Medito, luego existo

(revista Ya, septiembre 2011)

Una sala blanca y luminosa donde treinta personas comunes y silvestres y de distintas edades se sientan arriba de colchonetas sobre el piso para aprender a meditar. Un equipo de instructores que intentan enseñarnos a poner la mente en el presente. Muchas cabezas que se distraen e intentan seguir su respiración. Esta es la jornada Mindfulness en la vida cotidiana, un día entero dedicado a observar una maquinaria imparable: nuestra mente.
Es sábado, son las nueve de la mañana y yo debiera estar durmiendo en mi casa como una reina. Pero en vez de eso, estoy junto a unas treinta personas más en una salita blanca con piso de madera donde lo único que reina es el silencio, vestida de buzo, descalza, sentada arriba de una colchoneta y con las piernas tapadas con una frazada. Tres colchonetas hacia mi izquierda, un joven de lentes está sentado con los pies sobre sus muslos, erguido, inspirando y exhalando. Hay muchas mujeres jóvenes en tenida deportiva. Un par de caballeros canosos con camisa y pantalones de tela, también descalzos. Señoras mayores con calcetas gruesas y coloridas. Todos ellos vinieron aquí, al Instituto Mindfulness en Las Condes para vivir una jornada de meditación y aprender a llevar esa técnica- asociada al budismo, pero previa a él – a nuestro día a día. Yo vine como enviada especial para vivir la experiencia y contarla. A estas alturas y debido a varios intentos de este tipo, sospecho que mi jefa me ve como su Julia Roberts en Come, Reza, Ama y cree que algún día mi alma neurótica encontrará en alguna técnica oriental algo que me ayude a calmarla. Por lo mismo, sospecho que esto de la meditación me costará un mundo y tengo un poco de miedo de no lograrlo. Pienso mucho y sin control. Pero acá estoy. Despierta, atenta y dispuesta a intentarlo.
Una mujer de lentes y pelo largo y canoso entra a la sala. No usa maquillaje. Lleva una camisa ancha y un chaleco. Tiene una sonrisa amorosa, como de mamá. Se sienta arriba de una colchoneta roja frente a todos y al lado de un florero con liliums amarillos. Entonces pregunta: “¿Quién está sentado por primera vez sobre un cojín?”. La mayoría levanta la mano. Verónica Guzmán, la directora del Instituto y psicóloga budista, sonríe asintiendo y nos explica cómo debemos hacerlo: arriba de un cojín cuadrado y medio duro sobre la colchoneta, con las piernas cruzadas, las rodillas más debajo de las caderas, la espalda erguida. Todos le hacemos caso. Verónica habla: “Mindfullness significa tener la mente puesta plenamente en el presente. Puede ser atención o conciencia plena. Sin embargo, generalmente nuestra mente siempre está en el pasado o planificando el futuro. Pero resulta que el pasado ya pasó. Y cuando anticipamos y las cosas no resultan así, nos angustiamos. Nuestra mente anda distraída, siempre en otro lugar lejos del cuerpo. El cuerpo siempre anda corriendo detrás de la mente y es agotador”. Confirmado: en el camino de ida al Instituto, algunos pensamientos random de esta reportera fueron: podría haberse evitado la discusión doméstica de ayer. Me perdí mi programa de farándula con el que apago el intelecto, qué lástima. Quiero aguinaldo de fiestas patrias. Puedo ponerle cortinas verdes a mi próximo departamento. Pocas veces pensé en el camino que veía en el trayecto. Verónica sigue: “El Mindfullness es el giro opuesto: es traer la mente donde está el cuerpo presente. En la meditación, el cuerpo permanece en el cojín. Tomo conciencia del cuerpo e invito a la mente a sincronizarse con él en vez de que el cuerpo corra detrás de la mente”. Pensamiento instantáneo de esta reportera: difícil. ¿Pensar en el cuerpo? ¿Sincronizar la cabecita parlanchina que tengo con mi cuerpo inmóvil? ¿Dejarla en blanco? No podré meditar jamás. Pero Verónica nos calma: “Meditar implica suspender el juicio, dejar de lado si es bueno y malo y ver qué pasa conmigo sin juzgarme. Poner la mente en blanco no se logra nunca. Lo único que una descubre cuando medita es la magnitud de la chicharra que tiene adentro. La práctica consiste en observar cómo funciona mi mente. Mirarse al espejo, es más que estar en blanco. En la medida que te observas, te distancias”.
