Los hijos del femicidio

(revista Ya, marzo 2012)

Desde el 2001 más de 500 mujeres han sido asesinadas por sus parejas en Chile. Sólo el 2011 hubo 40 femicidios en el país. Según estadísticas del Sernam, casi el 100% de las víctimas tienen hijos. El 73% de ellas tenía al menos dos menores de edad. Niños que quedan huérfanos de la peor manera que alguien pueda imaginar. Hijos cuya vida se fractura inevitablemente y quienes quisieran no recordar jamás. Sin embargo, dos de ellos, se atrevieron a contar cómo continúa su vida después del femicidio de su propia madre con un solo fin: que su voz ayude a detener la violencia en contra de las mujeres que aún pueden sobrevivir.

A Alexis López (24) se le partió la vida en dos el 30 de agosto de 2009. Tenía apenas 21 años y de pronto el mundo que conocía, había desaparecido. De un momento a otro, su padre había asesinado a su madre y luego se había quitado la vida. Y él, ya no vivía en el departamento de Conchalí que compartía con su mamá, no era un tranquilo estudiante de ingeniería en telecomunicaciones del Inacap y ya no se juntaba a jugar play station con algunos vecinos del condominio. Ahora vivía en la casa de su tío materno y no estudiaba. Ahora lloraba mucho y todos los días. Ahora iba a una terapia psicológica en la Unidad de Víctimas del Ministerio del Interior que rápidamente abandonó: ahí no podrían devolverle lo que había perdido. Ahora no podía conciliar el sueño en las noches porque sentía miedo, porque creía que su madre podría aparecerse y decirle algo. Ahora dormía de día. Vagaba por las calles y conversaba cualquier tontería con desconocidos. A veces no se acordaba siquiera de bañarse. No le importaba estar engordando rápidamente ni salir con las poleras manchadas a la calle. Ya nada le importaba. A veces pensaba en el suicidio, pero sentía que no tenía el valor para hacerlo. Otras, tomaba su auto y manejaba toda la noche por la ciudad. Daba vueltas por todo Américo Vespucio. Se detenía en bombas de bencina y se ponía a hablar con taxistas mientras ellos se tomaban un café. Alexis dice: “Yo estaba respirando, pero ya no estaba viviendo. Simplemente no me interesaba. La pena era demasiada”.
Su madre siempre le decía: “Tu eres un pajarito, Ángeles. Quiero que madures, que te hagas fuerte, porque si a mí me pasa algo no vas a saber qué hacer”. Y Ángeles Allende, que entonces tenía 23 años, escuchaba aunque sin entenderla bien. Vivía con sus padres en una casa de Buin y su única responsabilidad era seguir estudiando pedagogía en educación física en la Universidad y a veces ayudar a su madre en el almacén que tenía en San Bernardo. A ratos era tímida y temerosa. Se ponía colorada cuando le tocaba disertar. Muchas veces se quedaba callada cuando tenía que alzar la voz. A pesar de que tenía un hijo de 2 años, seguía siendo una niña. Hasta que el 13 de noviembre de 2011 su madre, Maritza Pavez (50), fue golpeada brutalmente en la cabeza por una pareja que tuvo durante más de 10 años y falleció 12 horas después del ataque. Entonces el pajarito sí se hizo fuerte. El 14 de noviembre, cuando en el hospital Barros Luco le preguntaron si aceptaba donar los órganos de su madre, inmediatamente Ángeles dijo que sí porque ésa habría sido la voluntad de Maritza. Mientras veía a su padre, desmoronarse de pena con la muerte de su esposa y la sorpresiva noticia de que ella tenía otra pareja que ahora le había quitado la vida, ella se paró bien firme en sus dos pies y sacó la voz. A pesar de que él quería venderlo todo, ella decidió que no. Que la casa que su madre tenía en Nos no se vendería. Que la ropa de su madre no sería regalada, sino que sus cosas se quedarían con ella. Que no venderían el negocio de San Bernardo. “Yo soy su hija y ahora tiene que preguntarme a mí. No me puede pasar a llevar. No podemos dejar tirado el negocio que mi mamá armó con tanto esfuerzo. Ella se sacrificó muchos años por tenerlo. Fue nana, hizo aseo en edificios, hizo clases, trabajó de lunes a domingo, día y noche, para tenerlo. El negocio no se vende”, decretó. Y el 19 de noviembre de 2011, cinco días después de la muerte de su madre, hecha un nudo de tristeza y sin poder parar aún de llorar, abrió el local, se puso a trabajar y se hizo mujer.
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“Era como una ampolleta mala. Te das cuenta de que está mala. La vas a cambiar, pero después se te olvida y te acostumbras a vivir con esa luz a medias. Así era la relación entre mis papás”, dice Alexis. Carmen Bahamondes y Jorge López se conocieron de niños y se casaron saliendo del colegio. Tuvieron 36 años de matrimonio. 36 años en los que Carmen, que trabajaba manejando un furgón escolar y siempre andaba alegre, hacía de todo en la casa: cocinaba, atendía a los niños, hacía el aseo, se preocupaba de que todo funcionara bien. Y Jorge, quien no bebía ni fumaba, trabajaba como taxista y era un hombre muy solitario, la celaba. Vivía preguntándole para dónde había ido, qué había hecho, con quién había estado. Ejercía una dictadura puertas adentro, mientras que para afuera parecía un hombre educado, caballero y de buen genio. Un par de veces la golpeó cuando Alexis y su hermano mayor eran pequeños. Después dejó de hacerlo, pero siguió controlándola. A veces la amenazaba con que si ella lo abandonaba, mataría a sus hermanos. No la dejaba respirar. Durante esos años, Carmen se fue varias veces de la casa con sus hijos. Pero siempre terminaba volviendo con su marido. “Sé que ella lo quiso, pero pienso que regresaba principalmente por miedo. Lo creía capaz de cumplir sus amenazas. Además, para una mujer de su generación no era fácil estar separada. Era como una pérdida de estatus, quizás se sentía distinta, observada”, explica su hijo menor. De niño, cuando presenciaba las discusiones en casa, Alexis lloraba de susto. De grande, prefirió no verlas más. A los 18 años, se convirtió en voluntario de bomberos y se fue a dormir todas las noches en la guardia. Hasta que finalmente en julio de 2008, Carmen decidió dejar definitivamente a Jorge y se fue de la casa. Entonces Alexis partió a vivir con su madre a un departamento en Conchalí. Sin embargo, casi un año después, Carmen y Jorge comenzaron a verse a escondidas. Alexis sospechaba de estos reencuentros. Se enteraba por la boca de otras personas: su madre no le contaba porque sabía que él no estaba de acuerdo. Alexis advirtió varias veces del peligro: “Si mi mamá se junta con mi papá, van a volver a lo mismo. Es cavar su propia tumba”. Ahora Alexis dice: “Quizás mi mamá pensaba volver con él, pero mucho más adelante. Mientras mi papá, cada vez que se reunían, creía que estaban avanzando un paso y se creaba expectativas. Y cuando una persona así se crea expectativas que no se cumplen, se vuelve peligrosa”.
Ángeles sabía desde que tenía casi 15 años que su madre tenía una relación paralela al matrimonio con su padre. Y la entendía. “Sabía que ella no era feliz con mi papá. Sabía que mantenían el matrimonio por mí. Pensaba que su otra relación podía ser bueno para ella, para que se sintiera una mujer feliz”. Sin embargo, cuando su madre le empezó a contar el 2011 que su pareja la amenazaba, le hacía escándalos por nada y la criticaba ferozmente, Ángeles comenzó a sentir miedo que se convirtió en terror cuando el propio tipo le preguntó: “¿Tú estás listas para hacerte cargo sola del negocio de tu mamá?”. Ángeles le pidió a su madre: “Si él no te está haciendo bien, córtalo, no lo aguantes, déjalo”. Ahora piensa: “Mi madre era una mujer indomable, aguerrida, joven, luchadora, linda, podría haber tenido a otro tipo de hombre al lado. No entiendo por qué aguantó. Todavía no le encuentro explicación. Pienso y pienso, pero no logro entenderlo”.
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Ese sábado, su madre, que había salido temprano a ver a un primo, no llegó a casa. No llegó a las 8, ni a las 9, ni a las 10 de la noche del 29 de agosto de 2009. Tampoco a las 3, 4 ni 5 de la mañana del día siguiente. A las 7 de la mañana del domingo 30 de agosto su hijo Alexis, desesperado, salió a buscarla junto con su tío. Llegaron al departamento de su padre, Jorge López, en Independencia. Afuera, estaba su auto estacionado y Alexis sabía que su padre no salía a pie a ninguna parte. Tocaron la puerta en vano. Fueron a un cuartel de la PDI y a Carabineros donde les dijeron que no podían hacer nada más que estampar su denuncia por presunta desgracia. Volvieron entonces al departamento. Volvieron a golpear la puerta con fuerza. Alexis estaba a punto de botarla a las 10 de la mañana, cuando llegó una patrulla y un carabinero trepó hasta el balcón del departamento de su padre. Cuando bajó, le dijo: “Hay que entrar. La señora está en el piso, maniatada”. Desde entonces, Alexis no recuerda bien algunas cosas. Sí recuerda que subió corriendo, destrozó la puerta dándoles patadas y combos. Que entró por un orificio como pudo. Que encontró a su madre amarrada a una silla, volteada en el piso del living, con dos tiros en una sien y muy helada. No recuerda el grito que dio. Sí que un carabinero quiso detenerlo, pero no pudo con su fuerza. También que corrió por el departamento para encontrar a su padre y matarlo con sus propias manos. Pero también lo encontró muerto en la tina del baño, con un disparo en la cabeza, bañado en sangre, vestido de negro. Había dejado una carta que decía: “Me siento muy solo y triste. Ella me creó falsas expectativas de que volveríamos. No soporto más. Adiós”. De ese día, Alexis no recuerda mucho más que el llanto. Los familiares. Los vecinos que empezaron a aparecer.
La policía no dejó que Ángeles viera a su madre cuando la encontraron brutalmente maltratada e inconsciente en la pieza de su ex pareja en San Bernardo, donde después del crimen, el victimario se ahorcó. La pudo ver horas después, en una habitación del hospital Barros Luco. ¿Ésa es mi mamá?, preguntó. Le costó reconocerla: tenía el rostro desfigurado por los golpes. Estaba en coma. Ángeles se quedó a su lado, llorando y hablándole durante varias horas. Le susurró: “Tiene que irse si llegó su hora, mamá. Váyase tranquilita que voy a estar bien, cuidando su negocio”. A las pocas horas, cuando Ángeles ya había regresado a su casa, Maritza falleció.
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A comienzos de 2011, casi dos años después de la muerte de sus padres, Alexis empezó a despertar de su largo duelo. Se matriculó nuevamente en el Inacap, pero en otra carrera: no quería volver a nada que le recordara lo que había vivido. En agosto de 2011 decidió regresar al departamento donde vivía con su madre en Conchalí. Como no quería estar solo ahí, días antes de mudarse se compró a Martina, una gata siamesa con collar rojo al cuello que se pasea oliéndolo todo por la casa mientras Alexis, los ojos negros tristes, la mira con una sonrisa. “Mi familia es la Martina”, dice. Ya no tiene rabia – dice que toda la rabia se fue en el funeral de su padre – aunque sí le queda mucha pena. Le habría gustado no haber tenido 21 años cuando le pasó esto. “Me habría gustado haber tenido 12 porque a esa edad alguien se tendría que haber hecho cargo de mí. Yo era mayor de edad, pero en el fondo era un niño chico. Y tuve que hacerme cargo de un montón de cosas sin saber cómo”, dice. Aún hay días que sueña con su madre y despierta llorando. Y hay veces que no siente, como si ya nada pudiera hacerle daño. “A veces veo en las noticias que hay unos femicidios terribles, muy violentos. Entonces pienso que dentro de todo, el de mi mamá fue un poco más suave. El final es el mismo, pero la manera cambia. Y uno se agarra de lo que sea para salir a flote”. Hay dos varillas de incienso encendidas en el living de su departamento y Martina que se trepa por los muebles olisqueando todo. Afuera, se mecen los árboles con el viento. Alexis dice: “Si me preguntas qué es lo mejor que pudo pasar fue que mi papá también haya fallecido. Porque si no lo hubiera hecho, mi rabia hubiera seguido hasta ahora. Quizás mi tío o yo lo habríamos matado. Quizás él o yo estaríamos en la cárcel y sería una tragedia aún más grande. Esas cosas me consuelan. Pero perder a la madre en un femicidio es algo muy doloroso porque te la arrebatan y quien te la arrebata es tu propio padre, quien te crió, te corrigió, te enseñó lo que era bueno y lo que era malo. El mundo se te viene a piso. Pero de a poco vuelves a vivir. Yo siento que ahora recién, estoy un poco más tranquilo. Saliendo adelante”.
El almacén en San Bernardo tiene de todo: bebidas, dulces, yogurts, abarrotes, galletas, pan, colaciones. Detrás del mesón, Ángeles está con una polera negra con pequeñas tachas en el escote que era de su madre. También lleva puestos sus aros dorados con forma de corazón que desde que Maritza falleció, no se ha vuelto a sacar más. “Me dan fuerza, me siento más acompañada con sus cosas”, dice. Ahora, aún llora cuando recuerda. Pero está más en pie que al principio, cuando se escondía después de almuerzo cerca de un refrigerador que tiene las fotos de su madre a llorar y se secaba las lágrimas con la mano para atender a los clientes que entraban a comprar. Cuando pasaba horas preguntándose por qué, cómo, si ella podría haber evitado las cosas que pasaron. “Cuando pierdes a tu madre así, se te marca un odio adentro. Yo pensaba que si este tipo no se hubiera suicidado, lo habría secado en la cárcel o lo hubiera matado, no sé. Da mucha rabia, mucha impotencia. Y te preguntas mil veces por qué”.
Durante esos días, fueron hasta su casa para ofrecerle el apoyo psicológico que brinda el Ministerio del Interior junto con el Sernam a las víctimas indirectas de femicidio. Ángeles respondió que ella sanaría sola porque debía trabajar, pero recomendó a su padre para esa terapia de apoyo. Hasta ahora, él sigue asistiendo. Aún no ha vuelto a su trabajo como maestro heladero: tiene licencia por depresión. Ángeles ya le dijo que tenía que retomar pronto su empleo. Que él también tenía que ayudarse y no quedarse encerrado en la casa, llorando la pena. Ángeles, firme y dulce, aún con cara de niñita dice: “Con todo lo que pasó, no he perdido el juicio pensando tonteras. Tengo que salir adelante porque soy mamá de mi hijo y ahora también de mi papá. Ya dejé de pensar por qué pasaron las cosas y dejé descansar en paz a mi mamá. Sé que está arriba, la siento a mi lado, me está protegiendo siempre. Aún estoy tratando de ordenar mi vida, pero, ¿sabes? A pesar de todo, hay cosas que me han hecho bien. Hacerme responsable de todo, me hace sentir satisfecha conmigo misma. Sé que estoy haciendo algo, que esto no me mató. Y seguir empujando, funcionando, es una gratificación grande. Es el ejemplo que mi mamá me dio. Es algo que me da más fuerzas para seguir viviendo”.

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