Las sobrevivientes de las cesáreas del Félix Bulnes

(Revista Ya, 2009)

 

Las sobrevivientes de las cesáreas del Félix Bulnes
Por María Paz Cuevas, fotografía:
A mediados de julio, seis madres fueron a dar a luz al hospital Félix Bulnes y terminaron con hemorragias causadas por heparina, un anticoagulante que les administraron erróneamente en las cesáreas. Dos de ellas, murieron. Cuatro sobrevivieron, pero perdieron el útero. Aquí tres de las cuatro sobrevivientes hablan por primera vez en detalle de su paso por el hospital y cómo la vida les cambió después de esa pesadilla.
Una noche de fines de julio de este año, en la sala de la UTI del hospital Félix Bulnes, se escuchó un televisor a lo lejos. Desde su cama, conectada a varias mangueras y a bolsas de sangre, Carolina Valdivia (40) escuchó una voz en el noticiario: “Lo que le han hecho a estas mujeres es una mutilación. Es culpa del Félix Bulnes. Todo es culpa del hospital”. Carolina quedó pensando. ¿Lo que me pasó fue culpa del hospital? El viernes 17 de julio había tenido una cesárea para tener a su quinta hija, Caterina, y el sábado le habían extirpado el útero para detener una hemorragia inexplicable después de dar a luz. Y ahora llevaba unos días en la UTI sin entender muy bien por qué. ¿Culpa del hospital? Carolina se quedó masticando esa duda. Mientras, en una cama vecina, Carolina Larenas (29) también escuchaba la lejana voz del noticiario. Después de haber tenido por cesárea a su hija Anais el martes 14 de julio y de pasar inconsciente una semana entera por una hemorragia incontenible, había despertado ahí, en la UTI, con una mascarilla de oxígeno en la cara, conectada a varias vías y sin saber que mientras dormía, le habían extirpado el útero. Carolina había escuchado a las enfermeras susurrando sobre cesáreas, heparina, mamás muertas. Pero hasta entonces no entendía nada. Carolina miró a una enfermera y le preguntó: “¿Me sacaron el útero?”. “No queríamos contarle hasta que estuviera un poco mejor”, le reconoció ella.
Katherine Vega (24) estaba en una cama contigua en la UTI. El martes 14 tuvo a su segunda hija, Katia y el miércoles le hicieron una histerectomía para salvarle la vida. Katherine había escuchado también los rumores de pasillo de las enfermeras sobre cesáreas, madres enfermas, pero no los tomaba en cuenta. Sólo pensaba en una sola cosa: sus hijos. En la recién nacida a quien no había podido ver y en su hijo Sebastián de casi dos años. Intuía que estaba grave y se sentía angustiada por ellos. Por eso, cuando su marido Francisco entró a la sala a verla uno de esos días, le dijo: “Pancho, si me pasa algo, te quiero pedir que los niños queden juntos. Ni con tu mamá ni con la mía. Quiero que a mis hijos los críes tú”.

