Samba para las penas

(revista El Domingo, junio 2012)

Esta es una versión especial para revista El Domingo de un capítulo del libro que actualmente escribo. Gracias a Lengo, Hilana y Greta. Saudade de vocé

¿Qué hacer cuando todo el mundo – nuestro mundo – se desmorona? Un dia la periodista y escritora Pepa Valenzuela despertó en medio de una relación que se quebraba violentamente y sin saber qué más hacer, partió. En Salvador de Bahia, Brasil, comenzó un nuevo viaje (esta vez interior) que le permitió volver más sana. Y feliz. Esta es la historia.

La primera palabra nueva que aprendo en portugués es sozinha. Significa sola. Eso les dice el taxista con quien he viajado una hora desde el aeropuerto de Salvador de Bahía hasta el hotel Iberostar en Praia de Forte a los guardias de la entrada. “Una sola. Viene sozinha”. El hotel es un condominio enorme de caminos rodeados de palmeras. Hay flores moradas y rosas por todas partes, bancos de arena, vegetación abundante y en el cielo la luna llena ilumina unos edificios color arena que llegan hasta el mar donde se quedan los huéspedes del hotel.
El lobby es sobrecogedor: hay dos estatuas gigantes de guerreros de metal, un bar al aire libre, varios sofás y sillones gigantescos. A un costado, hay un teatro y varias tiendas de ropa, bikinis y artesanías. El hotel tiene dos piscinas de unos 500 metros de largo, salas con mesas de pool, biblioteca, sala de internet, restaurantes de comidas de distintas partes del mundo, spa, canchas de lo una se imagine, jardines con piletas de agua. Y mi pieza es más grande que todo mi departamento en Santiago. Parece un resort para magnates. En el buffet hay tantas delicias que no sé qué elegir. Saco ensaladas, carne, arroz, unos pasteles exquisitos para el postre. Me siento a la mesa con eso y una copa de vino tinto, llena con champán. El comedor está repleto de familias con niños pequeños y bastantes abuelitos en pareja. Y muchos me miran de soslayo: soy la única persona sozinha en todo el lugar. Y por la mirada atónita y reprobatoria del resto, parece que estar sola pareciera ser algo peligroso y subversivo. Algo de lo que me desentiendo rápidamente: vine a este lugar sola porque lo necesitaba. Porque debía frenar y hacer algo bueno por mi alma después de la pesadilla de la que desperté hace poco en Chile. Esta es mi propia versión de Come, Reza, Ama. Y por eso, empino mi copa de champán y digo para mis adentros: “Salud por ti, por este viaje y por estar en este lugar precioso” y siento cómo el traguito corre como un manantial de alegría hasta mi estómago. Mi celular tiene un mensaje. Es de mi mejor amiga. Dice: “Disfruta mucho y cuídate. Te voy a dar mi propia versión de Come, Reza, Ama: Come, Bebe e Insólate”. El ataque de risa que me da es tan grande que algunos comensales se dan vuelta a mirarme como si pensaran que para colmo, no sólo estoy sola, sino completamente deschavetada.
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Estoy sobre la toalla azul del hotel en la playa, de guatita y mirando el mar. Me he quedado aquí, a la sombra de unas palmeras desde hace mucho rato, no recuerdo cuánto. Pasan algunos turistas trotando por la orilla y yo no me muevo. Si mi respiración fuera imperceptible, pasaría por muerta. Así de perfecta es mi quietud. Eso me he dedicado a hacer en estos tres primeros días en Praia: descansar y mirar. El paisaje de Praia no agota nunca a la vista. Todo es arena, un mar esmeralda, palmeras que se mecen al viento, un par de vendedores de artesanías, reposeras, gente que se pasea todo el día en traje de baño, una capiriña o un coco en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. La mayoría de los huéspedes son familias brasileñas. Pero también hay grupos de españoles, alemanes y muchos argentinos con niños. Praia do Forte es un paraíso: tranquilo, alejado del frenesí de Bahía, perfecto para lo que vine a hacer: sanar mi corazón. Hace dos meses, desperté de golpe de una especie de coma en el que estaba sumergida. Me