Presa en Turquía

María Elvira Figueroa creció en Ercilla en la novena región. Estudió técnico en ingeniería forestal y tuvo una hija de 8 años. Hasta el año pasado, vivía tranquilamente en Concepción y vendía joyas. Hasta que un tío amigo de su familia desde que era niña le ofreció un negocio en una de sus empresas. Elvira aceptó para ganar un dinero extra y en octubre de 2009 terminó detenida en una cárcel de Estambul por tráfico de drogas, con una condena de 12 años de presidio, separada de su familia y rogando por regresar a Chile. Esta es su historia.

A pocos metros de la puerta de salida del aeropuerto de Estambul en Turquía, un policía vestido de civil la detuvo. “Traiga su maleta. Necesitamos pasarla por el detector”, le dijo en inglés. María Elvira Figueroa (29) caminó aterrada hasta la máquina de la policía de inmigración turca. Pocos minutos más tarde, la noche del 18 de octubre de 2009, figuraba encerrada en una pequeña sala, rodeada de policías que hablaban entre sí en turco y le sacaban fotocopia a su pasaporte. Uno de ellos, abrió su maleta. De su interior, sacó una bolsa con cinco kilos de cocaína y se la enseñó con el dedo. María Elvira, técnico en ingeniería forestal, oriunda de Ercilla en la novena región y madre de una niña de siete años, supo entonces que estaba perdida y estalló en llanto. “¡Eso no es mío!”, chilló. Pero los oficiales la llevaron a otra sala donde le hicieron una ecografía para saber si llevaba cápsulas con droga en el estómago y un examen de orina. Al día siguiente, la llevaron a un cuartel policial donde la interrogaron con la ayuda de un traductor. “¡Fui engañada! ¡Me amenazaron! ¡La droga no es mía!”, repitió entre sollozos. Pero los uniformados se limitaron a apuntar sus datos en un computador. María Elvira entonces miró al traductor, el único que podía entenderla. “Por favor, avísale a mi familia lo que está pasando. Te lo ruego. Ayúdame”, le dijo. Y le anotó las claves de su correo electrónico para que se comunicara con Alejandra Figueroa, una de sus hermanas en Chile. El traductor estaba confundido. Esa mujer no se parecía en nada a otras burreras latinoamericanas que había interpretado frente a sus colegas, pensó. En general, eran chicas jóvenes, pobres, la mayoría analfabetas. Pero María Elvira se veía bien vestida y parecía educada. “Voy a intentarlo”, le dijo antes que se la llevaran a una celda en la prisión de Estambul junto con un puñado de mujeres que vociferaban en turco en un bullicio indescifrable. Llorando, María Elvira se hincó en el suelo y se tapó los oídos con ambas manos.

