Puertas adentro

(revista Ya, 2012)

Para mi súpernana quien me salvó la infancia.

En Chile, el 70% de las mujeres inmigrantes peruanas trabajan como asesoras del hogar. La inmensa mayoría se viene buscando mejores oportunidades económicas. Casi todas envían la mayor parte de su sueldo a sus familias en Perú mientras acá trabajan de lunes a sábado, de sol a sombra, en un país y casa ajenos, cuidando niños que no son propios mientras los suyos están lejos. Aquí, qué se siente ser una nana peruana en un país llamado Chile.

Ahora está de nuevo en la iglesia. Vestida completamente de blanco, su pelo negro azabache recogido en un medio moño, los labios pintados de rosa, cogiendo su cartera con ambas manos mientras desde el altar, el padre Beto, vestido con un poncho altiplánico, levanta la gran ostia frente a los feligreses. La misa latinoamericana para inmigrantes que se celebra en la parroquia italiana todos los domingos a la 1 de la tarde está repleta de comunidades de todos los países latinoamericanos: ecuatorianos, bolivianos, chilenos, dominicanos, colombianos y en mayoritariamente peruanos, como ella. Toca una banda de músicos del Perú. Suena un bombo. Pilar Terrones, comulga, se persigna y se queda de pie al fondo de la parroquia.
Hace 13 años, cuando acababa de llegar a Chile sola y en busca de mejores horizontes económicos, cuando recién había dejado a sus dos hijos de entonces 4 y 7 años en Trujillo junto a su esposo, también estaba en una iglesia. Duró dos días en su primer trabajo como asesora del hogar: la despidieron porque lloraba demasiado y eso molestó a la señora de la casa. Entonces, desesperada, llamó a su madre desde un teléfono público del centro. Ella le respondió: “Si usted salió de su país, no crea que todo va a ser color de rosa. Si tiene pena y angustia, vaya a la iglesia y no se separe de Dios”. “Le hice caso pues: cada domingo libre llegaba a las 7 de la mañana a la Catedral de Santiago, esperaba a que la abrieran y me quedaba todo el día allí. Me sentaba en una banca y lloraba. Caminaba, miraba a la gente, lloraba, cabeceaba, a veces me quedaba dormida de tanto llorar”.
Al poco tiempo, supo de algunas amigas peruanas que estaban en Santiago y las contactó. Formaron un grupo de veinte mujeres. Todas trabajaban como asesoras puertas adentro. Pero en sus días libres se juntaban en el centro o en un local peruano de San Antonio a conversar, comer ceviches y bailar huaynos, salsas, merengues y valses entre ellas. Otras veces compraban productos típicos de Perú en La Vega y cocinaban en la casa de alguna de ellas. Pilar se les unía una vez al mes. “Mi mundo era el trabajo. Muchas amigas iban a bailar siempre, pero eso no era lo mío: me concentré en pagar mis deudas en Perú, ahorrar y en traerme a mi esposo e hijos”. Pilar lo consiguió: a los pocos años logró instalarse y su marido y dos hijos vinieron a Chile. Acá tuvo al tercero. “A uno de los mayores le digo achilenado. Habla con gestos y jergas chilenas. Yo le digo que yo llevo más tiempo que él acá, pero no se me ha pegado. Pero a él sí. Nadie cree que es peruano”, dice con una sonrisa. Ahora trabajaba como asesora en distintas casas, puertas afuera. También hace costuras. Y todos los domingos viene a esta misa