Yoani Sánchez, bloguera cubana: “Soy una demócrata autodidacta”

(revista Ya, Mayo 2010)

Tiene un blog seguido por millones de lectores del mundo desde Cuba, pero no muchos cubanos la conocen. Desde La Habana, Yoani Sánchez, la bloguera que denuncia el día a día de sus compatriotas, no desiste. Publica como puede, twittea por su celular y pelea por expresarse en libertad dentro de un régimen que la vigila constantemente. Sentada en el borde costero de la capital cubana, Yoani explica aquí cómo el germen de la libertad se le coló a tientas, cómo ve el futuro de Cuba y por qué no se piensa ir de aquí, a pesar de todo.

Es mediodía y junto con las dos mujeres que hace unos minutos se me acercaron frente al Capitolio de la Habana, transpiramos como condenadas dentro de un bar con ventanas sin vidrios en pleno centro de la capital cubana. Mientras ambas empujan las hojas verdes de su mojito con una bombilla y después de haber conversado mucho, pero en voz baja, les pregunto si conocen a Yoani Sánchez. He hecho varias veces este experimento en los dos días que llevo en Cuba y el resultado ahora es el mismo: las dos me miran con desconcierto. “¿Yoani Sánchez? No. ¿Ella es famosa, chica?”.
Eso pasa en la isla aislada: la mayoría de los cubanos de a pie no tienen idea quién es su compatriota Yoani Sánchez. No saben que el 2008 fue nombrada por la revista Times como uno de los 100 personajes más influyentes del mundo. Tampoco que desde el 2007 escribe el blog Generación Y, leído y seguido por millones de personas de distintas nacionalidades y traducido a 17 idiomas, en el cual ha gritado la realidad que viven los ciudadanos de su país. El gobierno cubano se ha encargado de que Yoani sea anónima en su tierra: desde marzo de 2008 bloquearon el acceso a su blog desde la isla. Su libro, Cuba Libre, que recopila las mejores crónicas de su blog y fue publicado en el mundo hace unos meses, también está prohibido en el país. A Yoani no la dejaron salir de Cuba para su lanzamiento en Chile a principios de abril y retuvieron en la aduana del aeropuerto los ejemplares que le enviaron desde el exterior. Por eso, cuando la llamé desde Santiago de Chile hace unos días para coordinar nuestra entrevista, eso fue lo que me pidió: su libro. Y hoy lo llevo en mi cartera así: forrado en doble papel de regalo y con una dedicatoria a lápiz mina que escribió mi mamá simulando un regalo de cumpleaños, por si tenía problemas en inmigración. Eso les cuento a las cubanas que me escuchan con los ojos redondos cuando les hablo de Yoani y mi intención de entrevistarla. Aterradas, me ruegan que no mencione sus nombres en mi artículo. Les prometo que no. Más tarde, les compro algunos paquetes de leche que me pidieron para sus niños y nos despedimos frente al Capitolio. Una de ellas me dice al oído: “Por favor, salúdame a esa mujer, a Yoani. Y dile que estamos con ella”.
Media hora más tarde, cuando voy conejeando rápidamente por algunas calles de La Habana junto con Yoani (34) y su marido, el periodista opositor Reinaldo Escobar (63) buscando algún lugar tranquilo donde conversar – la casa de Yoani está casi siempre bajo vigilancia y su teléfono, interferido– le digo lo primero: que tengo su libro. A Yoani le brillan los ojos. Es una mujer de mirada dulce, pelo frondoso y largo, delgadísima, de paso veloz y decidido. Hoy lleva puestos unos aritos de plata con el símbolo de su blog Generación Y que le mandó de regalo una seguidora y joyera de Perú. Cuando al fin nos sentamos en la mesa de un restorán en el Malecón, saco el ejemplar de la cartera y se lo paso. Reinaldo le saca los dos papeles de regalo en los que viene envuelto y ambos miran la tapa. Yoani pone una mano sobre ella, sobre su propia foto, y sonríe. Cierra los ojos, emocionada. “¡Ay qué lindo! ¡Gracias, muchacha! Tenemos que guardar esos papeles de regalo porque son parte del ritual”, le dice a Reinaldo. Pedimos cervezas para paliar el calor. Y le cuento lo segundo: el experimento. Que la mayoría de los cubanos la desconocen. “La gente tiene poco acceso a la información por la censura, el control y falta de infraestructura. Pero nuestros textos están llegando a los actores de opinión, a esa gente inquieta que no se conforma con la papilla masticada que les da el gobierno. Me pasa mucho en la calle que la gente se me acerca muy callada y me dice: “sigue, resiste, continúa” y eso me da una satisfacción muy grande. Mi blog nació como un deseo personal. Si me leían 10 personas o 15 mil, yo iba a ser igual de feliz. Si sólo me escucha el agente de seguridad que controla mi teléfono, también estoy feliz porque algo influencio en él”, explica.