El negocio
A fines de septiembre de 2009, María Elvira le contó a su hermana Daniela Figueroa (33) que un tío amigo de la familia, padrino de una de sus primas, que vivía en Iquique y cada cierto tiempo, pasaba a visitar a las hermanas en el sur, le había hecho una oferta de trabajo en la que estaba interesada. “Él siempre nos ofrecía trabajo en sus empresas. Desde que nos titulamos, nos decía que nos estábamos perdiendo, que tenía muchos contactos y podía conseguirnos pegas por buenas lucas en el extranjero”, recuerda Alejandra Figueroa, la hermana menor de Elvira. María Elvira esta vez se entusiasmó: había perdido su empleo como promotora de una empresa telefónica y se estaba manteniendo sólo vendiendo joyas. Necesitaba ganar más dinero. Por esa misma razón hacía más de un año había congelado en tercer año de ingeniería forestal en la Universidad Arturo Prat y se había ido a Concepción, donde vivía con su hermana Alejandra, en búsqueda de oportunidades laborales que le permitieran pagar su carrera sin la ayuda de su padre, profesor en una escuela en el Alto Bío Bío, y para mantener a su hija Bárbara que vivía con sus padres en Ercilla.
“Me tinca, pero quiero saber mejor de qué se trata”, le respondió Daniela a su hermana. “Entonces llamamos a este tipo y él me dijo que quería que dejáramos documentos a las empresas a las cuales él les exportaba productos de su empresa de residuos mineros. Que eran documentos confidenciales que no se podían mandar por correo y necesitaba gente de confianza para que los entregara. Nos dijo que exportaba a empresas en Bolivia, Perú, Argentina y que en este primer viaje, él nos iba a acompañar para presentarnos a sus socios y aprendiéramos el negocio”, recuerda Daniela. A los pocos días ambas hermanas viajaron a Santiago para encontrarse con él. Daniela hizo los trámites para sacar pasaporte, que la secretaria del abogado su tío le mandaría a Bolivia apenas estuviera listo, y luego los tres partieron a Iquique. Más tarde se fueron los tres a Bolivia en bus. “Nos fuimos tranquilas. Él nunca me dio mala espina, era el típico tío protector, cariñoso y buena onda que cuando andaba en el sur, nos pasaba a ver y nos invitaba a comer”, dice Daniela.
La primera semana de octubre de 2009 llegaron a Santa Cruz. El hombre dejó a las hermanas en un hostal y al día siguiente llegó a buscarlas con una boliviana baja, de pelo rubio y corto, de unos treinta y tantos años que se presentó como su socia. “Ella nos dijo que nos presentaría a otro socio y apareció al otro día con un nigeriano, azul de negro. Nos fuimos los cuatro a una cafetería. El negro nos miró y nos preguntó en un súper mal español: “¿Ustedes tragan droga, cierto?”. Esa fue la primera vez que oímos hablar de droga. Con la Elvi nos miramos aterradas. Ella se puso pálida y yo me puse a tiritar entera, quedé sin habla. Cuando reaccioné, le dije: “No, nosotras no vinimos a eso, cómo se les ocurre”. Él se puso serio y dijo: “Ya no pueden echar pie atrás. Ya están acá y tienen que ir. No se olviden que tienen una familia que los espera en Chile”. Quedamos aterradas. Nos dimos cuenta de que cada vez que salíamos del hostal, aparecía una limusina que nos seguía. Nos sentíamos vigiladas y que si arrancábamos o llamábamos a Chile, nos podrían asesinar en cualquier parte. Llorábamos de pánico en el hotel, pero conversamos que no nos quedaba otra que viajar. Creíamos que nos iban a matar si no lo hacíamos”, explica Daniela.
A los pocos días, apareció su tío en el hostal. Daniela cuenta: “Yo le grité: ¡Mira en lo que nos metiste! Él empezó a gritar, dijo que lo hacía todos los días y nunca le había pasado nada, que éramos unas huevonas”. En su declaración frente al tribunal turco, Elvira escribe: “Él me dijo que esa gente era muy peligrosa y mala. Que ya no podía arrepentirme porque podrían asesinar a mi familia. Quise regresar a Chile, pero tuve miedo de que dañaran a mi hija Bárbara”. El nigeriano apareció en poco tiempo en el hostal en una van de vidrios polarizados. Ahí dentro, le pidió el pasaporte a Elvira, le sacó fotocopia y le informó que viajaría al día siguiente hasta Estambul, haciendo escala en Brasil. “Le explicó que en el hotel, un tipo le tocaría la puerta, le preguntaría el nombre y le cambiaría la maleta. Que no hiciera nada estúpido porque alguien la iría vigilando durante todo el viaje. A mí me dijo que me mandarían a España apenas llegara mi pasaporte desde Chile”, dice Daniela. El 15 de octubre, Daniela y Elvira se despidieron llorando y abrazadas en la puerta del hostal de Santa Cruz. “Hasta que una noche me llamó el nigeriano al hotel como a las 4 de la mañana y me dijo: detuvieron a tu hermana en Turquía. Yo me puse a llorar, estaba choqueada, aterrorizada. Al día siguiente, el nigeriano pasó a buscarme. Me dijo que se querían deshacer de mí y me pasó 300 dólares para que me viniera a Chile. Mi pasaporte aún no había llegado. Me dejó en el terminal de buses. Todavía no entiendo por qué me salvó”, dice Daniela.
Mientras, el 20 de octubre, la ingeniera comercial Alejandra Figueroa estaba en su oficina en Concepción, cuando sonó su teléfono. Por el otro lado de la línea, escuchó la voz de un hombre con un extraño acento: “Hola, llamo desde Turquía. No te puedo decir quién soy, sólo le hago un favor a tu hermana. Elvira fue detenida ayer en Estambul porque traía droga y está en la cárcel. Ella me dio la clave de su correo y tu teléfono para que te avisara” y colgó. Alejandra quedó estupefacta. Pensó que se trataba de una broma. Hasta dónde sabía, su hermana estaba trabajando en Bolivia. ¿Presa en Turquía? No podía ser. Entonces recibió un mail del correo de Elvira. “Dime si ésta no es tu hermana”, decía. Alejandra descargó los archivos adjuntos: eran fotos de un diario turco donde aparecía Elvira, llorando, custodiada por dos uniformados. Desesperada, Alejandra les contó a Víctor, el pololo de Elvira, y a una tía paterna. Los tres decidieron verificar los datos antes de contarles la noticia a los padres de Elvira y partieron al Ministerio de Relaciones Exteriores en Santiago donde a través del consulado de Chile en Turquía, les ratificaron la información.
Ese mismo día, Daniela llamó a Alejandra para decirle que había regresado a Chile y que estaba en casa de una prima en la capital. Daniela y Alejandra se encontraron en Santiago y regresaron todos juntos al sur. Debían contarle lo que había pasado a María Alarcón y Pedro Figueroa, los padres de Elvira. Los encontraron en la casa de madera del campo de Ercilla. Cuando Alejandra habló, María Alarcón empezó a llorar a mares. Le dio golpes a la pared. “¡En Turquía! ¡Por qué! ¡Dónde está eso!”, gritó. Pedro Alarcón abrazó a su esposa. A Bárbara, la hija de Elvira, atinaron a contarle que su mamá se había ido a terminar ingeniería forestal a Argentina y que pronto regresaría a casa.

