Tres días como yogui

Con la maestra Anne

 

 

Un retiro de yoguis con una maestra finlandesa en un paraíso natural y silencioso llamado Canal Om. Vegetarianos que se desarman como rompecabezas, respiran hondo y están en paz mientras una reportera histérica, carnívora y fumadora intenta seguirles el ritmo lento y pacífico. Este es el diario de tres días viviendo como yogui.

Es sábado, son las siete de la madrugada y estoy despierta. ¿Qué diablos hago en pie a estas horas? Miro con la boca abierta y los ojos pegados de sueño cómo nueve yoguis, tres hombres y seis mujeres de cuerpos delineados y fibrosos, se convierten en cubos rubik en una sala de madera y con un vitral en el techo con un pájaro de alas abiertas. Sólo se escucha la voz tenue de una mujer contando en sánscrito y diciendo “Inhale and exhale” y respiraciones. Mmmm y ffffff. Lo demás es silencio.
Estoy en Canal Om Wellness By The Sea, un paraíso cerca de Los Vilos con cabañas de madera, senderos rodeados de flores, árboles y estatuas con budas, letras chinas, puertas de bambú, piscinas calientes, tibias, heladas, de agua de mar, de agua dulce, lagunas con peces y acantilados hacia el mar donde vienen frecuentemente grupos a realizar talleres de yoga y también algunos turistas que buscan la tranquilidad de este oasis. No hay televisores en las piezas. No hay ruido. No hay gente escuchando música a todo chancho. Adentro de las cabañas, todos andan descalzos. Aquí no cocinan carne ni pescados. Es un lugar precioso y místico donde hay mucha paz.
Llegué ayer en la tarde en un bus desde Santiago junto a un grupo de amantes del yoga para tomar las clases de la maestra finlandesa ashtanga, una de las ramas más fuertes de esta disciplina, Anne Nuotio (45) organizada por la academia Yogashala, vivir la experiencia y sobrevivir para contarla. Y para eso, debo tener suerte y fe en Dios. Porque esta es mi realidad: no soy yogui. Mi elasticidad corporal es nula, a pesar de que practico spinning con escasos resultados estéticos. Fumo como condenada a muerte. Soy tevita. Me gusta el ruido y la carne. Me desespero con mucha paz y con lo único que me conecto es con mi wifi. En resumen, soy una histérica. Y una disidente: alguna vez intenté practicar yoga y me inscribí en una academia de ashtanga. Duré tres semanas. Abandoné porque me aburría como ostra. Sufría y tiritaba como jalea en cada postura. Pensaba en mil leseras y me daban ganas de reírme cuando todos los demás estaban en trance. Es decir, soy el antónimo de zen. Soy la oveja negra de este rebaño y tengo miedo. Porque en un rato más, comenzará la sesión para los principiantes, sé que mi cuerpo se resistirá a doblarse como churro y sufriré.
Miro a una mujer de cuerpo perfecto y enterito de lycra blanco parada de cabeza y los pies rectos hacia el cielo. A un señor de unos cincuenta años convertido en un amasijo redondo en el que manos y pies se abrazan de manera indescifrable. Trago saliva. Me pongo nerviosa y me dan ganas de salir a fumar. Pero ya es tarde: los yoguis empiezan a enrollar sus alfombras lentamente. Nos toca a los principiantes. Somos cuatro: una chica de 29 años que vino sola buscando desconexión después de un quiebre amoroso, el pololo de una chica que está en yoga intermedio y que jamás ha practicado y una argentina regia que trabaja en Inglaterra y parece estar muy interesada en aprender todo sobre el yoga, y yo. Anne se acerca a nosotros. Es una rubia menudita que anda con un buzo verde y calcetas de lana morada y gruesa. Su mirada verde limón es penetrante, su sonrisa es cálida, da unos abrazos apretados y anoche, de un tirón, se aprendió todos los nombres de los veintitantos que vinimos a su taller. Habla con una voz baja y suave en inglés. “Lo primero del yoga es aprender a respirar. Llenando el pecho al inhalar, apretando el estómago y el ano al exhalar. Cerremos los ojos”. Sentada con las piernas cruzadas, respiro. Inhalo, exhalo. Inhalo, exhalo. Así estamos un buen rato, en silencio, hasta que empezamos con el saludo al sol. Junto las manos en el cielo, me estiro, pero mis manos no alcanzan el piso. Anne cuenta hasta cinco mientras mi cuerpo está convertido en un techo de casa, en un triángulo. Sostengo la posición con cierta dignidad la primera vez. Pero a la quinta, tirito entera. Me tiemblan las piernas y me duelen las muñecas. Trato de relajarme. Pero pienso que me duelen los brazos, que afuera está despejando y después me pondré traje de baño y qué habrá de comer para el desayuno. Con las piernas abiertas y estiradas, me agarro los dedos gordos de los pies. Me aburro e imagino un café con leche y un cigarrito. Intento concentrarme en mi respiración. Y de repente sólo estoy inhalando y exhalando. Flotando en una laguna mental. Tendida sobre mi alfombra con las palmas de las manos hacia el cielo, los ojos cerrados y tapada por una frazada que Anne me puso encima con suma delicadeza. Por primera vez en muchos años, me siento tranquila.
La mesa del desayuno es larguísima. Hay frutas, azúcar rubia, cereales, pan integral, mermelada, quesillo y yogurt. Los yoguis rodean a Anne y le preguntan sobre yoga y posturas mientras yo engullo un pan con queso desesperadamente y me limito a sonreír con la boca llena. Desde un extremo de la mesa, Anne que ya se dio cuenta de que en el yoga doy bote, me pregunta: “Are you ok?”. Le respondo en inglés: “Ahora estoy bien. Después, lo dudo”. Los yoguis que son muy suaves, silenciosos, sonrientes, calmos, se ven mucho más jóvenes de lo que son y no conversan cabezas de pescado, se dan vuelta a mirarme compasivamente. Para ellos, soy el pequeño saltamontes. Yo me siento más como Kung Fu Panda.