para inmigrantes. “Una echa mucho de menos a su gente y su país, la comida, la música. Los ceviches con maricos, el ají seco, el ají de gallina, su shambar (plato típico trujillano) de lunes. Y acá tengo la alegría inmensa de compartir con gente de allá, sea de Lima, Trujillo, del norte. Nos sentimos en familia, es una satisfacción bien bonita. Te sientes como si estuvieras en tu zona: a veces después de la misa hay platos típicos y nos quedamos los peruanos a compartir. Yo estoy agradecida de lo que Chile me ha dado, pero siempre una vive con nostalgia de su tierra”.
Seis hombres salen de la parroquia llevando sobre sus hombros a la Virgen de la Puerta – devoción peruana – vestida de celeste y agasajada con regalos. Toca la banda. Los músicos enfundados en camisas burdeos, transpiran por culpa del calor. La gente sigue a la Virgen por su paseo por el parque Bustamante. Pilar la mira desde lejos mientras su hijo chileno se le pega a la cintura.
Sentadas en el pasto del parque y sorteando el calor, Mary (30) con una polera sin hombros color sandía espera junto a tres amigas la procesión de la Virgen. Mary, soltera, sin hijos, llegó sola en 2008 a Chile. Quería reunir dinero y ayudar a su familia. Llegó a vivir con unos compatriotas conocidos. A través del consulado, supo de un grupo de danzas folclóricas que se presentaba en el bar peruano La Conga los fines de semana y se integró a bailar en sus días libres. Por sus compañeras supo de la parroquia italiana y de la casa de acogida para migrantes, CIAMI, donde les dan alojamiento, comida, asistencia jurídica y psicológica, les consiguen trabajo y donde ahora Mary arrienda una cama los sábados por la noche. Ahí conoció a sus amigas. Todas asesoras del hogar puertas adentro.
“No es un trabajo denigrante ni nada. Valoro mucho mi trabajo. Estoy de lunes a sábado en una casa en Las Condes. Ahí mantengo la casa y cuido a la niña de 6 años. Y siento mucho orgullo del Perú porque a los chilenos les gusta nuestra cultura, nuestra comida. En la casa donde estoy no mucho, porque no les gusta el ají. Pero hace poco la hija mayor de mi patrón fue al Cuzco y le trajo de regalo un cuadro. Él lo enmarcó y lo puso en la casa. Me puse muy contenta, me sentí valorada, orgullosa”. Los fines de semana Mary sale con sus amigas. Los sábados en la tarde dan una vuelta por el centro, a veces van a bailar a Ají Seco, un local peruano, van a llamar por teléfono a sus familias desde el caracol de Bandera con Catedral o se conectan a internet. Los domingos, vienen a la misa, almuerzan, a veces juegan futbolito con compatriotas y a las seis de la tarde, todas regresan a sus respectivos trabajos. “Nos juntamos porque compartimos la misma nostalgia, nos ayuda a conservar nuestra identidad. Hablamos sobre nuestras familias, nos apoyamos anímicamente y nos contamos las penas. Cuando echo mucho de menos a mi familia, rezo. Escucho mi música peruana, vengo para acá. Por momentos dan ganas de volver. Pero la estabilidad económica acá es mayor y quisiera poder retomar mis estudios de educación aquí en Chile. Para eso, tengo que mantenerme trabajando”, dice Mary mientras sus amigas se alejan con sonrisitas tímidas y se escabullen en el subterráneo de la parroquia para almorzar.