despertó el hombre que vivía conmigo, a punta de maltratos, gritos y amenazas. Entonces yo renací. Y además de extirpar a ese hombre de mi lado al instante, por primera vez vi toda mi vida con total claridad. Pero la avalancha de verdades que me cayó encima fue tan grande, que el dolor se me hizo insoportable. Dormía poco, lloraba mucho, a veces no podía ni tragar. Entonces reparé que no era capaz de seguir respondiendo como un soldado alemán en mis trabajos sin caer un buen día tiesa sobre mi computador. Así es que frené en seco. Y decidí venir sola a Brasil, el mejor antídoto que se me ocurrió para combatir la pena y el miedo que aún tenía aferrados al cuerpo. Durante los dos primeros días, me atacó de repente el llanto y la angustia. Pero la segunda noche, ocurrió algo mágico: mientras me daba un baño de tina con los ojos cerrados, me dejé llorar. Lloré tanto que pasaron horas. Lloré tanto que en un momento sentí que no tenía ojos. Pero de pronto las lágrimas se me acabaron como si hubiera agotado stock. Y cuando abrí los ojos y destapé la tina, fue como si el agua se hubiera llevado toda mi tristeza por la alcantarilla. Y empecé a descansar como si me hubieran dado con un palo en la cabeza. Y yo me dejé. Me dejé nadar y nadar durante horas en el mar y en la piscina. Me dejé hacer todo lo que quisiera hacer. Me dejé dormir durante horas. Y hoy, cuando desperté de ese desahogo de tres días, ya no quedaban rastros de mi pena corrosiva. Estaba al fin en paz.
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Figuro en medio de la cancha de voleyball de arena del hotel en bikini, descalza y transpirando como loca. Desde ayer estoy jugando después de almuerzo, aunque soy un fiasco y los argentinos de mi equipo, que siempre están jugando la final de la copa del mundo, no hallan qué hacer conmigo. En fin: al menos no soy la única chica. Ahora hay una rubia muy bonita y delgada que anda en un bikini diminuto, tiene a todos los hombres turnios y sólo entiende en inglés. La pelota va de un lado a otro. La rubia está en las mismas paupérrimas condiciones deportivas que las mías, pero hacemos lo que podemos. Al cabo de una hora, no sé bien cómo, hemos ganado el partido. Los argentinos se abrazan emocionados. Y la rubia saluda a todos los jugadores. Al final, se me acerca con una sonrisa y me extiende su mano. Sacudiendo la mía me dice en inglés: “Hola, soy Greta de Hungría. ¿Cómo te llamas? ¿María? María, vamos a bailar en la discoteque en la noche. ¿Vamos? En Brasil hay que bailar”. Le digo que sí. Que a la noche nos vemos. Entonces Greta se despide, da media vuelta y camina hacia la playa.
En la noche, efectivamente Greta está en la discoteque, bailando parangolé con un vestidito blanco y diminuto. Me divisa a lo lejos y me grita: “¡Hey, María! ¡Vamos a bailar!”. Me pongo a su lado y nos movemos a pesar del calor húmedo. Al rato, sudando la gota gorda, salimos a una terraza a conversar. La noche está quieta y luminosa. Greta se amarra el pelo mojado en la nuca y me pregunta con quién vine. “Vine sola”, le contesto. “¿Te puedo preguntar por qué?”.
Entonces le cuento en resumidas cuentas lo que me trajo a Praia. Greta me contesta: “Bueno, amiga María, estamos en algo parecido”. Greta vino con sus padres a Praia do Forte porque fue el regalo que le hicieron por haberse titulado como médico en Budapest. El viaje le vino como anillo al dedo: hace dos semanas, Greta terminó con el único novio que ha tenido y con quien estuvo tres años. “No quería avanzar. Yo tengo 24 años, soy joven, pero quiero formar mi familia y tener a mi lado a un hombre comprometido. Él no sabía lo que quería”, me explica. Greta tampoco lo está pasando de lo mejor: ha llorado montones y reza todas las noches para que se le quite la pena. Pero a pesar de lo jovencita que es, es de esas personas que pareciera estar en total control de su espíritu. Es como un cisne delicado y optimista. Esbozando de nuevo su enorme sonrisa, me dice: “María, tengo una noticia para ti: vamos a encontrar algo mucho mejor. Y ahora, tenemos que disfrutar porque estamos en Brasil”. Entonces me toma de la mano y me lleva volando de regreso a la discoteque. Cuando esa noche me acuesto exhausta, pienso antes de quedarme dormida: “Sí, Greta, vamos a encontrar algo mucho mejor para nosotras”.