La condena
Juan Pablo Figueroa (35) tomó el auricular del teléfono y miró a su hermana Elvira a través del grueso vidrio que los separaba en la sala de visitas de la cárcel de Estambul. Elvira estaba delgadísima. Pesaba 46 kilos y estaba con una depresión feroz. No quería comer. Hablaba incoherencias. Le contó que algunas presas la habían golpeado para quitarle un dinero que su familia le envió. Le pedía un abogado y después perdía el hilo de la conversación. Esa mañana de noviembre de 2009, Juan Pablo salió devastado de la prisión turca. Había ido junto con Víctor, el pololo de Elvira, hasta Turquía precisamente para contratar los servicios del único abogado que, vía consulado, les recomendaron para defenderla, un turco que hablaba árabe e italiano, pero ni una sola gota de español y a quien acordaron pagarle los siete millones de pesos que cobraba por sus servicios en cuotas. Víctor también había viajado con otro propósito: guardó un terno en su maleta, dispuesto a pedir los permisos que necesitara, para casarse con su polola en el país europeo. Pero las autoridades de la penitenciaría, ni siquiera lo dejaron entrar a verla: si no era el marido, le dijeron, no tenía derecho de visita. Juan Pablo y Víctor regresaron a Chile confiados en que después de las tres audiencias que tendría el juicio de Elvira, saldría en libertad. Eso les prometió el abogado turco que tomó el caso. Elvira escribió por primera vez y con lujo de detalles su versión de la historia y el juicio empezó en febrero de este año. Meses más tarde, el abogado le informó por mail a la familia que Elvira ya tenía fecha para su tercera y última audiencia en la cual los jueces tomarían una decisión: 9 de junio de 2010. A las cinco de la mañana, hora chilena, la familia podría llamarlo a su celular para saber el resultado del juicio.
Esa madrugada, el living de la casa de Ercilla estaba repleto. María, su marido Pedro, Alejandra, Daniela, Juan Pablo, Víctor, varios tíos y primos, esperaron en vigilia y rezando hasta las cinco de la mañana para llamar al abogado. Cuando llegó la hora, Alejandra empezó a marcar el número. Nadie le contestó. Volvió a marcar varias veces: el celular del abogado estaba apagado. Desesperados por saber la sentencia, a Alejandra se le ocurrió llamar al traductor, que desde que la había llamado para contarle que su hermana estaba presa en Turquía, se había mantenido en contacto con ella por mail. Alejandra sabía que él también había estado en el juicio y le mandó un mensaje de texto. A los minutos, el traductor le escribió: “Estuve ahí: a Elvira le dieron 12 años y 8 meses de cárcel y una multa de 3 mil liras (un millón y medio de pesos). Lo siento. Mucha fuerza”. La familia se desmoronó. En la casa de Ercilla, todo se convirtió en llanto y desesperación. Choqueado, pero convencido, Pedro Alarcón dijo: “No voy a volver a ver a mi hija”.