En busca del espíritu
Desde la terraza de mi cabaña se ve el mar chocando contra las rocas. Como desde aquí nadie me puede ver, enciendo un cigarro. Me da vergüenza que los yoguis, tan sanos, me vean fumar. Son las 11 de la mañana y Catalina (29), mi compañera de casa, se sienta conmigo a tomar el sol. Catalina no practica yoga y vino sola. A principios de año, tenía puestas las argollas para casarse con su novio de mucho tiempo, pero decidió que eso no era lo que quería y rompió el compromiso. Buscó en internet un lugar donde pudiera descansar y pensar, dio con Canal Om, la posibilidad de hacer yoga y se vino. “Quería ver caras nuevas, estar con gente distinta, volver a mi centro. Se pasó el lugar para lindo, ¿cierto?”. En realidad Canal Om es una preciosura con vista al mar. Pocas personas saben de su existencia porque hasta el 2008 su dueño, Gustavo Ponce, también dueño de la academia Yogashala y unos de los precursores del yoga en Chile, un hombre de voz profunda que tiene 63 años pero representa cuarenta con suerte, lo tenía exclusivamente destinado a talleres de esta disciplina para no más de veinte personas. Después, lo fue abriendo a turistas que buscaban tranquilidad, silencio y relajación en sus piscinas de agua de mar caliente y fría al aire libre y con vista al océano.
Desde nuestra terraza, vemos cómo algunos ya van caminando por los senderos de Canal Om hacia la sala de yoga. Ya es mediodía y Anne va a dar una charla. En la sala, todos se sientan descalzos arriba de una frazada formando un círculo. El grupo es heterogéneo, aunque top. La mayoría son profesionales de alto nivel. Hay un grupo de señoras regias de cuarenta y algo de cuerpos bien tonificados, una pareja de pelo largo y ropas holgadas amantes del yoga, unos tres brasileños jóvenes y atléticos, un hombre mayor muy yogui con cuerpo de veinteañero, dos chicas jóvenes y delgadas que acaban de terminar su curso de instructoras de yoga, dos señoras rubias, una pareja treinteañera y chispeante que está partiendo con esta práctica y la argentina de cuerpo envidiable. Todos llegaron al yoga por distintos motivos: algunos buscan sólo mejorar su físico, otros empezaron a practicar después de un quiebre emocional que los dejó con dudas existenciales, algunos quieren una vía de escape del estrés, uno que otro mejorar su técnica y sus posturas. Macarena (30) y Magdalena (26), las instructoras jóvenes, empezaron buscando respuestas. Hace tres años Macarena había terminado un largo pololeo y sentía perdida. Entonces su psiquiatra le dijo: “Tu problema es que tu cabeza te domina. Piensas mucho. ¿Por qué no pruebas con yoga?”. La licenciada en estética, probó y ahora quiere dedicarse a esto cien por ciento. “Me ayuda a andar más relajada. Respirar es estar en el presente. No creo que el yoga te haga mejor persona, pero sí te da paz”. Magdalena tenía 16 años la primera vez que hizo yoga, aunque está haciéndolo con regularidad desde hace casi dos años. “Cuando era más chica, era loca como una cabra. Me iba bien en el colegio, pero era rebelde, de carretes, cantaba en un grupo funky, tenía crisis de pánico y depresión. Pero con el yoga te conectas con una parte tuya que intuyes existe y pasan cosas bien mágicas. Te pones más tolerante, se te pasa la rabia y la angustia, aprendes a entender desde dónde tomas las decisiones en la vida”. Ambas se sientan al lado la una de la otra y cruzan sus piernas, poniendo sus pies sobre las rodillas.
