “invita a Juanita Ordoñez”. Y yo decía: “ya, pero ¿quién es Juanita Ordoñez?”. No veía televisión chilena. Veo televisión española hasta el día de hoy. Aprendí mucho y empecé a conocer gente. Estuve seis meses, renuncié y justo me surgió esta propuesta de casting para un matinal.

– ¿Cómo fue ese casting? ¿Había muchas chicas?

– Éramos como ocho y había varias conocidas de la tele. Estaba la Claudia Araneda, la Katherine Salosny. Nos pasaron una hoja que decía: “Juanita Pérez es íntima amiga de Antonia López y Antonia le quiere contar a Juanita que se acuesta con su marido. Tenemos que generar una conversación entre ellas y luego el marido llegará para defenderse”. Yo pensaba: “Qué cosa más rara”. Además tenía una esguince y figuraba con un yeso azul hasta la rodilla, cojeando y haciendo mi casting. Pero me acuerdo que iba meditando cómo lo hacía para la conversación decantara sin que se armara un escándalo. Después me contaron de qué se iba a tratar el programa. Yo miraba para todos lados buscando dónde estaba la cámara oculta. No podía creerlo.

Eva y los pecados ajenos

A las nueve de la mañana, de lunes a viernes, a Eva le toca escuchar testimonios escalofriantes y conmovedores en su programa. Historias de violaciones, maltratos, divorcios, amor, adicciones, celos, violencia y erotismo. O sea, una descarga eléctrica de emociones. Pero Eva no se amilana. De pie y frente a sus invitados, los aconseja, les pregunta, los expulsa del estudio si se ponen agresivos y los consuela en sus penas más negras, como si fuera una extraña mezcla de hada madrina, juez y confidente. Una que en que en esta entrevista dice que por ese mismo nivel de estrés emocional, hoy hubo un recambio en el equipo. Aunque según la prensa, Carolina Gordon, productora del programa y César Olivares, editor, renunciaron por problemas con un supuesto divismo de Eva. Algo que ella no reconoce. Aunque sí su carácter fuerte, avasallador y franco.

– De los casos que te han tocado en El Diario de Eva, ¿Cuáles han sido los que más te han impactado?

– Hay uno con el que hasta soñé. Sueño con muchos casos. Pero éste fue súper fuerte: era un matrimonio en el que había maltrato físico y psicológico por parte de él y ella después de mucho sufrimiento y tiempo decidió separarse. Y él le dijo: “Ok, separémonos, pero yo quiero hablar con mis hijas para despedirme”. Y él se fue con las niñas, de cinco y ocho años, y se tiró con ellas al metro. Fallecieron las dos y él quedó vivo. Fue un testimonio estremecedor. Este señor estuvo preso un año y lo dejaron libre por enajenación mental. Ella rehizo su vida, tiene dos hijos más, pero el ex no pierde la oportunidad para amenazarla y decirle: “Ojo, que en cualquier momento puedo hacer lo mismo con tus hijos y como estoy loco, ni siquiera iría preso”. Es muy fuerte.

– ¿Y mantienes contacto con la gente que da su testimonio en el programa?

– Sí, sobre todo con los casos que tienen riesgos para los invitados. Ahí agarramos carabineros que los está esperando en la casa, los derivamos a una institución que puede ser el Hogar de Cristo. Es: “Cuéntenos qué ocurre, si lo siguen maltratando, avísenos”. Si esta cuestión no es: “cuéntame tu historia y chao”.

– ¿Te involucras emocionalmente con los casos?

– Absolutamente.

– ¿Y cómo te desconectas para seguir con tu vida?

– No lo hago. Montones de veces me voy pensando en ellos para la casa.

– ¿Y cómo se vive con esa descarga emocional diaria?

– Viendo cómo se solucionan las cosas negativas. Diciendo: “Bueno, ¿qué hicimos hoy? La señora Juanita decidió darle a su marido una última oportunidad, enfrentarlo y decirle: “¿Sabes qué más? Si sigues llegando curado, voy a agarrar Desgraciadamente este equipo es de alto riesgo. Hay gente que no quiere contestar más teléfonos porque le tienen pavor. Son llamadas como: “¡Está entrando!, ¡está entrando!, ¡me va a pegar!” Y luego se corta. Y tú no puedes llamar de vuelta. Por eso cada cierto tiempo hay que cambiar el equipo.

– ¿Porque no soportan el estrés?

– Porque el equipo hace catarsis. Esto es agotador y es todos los días. Entonces por desgaste hay que traer a gente nueva, equipos que vengan con limpieza de cabeza y corazón.

– ¿Y cómo te limpias tú?

– Estoy tratando de botar en una terapia personal que empecé hace un mes y medio. Y yo he estado estos tres años sin ningún apoyo. Hoy decidí que necesito terapia. Pero ya me quedo tranquila, ya sé que no puedo llevarme a toda la gente para mi casa, que la solución no es llevarme a un niño abusado porque no es mi hijo, desgraciadamente. Al principio quería llevármelos a todos, comprarles pañales a todos. Pero después te das cuenta de que no puedes.

– Porque no eres superhéroe.

– Claro, no soy Dios. Mucha gente cree que yo le voy a solucionar la vida. Se me acercan en la calle. Hay otros que sólo quieren saber qué opino yo. Creen que mi criterio puede ser alentador o revelador para tomar decisiones y eso me hace sentir bien.  Que alguien crea que tu opinión es válida, es rico.

– ¿Cómo manejas tamaña responsabilidad?