Hoy Yoani está contenta, a pesar de que lleva diez días sin poder conectarse a internet, publicar en su blog ni twittear. Porque al fin tiene su libro en las manos y porque anoche la mencionaron por primera vez en la televisión oficial de su país. Claro, como una ciberconspiradora, cómplice del Pentágono y vendepatria. “Eso para cualquier ciudadano en Cuba sería como para no salir del baño de la casa. Es paralizante. Pero yo me lo tomo como una condecoración. Vamos a brindar”. Y hacemos salud con nuestras cervezas Bucanero en mano.

El germen de la libertad

Desde que nació, Yoani vivió con sus padres, abuelos y su hermana en un espacio de seis metros cuadrados donde compartían baño y cocina colectivos con diez habitaciones más de un solar en el barrio negro de Cayo Hueso en La Habana. Creció escuchando cómo el gobierno repetía que trabajaban para y por los más humildes. “Pero yo veía que mi familia no había sido favorecida en nada: mi abuela era analfabeta y siguió siéndolo, mi mamá llegó sólo hasta sexto grado. Era diferente de lo que me decían en la escuela donde me hablaban de glorias y logros”, recuerda. Hasta que llegó 1989 y la mutación de sus padres cuando ella tenía 14 años. A esas alturas, la pobreza de la crisis económica azotaba fuertemente a los cubanos, el Muro de Berlín había caído y reinaba la alarma pública de un futuro incierto. “Mis padres entonces se frustraron. Pasaron de ser ateos y materialistas a practicar religiones. Y dejaron de ser creer en el régimen. Se convirtieron”.
Mientras, Yoani que era una buena alumna en la escuela, devoraba todos los libros que encontraba y se cuestionaba cada vez más cosas, partiendo por qué tenía que vivir tan controlada. A los 17 años quiso librarse y dio un portazo de la casa de sus padres. “Siempre fui muy reacia a los autoritarismos. Sentía que podía trazarme un camino propio, que estaba sumida en un control social y familiar que me limitaba mucho. El germen de la libertad tiene mil y una formas de expresarse. Me sentía asfixiada en la escuela, en mi casa, quería ser yo. Soy una demócrata autodidacta”. Se fue a vivir con Reinaldo Escobar a quien conoció por medio de un amigo. A pesar de que él tenía ya 45 años, conectaron inmediatamente. Reinaldo le prestó libros, partiendo por algunos de Vargas Llosa, la bestia negra en Cuba y ambos se enamoraron rápidamente. “Reinaldo es la persona más joven que he conocido. Encontré en Reinaldo alguien que era más atrevido que yo”.
Yoani entró a estudiar filología hispánica en 1995 con su hijo Teo de 20 días de nacido. Hizo una tesis incendiaria: Palabras bajo Presión: un estudio de la literatura de la dictadura en América Latina. La discusión de su tesis tenía preocupadas a las autoridades de la Facultad. Fue a puertas cerradas y con militares en el recinto. “Era como hablar de la soga en la casa del ahorcado, pero no buscaba una actitud beligerante. La literatura me fue llevando a la beligerancia, no la beligerancia a la literatura”. Cuando salió de allí con su título, Yoani decidió que no se dedicaría a la literatura sin no podía juntar palabras sin pedir permiso y partió. El 2002 se fue a Suiza con su hijo Teo. Reinaldo y el resto de su familia se quedaron en la isla. Pero inesperadamente, dos años después, Yoani armó sus maletas y regresó a la isla con su hijo. La fuerza de la nostalgia. “La idea era lanzar a Teo, darle un futuro en libertad. Pero tenía la culpa del inmigrante: con este plato mi familia podría vivir un mes, pensaba. Y mi padre estaba enfermo. Soñaba que estaba en la ribera de un río sin puente para poder cruzar. Una vez que entré a Cuba, rompí el pasaporte porque sólo podía regresar como turista después de más de 11 meses fuera del país. Me amenazaron con cárcel, pero después de seis meses de presiones, me dieron el carné de identidad de vuelta”. Entonces se dedicó a la informática. Ya había armado computadores con distintas piezas y el 2007 encontró internet y los blogs y empezó a escribir el suyo, Generación Y. Al principio, como los cubanos tenían prohibido hospedarse en los hoteles, entraba hablando alemán, haciéndose pasar por turista para conectarse. Desde de marzo de 2008 cuando el gobierno cubano bloqueó su blog desde la isla, empezó a publicar con la ayuda de sus seguidores que estaban en el extranjero. Yoani escribe cinco o cuatro textos, los manda a sus colaboradores vía mail desde algún hotel y ellos lo publican en el blog. Ella les entregó su contraseña, confiando a tientas en lectores que jamás ha visto en persona. Y desde el 2009 twittea a través de su celular, aunque éste no tiene acceso a internet.
