Las viudas de Ventanas

(revista Ya, enero 2011)

El 18 de noviembre pasado, 28 viudas de ex funcionarios de Enami que trabajaron en la refinería Ventanas, pusieron una querella contra quienes resulten responsables de las muertes de sus maridos. Según exámenes médicos, uno de ellos, tenía metales pesados en la sangre y las demás viudas sospechan que sus esposos, también murieron o se enfermaron por la contaminación a la que se vieron expuestos. Ahora esperan. Más que dinero, justicia. Aquí cuatro de ellas, hablan de una pelea que dan en memoria de sus maridos.

Aún lleva puesta la argolla de matrimonio en su anular izquierdo. Aunque sus nombres grabados al interior se borraron hace ya mucho tiempo. Aunque su marido, Raúl Lagos, falleció el 18 de junio de 2009 después de cincuenta y tres años de matrimonio. Eliana Morales (74) no se la ha sacado nunca y no se la piensa sacar jamás. Sentada en su casa de Ventanas, Eliana, que se toma falda floreada con las manos dice: “Siempre nos dijeron que el cobre era de todos los chilenos, menos de nuestros maridos. Siento que ellos fueron los conejillos de indias de todo el desarrollo”. Su esposo Raúl Lagos, que trabajó más de cuarenta años en la Refinería Ventanas, antes de Enami, tenía residuos de metales pesados en su sangre. Plomo, mercurio, arsénico y cobre decían los exámenes de sangre y orina que le hicieron el 2006, tres años antes de su muerte. Esa es una de las pruebas que tienen las 28 viudas de ex funcionarios de la refinería que el 18 de noviembre de 2010 interpusieron una demanda por cuasi delito de homicidio múltiple en contra quienes resulten responsables por la muerte de sus esposos en el Juzgado de Garantía de Quinteros. Eliana y las demás viudas creen que sus maridos fueron expuestos a la toxicidad de la industria antes de que pasara a manos de Codelco el 2005. “Aquí en Ventanas todos estamos contaminados. Pero nuestros maridos pagaron el precio del progreso: dieron su vida a Enami, trabajaron a lo chileno, a puro ingenio y ¿para qué? Para morir de una manera espantosa”, dice Eliana con una foto de Raúl en blanco y negro sobre su regazo.

