Mujeres bajo esclavitud

(revista El Sábado, junio 2012)

El 2 de mayo la sección de Delitos Sexuales del OS9 de Carabineros, desbarató una red de trata de personas que funcionaba en una casa en Las Condes. Una red que traía paraguayas para prostituirse a cambio de una vida llena de lujos y grandes sumas de dinero. Esta es la historia de lo que algunas de ellas vivieron ahí dentro. Y cómo Carabineros junto con la Fiscalía Oriente logró descubrirlos.
La casa en Las Condes era tal como se la habían descrito: grande, hermosa, de dos pisos, tenía varias piezas y un jardín gigante con piscina. Y las tres chicas que tenía en frente, eran amables y muy bonitas. También eran paraguayas, como ella. Paloma, que ese 4 de diciembre de 2008 recién había llegado hacía unas horas a Chile, sonrió. Pero la sonrisa se le borró de la cara de inmediato cuando las tres muchachas le contaron lo que hacían: “Acá trabajamos como prostitutas. Vienen clientes o nosotras vamos a atender a domicilios privados. ¿Te dijeron que habría cirujanos, nutricionistas, personal trainers? Pues es mentira. Acá no hay nada de eso”. “Me quedé helada. Fue como recibir un balde de agua fría y caliente, todo al mismo tiempo. Me puse a llorar. Le dije a Teresa Jiménez, que era la jefa en la casa, que me quería devolver a Paraguay. Ella me dijo: “No, tienes que pagar de alguna manera el pasaje con el que viniste. Ya pagué por ti. Y ahora tienes que trabajar. Tienes que tener estómago”. Paloma se sintió engañada. Humillada. En el bolsillo, tenía solamente 7 mil pesos chilenos. “Y apenas llegué a la casa Teresa me los quitó para comprarme ropa. Pensé: no conozco este país y no tengo dinero. Estoy atrapada. No me queda otra que aguantar”.
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En Paraguay, Paloma había tenido una vida dura: se había separado de su pareja con quien tenía un hijo de 1 año. El niño se había quedado con él: Paloma era muy pobre como para poder mantenerlo sola y vivía junto con su abuela en un sector humilde cerca de Asunción. Sus padres le dieron la espalda por haberse separado. Y ahora, trabajaba como administrativa en una bomba de bencina en su país. En eso estaba cuando en noviembre de 2008, conoció al novio de una amiga de su barrio que le ofreció un trabajo en Chile que le arreglaría la vida. “Me dijeron que era una casa de masajes hermosa donde había nutricionistas, cirujanos plásticos, personal trainers donde no pagabas nada por vivir y trabajabas como dama de compañía. Me pidieron que reclutara chicas para llevarlas hasta Chile y una vez allá, me dijeron que si yo no quería acostarme con clientes, podría trabajar como recepcionista. Me ofrecían dos millones de pesos chilenos mensuales”. Paloma estuvo pensándolo durante varios días. La oferta económica era incomparable con lo que ganaba en la bencinera en Paraguay y quería recuperar la custodia de su hijo. Entonces aceptó. “Con una condición, eso sí: les dije que vendría a Chile a ver cómo era la cosa antes de llevar a nadie. Y ellos se comprometieron a pagarme el pasaje de ida y vuelta. Supuestamente mi regreso sería para el 24 de diciembre, pero eso nunca pasó”.
Carla tenía 19 años cuando el 2008 recibió la propuesta de una amiga. Le dijeron directamente de qué se trataba el trabajo. Y Carla aceptó. “Entonces tenía una niña pequeña que mantener. Tenía que salir adelante como fuera. Mi amiga me dijo que era una casa gigante, que no estaría sola y me iría súper bien: ganaría como 2 millones de pesos al mes. Le dije al toque que sí. Pero por unos días nada más, yo no aspiraba a tanto. Pero una vez que llegué, las cosas comenzaron a complicarse”, dice desde Paraguay.
