El terremoto a ciegas

(Revista Ya, Marzo, 2010)

Nubia Medina y Christian Reveco viven en Hualpén. Ambos son ciegos y se dedican a la poesía. Él escribe, juntos recitan y están formando su editorial audible. Estaban a punto de lanzarla cuando ocurrió el terremoto del 27 de febrero en una de las zonas más afectadas del país. Y quedaron en el barrio quedaron solos, escuchando cómo el mundo se sacudía a su alrededor.

Era tarde, pero ninguno de los dos podía conciliar el sueño. “Duérmete, Nubia”, le decía él mientras le hacía cariño en la espalda, pero no conseguía nada. A las tres y media de la madrugada del 27 de febrero Nubia Medina (48) y su novio Christian Reveco (38) no podían quedarse dormidos tendidos sobre su cama en Hualpén. Hasta que la casa de madera donde ambos vivían juntos desde hacía un año, comenzó a moverse como un barco de maderas crujientes. Todo se convirtió en una sonajera infernal de cajas de caían al suelo, de botellas que se quebraban a lo lejos, de loza que se hacía añicos sobre las cerámicas de la cocina, de gritos despavoridos en la calle y de explosiones de fuego cercanas a la casa. Nubia pensó en su hija Maryorie (17) que estaba en una fiesta en Talcahuano y en su hija menor Evelyn (16), de vacaciones con un tío en Constitución, y se puso a llorar. Gritó descontrolada: “¡Mis hijas! ¡Mis hijas!”. Christian la buscó con las manos en medio de la oscuridad y la abrazó. Mientras la casa se movía de un lado a otro, sostuvo con fuerza a la mujer que él, siendo no vidente hacía ocho años, había rescatado de la ceguera. Tenía miedo que Nubia, en su desesperación, se levantara y se golpeara con algo en medio de ese caos. Que saliera arrancando a buscar a sus hijas a tientas. Que se le muriera de la pena ahí mismo. “Sabía que si a sus hijas les pasaba algo, la Nubia no iba a tardar en hacer la siguiente ecuación: “Me voy a quedar ciega y sola”. Y yo no iba a poder levantar a esa mujer sin sus hijas. Me hubiera tenido que olvidar de que ella iba a volver a ser feliz”. La tierra seguía sacudiéndose con fuerza cuando Nubia y Christian se levantaron de la cama y empezaron a buscar en el suelo la ropa que ellos, todas las noches, dejaban ordenada arriba de una silla para el día siguiente. Se vistieron rápidamente con lo que encontraron. Cuando empezaron a caminar hasta la cocina, pisando restos de loza quebrada, Nubia revivió la misma sensación de andar por el borde de un abismo que había sentido hacía cinco años cuando quedó ciega de un día para otro.

Luz en la oscuridad
Una mañana de 2005, Nubia abrió los ojos, pero no vio nada. Tenía 43 años, dos hijas, un matrimonio que venía en caída libre y un trabajo como cuidadora de una señora con cáncer en Concepción. Y ahora, una ceguera repentina que la dejó perpleja y asustada. El doctor que la vio y operó de urgencia en el Hospital Regional de Concepción fue tajante: tenía un desprendimiento de retina y no volvería a ver nunca más. Entonces Nubia, que se sentía caminando al borde de abismos, como si se fuera a caer a cada momento, se acostó en su casa de Hualpén y no se levantó de ahí en un año. Un año en el que durmió de día y de noche. Un año en el que escuchó cuándo su marido se fue, cómo su madre que llegó desde Purén para cuidarla lloraba de verla así, cómo sus hijas chicas circulaban por la casa sin atreverse a molestarla.
Hasta que un día, Evelyn que tenía 12 años, entró a la habitación de su madre y le hizo una confesión: “Se me olvidó todo. No sé sumar, restar, no me acuerdo de nada de lo que me enseñaron en el colegio”. Nubia se desperezó y empezó a enseñarle de nuevo todo a su hija, sentada en la cama, tocando números en cuadernos que Evelyn remarcaba con lápices para que su madre pudiera distinguirlos. En eso estaba, cuando un día apareció una asistente social en casa y la invitó a la Corporación de Ayuda para el Limitado Visual (Coalivi ) en Concepción y le prometió que ahí aprendería a hacer su vida normal de nuevo. Nubia empezó a asistir al centro ubicado en Concepción. Deprimida y rabiosa. Sin poner nada de su parte en la rehabilitación. Avergonzada de llevar el bastón que ahí le estaban enseñando a utilizar. Triste como alma en pena. Hasta que un día en la sala de computación donde ella escribía y el programa Jaws le repetía en voz alta lo que ella tipiaba – soy una burra – escuchó una voz de hombre a su lado. “¿Por qué escribes cosas tan tristes si yo escribo cosas tan lindas?”. Era Christian Reveco. Reveco nació perdiendo visión: su madre se enfermó de rubeola durante el embarazo y él fue perdiendo día a día la vista. Ahora estaba totalmente ciego desde hacía ocho años. A pesar de eso, escribía poemas. Primero, en grandes letras con plumones en cuadernos que sus amigos le tipiaban. Ahora, en ese computador con Jaws. Christian le dijo a Nubia que escribiera mejor lo que él le iba a dictar: “Haría un collar de algas y las pondría en tu cintura”. Nubia sonrió. Christian, al poco tiempo de haberla conocido, se propuso cuidarla. “Quería cuidarle el alma de su tremenda tristeza”.
Lo hizo: al poco tiempo, Christian y Nubia estaban pololeando, viviendo y trabajando juntos. