Madres tras las rejas

(revista Ya, 2012)


Casi el ciento por ciento de las mujeres presas en cárceles chilenas son madres. Algunas caen detenidas embarazadas. Dan a luz custodiadas por una gendarme en hospitales públicos. Y cuando sus hijos nacen deben decidir: enviarlos al exterior con un familiar o dejarlos con ellas, pero sin libertad.

Deysi dio a luz a su hija menor encadenada de una mano y de un pie a una camilla del hospital Barros Luco. Estaba custodiada por una gendarme, y nadie le había puesto anestesia. Minutos antes, cuando gritaba de dolor por las contracciones, una matrona le dijo: “¿No te gustó estar presa? Ahora aguántate”. Y Deysi Godoy (28) aguantó, hasta que le pusieron a su hija Yessarella sobre su regazo.

Cuando fue detenida, en octubre de 2009, por un robo con sorpresa, Deysi, que era adicta a la pasta base y robaba para consumir, no sabía que tenía un mes de embarazo. Lo supo al tercer mes de gestación, dentro de la cárcel de mujeres de San Joaquín, por los mareos. La matrona del consultorio al interior de la penitenciaría le hizo una ecografía y le mostró: “Ahí está tu guagua”. Deysi quedó atónita. “Se me vino el mundo encima. Pensé qué iba a ser de mi hija acá adentro. Mi vida se congeló. Estaba sola, nadie me venía a ver. Mi mamá estaba enojada conmigo y yo estaba detenida y esperando un bebé”, dice. Inmediatamente, Deysi fue trasladada a una pieza destinada exclusivamente para reclusas embarazadas. Hoy en esa habitación hay once futuras madres, entre ellas María Soto (42), que tiene cuatro meses de gestación y lleva dos meses detenida por tráfico de drogas. Cuando fue detenida, ya sabía que esperaba a su quinto hijo. Ahora le queda más de un año de condena.

Las embarazadas o mujeres detenidas con hijos pequeños -no importa si son imputadas o condenadas-, luego de dar a luz, pueden optar por que su hijo permanezca con ellas al interior de la cárcel y, en ese caso, son trasladadas con su guagua a la sección Materno-Infantil, un pabellón separado del resto de las internas, donde hoy se encuentran más de 30 mujeres con sus hijos, hay sala cuna de la Fundación Integra, piezas con cunas, lavadoras y secadoras, agua caliente las 24 horas del día. Pensando en los derechos del niño, en el apego con la madre y para favorecer la lactancia, los pequeños se podían quedar al interior del penal junto con sus madres hasta que cumplían los dos años. Pero en diciembre de 2010, Gendarmería cambió el reglamento, y ahora los niños deben marcharse al cumplir un año de edad. Las madres pueden pedir una prórroga por un par de meses más, si es que les queda poco tiempo para salir en libertad. La otra alternativa es enviar a sus hijos al exterior con algún familiar apenas nacen. Eso queda a criterio de cada mamá. “Algunas de mis compañeras están pensando mandar a sus hijos con su familia. No quieren que estén acá porque dicen que los niños se enferman, pasan frío, se contagian entre sí los resfriados, sufren sin libertad. Yo quiero quedarme con él acá. Soy su mamá”, explica María con las manos sobre su panza diminuta.

En el patio de la sección Materno-Infantil, dos mujeres están sentadas en unas bancas con sus guaguas. Una le da pecho. Hay muchos colgadores con ropa secándose al sol, unos balancines plásticos con formas de caballo, juguetes esparcidos por el piso de cemento, mesas y sillas para almorzar al aire libre, una cocina y las piezas compartidas. Ahí dentro, las mamás tienen camas con una cuna al lado con frazadas con monitos, juguetes de plástico, peluches y móviles. A un costado del patio está la salacuna de Integra, que se encuentra separada del resto del patio por una reja de colores. La sala cuna tiene un jardín con juegos, una casita de madera, pozo de arena sin arena y columpios. La mayoría de los niños están ahí dentro: los que ya caminan, escuchan canciones infantiles con dos tías que visten delantales con monitos. Los más pequeños están en otra sala en sus sillas de comer: las tías y algunas mamás les dan papillas o pecho mientras Cinthia, la parvularia que administra este jardín desde hace 12 años, saca en brazos a una guagua de su cuna de madera. “Acá los niños tienen la misma rutina que en cualquier otro jardín: están de 8 y media hasta las 6 y media de la tarde con actividades, tienen vacaciones de invierno y de verano y las mamitas vienen a ayudar o darles pecho. Afuera, otras personas les han criado a sus hijos. Acá, muchas aprenden a ser mamás y la mayoría son muy preocupadas”, cuenta.