Sangre en las sábanas
Cuando cumplió 40 años, Carolina Valdivia sintió que estaba envejeciendo. Que su reloj biológico se detenía. Por eso decidió volver a ser mamá. Ya tenía cuatro hijos de entre 19 y 14 años. Todos nacidos en el hospital Félix Bulnes por parto normal. Pero este último embarazo, le dijo el doctor, tendría que ser cesárea: Caterina venía al revés, de pie. Después de la operación, Carolina Valdivia despertó en recuperación tranquila. Estaba anestesiada de la cintura para abajo y por eso bajó su mano para tocarse la guatita. Su mano venía ensangrentada. Al poco rato, su camisa estaba completamente empapada en sangre, igual que las sábanas de su camilla. No era la primera que tenía una hemorragia incontrolable después de una cesárea esa semana en el hospital: hacía tres días, el martes 14 después de sus respectivas cesáreas, Katherine Vega y Carolina Larenas también habían empezado a sangrar profusamente en recuperación. Carolina Larenas alcanzó a tocarse la boca antes de desmayarse: sangraba hasta por la boca. El viernes 17 comenzaron las demás: Carolina Valdivia, Gisella Polanco (31), Daniela Alarcón (17) y Gloria Futalef (44). A todas ellas, en vez de haberles inyectado el antibiótico cefazolina durante la cesárea, les habían administrado heparina, un anticoagulante que les había desatado el sangrado. Gloria y Daniela fallecieron. Las otras cuatro madres terminaron en la UTI y sin útero. Todas estaban ahí, sin saber que les había pasado lo mismo. En la sala de UTI no había televisor. Cuando les preguntaban a las enfermeras o a los doctores qué pasaba, nadie les decía nada. Recién en unos días más, escucharían los rumores de enfermeras y el televisor desde otra pieza para saber qué sucedía de verdad.
Por el momento, en la UTI, Carolina Valdivia sólo pensaba en sus hijos. “¿Cómo está la guagüita, Cotelo? ¿Y los niños? ¿Quién les está haciendo almuerzo?”, le preguntaba a su marido José Rojas. José la tranquilizaba. Prefería no contarle que su caso y el de las otras madres graves aparecía todos los días en la prensa: quería que su señora se recuperara en paz. Mientras, su pequeña hija Caterina estaba siendo cuidada en casa por Paulina, una hermana de Carolina. La habían dado de alta cuatro días después de haber nacido. Carolina lloraba angustiada todos los días. Le rezaba a un Cristo colgado en la pared que la salvara. “Como mujer vieja, presentía que algo raro pasaba. Me volvieron las crisis de pánico que en el embarazo habían logrado controlar. Sentía un miedo atroz”. Igual que Carolina Larenas: todos los días lloraba extrañando a sus hijos Ignacio de 8 años, Marcela de 5 y su bebé recién nacida. Tanto lloró por ellos, que dos semanas después de la cesárea, la autorizaron para que su madre María Ortega les llevara a sus hijos mayores hasta la UTI. María se había hecho cargo de ellos en su casa de Renca y no les pudo ocultar por mucho tiempo la verdad. Un día Ignacio la vio llorando y le dijo: “No quiero que me mientas más. Soy el hijo grande de mi mamá y la tengo que cuidar. ¿Qué le hicieron esos médicos infelices?”. Ese día, Ignacio y Marcela entraron a ver a su madre con mascarillas y delantales a la UTI.
Mientras Katherine hacía oídos sordos a lo que le contaban su madre y su marido. Por ellos, ya sabía que había un caso de negligencia que estaban investigando y que habían fallecido dos madres. Como el resto de los familiares de las mujeres afectadas, se habían hecho parte de la querella presentada por el abogado Alfredo Morgado por lesiones graves y gravísimas contra quienes resultaran responsables. “Pero a mí nada me valía: toda mi concentración estaba en mis hijos. Lloraba todos los días por ellos, me daban ataques de angustia y le decía al Pancho que me sacara de ahí. Yo quería estar en casa, con ellos”, recuerda. Por eso, a los 10 días de su cesárea, a pesar de que estaba en la UTI, las enfermeras la dejaron ir sólo una hora a neonatal para ver a su hija Katia, que había nacido prematura. “Era tan chiquitita que tenía hasta miedo de tomarla. Yo la miraba y pensaba: ¿será mi hija o no? Habían pasado tantos días que ni siquiera me acordaba de su carita”. Cuando a Katherine la trasladaron a una pieza días más tarde, su madre le llevó a su hijo mayor, Sebastián (1) hasta el hospital. Pero Sebastián había pasado tantos días sin verla que no la reconoció. El 27 de julio, dos semanas después de entrar al hospital, Katherine fue dada de alta con su hija. Esa misma noche, se enteró por las noticias de todos los detalles de lo que había sucedido en el hospital. De la heparina y las madres muertas. Que una de las fallecidas era la chica con quien había conversado en preparto, antes de entrar a pabellón. “Qué chiquita eres, ¿cuántos años tienes?”, le había preguntado Katherine.
– Tengo 17 – le respondió Daniela Alarcón.
– ¿Y sabes qué es tu guagua?
– Son dos. Estoy esperando gemelos – le contó ella, sonriendo, feliz.
– Chutas, lo que se te viene encima, cabrita – se rió Katherine.
Ambas habían despedido y deseado suerte antes de ser madres. Katherine por segunda vez y Daniela por primera y última.