Entonces Verónica se levanta y le cede el podio de la colchoneta roja a Claudio, un instructor jovencito, que se ríe con los ojos, para que nos haga un ejercicio. Nos entregan dos pasas a cada uno. Claudio nos guía lentamente para que les pongamos toda nuestra atención. Nos dice que las miremos como si fuera la primera vez que las vemos, como si fuéramos extraterrestres mirando pasas terrestres. Que las observemos bien. Que nos concentremos en su forma, textura, olor. Que nos pongamos una pasa en la boca. Que la masquemos lento, despacito y sintamos su sabor. Que nos enfoquemos sólo en la pasa. Que estemos conscientes de ellas. El experimento me cuesta. Mi mente va así: Soy un alien y me sorprendo frente a la pasa. A todo esto, qué miedo me da esa serie de Warner de los aliens, V. Me da pánico. Vuelve a la pasa, por Dios. La pasa es arrugadita. Es arrugadita como las mejillas de mi mamá. Qué miedo. No quiero que mi mamá envejezca. Vuelve a la pasa, niña. La pasa es transparente y parece una ampolla. Como las que me hice cuando me quemé la mano por botar mi café matinal. Conclusión: mi mente es una chicharra sorround y funciona asociativamente. No me concentro en el presente. Pero cuando terminamos la experiencia, nos ceden la palabra y empiezo a escuchar qué les pasó a los demás, me siento menos lesa: “Pensé en palabras y cuando se me acabaron las palabras, empecé a pensar en el otro fin de semana, lo que tengo que hacer el lunes”, dice un hombre de unos 40 años y cuerpo atlético. “Pensé que iba a estar dulce, pero cuando me la comí, no la encontré tan dulce. Entonces pensé que la pasa debía ser orgánica”. Nada del otro mundo. Puras mentes comunes y silvestres llenas de pensamientos ídem. Salgo al recreo sintiéndome mucho menos rara.
Este es el presente
Once de la mañana y estamos de pie en un gran círculo, estirando el cuerpo, tocándonos las piernas, los brazos, la cara. Una instructora nos hace movernos como si fuéramos árboles mecidos por el viento. “Sientan el peso de su cuerpo en la planta de los pies”, dice. Damos vueltas por la habitación despacio, sintiendo los pies, mirándonos a los ojos en silencio. Y luego alineamos nuestras colchonetas y nos sentamos de nuevo en orden, mirando hacia el frente. Magali Meneses, instructora de meditación, nos ayuda a sentarnos bien para nuestra primera meditación: arriba del cojín con los pies cruzados, la espalda erguida, los ojos abiertos mirando hacia un metro y medio más, la boca relajada. “La idea es sentir el cuerpo es instalarnos ahí. Respiramos. Inhalamos y exhalamos e identificamos cuando se nos viene un pensamiento a la mente y decimos: “Pensamiento”. Y tratamos de volver a concentrarnos en la respiración. Uno nunca deja de pensar. Pero traten de volver siempre a la respiración”. Entonces toca un pequeño gong y todos respiramos en silencio. Respira Susan Hitschfeld (24), bióloga, quien ya había meditado antes en el centro budista Shambhala y ahora vino por segunda vez: “Tiendo a bajonearme y fui porque había escuchado que la meditación te ayuda a disfrutar del presente, no enrollarte con el futuro. Además en la biología hablan mucho de cómo la meditación estimula la corteza pre y frontal. Me interesa mucho”, dirá después. Respira Beatriz Quiros (31, profesora) quien hace un mes vio la película Come, Reza, Ama y le quedó dando vueltas el tema de la meditación: se había separado de su marido hacía poco tiempo y andaba en búsqueda de respuestas. “Cuando estás volviendo a ponerte en pie en el mundo, siento que es súper importante volver a mirarse, reinventarse desde el dolor. El mundo está muy basado en el exitismo, los