Mientras algunos de los niños juegan en el patio, Deysi pasea en brazos a su hija Yessarell, que ya tiene un año dos meses. Después de tenerla, decidió quedarse con ella acá. “No sabía con quién dejarla. Mi mamá es enferma, mi hermana está cuidando a mi segunda hija que tiene tres años y la familia del papá de Yessarella no la conoce. Acá he aprendido a cuidarla. He hecho cosas por la Yessarella que nunca hice con mis otros dos hijos, como estar todo el día con ella, llevarla al jardín, ir a las reuniones de apoderados. Acá estoy en el rol de mamá por primera vez, y trato de hacerlo bien”.

Los niños sin libertad

Cuando Claudia (31) fue trasladada desde la cárcel de Arica hasta la cárcel de mujeres de Santiago, el que más sufrió con el cambio fue su hijo Kevin, de 11 meses. Los primeros días lloraba toda la noche, no quería comer, y empezó a bajar bruscamente de peso. Claudia se pasaba las noches en vela intentando calmarlo, pero no había caso: Kevin desconocía el lugar y parecía no querer estar ahí.

Claudia estaba detenida desde noviembre de 2008 por tráfico de cocaína. No tenía antecedentes penales: se había venido a Chile hace más de tres años para enviarles dinero a sus cuatro hijos mayores que quedaron en Perú con su abuela. Trabajó vendiendo dulces arriba de las micros y en una empresa de aseo. Hasta que una amiga la introdujo en el tráfico. Fue descubierta en Arica. Y allá, detenida, quedó nuevamente embarazada, esta vez de Kevin. “A mi hijo le costó mucho adaptarse aquí. En la cárcel de Arica sólo había 13 mamás, y cada una tenía su pieza. Pero acá no hay privacidad, a Kevin le chocó llegar a un lugar con tanta mamá con guagua. Éste no es el mejor lugar para un niño”, dice.

Al poco tiempo, Kevin empezó a ir a la sala cuna y a adaptarse a su nueva casa. Ahora se toma toda la leche y no llora por las noches. Pero cuando la madre de Claudia lo lleva de regreso a la penitenciaría después de haberlo llevado a algún paseo, Kevin llora y le cuesta quedarse dormido de nuevo. “Yo siento que él ya no quiere estar acá. Cuando vuelve de algún paseo, lo veo triste, pienso por qué me metí en esto, me da pena por él, y lloro yo”, dice su madre. La directora de la sala cuna explica que los más pequeños no alcanzan a darse cuenta de dónde están. Pero Silvana Muñoz, la funcionaria de Gendarmería encargada de esta sección, cree que a medida que crecen los niños, sí empiezan a sentir los efectos de la privación de libertad. “Cuando los niños salen con familiares o amigos y vuelven aquí, lloran, aunque estén con la mamá. Lo empiezan a pasar medio mal. Si al final, están encerrados”, explica.