En el restorán playero, Yoani con su largo pelo tomado en un moño, abre su teléfono que de fondo de pantalla tiene la bandera de Cuba con un arroba en el centro. “Gracias a unos comandos del teléfono, publico. En mi agenda hay una persona llamada twitter a quien le mando un texto y eso automáticamente sale publicado, aunque cada mensaje me cuesta un peso (casi 600 pesos chilenos). Twitteo de manera urgente del móvil. Si no, acumulo tweets hasta que pueda conectarme. En algunas páginas web me depositan cuando no me queda saldo para que siga publicando. Y me mantengo al día de lo que pasa en el mundo gracias al mensajes de texto que me envían del extranjero. Si lo que quieren es aislarme pues me voy a conectar”. Yoani sonríe y al frente, su marido Reinaldo la mira con ojos de admiración. Porque sabe de qué está hecha su mujer. Sabe que Yoani, la mujer menuda, delgada, de zapatos negros tipo Mafalda que habla claro, modulando cada palabra hasta el final, ya no va a detenerse en su lucha por denunciar violaciones a los derechos humanos en la isla, a pesar de todo. A pesar de que ha sido secuestrada, intimidada, han amenazado a sus familiares y amigos y de esos ya les quedan pocos. A pesar de que su casa está bajo vigilancia de agentes de seguridad que circulan con micrófonos de cintillo y pistolas a la vista por la calle donde vive y de que su teléfono fijo es intervenido. Hace poco, antes de salir de casa, Yoani llamó e hizo la misma broma que hace de tanto en tanto. Agarró el auricular y dijo: “4,3,2,1 KJ: (el departamento de escucha telefónica del régimen) prepárense que voy a hablar”. Una bromita que lanza y de la que ahora se ríe, como niña traviesa. “No me voy a volver una neurótica, ¿ah? Si escribo es porque quiero recuperar todo el tiempo que callé. Además no tengo nada que esconder. Soy una persona que escribe sus opiniones moderadas, sin violencia verbal, sin atacar personalmente a nadie, señalando lo que no me gusta de mi realidad. No tengo armas, no quiero asaltar un cuartel militar como lo hizo Fidel con el cuartel Moncada”. Esto tiene Yoani ahora: sus aritos de plata en forma de Generación Y, una cartera negra donde tiene unos pesos cubanos, su identificación y su celular con arroba en la mitad de la bandera y su libro en una bolsa de tela para el pan que sostiene su esposo. Y un hijo que ahora está en la escuela que espera mucho de ella y su padre. El 2003, cuando Teo sólo tenía 7 años y ellos le contaron que un amigo y periodista opositor estaba detenido por opinar distinto al gobierno junto con otras 74 personas, él les dijo a Yoani y Reinaldo: “Entonces ustedes son un poco cobardes porque todavía siguen libres”. Ahora, sentada a metros del mar mientras suena una salsa de fondo, Yoani reflexiona: “Con un hijo así, una no se puede quedar callada”.
Cuba libre
Hoy en la mañana, Yoani no tenía leche para darle a su hijo Teo. “Todavía no sé dónde nos vamos a conseguir una bolsa de leche, pero queremos darle un vaso al niño cada mañana antes que se vaya a la escuela”, dice. Hoy Yoani y Reinaldo se fueron caminando durante más de media hora desde su casa hasta donde nos encontramos porque no encontraron bus. Ambos se levantan todos los días a las seis de la mañana. Reinaldo prepara el desayuno y los tres, Yoani, Teo y él se sientan a la mesa a comer en el departamento donde viven. Un edificio yugoslavo en el que Reinaldo alcanzó a tener un espacio gracias a que su padre trabajó en su construcción hace ya varias décadas. “Ese es un momento de mucha paz en el que compartimos, recargamos las pilas y planificamos nuestro día”, cuenta Yoani.