Las secuelas puertas adentro

La madre de Katherine se había venido desde Coronel hasta Santiago para estar con ella durante el nacimiento de su nieta. Después de que a Katherine le dieron el alta, se quedó una semana más en su casa de Cerro Navia antes de volver al sur. Quería asegurarse de que su hija estuviera mejor y pudiera volver a valerse por sí misma antes de partir. “Para mí, perder el útero pasó a segundo plano: así me salvaron la vida y ahora estoy con mis hijos. Pero igual quiero saber qué pasó, por qué”, dice. Sin embargo, los 14 días que estuvo grave en el hospital, dejaron sus secuelas: Katherine está con una depresión postparto y toma ansiolíticos recetados por el siquiatra a quien va a ver una vez al mes al mismo hospital Félix Bulnes. Por culpa de la depresión, la relación con su hija recién nacida se ha vuelto compleja: “Me ha costado mucho el apego con la Katita. Siento que ella no se siente cómoda conmigo. Cuando está con el Pancho, se estira, duerme, se relaja. Conmigo se queja, empieza a llorar y toma pecho, pero no para alimentarse, sino más que nada para regalonear. No mama y eso me da pena”. Su hijo Sebastián también está distinto: cuando recién le dieron el alta a Katherine, le decía mamá a su abuela y se puso celoso de su hermanita. Le dan pataletas que antes no tenía y a veces, se golpea en la cabeza. “Mi hijo también vivió un proceso: el salió de la salacuna y se quedó con mi mamá. En el fondo se sintió abandonado por mí porque es muy chiquitito para entender por qué no estuve con él. Tengo que darle tiempo. Ahora no se despega de mí y de a poco ha empezado a darle besitos a su hermana”.
En Renca, Carolina Larenas camina despacio por la casa de su madre, María Ortega. La acaban de dar de alta la primera semana de septiembre y aún está delicada, en semi reposo. En total estuvo casi dos meses hospitalizada. Después de la cesárea y de la histerectomía, tuvo complicaciones al riñón y tuvieron que operarla para reconstruirle la vía urinaria en la Clínica Alemana. “Cuando el doctor me dijo que tendría que entrar de nuevo a pabellón por el riñón, lloraba como una niña chica. Tenía pánico de empeorar. Ahora les tengo terror a los doctores y a los hospitales, pero todavía tengo que ir a hacerme curaciones al Félix Bulnes. ¿Y usted cree que estoy tranquilita cuando me revisan? Lloro cada vez que voy”, cuenta. Mientras su hija Anais duerme en el coche, al lado de ella. Estuvo separada de su madre más de un mes y medio: la pareja de Carolina, Marcelo Catalán, tuvo que llevarse a su hija recién nacida a casa y hacerse cargo de ella mientras su señora se recuperaba. Carolina no le puede dar pecho. Con todas las operaciones y los remedios que tuvo que tomar, se le cortó la leche. Marcelo ahora anda agresivo, distante, irritable. En la casa, creen que está con depresión, pero él se niega a ir al sicólogo. Carolina siente que ella está en mejor pie. “Si me dejaban el útero, podría haber muerto. Preferí que me salvaran la vida. Pero lo del riñón me afectó mucho porque yo entré sana a ese hospital, a tener a mi hija y salir a los cuatro días. Al principio, sentí mucha rabia en contra de los doctores. Pero ahora estoy más tranquila”, explica. Su madre, no cree lo mismo. Conoce bien a su hija única. “Yo sé que la Carolina demuestra poco, se hace la fuerte. Pero a veces se queda pensando, callada y sé que está choqueada con todo lo que vivió”.
Caterina, de un mes y medio de vida, duerme en brazos de su tía Paulina Valdivia. Carolina Valdivia entra al departamento de su hermana en Quinta Normal, toma a su hija, la mira un ratito y la vuelve a poner en el coche. Desde que nació, Caterina está viviendo en casa de su tía. Su madre aún no se siente preparada para tenerla en casa con ella, su marido y sus cuatro hijos. Está con una depresión postparto después de los 22 días que estuvo internada y toma ansiolíticos, pastillas para dormir, todo recetado por el siquiatra que la está tratando. En las noches tiene pesadillas. De día, visita a su hija e intenta sacudirse la pena que le impide estar con ella. “Quiero que se me pase luego esta depresión para recuperar a mi hija. Pero no siento el apego, me ha costado mucho. Aunque la quiero, porque yo la quise tener y ella no tiene la culpa de nada, inconscientemente me recuerda todo lo que pasó”. Carolina también tiene rabia. Porque nunca le dijeron la verdad en el hospital, porque perdió el útero por errores ajenos, por la cantidad de brutalidades que le dijeron mientras estaba aún con riesgo vital. “En la UTI un doctor me dijo: ´lo bueno es que vas a adelgazar, ¿ah?´ y otro médico, tirándolo a la broma, nos dijo: ´Buenas vacaciones las que se han pegado, ¿cierto?´. Hace poco, cuando fui a un chequeo y la ginecóloga me dijo que mi ventaja era que ya no iba a menstruar más. ´Eso para mí no es una ventaja. Me sacaron el útero´, le contesté yo”. En su casa, trata de no acordarse de que le extirparon el útero. “Me siento menos mujer sin mi útero, pero mi marido dice que para él, sigo siendo la misma. Ahora asocio todo lo que vivimos como animales que íbamos al matadero: en la mañana nos bañaron, entramos a pabellón y salimos mutiladas. Íbamos por un nacimiento, pero en realidad íbamos a un matadero sin saberlo”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s