Pequeña Lima
Están sentadas casi en el suelo, afuera del local de llamados Punto Perú en plena calle Catedral, a un costado de la Plaza de Armas. Tienen una Inka Kola de litro y medio tapada con un vaso de plástico sobre el pavimento. Son las cuatro de la tarde, es domingo y el calor es infernal. Nancy y Susana miran a la gente pasar por la vereda. Nancy sonríe cuando alguna compatriota la saluda. Susana tiene los ojos aguados, una pena que se le desborda y la vista perdida en cualquier parte. “Es que llegó aquí hace poco, hace ya tres meses, por eso la ve así tristona: echa de menos a sus hijos (de 5 y 11 años) y a su marido. Yo ya llevo siete años en Chile, estoy más acostumbrada aunque siempre es muy difícil estar lejos”, explica Nancy mientras Susana asiente.
Nancy llegó porque a sus cuarenta y tantos años no encontraba trabajo en Perú. Susana por enviarles dinero a los suyos. “Me pintaron todo esto de rosas, pero no es fácil. De hecho, la persona que me dijo eso no aguantó y se devolvió. De lo único que encuentras trabajo es de nana. Y se echa de menos horriblemente: tu familia y tu país, la sazón, todo”, dice Susana. Ambas arriendan piezas en el centro. Son piezas de tres por tres por 90 mil pesos donde hay dos camas para compartir los gastos. Se conocieron acá, por una conocida de ambas. Y ahora, el día y medio que tienen libre a la semana, intentan pasarlo aquí, juntas. “El domingo venimos a almorzar al caracol comida peruana. Y después nos sentamos aquí a ver cómo sube y baja la gente de Perú. Con sólo mirarlos, una ya se regocija. Buscamos ese pedacito. Aquí sientes que estás con tu gente. Hacemos una chanchita, compramos helado o bebida y conversamos de nuestros logros y fracasos. Si el domingo no llego acá, pareciera que algo me faltara”, cuenta Nancy. Ambas llaman seguido a Perú: Susana habla todos los días con sus hijos. Susana llama a su papá que está en Lima y está tan mayor que no la escucha bien por teléfono. “Mi hermano le dice entonces que lo quiero, que lo saludo. Sé que a veces papá se pone nostálgico y pregunta por qué estoy tan lejos”, cuenta Nancy. A las seis de la tarde, cada una regresa a las casas donde trabajan de lunes a sábado. “Y ahí empezamos de nuevo a contar las horas para el fin de semana. En la casa donde estaba vigilaban lo que cocinaba, miraban la olla, a los patrones no les gustaban las frituras y no me dejaban hacerme un huevo frito. Es difícil porque te lo hacen sentir y una se siente mal”. Nancy levanta las cejas y añade: “Hay momentos de impotencia en los que te quieres volver. Yo estuve en una casa donde me decían que la leche era sólo para los niños, pero yo veía que la señora tomaba su leche y su yogurt. Un día le dije: “señora, yo no puedo vivir a puro té. Tengo que nutrirme con algo porque trabajo”. Son situaciones que una aprende a afrontar para no sentirse menos: una necesita el trabajo y los patrones, nuestro servicio”.
El bar La Conga está en una galería a un costado de la Catedral. Está en un subterráneo donde todo es luces de neón, merengues, salsas, reggaetón y cumbias peruanas a todo volumen, mesitas con manteles blancos, algunos cuadros con motivos altiplánicos. La pista de baile está llena de peruanos que bailan la canción de los Wachiturros mientras sentadas en una mesa, Kelly y Deisy Sánchez, ambas asesoras puertas adentro, observan desde lejos. “¿Sabe a lo que una viene? A distraerse un poco. Estar con otros peruanos te ayuda a palear la nostalgia, la bulla te hace olvidar un poco que estás lejos de los tuyos”, cuenta Deisy quien llegó hace cuatro meses y tiene a su hija de cinco años en Perú. Kelly lleva cinco meses separada de sus niños de 8 y 11 años. Por ellos, ahora volverá a su país. “Quería trabajar más, pero ya no aguanto tenerlos lejos. Los extraño demasiado. La nostalgia se vuelve horrible”, dice. Deisy quiere aguantar un poco más. Piensa en traer a su hija o devolverse a Perú con un capital para iniciar un negocio de ropa. “Los fines de semana tienes que llorarlos bien llorados. Pero mañana ya no. Mañana tengo que trabajar y estar bien. Mi jefa es muy buena, sabe mi vida completa, comparte mi dolor y siempre me compra tarjetas para llamar a Perú. Esta no es la vida que una quisiera, pero tengo que estar bien porque en la casa donde trabajo cuido a tres niños. Y el amor de mamá que tengo por mi hija, se los doy a ellos”, dice Deisy. Y luego, se emociona mientras de a poco, la gente empieza a desaparecer del bar La Conga y la cumbia sigue sonando a todo volumen en el lugar.