Al segundo día, Paloma ya lo sabía y se sentía desesperada. No sabía qué hacer para salir de la casa. Nunca había ejercido la prostitución. Su experiencia sexual era escasa: había perdido su virginidad hacía sólo dos años. El día anterior, había tenido que bailar en ropa interior para un grupo de hombres que festejaba una despedida de soltero junto con las otras chicas, aunque no tuvo que tener sexo con nadie esa noche. Al día siguiente, la llevaron a tomarse fotos con poca ropa en el estudio fotográfico de un argentino para subir las imágenes a la página web donde Teresa promocionaba a las chicas, y ahora el panorama se ponía peor. “Para mí ya había pasado como un año ahí. Peleé con Teresa. Le dije: ¡No fue esto lo que me dijeron! ¡Yo no me quiero acostar con nadie!”. Ella quiso pegarme y me dijo que yo no me iba a ir. Que ella tenía conocidos, plata, años en este país. El segundo día en la noche, llegó un cliente, un caballero mayor, y Teresa me dijo que él quería atenderse conmigo y que yo tenía que hacer de todo con él. Me sentí humillada: tenía que entregar mi cuerpo a una persona que no me gustaba, por dinero y además, tenía que pasarle la mitad de la plata a ella. Fue una pesadilla”, relata. Esa noche, dice Paloma, fue la más larga de su vida. Ese rostro, dice Paloma, no se le va a olvidar jamás. “Era un viejo. Olía feo. Fumaba y yo detesto el cigarro. Y yo no bebo, estaba sobria. Fue atroz. Sufrí mucho. Sentía mucha rabia con él, con Teresa, con todo. Fue traumático”.
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En la casa de El Galeón 6873, Teresa Jiménez mantenía siempre alrededor de cuatro a cinco chicas, todas paraguayas, que venían desde su país buscando mejores horizontes económicos. Su hermano junto con otros socios en Paraguay, les prometían llegar a una mansión con lujos donde podrían tener acceso a gimnasios top, cirujanos plásticos, nutricionistas para llevar una dieta balanceada y asesores de imagen que finalmente nunca existieron. El fiscal que ahora investiga el caso, Ignacio Pinto, explica: “Algunas de las víctimas declaran haber sabido a lo que venían y otras dicen que las engañaron. Sin embargo, cuando llegaban acá, les cambiaban las condiciones: no había los lujos que les prometían, no tenían la posibilidad de salir libremente de la casa, no ponían tener vida privada ni pololos. En la explotación sexual hay un aprovechamiento de la vulnerabilidad de las víctimas. En Paraguay, una prostituta gana 12 mil pesos la hora. Acá les ofrecían 2 millones al mes. ¿Qué libertad tenían para decir que no?”. La capitana Mitza González, de la sección de Delitos Sexuales del OS9 de Carabineros a cargo de la investigación, explica: “Daban su consentimiento, pero es un consentimiento viciado porque en la casa no había nada de lo que les prometían. Además, tenían que trabajar 24 horas. Las obligaban a estar hasta con 12 clientes en un solo día, incluso mientras tenían su periodo menstrual: las hacían ponerse algodones o esponjas para que trabajaran igual. Además, tenían que darle la mitad del dinero a esta mujer que era la regenta del lugar. Era una especie de esclavitud moderna. La trata de personas vulnera la dignidad humana: pasas a ser un objeto porque no tienes vida privada ni libertad”.