Sentada en una salita de la sección, Palmira Matamala (39) amamanta a su hijo Daniel mientras lo sostiene con fuerza. Palmira trabajó durante tres años cargando y descargando camiones con comida y utensilios de ferretería en la cárcel. Llevaba hasta mil kilos diariamente en carretillas. Sólo supo de su embarazo pocas horas antes de dar a luz. Nunca se enteró que durante una visita conyugal había quedado embarazada. “Un día me sentí mal, y pensé que era la vesícula. La matrona de acá me fue a hacer un tacto, y se encontró con la cabeza de Danielito. Me dijo: “¡Acá hay una guagua!”. ¿Una guagua?, le pregunté. Me llevaron de inmediato al hospital, y tuve a Daniel. Me vine con él hasta esta sección, y no nos hemos separado nunca”. Es así: mientras muchos niños de la sección salen con parientes de las detenidas algunos días de la semana o por ratitos, Daniel jamás ha salido de la cárcel. “Somos él y yo, nada más”, dice Palmira, quien cumple su condena por robo con intimidación en mayo de 2012. Palmira espera que le den una prórroga para no separarse de su hijo antes de esa fecha. Quiere salir junto con su hijo de la cárcel, algo que no todas las mamás logran: si tienen condenas más largas, las mamás deben separarse de sus hijos cuando cumplen un año o, a más tardar, un par de meses después de haberlo cumplido. La mayoría de los niños se van con familiares, generalmente la abuela materna. Muy pocos padres se hacen cargo de sus hijos. En la historia de la sección Materno-Infantil, sólo dos niños se han tenido que ir a hogares de menores porque no había nadie adecuado para cuidarlos. “Cuando se van los niños es un duelo terrible tanto para nosotras las funcionarias como para las madres”, cuenta Cinthia, la directora de la sala cuna. “Porque no sólo se va el niño, sino que además inmediatamente las madres se van a los pabellones con el resto de la población penal”.

Angie Aceituno (33), detenida desde el año 2009 por tráfico de drogas junto a su pareja, pudo quedarse en la sección porque su trabajo en la cocina estaba bien evaluado. Sin embargo, tuvo que separarse de su hija Millaray el mismo día que la niña cumplió dos años, el 3 de junio pasado. “Fue espantoso. No quería que ese día llegara, pero llegó. Yo siempre he estado al lado de mis hijos, soy bien mamá, entonces separarme de la Millaray fue terrible. No quise hacerle el cumpleaños acá. Cada vez que veo a los otros niños me acuerdo de mi hija y me da mucha pena”, cuenta.

Durante el año 2010, los estudiantes de sociología Francisco Sastre y Valentina García de la Universidad Diego Portales, realizaron su tesis acerca de la maternidad al interior de la cárcel de mujeres. En su investigación, constataron que el momento de la separación con los hijos que han estado dentro de la cárcel con ellas es uno de los más angustiantes para las madres. “La mayor preocupación de las madres es saber con quién van a dejar a sus hijos. Hay muchas que no confían en sus familias, ni siquiera en sus madres. Algunas los dejan con amigas que han conocido al interior de la prisión. Y una vez que el niño se va, pasan dos cosas: la madre la mayoría de las veces queda con depresión y el niño, poco a poco, empieza a encontrar la figura materna en otras personas, quienes comienzan a cuidarlos afuera”, cuentan.

Claudia revuelve una olla con humitas caseras en la cocina de la sección. Cumple condena el 2013 y a Kevin sólo le faltan un par de meses para cumplir un año. Claudia quiere que su hijo se vaya con la madre de ella que vive en Santiago. “Voy a pedir una prórroga de unos meses para que mi mamá se establezca bien. Ella está trabajando como asesora en una casa y arrienda una pieza. Pero quiero que esté en condiciones y que más adelante pueda traer al menos a mis hijos menores que están en Perú”, dice. Angie dejó a Millaray con su hermana, y la niña viene todas las semanas en las horas de visita a verla. Todavía le dice mamá. Pero al cabo de un rato, Millaray se pone inquieta y quiere irse del penal. “Sólo aguanta un rato. Mi hermana me dice que la entienda porque afuera es otra cosa. Pero duele ver que llora y prefiere no quedarse con una”, dice Angie, quien saldrá en libertad en noviembre de este año. Algunas madres, sin embargo, prefieren que sus hijos no vayan a las visitas. No les gusta que estén en ese entorno ni que los revisen. Muchas prefieren echarlos de menos a distancia o estar en contacto por teléfono antes de que sus niños ingresen a prisión.

