La violenta historia de Alejandra

Cuando se conocieron a fines de 2005, él la sedujo con joyas, flores, regalos y declaraciones de amor. Pero de a poco, la aisló, la empezó a insultar, la obligó a seguir estrictos protocolos y no llevarle la contra jamás. Terminó dándole puñetazos y patadas en el rostro y el cuerpo para el día de la madre de 2009 en su casona de Vitacura. Hoy, dos años después y fortalecida por su experiencia, la ingeniero civil Alejandra Cuevas es el nuevo rostro de la campaña que condena la violencia en contra de las mujeres del Sernam. Aquí cuenta su historia para que otras mujeres abandonen antes del primer golpe.

Sentía que su cuerpo daba tumbos en el mar.
Mientras su conviviente, el empresario Pablo Guzmán le pateaba el cuerpo en el suelo y le daba puñetazos en el rostro, la ingeniera civil Alejandra Cuevas (56) sentía que su cuerpo daba tumbos en el mar. No sentía dolor. Sólo sentía que su cuerpo iba de un lado a otro sin oponer resistencia. Estaba enroscada sobre el piso cuando de pronto, todo se detuvo. Pablo le dio una orden: “Anda a la cocina a lavarte la boca”. Alejandra obedeció. Caminó cojeando hasta la cocina. Llenó un vaso en el lavaplatos, pero el agua se le escurrió por un lado de los labios. Notó que sangraba. Intentó salir de la cocina para pedir ayuda, pero Pablo la sorprendió con un golpe de puño en la espalda, una patada y otro golpe de puño en frío. Alejandra volvió a caer al suelo. Era 10 de mayo de 2009, el día de la madre.
No supo cuánto tiempo pasó cuando su tercer hijo, Pablo Bucchi de entonces 22 años abrió la puerta de la casa de Santa María de Manquehue y la miró espantado: Alejandra tenía la cara hinchada, los labios insensibles, los ojos morados, el pelo revuelto y los pantalones mojados: se había orinado de puro miedo. “Esta vez te pasaste, Pablo”, le gritó al agresor y pareja de su madre desde hacía tres años. Él le respondió: “Agradece que no la maté. Porque si quiero, la mato”.