Los clientes se entendían directamente con Teresa. Ella también era la encargada de tomarles fotos a las chicas y subirlas a la página web donde las promocionaba a 60 mil pesos la hora. La investigación de Carabineros en conjunto con la Fiscalía Oriente calcula que Teresa ganaba 14 millones de pesos al mes. Sólo el arriendo de la casa costaba 800 mil pesos. Carla recuerda: “Teresa también compraba y nos daba cocaína para mantenernos despiertas. Yo no llegué a consumir: se lo daba a otra chica que sí consumía. Pero Teresa tenía ojos en todas partes. A veces traía a amigos, se emborrachaba y drogaba y quería que estuviéramos con esos tipos gratuitamente”. Paloma también recuerda que algunas chicas se habrían mantenido drogadas. “Teresa nos daba unas pastillas que nos dejaban aceleradas. Nos decía: “Tienen que estar despiertas para cuando lleguen los hombres”. Nos obligaba a tener relaciones durante nuestro periodo. Una noche nos sacó a todas a Las Urracas. No pudimos bailar con nadie. Cuando alguien se nos acercaba, ella les decía: “Ellas tienen precio, son mis gatas”. Teresa además trabajaba junto con el ingeniero comercial chileno Sebastián Daneri que se encargaba de pagar las cuentas y también evaluaba la apariencia de las chicas haciéndolas de asesor de imagen, Fernando Mallea, el taxista que llevaba y esperaba a las paraguayas cuando tenían que hacer un servicio fuera de la casa. Cuando una de las chicas quería salirse del negocio, Teresa se encargaba de ponerles la pista pesada. A los pocos meses que llevaba en Chile, a fines de 2008 Carla le dijo: “Ya cumplí contigo, no te debo nada. Ahora déjame ir”. “Yo me sentía sin mi libertad y quería volver a mi país. Pero ella me amenazó: “Vos sabes que tengo el número de tu familia en Paraguay y les voy a contar lo que haces acá. Sabes que te puedo cagar”. Creo que es la forma más cruel del mundo de chantajear a una persona. Eso les decía a las chicas para que no se fueran: que les iba a decir a su familia lo que hacían”.
El capitán Carrasco de la sección de Delitos Sexuales del OS9 que participó también en la investigación dice: “Muchas de las familias de estas mujeres no saben que son prostitutas. Ellas les dicen que vienen a trabajar de nana o modelo porque les da vergüenza, pero lo ven como un salvavidas para poner un negocio, arreglar su vida. Y ellas las amenazaba con eso: con decirles la verdad a sus parientes”. Finalmente, apoyada por un pololo que había conocido en nuestro país, Carla dejó la casa. “Ella llamó a mi familia en Paraguay y les contó todo. Yo tuve que convencerlos de que eran calumnias. Pero regresé a Paraguay con mi novio chileno”. Carla se casó con él, ahora ambos tienen una hija pequeña y viven en Asunción.
Paloma pudo escapar de la red 10 días después de haber llegado a Chile. A esas alturas, Teresa la había llevado a ella y otras tres chicas a un departamento en Antofagasta para trabajar y Paloma había sobrevivido y evadido los contactos con clientes poniéndoles mala cara o siendo muy cortante para que no la eligieran a ella. Sin embargo, pasó por cuatro clientes que no desistieron de su interés a pesar de sus malos modales. Al décimo día, Paloma ya estaba en contacto con un taxista de Antofagasta a quien le contó su historia. Él prometió ayudarla a arrancar hasta Santiago donde Paloma le pediría ayuda a una amiga paraguaya. “Pero esa noche, Teresa me atajó. Me dijo que no podía irme así. Otra de las chicas le dijo: “Déjala ir, ella no es para esto, te va a traer problemas”. Pero ella tenía mis documentos. Llamó a su hermano en Paraguay y él le dijo que me dejara. Me fui, pero ella se quedó con mis identificaciones”, dice Paloma. Una vez que llegó a Santiago y encontró a su amiga paraguaya, Paloma se dirigió a la PDI y les contó su historia. Sin embargo, pasarían más de tres años para que la bomba estallara.
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En enero de 2011, el fiscal Ignacio Pinto recibió una llamada de la fiscalía paraguaya. La información era la siguiente: la policía del país vecino sabía que en unos días más, una menor de edad paraguaya llegaría hasta Chile en bus, cruzando el Paso los Libertadores, supuestamente para ejercer la prostitución en nuestro país. El fiscal Pinto entonces pidió atribuciones a un juez de garantía para que el OS9 de Carabineros pudiera investigar. Días más tarde, con ese poder concedido, la capitán Mitza González seguía a la chica que venía en el bus y a Teresa Jiménez hasta la casa de El Galeón 6873 en Las Condes. Desde ese día, Carabineros empezó a seguirles los pasos.