– Tengo claro que muchas veces me equivoco y que en otras acierto. También sé que nunca le he mentido a nadie: las personas saben que soy Eva Gómez, que los escucho, que hago que conversen entre ellos y que emito juicios, pero los que emitiría la mayoría de la gente. O sea, frente a un maltrato tú no puedes decir: “Bueno, síguele pegando nomás”. No me queda otra que tener fe que lo hago con la mejor de mis intenciones. Pero las personas saben que se encuentran conmigo y no con un abogado o un psicólogo. Saben que también me enojo, lloro, tengo problemas o me levanto con el pie izquierdo. Y la gente llama. Eso me hace creer que les sirve conversar conmigo. Tengo la suerte de que el 99% de mis invitados terminan contándomelo todo, incluso cosas que ni a los periodistas les han dicho. A mí sí. Y además, con cuarenta personas en el estudio y en cámara.

– ¿Y por qué cualidad tuya crees que lo hacen?

– Quiero creer que es porque la gente ha visto el programa y ha visto algo en mí. Quizás que no hago show de las cosas porque no lo hago. No me interesa ser sensacionalista, calentarlos, que haya golpes. Creo que la gente confía que no voy a hacer un show televisivo, que sí me importa lo que pasa y saben que vamos a estar preocupados de la persona que sale triste, con miedo o angustiada.

– Pero sigue siendo un show televisivo, un negocio.

– Pero las noticias son lo mismo. Mi programa es realidad. Por el hecho de estar en la tele, es un show televisivo, como el huracán Katrina y la ciudad fantasma en la que se convirtió Nueva Orleáns. Pero porque salga en la tele, ¿es menos real? ¿Es menos fuerte? ¿Conmociona menos?

Verdad tatuada en la piel

Eva tiene un aro en la nariz y cinco tatuajes. El último se lo hizo el 2003 en España acompañando a su sobrina Laura (18), quien quería incursionar por primera vez en ese mundo. Eva estaba pasando por un proceso personal que deja en incógnito y escogió una letra china que significa realidad y verdad que hoy lleva marcada en el cuello, debajo de la nuca. “Me sentí identificada con el significado. La línea de mi vida es esa: soy franca, honesta y voy de frente. Es algo que he heredado y espero que este país no me lo cambie”.

 

– ¿Piensas que la tele es el espacio adecuado para resolver problemas personales?

– Creo que para la gente que tiene menos recursos y que confía en que acá se les puede orientar, absolutamente. No todo el mundo puede acceder a un sicólogo. Si la señora Juana que vive en La Dehesa se pelea con su marido, va a terapia y luego a Cancún. Por eso no sólo es un mecanismo legítimo, sino que fundamental para ellos. Y si yo puedo darlo, no puedo estar más orgullosa. Yo alerto, hablo de prevención, de donación de órganos. Es un programa que muestra la realidad y que también tiene algo de terapia: la gente viene porque quiere desahogarse. Y qué mejor que te den pantalla para decir: “Hasta cuándo en este país se discrimina por ser gorda, flaca, chico, negro. Estoy hasta las narices”.

– ¿La exposición no es un precio muy alto para encontrar ayuda?

– Es que es voluntario. Si una persona llama y te dice que quiere venir al programa, tengo que creer y respetar la libertad de acción de la gente. Si se sentó ahí es porque quiso. Como también hay gente que ha llegado, se ha ido y dicho: “No, gracias”.

– Las personas te cuentan su intimidad y tu eres bastante reacia a hablar de la tuya, ¿no te produce una contradicción eso?

– Para nada. Ellos lo hacen porque quieren y yo no lo hago porque no quiero. Respeto la opinión de todo el mundo. Si alguien me cuenta libremente que tiene relaciones sexuales maravillosas, está bien. Pero yo no hago lo que el resto hace. Para mí la privacidad es privada y no la expongo. Pero si tú quieres exponerla, te respeto. Jamás he obligado a nadie a aparecer en mi programa. Si la gente no quisiera, no existiría El Diario de Eva.

– ¿Y tú resolverías un problema personal en televisión si fueras una persona anónima?

– En El Diario de Eva absolutamente. Si me dijeras el Diario de Antonia, tendría que verlo. Pero yo sé lo que es El Diario de Eva y si hay un clon mío y siento la necesidad de ir porque esa persona me da confianza, no te quepa ninguna duda que iría. Pero al Diario de Eva.

– ¿Y qué quieres hacer cuando se termine este ciclo?

– La verdad es que no sé. Capaz que termine esto, me vaya para la casa y me dedique a vender sándwiches. El canal tendrá que proponerme y ver para adónde vamos. Quizás un programa de conversación, también me encantaría trabajar en radio. Pero sin trabajo no me voy a quedar. Tengo dos pies, dos manos, salud y dos hijos.

– Has dicho que eres exigente y de carácter, pero ¿frente a quién agachas el moño?

– No lo agacho. De repente ante a mi madre y poco. Las únicas personas que me sacan un perdón fácil son mis hijos.

– ¿Te cuesta pedir perdón?

– No me gusta pedir perdón ni que me lo pidan. Soy más de artimañas, de llamarte, de decirte cómete un helado conmigo. Pero con mis hijos he aprendido y les digo que se pidan perdón. Me gustaría que ellos le dieran menos importancia que yo a la palabra.

– ¿Es orgullo?

– No, pero el perdón es una palabra grande. Si me lastiman espero que me digan: “Me equivoqué”.

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