Muñeca de trapo
A fines de 2005, Alejandra Cuevas decidió conocer al jefe y dueño de la empresa de computación donde trabajaba su hijo mayor. Su hijo llevaba años insistiéndole para que se animara a conocerlo. “Mamá, está solo, podrían salir”, le decía, pero Alejandra se negaba. Desde que se había separado en 1999 del padre de sus cuatro hijos, la ex bailarina de Música Libre, ingeniero civil de la Universidad Católica y jefa de proyectos en la Sofofa no se había propuesto rehacer su vida. Si quería conocer a Pablo Guzmán ahora era netamente porque le había ofrecido a su primogénito armar una empresa juntos y quería saber de qué se trataba el negocio. Sin embargo, Pablo le gustó. En esa reunión, le pareció simplemente un príncipe, un hombre que la hacía sentir tranquila, en el lugar exacto. La atracción fue inmediata y mutua. Empezaron a salir a comer a exclusivos restaurantes de Vitacura y Las Condes. Pablo le decía a Alejandra que era la mujer de su vida, que la amaba desde que aparecía en Música Libre, que la había estado esperando toda su vida. A las tres semanas, ya estaban viviendo juntos en el departamento donde Alejandra vivía con sus dos hijos menores. “Yo estaba agradecida de Dios. Creí que me había ganado un premio con él. Estaba fascinada: él era el rey de la fiesta, todo el mundo lo conocía, los mozos corrían a atendernos, era como salir con un actor de cine. Yo, que andaba siempre tras bambalinas, me encontré de pronto con los reflectores encima”.
Pablo la tapó con joyas, flores, regalos y ropa. La llamaba Mujer Adorada de Mi Vida. Le renovó el clóset por completo. La llevaba a las tiendas exclusivas y le hacía probarse toda la ropa. Le compraba zapatos elegantes de hasta 500 mil pesos. Renovó su look de pies a cabeza: pidió una mujer rubia de pelo corto y Alejandra se cortó el cabello y se lo tiñó. A los pocos meses, ya era otra mujer. “Me convirtió en un chiche. Me compró toda la ropa al gusto de él. Al principio me sentía feliz porque era algo que jamás había vivido: siempre me había sentido como el patito feo. Entonces que alguien me dijera que me veía bonita, me hizo sentir bien. Después me di cuenta de que ser princesa tenía ciertas obligaciones”.
Cuando apenas llevaban tres meses viviendo juntos, Pablo le pidió que abandonara su trabajo en la Sofofa para trabajar en su empresa, para los dos. Alejandra terminó trabajando con él desde el departamento que compartían. Y entonces comenzó a cambiar. La primera señal fue durante una comida: Alejandra había invitado a sus padres y a un primo escritor a cenar a su departamento. También estaban Pablo y sus hijos sentados a la mesa cuando su primo le pasó un papel escrito. “Quiero saber qué opinas”, le dijo a Alejandra. Era un pedacito de un texto nuevo que estaba escribiendo. Pablo vio el intercambio, se puso de pie, golpeó la mesa con el puño y se fue a la cocina, hecho una furia. Desde ahí, llamó a su mujer mientras todos permanecían atónitos en el comedor. “¡Nunca más me hagas una cosa así! ¡Nunca más! ¡No quiero ver nunca más a ese primo en esta casa!”, le gritó a Alejandra. Su mujer quedó sorprendida y atemorizada.
No pasó mucho tiempo para que empezara a insultarla. “Me empezó de gritar delante de los empleados. Vociferaba que ésa era su empresa, que ahí se hacía lo que él decía. Yo ya no era la Mujer Adorada de su Vida, sino que era una bruta. Hablaba a puros garabatos, insultaba a mis hijos. La admiración que le tenía se convirtió en terror”, explica ella. Pablo empezó a ponerle normas: “Tenía una serie de definiciones, entre ellas la Complicidad Total que consistía en que él tenía que saber todo sobre mí y yo todo de él porque si no, vivíamos realidades distintas. Pero claro, la complicidad total era sólo para un lado. Tampoco se podía hablar con él normalmente. Había que responderle así: No, Sí, No Sé, No Estoy Preparada para contestar”, explica la ingeniero civil.
A fines de 2006, Pablo llevó a su pareja al psiquiatra. Le decía que ella veía la realidad torcida, que tenía problemas de control de impulsos, que estaba paranoica. Le leía pasajes de manuales de psicología en los que se hablaba de trastornos de personalidad y le decía: “Eso y eso tienes tú, pero con una pastillita se te va a pasar”. Alejandra, empezó a creerle. “Llegué a pensar que efectivamente yo estaba mal. Me preguntaba cómo este hombre que al principio encontré tan maravilloso me veía así. Me confundía. Era tan fantástico en ciertos aspectos, era muy lúcido, tenía una claridad prístina y era muy seguro de sí mismo. Y yo no. Siempre tuve una pata coja, esto de sentirme el patito feo. Esas cosas mías influyeron mucho porque a él le concedí toda la credibilidad del mundo. Quería tener una relación que funcionara y le creí que yo era la que estaba mal”, recuerda Alejandra ahora. A pesar de que sus hijos le decían que Pablo no estaba bien y la persuadían para que lo dejara, Alejandra pensaba que ella provocaba sus arranques de ira y lo justificaba. Además Pablo tenía familiares y amigos que jamás habían abierto la boca para advertirle acerca de su carácter. “La gente que lo conocía de años permaneció muda, muda. Te preguntas cómo. Eso es negligencia. Pero la verdad es que ven cómo te vas marchitando y nadie te ayuda. Yo a esas alturas era una estúpida sin voluntad. Era una muñeca de trapo y estaba aterrorizada”.