El trabajo
Gabriel Arroyo le dijo en uno de sus viajes a Cabrero: “Vente conmigo a Ventanas. Vente para que nos casemos” y Carmen Villablanca (68) que entonces tenía 21 años, le hizo caso. Llegó al pueblo en 1962 cuando Ventanas era un peladero con una pequeña caleta de pescadores. Con Gabriel, quien ahí se convirtió su marido, se instalaron a vivir en un campamento que les puso la empresa a los primeros trabajadores, a los que llegaban a instalar la maquinaria antes de empezar las faenas de fundición del cobre que comenzó en 1965. Tenían una pieza con una cama. Nada más. Pero Carmen estaba feliz. “Eso fue amor a primera vista”. Eliana llegó el 15 de noviembre de 1965 con sus cinco hijos. Su marido había conseguido empleo en la refinería y le había ampliado la casa de madera que le habían entregado para ella y los niños. “Esto era puro sembradío: no había luz, agua ni alcantarillado. Pero lo importante es que estábamos todos juntos”, dice ella. Una noche de diciembre de 1971, Luz María Cortés (64) regresó a la casa de sus padres en Ventanas ahí estaba Raúl Arquero, el novio argentino con quien llevaba más de un año pololeando por cartas. Arquero había ido a pedir su mano. “¿Estas son horas de llegar a la casa?”, le preguntó. Se casaron en febrero de 1972 en Ventanas. Al poco tiempo, Raúl entró a trabajar en Enami igual que el padre de Luz María. Clemente Aguilera era viudo y trabajaba desde el 66 en Enami cuando conoció a Carola Vega (78). Ella llevaba cuatro años separada de su primer marido cuando en marzo del 77 fue a una comida bailable en un centro de madres de Ventanas. Clemente le mandó una bebida a su mesa. La sacó a bailar. La invitó a sentarse con él. Más tarde, le pidió matrimonio: se casaron en abril de 1978.
Poco sabían las esposas del empleo de sus maridos. Sabían que pasaban de un área a otra: desde la nave de hornos donde fundían el cobre hasta la zona de lubricación de maquinarias. Pasaban de ser horquilleros a soldadores de metales. Trabajaban separando minerales frente a ollas a altos grados de temperatura. Gabriel Arroyo no le comentaba nunca a su mujer Carmen sobre los asuntos de su trabajo. A veces Raúl Arquero le decía a Luz María que encontraba que el trabajo era arriesgado. Eliana sabía por boca de su esposo que cuando fundían metales, la empresa les pasaba un pedazo de tela de tocuyo para que se envolvieran la cabeza y se taparan la boca. “Pero en esos años no tenían cascos, bototos de seguridad, mascarillas, nada de nada. Sin embargo, nunca imaginamos la dimensión del daño al que estaban expuestos, ¿cómo íbamos a saberlo?”. Cuando estaba en casa, Clemente Aguilera pintaba cuadros y tallaba en madera. Le decía a su esposa Carola: “Si no hago nada, empiezo a pensar cómo me voy a ir muriendo. Ahí en la empresa, nos estamos muriendo de a pausa. Tengo mucho miedo de cómo va a ser mi vejez”. “Siempre pensaba en buscar otro trabajo, pero ya era mayor, no había muchas más opciones. Sólo esperaba jubilarse”. Finalmente todos trabajaron casi toda la vida en la empresa: Raúl Arquero estuvo 23 años, Gabriel Arroyo; 33, Clemente Aguilera; 36 y Raúl Lagos más de cuarenta años: después de jubilarse en 1990, siguió haciendo algunos trabajos puntuales para Enami.
Las enfermedades vinieron varios años después. En 2003, Raúl Lagos empezó a sufrir de alzheimer. Eliana lo empezó a controlar en Viña, con un neurólogo. Pero la enfermedad avanzaba tan rápido que en 2006 el médico le dijo a Eliana que estaba preocupado por el deterioro de su marido. Recién entonces Eliana le contó que su marido había trabajado casi toda la vida en la refinería de Enami. El doctor llamó a un colega del laboratorio de toxicología industrial en Viña para que le hiciera exámenes de sangre y orina a Raúl como un favor: el examen costaba más de 400 mil pesos y el matrimonio no tenía cómo pagarlo. Eliana llevó a su marido ese mismo día al laboratorio. Tres días después, cuando fue a retirar los exámenes, quedó pasmada. “El doctor me dijo: “Mija, lo único que le digo es que tenga mucha paciencia. Ojalá algún día se haga justicia con tu esposo”. Le pregunté por qué y él me contestó: “Porque Raúl está envenenado”. Las pruebas arrojaron que mi viejo tenía arsénico, cobre, plomo y mercurio en la sangre. Fue un golpe muy grande para mí”, cuenta. Ese día, Eliana se vino llorando durante todo el trayecto desde Viña hacia Ventanas.
En esa época, los antiguos empleados de la refinería y sus familias empezaron a organizarse. Luis Pino, presidente del sindicato de ex funcionarios de Enami, convocó a las esposas de antiguos trabajadores a sus reuniones. Empezaron a recabar antecedentes de la contaminación que había provocado Enami y las otras empresas en una zona donde actualmente funciona la refinería, hay tres centrales hidroeléstricas de AES Gener y dos turbinas de Endesa. A esas alturas ya se sabía bastante sobre sus consecuencias. En 1993 la zona fue declarada saturada de contaminación: se emitían más de 26 mil toneladas de material particulado al aire. Desde que Enami había empezado a funcionar el 64, bajo ninguna restricción medioambiental, había descargado más de 100 mil toneladas de dióxido de azufre al ambiente. El plan de descontaminación aplicado el 93, luego de esa constatación, redujo las emisiones de material particulado de 26 mil toneladas a 3 mil en 1999. Sin embargo, sólo el 2009 la Seremi de Salud de Valparaíso determinó que la lluvia ácida que caía en el pueblo contenía cobre, selenio, arsénico, plomo, cadmio y molibdeno. Todos cancerígenos.
Los primeros en sufrir los efectos, fueron ex funcionarios de la refinería, los que habían trabajado durante largos años en la empresa: de 400 ex trabajadores del sindicato, ya han muerto más de 100, la gran mayoría de cáncer. En 2002 falleció Raúl Arquero de un tumor cerebral cancerígeno. En 2005, Gabriel Arroyo de un infarto agudo al miocardio. El 2008, dos años después de haber descubierto metales pesados en su sangre, Raúl Lagos ya no podía valerse por sí mismo. Estaba delgado, débil, le costaba caminar y usaba pañales. Eliana gastaba más de 180 mil pesos mensuales en médicos y remedios. Una mañana de 2008 Eliana le dijo que ella lo bañaría. Él ya no podía hacerlo por sí solo. Raúl se sintió avergonzado. “Ay viejita. Siento que te voy a dar tanto trabajo”, le dijo a su mujer. Pero ella lo desnudó despacito y se metió con ropa a la tina para bañarlo. Apoyado sobre sus hombros, Raúl le besó la cara, las manos, sin decir una sola palabra.