logros, pero es difícil encontrarte a ti mismo. Yo creo que la meditación te puede dar luces para lograr eso”, explica. Respira Carole Garat (42, psicóloga infantil), quien apenas vio en una revista el anuncio de la jornada de meditación en su casa de Curicó, se inscribió. Carole había probado varias cosas: flores de Bach, reiki, constelaciones familiares, yoga, pilates. “Busco algo que me aquiete a mí, algo que me provea momentos que me devuelvan energía propia y calma. Soy psicóloga, profesora, mamá de tres hijos, siempre estoy haciendo algo. A veces una dice: perdí toda mi energía en otras cosas, como si no te nutrieras. Para eso camino kilómetros con un grupo donde hablo cabezas de pescado o me desconecto. Pero eso quiero: algo que me devuelva la energía”. Respira también Francisca (61), diseñadora, quien supo por una amiga del taller: recientemente le había tocado enfrentar varias muertes de personas cercanas y leyó El Libro Tibetano de la Vida y la Muerte. Y así empezó a pensar en cómo para la cabeza, cómo enfrentar ese momento de la vida. “Llegas un momento de tu vida que piensas que manera distinta. Tienes otra sensación del tiempo y entiendes que es importante vivir intensamente lo que estás pasando. Parece tan obvio, pero es tan difícil de hacer”. Respira también Verónica, la directora del instituto. Lleva veinte años haciéndolo. Empezó cuando era una psicóloga tímida y recién titulada que participaba de un grupo de trabajo corporal y que andaba en busca de respuestas. “Sentía que tenía que alcanzar algo que no alcanzaba. Tenía la sensación de que siempre tenía que arreglar algo de mí y que el día que se solucionara, iba a ser feliz. Algo eterno y agotador”. En el grupo de trabajo corporal, le aconsejaron probar la meditación. Fue al centro Shambhala y ahí sintió un alivio enorme. “Había al fin un lugar donde una se podía sentar a ser quién era. No había que lograr ser nadie distinto, sino observar quién era una. Así varias cosas con las que había peleado hacía mucho tiempo, empezaron a cambiar solas, se me pasó hasta la timidez”. Entonces siguió practicando. Y comenzó a aplicar las enseñanzas de la meditación y el budismo en su terapia con pacientes. Hasta que en marzo de este año concretó una idea que le había dado vueltas hacía tiempo: fundar el Instituto Mindfulness donde gente común y corriente pudiera aprender la técnica para aplicarla a su vida cotidiana.
Y claro, también respiro yo. Inhalo, exhalo, pienso en que salió el sol, vuelvo a la inhalación, qué estará almorzando mi novio, pienso y vuelvo a la respiración. Bombardeo de pensamientos random y vuelvo a respirar. Me digo que soy una histérica que piensa demasiado, vuelvo a respirar. Cuando a los diez minutos suena el gong, siento que lo hice pésimo. Pero Magali dice: “Cuando empecé a meditar, le decía a mi instructor: “¡esto no me sirve porque pienso aún más!” No era eso: era que me daba cuenta de mis pensamientos. La idea no es no pensar, sino volver a la respiración y darse cuenta del movimiento mental”. Siento alivio. Siento más alivio cuando después, Verónica explica: “Todo el mundo cree que cuando los demás están sentados con cara de no sé qué, una es la única loca que anda pensando en cualquier cosa. Es que soy dispersa, distraída. No, la mente es así. Estamos entrenados para hacer eso. Lo importante acá no es la meta. Acá el camino es la meta. Lo importante es volver al camino. Es como cuando vas con los niños a la playa y les dice: mira qué lindas las vacas. Y ellos contestan: ¿y cuándo vamos a llegar? Todo el trayecto nos sobra. Pero la meditación lo importante es el camino”.