Los hijos mayores

Además de Daniel, Palmira tiene dos hijos: una mujer de 27 años, un joven de 19 que viven en el sur de Chile. Sus hijos mayores jamás han ido a verla durante los casi cuatro años que lleva recluida. Palmira les prohibió que la fueran a visitar. “Esto es otro mundo y no quiero que pasen por esa reja y los registren enteros. No. Eso no es para un hijo. Yo los llamo. Estamos en contacto. Con eso, estoy bien”, dice ella. Claudia no ve a sus otros cuatro hijos, de 11, 9, 6 y 4 años, desde hace más de tres años. Sabe de ellos por lo que le cuenta su madre cuando llama a Lima, pero les envía algo del dinero que gana por su trabajo al interior del penal. El hijo mayor de Deysi de 11 años no ve a su madre desde hace muchos años: no sabe que está en la cárcel. Su abuela paterna le dijo que estaba trabajando fuera de Santiago. Su hija de tres años, cree que está en un hospital y a veces la va a ver durante los horarios de visita. Pero a veces le pregunta cosas que no entiende: “Mamá, ¿por qué este hospital tiene tantos carabineros?”. Su tía le explica que los carabineros son los que cuidan a los enfermos de ese hospital para que no les pase nada. “Yo le tendré que explicar más adelante la verdad y responderle todas las preguntas que me tenga que hacer”, dice Deysi.

Mientras duró su proceso de investigación, que fue de casi un año, Angie se negó a que sus dos hijos mayores, de 11 y 3 años, fueran a visitarla a la cárcel. Pero una vez que recibió más de tres años de condena, cedió. Los extrañaba mucho. Su hijo Moisés entonces le preguntaba: “Mamá, ¿por qué hay parejas de mujeres que se dan besos? ¿Por qué esa señora se viste como hombre y usa el pelo corto?”. Angie tuvo que contarle que ésa era la cárcel y que ella estaba detenida por vender drogas. Ahora Moisés tiene 11 años. Y le ha dicho de todo: “A mis compañeros yo les digo que tú andas en el sur. Me da vergüenza decirles que estás presa. Yo sé que no mataste a nadie, pero cometiste delito, pues, mamá”. A veces le pregunta qué hacía exactamente. Le cuenta que buscó información sobre el tema del tráfico de drogas y quiere saber qué tipo de drogas vendía ella, porque “hay algunas que hacen mucho daño, mamá”. Moisés le pregunta: “Yo quiero saber qué vas a hacer exactamente cuando salgas de allí, pero no quiero que hagas más lo que estabas haciendo”.

“La mayoría de las madres recluidas intentan recrear el vínculo con sus hijos mayores. Tratan de comunicarse con ellos para preguntarles cómo les fue en el colegio, si se lavaron los dientes, si hicieron las tareas, cómo se están portando. Se arma otro vínculo, que es como si la mamá estuviera en otro país. Para los hijos grandes la figura materna se diluye. Saben que es su mamá, pero no le hacen caso. Les dicen: qué me vas a decir tú, que estás presa. Los hijos mayores las retan, las culpan, y eso a la mayoría de las madres les duele muchísimo”, explican los tesistas de sociología Francisco Sastre y Valentina García.

Cuando Angie recuerda las cosas que su hijo le ha preguntado, mira hacia arriba, siente vergüenza, otras veces llora después de hablar con él. “Cuando me dice esas cosas, quedo mal, mal. Yo me metí en este tema de la droga por él. Quise darle todo: su papá falleció cuando él era chico y yo jamás había trabajado. Y empecé a repartir droga, pero siempre lo hice para callado. Nunca te imaginas que lo que haces va a tener un rebote en ellos, que te van a cuestionar”, reflexiona ahora Angie, que desaparece con su larga trenza rubia en la cocina.

En el jardín de la sección Materno-Infantil los niños ya comieron. Algunos duermen la siesta sobre las colchonetas, las guaguas en sus cunas, mientras las madres se sientan en las mesas del patio para almorzar. Una de ellas dice: “Perdóneme que no haya querido hablar. Pero me quedan tantos años de condena y tengo tan poquito con mi princesa acá dentro, que contarle mi historia sería para puro llorar”. La ropa se sigue secando lentamente bajo el sol de invierno. Las gendarmes le ponen un candado a la reja de hierro negro que separa a esas 30 mujeres con sus hijos del mundo exterior.

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