La agonía
Desde antes de salir de la empresa Clemente Aguilera sufría una dermatitis que le iba botando pedacitos de la piel de la cara. Después, empezó a sufrir de irritación en el estómago, le costaba comer, le decía a su mujer Carola Vega que le ardía todo por dentro. En febrero de 2008 lo diagnosticaron con un cáncer a la laringe. Los últimos tres meses de su enfermedad, no podía tragar alimentos y estaba conectado a oxígeno y suero. Murió en su casa el 22 de mayo de 2009 pesando 25 kilos. Antes de fallecer le dijo a Carola: “Si me muero, no dejes de pelear por lo que nos hicieron”. Un mes después, el 18 de junio de 2009, falleció Raúl Lagos. “Los últimos tres mi marido ya no hablaba. Había que cambiarle la sonda una vez al día porque se le tapaba: a través de la orina, botaba un polvillo negro y pedazos de piel. Yo le preguntaba al doctor qué era lo que botaba, pero él me decía: “Mejor ni preguntes, vieja”. Raúl ya tenía cáncer a los riñones. Eliana le daba de comer papillas y se comunicaba con él a través de gestos. Se acostaba a su lado y le hacía cariño. La morfina que tomaba para paliar los dolores ya no le hacían efecto. “Mi marido pesaba 85 kilos y falleció pesando 30. Se fue el día de su cumpleaños, rodeado de sus hijos y su familia”.
Hace un par de meses, Eliana se encontró con un antiguo compañero de trabajo de su marido quien le dijo: “Habría que ponerle un monumento a su marido, señora Eliana”. Cuando ella le preguntó por qué, recién se enteró qué era lo que hacía Raúl en Enami después de que ya estaba jubilado: lo mandaban a llamar para que limpiara las ollas donde se fundía el cobre. “Ahí supe que se metía dentro de la olla contaminada a limpiar. No me dijo nada porque sabía que yo le iba a decir que no fuera más, pero teníamos problemas económicos. Prefería callarse y traer algo de dinero a la casa”, dice ahora.
Con las demás viudas que son parte de la querella, se juntan los primeros martes de cada mes para saber en qué va el proceso y conocer más antecedentes del caso. Por ahora, están a la espera. El abogado que las representa, Raúl Meza, va a pedir la exhumación de los restos de sus esposos para determinar si estaban contaminados con metales pesados.
Eliana Morales es amiga y vecina de Carola Vega: sus casan están en Ventanas alto, en la calle El Esfuerzo. Se juntan para pasar el tiempo y la pena. Ahora viven con una pensión de 90 mil pesos. Carola Vega también lleva puesta la argolla de su matrimonio. En las paredes de su living hay fotos de ella con Clemente cuando recién se casaron y antes de la enfermedad de su esposo. También unos venados que él talló en madera y la pintura de un tigre que sale entre las hojas verdes de la selva. El living está lleno de chucherías en los estantes, los cojines con tejidos a crochet, las paredes recién pintadas de verde. La casa de madera es acogedora y Carola, sentada al lado de Eliana, tiene en sus manos un pañuelo blanco. “Mi viejito era un modelo de hombre. Era ordenado, no tomaba, jamás decía una mala palabra. Sabe que me pasaba todo el sueldo y me decía: ahí tiene su platita, Carolina. Cuando yo me enojaba, se iba a una pieza al fondo de la casa y se reía porque sabía que yo tendría que ir a buscarlo a la hora de almuerzo y convencerlo a puro abrazos de que viniera. Él era un buen hombre y dio la vida en esa empresa. Por eso, estoy luchando por él”, dice su viuda.
“Estoy tranquila porque mi marido está descansando, pero me hace mucha falta. Lo echo de menos. A veces me cuesta tomar decisiones porque no lo tengo como apoyo. La rabia que tengo es que los no los cuidaron: cuando entraban a la empresa los examinaban del pelo a la punta de los pies para saber si estaban aptos. Pero cuando salieron enfermos de ahí, no pasó nada”, explica Eliana. Ambas mujeres salen a la calle. Junto con Luz María Cortés y Carmen Villablanca bajan por las calles de Ventanas hacia la playa. El cielo está despejado en Ventanas. Detrás de las figuras de las cuatro viudas, se ve el mar brillante. Y un poco más lejos, las chimeneas de las fábricas que lanzan humo al cielo.

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One thought on “Las viudas de Ventanas

  1. una consulta con respecto al tema mi papa tambien fue victima de esta empresa murio gracias a los toxicos de la empresa el jubilo y duro menos de un año y fallecio mi pregunta es la siguiente sigue la querella con respecto a esta empresa?

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