A esas alturas, la vida de Paloma que seguía viviendo en Chile, ya era completamente diferente: después de trabajar cosiendo ropa para bebés y como garzona de un restorán, el 2010 había conocido a un colombiano con quien tuvo un hijo. Los tres vivían juntos y Paloma tenía un trabajo haciendo aseo en una empresa. Pero Paloma no le había perdido la pista a Teresa ni a sus compatriotas que trabajaban para ella. “Cuando yo logré escapar de ahí, empecé a buscar en las mismas páginas que nos promocionaban a otras chicas. Me fui informando y así supe que lo que ella hacía era delito. Quería saber qué hacían las niñas, si pasaban lo mismo que yo, si habían sido engañadas”, cuenta. Durante el 2009 y el 2010, Paloma logró contactarse con algunas chicas que trabajaban en la casa de El Galeón. Se juntaban en un lugar de comida rápida en Providencia cuando las mujeres podían salir a almorzar solas. Paloma les decía: “Váyanse de ahí, si van a trabajar en eso, al menos háganlo por su cuenta”. Algunas le contestaban que no podían porque tenían miedo de que Teresa les contara a sus familias lo que estaban haciendo. Otras regresaban a la casa por la seguridad económica que tenían: al menos tenían techo y comida. La mayoría trabajaba de día y de noche y atendían a 10 clientes al día, le decían a Paloma. “Así el 2009 conocí a una chica que era menor de edad. Tenía 17 años. Ella permanecía borracha todo el día: desde la mañana empezaba a tomar cerveza para evadirse. No quería hacer lo que estaba haciendo. La llevé un tiempo donde yo vivía. Un día se fue de ahí también y supe por otras que había regresado a Paraguay”.
A comienzos de 2011 Paloma fue contactada por Carabineros que investigando, dio con su denuncia a la PDI a comienzos de 2009. Ella junto un par de chicas más que habían logrado salir de la red, declararon. Hubo otras que tuvieron temor de denunciar y prefirieron guardar silencio. Pero ya Carabineros tenía pruebas suficientes para comprobar el delito: habían vigilado de manera encubierta la casa desde hacía más de un año: habían visto el gran movimiento de vehículos caros con hombres, la gran mayoría del barrio alto, que entraban y salían de la casa, interceptaron varias conversaciones telefónicas y además, habían infiltrado a algunos policías como supuestos clientes. Así, el 2 de mayo pasado irrumpieron en la casa de El Galeón donde encontraron a cinco chicas y detuvieron a Teresa Jiménez, el taxista Fernando Mallea y Sebastián Daneri. En Antofagasta, arrestaron a Gloria Cano quien se encargaba de recibir a algunas de las mujeres en Chile apenas llegaban desde Paraguay. Todos están formalizados. El fiscal Ignacio Pinto los está acusando de trata de personas con fines de explotación sexual – el delito de trata de personas fue modificado en abril del año pasado y se considera la explotación sexual, laboral y tráfico de migrantes – y asociación ilícita. Las penas pueden ir desde los 5 años y 1 día hasta los 10 años y un día, especialmente para Teresa que ya había sido investigada por el mismo delito hacía unos años en nuestro país. En la formalización Teresa dijo desconocer que estaba cometiendo delito y que ella sólo les habría dado alojamiento y comida a sus compatriotas. Sin embargo, el juez que está a cargo del caso la dejó en prisión preventiva mientras dura la investigación. Cuando Carla se enteró de la detención de Teresa por las noticias en Paraguay, se sintió aliviada. Igual que Paloma quien supo de la noticia por televisión. Ahora dice: “Lo que nos hicieron fue inhumano. Antes veía esa etapa de mi vida como algo atroz. Pero ahora ya pasó. Siento que lo superé. Y que puedo decir: “Yo pude salir de eso”.

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