Anne nos mira uno por uno en silencio y asiente para sí. Tiene las uñas de los pies pintadas de fucsia, unas tobilleras de plata en ambas piernas, un arito rosado y diminuto en su respingada nariz. Todos la miran atentos. Ella habla sin levantar la voz: “El problema de los seres humanos es que vamos de allá para acá haciendo cosas. Tenemos tantas preocupaciones que abandonamos nuestro cuerpo y espíritu. Estamos pensando en problemas todo el tiempo. Es muy difícil dejar de pensar y relajarse. Nos aburrimos cuando tenemos que hacerlo. Al segundo se nos viene algún pensamiento a la mente y luego otro. Es la naturaleza humana. Es la mente. Al final todos los seres humanos somos iguales”, dice. Anne no siempre fue este ser de luz que veo ahora. Hace varios años, estudió lenguas y danza en Helsinski y daba clases de ballet en una academia. Pero a sus 30 años se sentía ansiosa, estresada, asustada del futuro y fumaba constantemente. Tenía trabajo, una hija de 6 años, pero sentía que no era feliz, que tenía un gran vacío. Hasta que un día, encontró en una biblioteca un libro sobre yoga y empezó a leer. Todo lo que allí encontró le hizo sentido. Y al poco tiempo, empezó a practicar ashtanga en la misma academia donde hacía danza. “Y comencé a tener momentos de alivio, de paz, como si todas las preocupaciones se hubieran ido. Me preguntaba: ¿puedo sentirme tan bien de verdad? Algo se empezó a abrir en mí con el yoga”, dice. Empezó a practicar más. A fines de los 90 se fue a la India donde estudió con un maestro. Ahora, está enfocada en mejorar las emociones de sus alumnos a través del yoga. “No soy una sanadora, pero me gusta pensar que ayudo a otros para que se sanen a sí mismos”, me dice más tarde. Hace un año, abrió en Helsinski su propio Yogashala. Ahora no fuma, no come carnes, se levanta a las 3 y media de la mañana para hacer su práctica antes de recibir a sus alumnos en un país donde la temperatura llega a 20 grados bajo cero y oscurece a las 4 de la tarde en invierno. Anne parece una plumita, pero su presencia es fuerte y calma al mismo tiempo. Ahora les explica a todos que no pretendía que nadie mejorara su técnica en la práctica de la mañana, sino que todos lograran concentrarse para sentir. Feel and not think. Les tira las orejas a los yoguis que llegaron incluso antes de las siete y empezaron a practicar solos. “Mucha gente está preocupada de la técnica, pero se olvida de su interior. Entonces para qué. El yoga no es ego”. Algunos asienten, mirando el suelo.
El almuerzo es sano y exquisito: hay albóndigas de soya, ensaladas de choclo, repollo, zanahoria, lechuga, arroz, quinoa, frutillas con nutella. El día está soleado y los yoguis desaparecen por los senderos de Canal Om en traje de baño.
Son las ocho y media de la noche y estamos en el Café del Mar, un restaurante con vista al mar y una gran mesa de cuarzo con forma de aleta de tiburón donde hay pastel de berenjenas con tomate y queso, tallarines al pesto, papas con queso, lechugas, frutillas, sopa, vino tinto y jugos naturales. Anne dio una última charla acerca de los chacras a las seis y ahora, enfundada en una bata de toalla blanca, come. Parece tan en control de sí misma que le pregunto si tiene malos sentimientos. “Claro, los tengo. Pero cuando los tengo, los siento. Trato de no evadirlos”, me responde sonriente. A mi lado se sienta Gabriela (34) con un café. Es ingeniera comercial, la novia del principiante que hoy practicó conmigo. Vino por primera vez a Canal Om agobiada por una relación agotadora. Dice que al día siguiente de llegar, fue a la clase de yoga y sintió un alivio muy grande. “Me sentí tan chiquitita, que me dio perspectiva. Después volví a venir en semana santa y ahora traje a mi pololo para que viviera esta experiencia. Yo soy súper terrenal, pero creo que una necesita de estos espacios”. A las nueve y media de la noche, los yoguis empiezan a subir a sus respetivas cabañas. Mañana la práctica comienza de madrugada, igual que hoy, y todos quieren dormir.