Buscando trabajo
La casa de acogida para migrantes está en Ñuñoa. Tras la reja, varias mujeres de Colombia, República Dominicana y Perú circulan por el patio y la oficina donde hay cuatro mesas donde las encargadas del lugar, manejan la bolsa de trabajo. Juliana Olivares (40) aprovechó este día de descanso para venir a inscribir a su hija Araceli Cotrina (21), quien llegó recién en septiembre a Chile, y así pueda encontrar trabajo.
Juliana ya lleva dos años y medio aquí. Cuando se vino, nadie quiso que se viniera. Ni su marido, ni sus hijos, menos la familia de su esposo. Pero Juliana viajó igual. A pesar de que su esposo estuvo mandándole durante mucho tiempo mensajes que en los que le decía que era una mala madre por abandonar a sus hijos. A pesar de lo difícil que era esa decisión: su granja de pollos no había resultado y necesitaba mantener a sus dos hijos adolescentes. Venir a Chile fue la mejor alternativa que encontró. “Se siente como si te arrancaran un pedazo del cuerpo. Así se siente. Al principio lloraba todos los días. En mi primer trabajo me preguntaba qué hago encerrada en cuatro paredes, dónde estoy, nadie me espera. Cuando llamaba a mis hijos a Perú y no me respondían, pensaba lo peor. Me daba miedo que ellos me olvidaran, se me venían muchas cosas a la cabeza, el pensamiento es libre. Después me acordaba de la crianza que les había dado y me tranquilizaba. Para sobrellevar la distancia me repetía por qué había venido, tienes que luchar por tus hijos, me decía. Si he salido, sé que he perdido, pero también he ganado”, dice. Ahora Juliana trabaja puertas adentro desde hace un año en una casa donde cuida a dos niñas de cuatro años y medio que se la pelean. “Es mi July”, “No, la July es mía”, discuten las chiquititas. Y Juliana les contesta siempre que ella es de las dos. Lo cierto es que pasa más tiempo con ellas que con Araceli. Con ella se junta los fines de semana en la casa que ambas arriendan en el centro. Y ahí aprovechan de cocinar platos peruanos, salir por el centro a caminar. Sin embargo, aún hay noches que se desvela pensando en su país, en el hijo que quedó allá, en su tierra. Entonces Juliana lee la Biblia para calmar la angustia y reza.
Araceli se vino para juntar dinero y estar más cerca de su mamá. Quiere estar unos años y regresar “y tener un negocio, algo propio donde una tenga su independencia”. En Perú dejó a su hermano, su padre y un enamorado de quien sólo alcanzó a despedirme en el aeropuerto a través de un vidrio cuando ya había pasado el control de policía internacional. “Es difícil estar acá. Acá entras como empleada y me chocó bastante los primeros días. Lo más difícil es el horario: te levantas a las 6 de la mañana, descansas a las 9 de la noche y a veces te piden que te quedes con los niños hasta las 12 de la noche. Al otro día vuelves a levantarte a las 6. Descansas sólo cinco horas y eso no es nada”, dice Araceli. Araceli aún no se acostumbra a Chile y el peso de la distancia se le nota en la cara. “Acá todo es muy distinto: allá en cualquier parte te compras un tamalito, una leche asada, un pollo a la brasa. Todo está abierto. Aquí no hay. O si hay, es caro. Acá estás sola. No tienes con quién compartir”, dice.
Sentada a su lado, Patty Chiclayo asiente. Vino a buscar trabajo porque su bebé ya tiene 6 meses y tiene que empezar a trabajar. Patty vive en un cité con más peruanos, otros latinos y su marido desde hace ya varios años. “Ahí escuchamos nuestra música, a buen volumen. Con los peruanos nos entendemos mejor el idioma, compartimos las penas y alegrías”, dice.
Valeria Salazar (45) busca trabajo, pero también vive en esta casa de acogida. Del mes que lleva en Chile, estuvo tres semanas como asesora del hogar puertas adentro, pero renunció. “La señora era muy buena, pero la casa era muy grande. Tenía tres pisos. Subir y bajar las escaleras con la aspiradora que era bastante grande me afectó las articulaciones de la rodilla”, dice. En Perú tiene a cinco hijos entre 30 y 20 años y a cuatro nietos. Los echa de menos y los llama frecuentemente desde las cabinas telefónicas del centro. También va a las misas para inmigrantes de la parroquia italiana los domingos. Pero no quiere rendirse. “Allá los sueldos son muy bajos y yo quiero superarme, solventar a mi familia, salir de cuentas. ¿Sabe cómo me doy fuerzas? Recordando por qué he venido, recordando a mi familia. En la cámara tengo las fotos de ellos y las miro. También cuando hablo por teléfono con mis hijos, me tranquilizo. Mi nieto de tres años se acuerda de mí y me habla en su idioma. Me dice: “ven, mami, ven”. Yo le digo: “Papito, voy a trabajar y comprarte cosas”. Eso me renueva. Cuando hablo con ellos, salgo fortalecida y empiezo de nuevo con más ganas”.
Una señora bien peinada, con un gran collar al cuello, de unos cincuenta años, entra junto a su esposo a la oficina de la casa de acogida. Conversan con una hermana encargada del lugar. La señora le dice: “¿Sabía usted que en otros países las mismas nanas se pagan sus imposiciones? Acá tiene que pagarlas una pues”. La hermana se encoge de hombros y le dice que así es la ley chilena. Al rato, la hermana le presenta a una chica morena, peruana, que lleva el pelo recogido en un tomate y sonríe tímidamente. “¿Estás lista para irte con nosotros?”, pregunta ella. “Sí, señora. Tengo todas mis cosas listas para irme con usted”.

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One thought on “Puertas adentro

  1. Felicides Pepa, soy del otro lado, la que busca nanulis, tengo una entrevista mañana en este lugar, me ha conmovido tu reportaje, si ami me da un fuerte dolor en el pecho cuando saldo a la oficina a trabajar y dejar a mis hijos con alguien a quien no conozo imagino el sufrimiento que sienten ellas a dejar a su familia lejos del hogar sólo para recobrar su dignidad, en este minuto todas ellas lo estan recobrando, exito para cada una de ellas, y mil gracias por atender a nuestra familia por mi.

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