El día a día depende de lo que haya que hacer. La mayor parte del tiempo es esto: Reinaldo y Yoani dan tres horas de clases de español a turistas de habla alemana en alguna biblioteca, un parque de La Habana o un Café. Almuerzan en casa o donde los pille el hambre. Por las tardes, pasean a turistas por La Habana real. Les explican a los extranjeros lo inexplicable de Cuba para los visitantes: por qué profesionales ganan mensualmente 20 dólares, que cada cubano – ellos incluidos, tienen una cartilla de racionamiento que les da un kilo de arroz y un huevo por persona cada mes, que tienen que hacer eternas filas para conseguirlos, por qué los cubanos manejan otra moneda distinta a la del turista con la que prácticamente no les alcanza para nada más que para sobrevivir y por qué se les hace cuesta arriba viajar fuera de su país. Algo que Yoani conoce de memoria. Porque cuando no está trabajando como profesora de español o guía turística, también tiene que hacer colas para conseguir alimentos, ingeniárselas para conseguir leche para Teo, caminar horas de horas para llegar donde quiere o tomar los destartalados buses que van repletos de gente para moverse por su ciudad. En las noches, a veces llega agotada de tanto traqueteo. Pero siempre, como sea, se sienta a escribir sus crónicas en el notebook que le regalaron del Premio Ortega y Gasset de Periodismo Digital que ganó el 2008. Y veces recibe a algunos compatriotas que quieren hacerse un blog y acuden a ella para que les enseñe. Todo igual que el resto de los cubanos excluidos del poder, a pesar del éxito de su blog, de sus diversos reconocimientos en el extranjero. “Para muchas personas es algo difícil de entender. Dicen: esta persona que tiene publicado un libro, un blog que leen millones de personas y premios internacionales debe tener auto, dinero, cosas. Pero yo no tengo auto, cuenta bancaria ni conexión a internet en casa. Tampoco me quejo porque eso me permite estar conectada a la realidad, padeciendo y disfrutando el día a día de los cubanos de a pie. Mucha de mi escritura nace de esa frustración: por qué todo tiene que ser como pedalear una bicicleta oxidada”. Yoani tiene su frondosa cabellera amarrada en la nuca. Hace calor. Un calor húmedo que moja la ropa. Yoani no transpira y se ve serena. Sin miedo. Mira directo a los ojos, quieta para conversar. Le pregunto por eso, cómo lo hace para vivir sin miedo. “Yo siempre tengo miedo, pero a lo que más miedo le tengo es a vivir con miedo. No me siento valiente. Soy una pequeña hormiguita a la que le tiemblan las piernas. Prefiero sentirme como antihéroe. Los valientes y salvadores le han hecho mucho daño a nuestro país.
– ¿Tienes tus resguardos? ¿Has conversado con tu familia qué hacer si pasa algo?
– Bueno, herramientas de defensa no. ¿Qué? ¿Una puerta más gruesa? No hay manera de defenderse de un Estado que te puede aplastar porque es dueño de todo: de los medios de comunicación que pueden destruir tu imagen socialmente sin derecho a réplica. De los tribunales donde tienen la capacidad de reordenar las leyes a su antojo y aplicarte cualquier artículo del código penal. Por eso trato de que no me influya mucho, si no, no puedo vivir. Pero con Reinaldo sí tenemos códigos: por ejemplo, si nos separan, tú sabes que yo no voy a decir esto ni esto aunque te digan lo contrario y viceversa.
– ¿Qué te mantiene protegida ahora?
– La primavera negra del 2003, cuando el gobierno cubano metió presos a los 75 periodistas opositores, tuvo un costo enorme para el régimen y sus relaciones internacionales. Y este país necesitaba dependía en un 70% de la ayuda internacional. Por eso ahora han tenido que apelar a otros métodos como la detención breve, el acoso físico, la vigilancia, la satanización y aislamiento social. Lo otro ha sido la visibilidad que da internet. Ellos están acostumbrados a reprimir en situaciones de silencio, pero internet te permite gritar. Cuando no publico en tres días, la gente pregunta qué pasa con Yoani. Cuando acuso una vigilancia policial, alerta roja en internet. Los lectores me protegen y los premios internacionales también porque si me detienen estás metiendo en prisión a una persona cuya voz ha sido reconocida por la comunidad internacional. Pero eso no implica inmunidad ni impunidad. Si mañana estalla el conflicto de Corea, la atención internacional vira hacia allá y en Cuba hay otra redada. Así de frágil es.
– Has dicho que aunque pudieras salir, no te quieres ir de Cuba. ¿Por qué?
– No me quiero quedar fuera de Cuba. Quiero viajar, pero no más de un mes porque echo de menos mi familia, mi perra, mis gatos, los peces, mis matas del balcón. Este es mi espacio. El gobierno cubano se ha acostumbrado a la fórmula “si no te gusta, te vas” porque baja la presión. Lo mío es decirles: no me gusta, pero me quedo. Me quedo hasta tratar de que me guste y reformarlo. Tengo sueños. Me encantaría dedicarme al periodismo en un marco de mayor libertad, sumarme a un proyecto de gente joven, dinámica que quiera hacer un periódico que trate de reevaluar el pasado y el presente. Este país lo necesita. Soy feliz en lo personal e insatisfecha en lo social y de ese contrapunto nace todo. Ahora descubrí la herramienta de internet y el blog, pero si aparece otra, ahí estaré. Los inconformes somos así: testarudos.

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