Los golpes
Había pasado un año desde que vivían juntos cuando una mañana, mientras estaban solos en el departamento, Alejandra y Pablo discutieron por un tema de trabajo. De pronto, Pablo la levantó del piso con fuerza, la llevó hasta el baño y la encerró con llave durante una hora. “Me dijo que era por mi bien, que me encerraba para que me calmara”. Repentinamente, empezó a rigidizar las normas de la casa: le prohibió a Alejandra que se levantara de noche si su hijo menor de entonces 11 años la llamaba y empezó a garabatear cotidianamente a sus niños. No se demoró mucho en empezar a agredirla físicamente. Empezó a zamarrearla y tirarle el pelo. Después, a darle patadas y combos y lanzarle escupitajos cada vez que se enojaba. A veces se levantaba de la cama sin razón y se iba a dormir al living. Otras veces, obligaba a Alejandra a pedirle perdón sin motivos, incluso de rodillas y en lugares públicos. Durante un viaje que hicieron a Pucón para visitar a uno de los hijos del primer matrimonio de Pablo, la zamarreó y le quebró los lentes sólo porque Alejandra se había dedicado a conversar más con su hijo que con él. “Le tenía terror. Al principio lo eché de la casa, pero lo perdonaba y les rogaba a mis hijos para que le dieran otra oportunidad. Ellos me decían que se iban a ir, pero no lo hacían por cuidar a su hermano chico. Intenté esquivar las agresiones, pero después me enrollaba como un chanchito y simplemente lloraba hasta que todo pasaba. Estaba paralizada. Tenía que adivinar lo que él quería que dijera para no generar una pelea. Que lo contradijera era suficiente para que me agrediera”, recuerda Alejandra.
Hasta que el febrero de 2009, la pareja se fue a México por asuntos de trabajo e invitaron a los padres de Alejandra. Ahí, su padre le dijo a su hija por primera vez que algo no andaba bien. “Mi papá se sentía secuestrado porque Pablo manejaba todo, no me dejaba salir de la pieza antes de que él estuviera listo, yo era su esclava. Mis papás se dieron cuenta del maltrato. Y yo pude entender que Pablo era el extraño, no yo”.
Cuando regresaron a Chile, Alejandra adoptó una actitud más distante y alerta. Y Pablo empezó a ignorarla. Sin embargo, para el 10 de mayo de 2009 Alejandra seguía con él, atada por esa mezcla de amor y miedo que la inmovilizaba. Ese día, toda su familia había decidido celebrar el día de la madre en el restaurante Tierra Noble de Vitacura. Ahí estaban sus padres, su hermana con su cuñado y sus cuatro hijos. “Pero Pablo empezó a hacer pelear a mi hermana con su marido, a gritarle cosas a la mesa del lado y el almuerzo fue un desastre: todos terminaron yéndose. Cuando hubo que pagar la cuenta, Pablo estaba dormido sobre la mesa – bebía mucho, siempre – y yo pagué. Le dejé las llaves del auto al lado y me fui”. Alejandra caminó largo rato por Nueva Costanera hasta que logró encontrar un taxi. Cuando entró a la casa de Santa María de Manquehue, Pablo ya estaba ahí, en su dormitorio, haciendo sus maletas. “No me miraba, como si yo fuera transparente. Bajó al primer piso y se sentó frente al computador. Yo me quedé en la pieza pensando qué había hecho y cómo podía mejorarlo. Bajé al comedor y le pregunté qué le pasaba, qué iba a hacer, pero seguía ignorándome. Le saqué los lentes y lo empujé, para que me respondiera, para que me escuchara. Fue entonces cuando se volvió loco: me botó al piso de mármol y empezó a golpearme con patadas y golpes de puño”. Esa fue su última agresión.