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Vamos dejando las huellas de nuestras pisadas por la arena. Nos hemos alejado un poco de la playa del hotel. Somos sólo tres: Greta, Lengo y yo, paseando y protegidos del sol por una hilera de palmeras. Lengo es un animador del hotel. Era amigo de Greta y hoy nos invitó a caminar por la playa para conversar. Algo que se nos hace difícil: Greta entiende sólo algunas cosas en portugués. Así es que yo les traduzco del inglés al portuñol para que podamos entendernos. Greta va con la misma sonrisa amplia de siempre. De repente abre los brazos como si fuera a emprender el vuelo, avanza unos pasos rapiditos corriendo, respira hondo y dice “This is so beautiful” con genuina emoción. Ahora en Hungría hay 20 grados bajo cero y allá no hay mar. Así es que para Greta esto es el paraíso. Su filosofía de vida, me la repite todos los días desde que nos conocimos: “María, hay que gozar la vida, enjoy the life”. Cuando le digo qué haremos a nuestro regreso a casa, eso me repite: enjoy the life. Y de a poquito, eso he estado haciendo. Greta ya me advirtió que tenía que darme prisa: antes de irse, quiere que nos bañemos en ropa interior de noche en el mar. Greta toma un palito y se pone a escribir en la arena Brasil en letras grandes. Lengo, que es instructor de capoeira, hace unas piruetas detrás de las letras enormes y Greta se sienta en la arena para que les tome una foto. Me toman también una a mí con Lengo con los pies en el aire. Lengo dice que este es su día de suerte: “Mira a Lengo. Con dos mujeres hermosas en Praia”. Entonces Greta y Lengo se ponen a bailar una lambada sin música, mientras yo les tomo fotos, agradezco haberlos conocido y me sumo al baile cadencioso y sin música con ellos.
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Szeretlek. Así se dice te quiero en húngaro. Greta me lo dijo hoy día en la mañana riéndose. Porque es San Valentín, las dos estamos solteras, pero después de varios días de amistad y conversaciones, ya nos tenemos un cariño entrañable. En la tarde, mientras nos bañamos en la piscina, me dice: “María, esta es mi última noche. Hoy nos bañaremos sí o sí en el mar”. Y así lo hacemos, pero en la piscina: el mar en la noche está muy bravo. La noche está clara y las estrellas parecen frutas cayéndose de los árboles. Nos sacamos los vestidos y los zapatos y nos lanzamos al agua en sostenes y calzones. Entonces nos reímos a carcajadas como si hiciéramos una gran maldad. Nos deslizamos por el agua como dos peces silenciosos. Damos varias vueltas en el agua. Entonces Greta se sumerge, nada hasta un extremo y desde allá me dice: “¡Feliz San Valentín, María!”.
Al día siguiente, las dos estamos en la recepción del hotel llorando como dos tontas. “Szeretlek María. No llores. Nos volveremos a ver. Te extrañaré mucho. Y no te olvides: enjoy the life”, me dice y luego, se sube al bus batiendo su brazo en el aire, diciendo hasta pronto, mientras yo me quedo en la recepción sola, repitiendo Szeretlek amiga mía.
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Días más tarde, estoy con Lengo en la playa, contemplando el mar. Entonces Lengo me pregunta: “María, ¿qué pasa con vocé? ¿Me vas a contar por qué viniste sola a Brasil?”. Cuando he terminado mi relato, tiene el ceño fruncido, como si tuviera mucha impotencia. Me dice: “Ese chico malo. Más que malo, bocó”
– ¿Bocó? – le pregunto.
– Tonto. Muy tonto. Hay que ser tonto para no cuidar a una mujer como tú.
– Sí, Lengo. Era muy bocó entonces.