Sí hay dolor
Despierto a las 6 y media de la mañana. Trato de moverme, pero no puedo. A pesar de que hago deporte, el yoga me ha estirado músculos que no tenía idea que existían y me duele todo. Salgo de la cama de duras penas y me levanto. Llego apaleada a la sala de yoga donde los yoguis avanzados, quienes sentados arriba de sus alfombras, se agarran piernas y brazos estirados en 45 grados mientras Anne les cuenta en sánscrito. Cuando ya son las ocho y media, todos se ponen de pie, con las manos juntas en el pecho y rezan. “Shanti, shanti, shanti”, dice Anne. “Shanti, shanti, shanti”, cantan todos.
La práctica para principiantes es la misma de ayer y ahora sí que tiemblo. Mi cuerpo es una jalea. Mi elasticidad se redujo a la mitad por el dolor que siento. Algunos yoguis se han quedado para ver nuestra práctica sentados contra la pared y siento una vergüenza terrible. Inhalo. Es mi ego. Exhalo. Es mi mente que me pasa malas jugadas. Inhalo, exhalo. Intento conectarme con mi espíritu, me repito que no hay dolor, pero sólo pienso en una tina caliente, un tubo de dolorub y sí, maldita viciosa, en un cigarrito. Cuando terminamos de hacer nuestras posiciones- fracaso rotundamente en levantar mi cuerpo con las manos y las piernas cruzadas – también cantamos rezando. Media hora más tarde, arrastro lo que queda de mi humanidad hasta el comedor para tomar desayuno. Me cuesta sentarme a la mesa porque no puedo flexionar las rodillas. De nuevo, engullo con devoción unos pancitos con queso. Paula (48) es instructora de pilates, practicó yoga hace mucho tiempo y pero ahora quiere retomar. Tiene el pelo larguísimo y mirada muy dulce. Sentada a mi lado, me pregunta: “¿Te ha gustado? ¿Cómo te sientes?”. Le digo para callado que sólo siento dolor. “Sólo tienes que seguir elongando mañana. Se te va a pasar”. Cuando Paula empezó a practicar yoga, sintió lo mismo que yo he sentido: que todos están muy ensimismados y distantes. “Los vi egoístas, nadie me decía si lo hacía bien o mal. Pero después entendí que concentrarse es bueno. Hay que entender qué pasa contigo, con tu cuerpo y así te relacionas mejor con los demás”. Paula es súper sana: es casi vegana si no fuera porque come claras de huevo, no fuma, hace deporte casi todos los días y se mantiene fantástica. Sin embargo, siente que mucha gente no entiende su estilo de vida y en algunas reuniones la presionan para que beba, coma carne y trasnoche. Otros simplemente se alejan. “Te conviertes en la fome. Es una pelea que tienes que dar día a día”. Salimos a caminar y volvemos a la sala de yoga. Ahí Anne se despide. Después de almuerzo, regresará a Santiago y en un par de días más, a Finlandia. Anne empieza a llamarnos uno a uno y nos entrega unos diplomas antes de abrazarnos con fuerza. “Espero que sigas haciendo yoga”, me dice con sus ojos brillantes y verdes. En el almuerzo, el yogui brasileño y Macarena (30) junto a Magdalena (26), las instructoras de yoga jovencitas, me repiten lo mismo: que ojalá siga en el camino que ellas empezaron. Cuando voy hacia mi cabaña, Gustavo Ponce me entrega un libro morado donde aparece él, en shorts negros, con los pies sobre las rodillas, los ojos cerrados y las palmas de las manos juntas sobre el pecho. El libro se llama Yoga, La Ciencia del cuerpo y del alma y en la primera página, me escribió una dedicatoria: “Con la esperanza de que se haya encendido en ti la luz del yoga”. La verdad, yo sólo siento que me duele todito, como si me hubiera pasado un camión por encima. Pero sí siento que estoy más relajada que cuando llegué, que fumé mucho menos de lo habitual y recién reparo que no extrañé la carne ni el televisor. Catalina saca su bolso de la cabaña. Le pregunto qué pasó con ella este fin de semana. “Me conecté con mi pena y creo que le di un significado más positivo. Qué pena que haya pasado tan rápido el tiempo”. Catalina no parece estar tan molida como yo que arrastro mi maleta apenas. Hoy está nublado y de a poco, algunos yoguis se han ido en sus propios autos hasta Santiago. Paula, un par de brasileños, Magdalena, Macarena, Catalina y yo somos los últimos en irnos arriba del mismo bus que nos trajo el viernes. A las cinco de la tarde, dejamos atrás los caminos, árboles, flores, las piscinas, el yoga, el silencio y la paz de Canal Om. Quién sabe si en mi caso para siempre.