En libertad
Los carabineros que llegaron hasta su casa, trataron de convencerla para que denunciara a su pareja. Sin embargo, Alejandra sentía pánico. Pensó en la empresa, las personas que trabajaban con Pablo, en lo que podría hacerle él después si es que lo acusaba frente a la justicia y decidió callar. Sus hijos la llevaron hasta la Clínica Alemana para constatar lesiones: los médicos determinaron que tenía lesiones menos graves y golpes de puños en ambos lados de la cabeza. Convertida en un atado de miedos, sin poder abrir la boca, sin poder masticar durante semanas y con el rostro deformado por los golpes, Alejandra se refugió en un hotel de Vitacura junto con su hijo menor por unos días. Ahí estaba cuando su hermana fue a visitarla y le dijo: “Tienes que denunciarlo, Alejandra. No seas tonta. Si no, él te puede convencer de que lo perdones”.
Ese mismo día, Alejandra denunció a su ex pareja en la comisaría por violencia intrafamiliar. Días más tarde, se fue a Barcelona a la casa de su segundo hijo para despejarse de la pesadilla que le había tocado vivir. Un par de veces, Pablo la llamó para decirle que su abogado la engañaba. La obligó a hablar con un sacerdote por teléfono quien intentó convencerla de que Pablo no era violento, sino epiléptico. Alejandra estaba aterrada. Los primeros días no se atrevía a salir sola a la calle, se mareaba, se perdía, lloraba a mares, a gritos, hasta perder la voz. Había perdido todo: casa, trabajo, ahorros, dinero y amor propio. Se sentía desorientada, débil, disminuida. Pero cuando regresó a Chile unos meses más tarde, recibió un disco anónimo que contenía mucha información sobre la vida anterior de Pablo. Había fotos con otras mujeres, cartas, testimonios, antecedentes previos de su agresividad. “Había información que demostraba cosas enfermizas. Aunque la información era terrible y cruda, para mí recibirla fue muy sanador”, dice Alejandra quien de a poco se empezó a poner en pie para que comenzara el proceso judicial.
Sin embargo, el juicio se inició recién el 7 de abril de 2011, dos años después de la golpiza. En el proceso, Pablo Guzmán declaró ser propietario sólo del 1% de su empresa y su defensa intentó probar que padecía crisis de ausencia por un trastorno neurológico que lo hacían perder conciencia de lo que hacía. Sobre el día de la golpiza, Guzmán declaró: “Alejandra se me vino encima, me pegó una cachetada y no sé qué más pasó porque quedé inconsciente. Me apagué y tuve un ausentismo. Cuando recuperé la conciencia, vi a Alejandra con la boca hinchada, le dije que se fuera a limpiar la boca y volví a perder la conciencia”. Sin embargo, el 2 de mayo de este año, la jueza del 4 º Juzgado de Garantía de Santiago, Iara Barrios lo declaró culpable por el delito de lesiones menos graves en el contexto de violencia intrafamiliar. La sentencia del tribunal afirma que “el imputado en forma dolosa y con plena conciencia, agredió a doña Alejandra Cuevas ocasionándole lesiones”. Y descarta la teoría de las crisis de ausencia: “No existe en el relato de ninguno de los testigos presentes el día de los hechos algún antecedentes que permita de acuerdo a los principios de la lógica y las máximas de la experiencia tener por establecido que el imputado perdió la conciencia y que no entendía lo que estaba sucediendo”. La pena fue de 61 de presidio remitido en su grado mínimo, es decir, firma mensual en Gendarmería, el pago de los gastos del abogado de Alejandra y la prohibición de acercarse a la víctima en un año. Igualmente quedó en libertad por no tener antecedentes penales previos.
Ese día, cuando la jueza dictó sentencia, Alejandra se fue caminando por la vereda de Isidora Goyenechea donde están todos los restaurantes donde ella solía cenar con su agresor. Pasó con la frente en alto, el pecho inflado, como si fuese una especie de ceremonia. No había podido caminar por ahí desde que había sucedido todo, por culpa del miedo y la vergüenza. “Eso fue restaurador para mí. Sin embargo, él recién hace unos días empezó a pagar su condena porque apeló hasta el final. En términos prácticos, esto no tuvo ningún costo para él: él sigue con su empresa, no perdió un solo cliente, ningún amigo. Por eso cuando vea en su certificado de antecedentes que tiene uno por violencia intrafamiliar, voy a pegar ese documento por todas las calles de Santiago y de Chile. Lo voy a hacer por mis hijos, para retribuirles lo que hicieron por mí y el tiempo que perdieron por estar cuidándome. Y lo voy a hacer para que otras mujeres sepan acerca de este tema. Porque si a mí me pasó esto era porque tenía una autoestima baja y porque no sabía bien qué era el maltrato. Era algo desconocido para mí. Y si no sabes reconocer las señales, es difícil que pongas alguna barrera”, dice ahora Alejandra. El 7 de julio de 2011, la Corte de Apelaciones de Santiago rechazó el recurso de nulidad interpuesto por Guzmán para apelar a su sentencia. La Corte y ratificó su culpabilidad de manera inapelable. Esa sentencia ya está ejecutoriada.
Desde el piso 40 del edificio donde trabaja en Vitacura, Alejandra mira a través del ventanal la ciudad que pareciera de juguete. Lleva más de un año trabajando aquí, en las alturas, como jefa de proyectos en una empresa de ingeniería. Ahora ella mantiene su casa y parece una mujer fuerte: camina erguida, mira a los ojos, es bonita. “Todo lo que pasé me dio más temple. Mantengo mi serenidad, me convertí en alguien que se conoce mucho más y eso me dio seguridad en mí misma. Antes no sabía quién era yo. Ahora sí sé y me siento feliz. Después de este proceso doloroso, horrible, me hice mujer. Mi experiencia es triste, pero puede servir. Es súper importante decir que lo que no te mata te fortifica. Y yo ahora me siento así: gigante, imponente, grande”, dice en la cúspide del edificio desde donde todo, todo, se ve diminuto.

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One thought on “La violenta historia de Alejandra

  1. La saco barata el desgraciado de Pablo Guzmán, demasiado barata. Mientras nuestro sistema judicial no cambie, seguirán las golpizas a mujeres, los abusos psicológicos, los femicidios.
    No creo en la venganza pero sí creo en la ley de causa y efecto y aunque pienso que sería poco probable que algún día el rostro del abusador se estrelle con los fuertes puños de alguien por alguna causa diversa le quisiera dar una golpiza si estoy seguro que la cuenta le será pasada en lo que le resta de vida tarde o temprano.
    Que así sea y así será

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