La prisión
Después de la sentencia, trasladaron a María Elvira a una celda más pequeña y la dejaron junto con Joanna, una boliviana que también estaba condenada por tráfico de drogas y que tenía sólo 18 años. La condena la había deprimido aún más. En su celda, Elvira escribía: “Hay días en los que no tengo ganas de nada, ni de trabajar ni de levantarme. Quiero ver a mi hija. Todo esto es muy doloroso y me pregunto una y otra vez cómo fui a caer en esto. No saben cómo me siento por mi niña, siento que la abandoné. Esto es como estar muerta en vida”. Poco a poco, empezó a tratar de sobrellevar la rutina como prisionera. Empezó a escribirle a diario a sus hermanos, su hija y sus padres, tejer y rezar en español junto con Joanna quien la obligaba a comer los porotos picantes, berenjenas, sopa de lentejas y tortillas que les daban de almuerzo. Comenzó a estudiar turco e inglés y a trabajar en la cocina de la cárcel de Estambul, a acarrear pesados sacos de comida desde las 6 de la mañana, rellenar mil zapallos en un día y a preparar ensaladas para todas las internas. El arduo trabajo le despellejó la palma de las manos y le causó várices en las piernas. Por eso, en agosto, cuando tenía que ducharse al menos seis veces al día por el intenso calor del verano turco, pidió ser trasladada al área textil donde trabaja hasta ahora cosiendo, bordando, esperando.
A miles de kilómetros, en la parcela de la novena región Alejandra, Daniela, María y Pedro van cada semana al correo de Ercilla a buscar las cartas de Elvira y esperan cada viernes a las cinco de la mañana, la llamada de siete minutos que tienen con ella. Desde que supieron la sentencia, no han parado de pedir ayuda. Le han escrito cartas a varias autoridades y le contaron su calvario a los medios. El único que les respondió fue el diputado UDI por la novena región, Gonzalo Arenas, quien pidió los antecedentes del caso a Cancillería y asesoró a la familia con los pasos a seguir. El Ministerio de Justicia chileno ya envió una solicitud formal al gobierno turco para trasladar a Elvira a Chile basándose en el Convenio de Estrasburgo, que entiende que por razones humanitarias, una persona privada de libertad, debe estar cerca de su familia para recibir sus visitas. La familia ahora espera la respuesta del gobierno y están juntando el millón y medio de pesos que Elvira debe pagar de multa antes de salir de ese país si es que aceptan su traslado.
En la parcela de Ercilla, a un costado de la carretera, vuelan por el aire las pelusas de los árboles. Las gallinas, perros y pollos corren por el pasto. En el comedor junto a la cocina a leña, María Alarcón come un pan con quesillo de campo con su marido, con los ojos entristecidos por el año y medio de angustia que llevan a cuestas. Ambos están con tratamiento sicológico y siquiátrico y recién hace pocos días, Pedro retomó su trabajo en la escuela de Alto Bío Bío después de una larga licencia médica por depresión. También tienen miedo: en agosto, recibieron una llamada del tío que Elvira y Daniela acusan amenazándolos. Hace dos meses, Alejandra dejó su empleo y su departamento en Concepción para venirse a vivir con sus padres a Ercilla y acompañarlos más de cerca. Bárbara, la hija de Elvira, mira los monitos animados en la tele del living. Hace poco supo la verdad y desde entonces ha estado más silenciosa y pensativa. María Alarcón, se toma las manos y suspira: “Esto ha sido un dolor inmenso para nosotros. Aún no lo podemos entender, pero una conoce a sus hijos y sé que a Elvira la engañaron. Ahora sé que estas cosas no sólo pasan en las películas. Es algo que nos tiene muy mal a todos”.
En su celda en Estambul, Elvira sueña con su retorno. Ya escribió que cuando vuelva, quiere abrazarse a los suyos y comer algún día huevos fritos y sopaipillas con un café cargado.

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2 thoughts on “Presa en Turquía

  1. Que desafortunada odisea de esta muchacha, parece que su historia es creible y ser inocente de dichos cargos. Dios le de fortaleza y que le llegue su ansiada libertad.

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