Volvemos a intentarlo. Durante diez minutos, respiramos, exhalamos y todos pensamos otras cosas para volver a concentrarnos en la respiración. Suena el gong de nuevo. Claudio dice: “Hay un autor que dice que cada uno está a tres respiraciones de sí mismo”. A tres respiraciones de mi misma hay una mujer que se retó todo el tiempo por pensar y quedó agotada. Susan también está cansada. Carole sintió todos los dolores que tenía en el cuerpo. Francisca decidió pedir una hora para un masaje cuando termine esta jornada en la tarde.
Conciencia del día a día
Después de almuerzo, volvemos a estar sentados arriba de las colchonetas. Verónica guía una nueva meditación. Ahora no hay que fijarse en la respiración, sino en descansar. Estoy así: de piernas cruzadas, mirando el horizonte a través de la ventana, con la vista fija en las hojas verdes de un arbusto. La mirada se me nubla. Me da sueño. Cuando nos piden compartir la experiencia, eso cuento: “Me dio mucho sueño. En las meditaciones de la mañana estuve retándome. Repitiéndome que era una neurótica que pensaba demasiado, que era incapaz de meditar. Ahora sólo descansé y casi me quedé dormida”. Varios compañeros confiesan que también entraron en un sopor profundo. Verónica explica: “La idea es suspender el juicio para mirar quién eres. Qué hacemos con eso antes de agarrar un látigo. Si una tuviera una amiga que se trata como una se trata, la habría despedido hace rato. Cuando suspendes el juicio, le quitas el bien y el mal y te permite mejor saber qué hacer. No puedes mirar lo que rechazas. Entonces no puedes resolverlo”.
Los instructores del Instituto nos entregan unas carpetas con un lápiz mina para cada uno. Tenemos que anotar qué hacemos en el día. Comer, trabajar, cocinar, pasear al perro, ver televisión. Y luego ponerle un signo más a las cosas que nos gusta hacer, un menos a las que no nos gusta hacer y compartir eso en parejas. Me acerco a una chica de cola de caballo y chaleco para hablar de lo que nos gusta hacer en el día a día. Mi hoja no anda mal. La mayoría de las cosas que hago, me gustan. La hoja de mi compañera, que se llama Francisca y es veterinaria, tampoco anda mal: tiene un trabajo que pretende cambiar, pero disfruta andar en micro y pasear a su perro. Me dice: “Voy a tratar de cambiar eso de echarme en la cama a no hacer nada cuando llego del trabajo. Eso no me gusta. Podría aprovechar mejor ese tiempo, hacer otra cosa”. Yo le contesto que voy a intentar levantarme más temprano los fines de semana para escribir cositas que tengo pendientes y disfruto a concho. Ambas asentimos. Pienso en lo que me pasó con las meditaciones: me di cuenta de que tengo un desorden completo en la cabeza y que soy muy autoexigente conmigo misma porque vivo criticándome. En el recreo de la tarde, les pregunto lo mismo a las demás: qué descubrieron con este día de meditación. Francisca me dice: “Siento que no tuve una visión distinta de mí, sino que aprendí que lograr esa conciencia era posible y algo cercano. Además me di cuenta del cansancio horrible que tenía en el cuerpo”. “Me ayudó a estar más presente. Al principio lo tomé como una relajación y me dio mucho sueño. Pero después, me sentí más enfocada”, explica Susan. “Me di cuenta de que estaba agotada. Que lo único que quería era estar arriba de una cama. También, que necesitaba volver a mirarme más. Me gustó saber que había más personas en la misma búsqueda que yo”, dice Beatriz.
Volvemos a las colchonetas y Verónica nos invita a revisar nuestras carpetas. Nos han dejado unos papelitos naranja fluorescente para que anotemos unas frases y las peguemos en la casa o la oficina. Anoto: “Me detengo. Respiro tres veces. Agradezco quién soy y lo que tengo. Y sigo.” Entonces lo ensayo. Me detengo. Respiro tres veces. Agradezco quién soy lo que tengo. Y sigo hacia mi casa preguntándome cómo voy a hacer para meditar una vez que esté ahí.

Anuncios

One thought on “Medito, luego existo

  1. Cuán cierto esto. Me ha servido de mucho leerlo, pues yo también sentía que estaba haciendo algo mal en mi meditación porque no consigo callar mi mente. Un saludo y gracias ^_^

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s