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3 thoughts on “Tres días como yogui

  1. Me encanto tu columna!!!!!! Me encanta el yoga, no he echo cursos ni nada , soy ..podríamos decir autodidacta , ahora hago clases con alguien q no es profe pero que lleva tiempo practicándolo…. q suerte que pudiste estar en ese lugar, yo q vivo en Los Vilos no tengo posibilidades de ir pero creo q la conexion con una misma se puede hacer en cualquier rincón …..
    me pasa q cuando les hablo a algunos de yoga …no les interesa..
    ..yo solo busco mi calma interna y vivir el presente por que es lo unico q tenemos…..
    me hiciste reir!!! me quedo la duda de saber si sigues practicando yoga…
    Gracias por la columna!
    🙂

    • Ahhh qué bueno que te gustó Vero!
      la verdad es que no seguí en yoga, pero sí haciendo deporte, corriendo y haciendo bicicleta
      el yoga es mucho para este pobre cuerpecito!
      si puedes, alguna vez, anda a ese lugar
      es de los lugares bellos de chile
      cariños!

  2. Hola ¡¡ No puede dejar de leer completo tu post sobre tu experiencia , con el Yoga , y es que lo escribes genial . Yo comencé recién con el yoga , solo llevo 3 clases , y me siento muy identificada contigo , “este” yoga , no es para mi ….. tus palabras ,son mis palabras ¡¡ Espero eso si , visitar alguna vez ,ese maravilloso lugar .
    Desde Concepción , Chile , un cariñoso saludo .
    Alejandra .

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