Entonces Lengo me hace una seña para que lo mire a los ojos. Y me dice: “Vocé escucha Lengo. En Brasil nadie está triste. Vocé no fica (queda) triste. Vocé fica contenta. Lengo se encarga de eso, ¿me oyó? Y prepárese que hoy día vamos al carnaval en Salvador de Bahía”. Justo hoy comienza el carnaval acá y el hotel se ha vuelto a llenar, principalmente de brasileños de otras ciudades del país que vienen a vivir un poquito de esta fiesta. El carnaval de Bahía es una fiesta popular: a diferencia de Río de Janeiro donde el público se sienta a observar el desfile de las escuelas de samba, en Bahía es la propia gente la que baila por las calles, siguiendo unos carros que van con grupos de música en vivo cantando parangolé, samba, forró y axé. Le digo a Lengo que sí. Y a las 8 de la noche de ese día, Hilana, otra animadora del hotel, Lengo y yo caminamos hacia el epicentro de la fiesta en Bahía adonde llegamos en el auto de un primo de mi amigo. Las calles están repletas de gente y vendedores ambulantes que promocionan bailando cervezas, choclos con mantequilla, collares de colores, antifaces, pelucas, dulces, anticuchos. Todos van riendo, bailando, moviéndose al compás de la música que sale de los parlantes de los carros que pasan a un costado de la playa. Los turistas observan el carnaval desde las alturas de unos camarotes. Y abajo, en la calle, donde estamos los tres tomados de la mano para no perdernos el rastro, la fiesta eterna. Miles de personas bailan, cantan, ríen, beben, celebran sin dejar de hacer coreografías, sin dejar de sudar. Así estamos los tres: bailando, bailando, sambando, sambando, riendo, riendo por horas y horas. Y siento que la felicidad es tanta, que la libertad es tan grande, que no habría mejor remedio en el mundo para mí que este carnaval. Un carnaval de baile y sudor del que salimos a las 2 de la mañana cuando ya nos sentimos las piernas y estamos agotados de tanto sambar.
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Es mi último día en Brasil luego de dos semanas aquí: mañana debo partir. Pero mi corazón ya está en otra sintonía. Sambando. Sambando de felicidad. Esa felicidad que es paz, agradecimiento, disfrute de las cosas sencillas, de estas nuevas amistades, del paisaje y la música. Lo sé porque cuando en la mañana hay concurso de baile en la piscina y soy jurado, me río a carcajadas con una animadora llamada Francia que tiene 5 meses de embarazo y baila tango con un abuelito brasileño con una hoja de palmera afirmada entre los dientes. Lo sé porque cuando en la tarde aparece todo el equipo del hotel haciendo un mini carnaval alrededor de la piscina, me uno a ellos y bailo con un antifaz en la cara. Lo sé porque en la noche me encuentro con un grupo de amigos españoles y ceno con todos ellos y luego en la discoteque bailo con Ana, una turista alemana, hasta que las dos salimos de ahí exhaustas y sudorosas. Lo sé porque la mañana siguiente, cuando estoy con mi maleta lista para regresar a Chile en la recepción del hotel, me siento brasileña. Lengo aparece antes de que aparezca el bus que pasará a buscarme. Lo abrazo llorando. “Gracias por todo, amigo. Eres un buen niño. Te quiero mucho”, le digo. Entonces Lengo con su rostro de hombre bueno me repite mirándome a los ojos: “Vocé vuelve muito feliz a Chile. Vocé no fica mais triste. Nunca mais. Viaja con Deus, meu amiga”.
En el aeropuerto de Salvador, antes de embarcarme, veo el cartel que no pude ver a mi llegada – Bienvenido a Salvador, un estado de alegría – y sonrío. Sonrío de veras, sonrío de nuevo, sonrío feliz.

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3 thoughts on “Samba para las penas

  1. Sabes por esas cosas de la vida llegué a tu blog. De todas formas, te señalo que tu experiencia me hizo llorar. Sentimientos a flor de piel, me pasó un hecho difícil en lo profesional que me dejó marcando ocupado. Aún no tengo la respuesta ni la certeza de ello. Sólo sé que la pena de a poco se quita y mis ojos ya no lloran tanto como hace una semana atrás. Lo bueno de esto es saber que todo ser humano alguna vez el mundo se le ha venido abajo.Saludos. Gabriela.

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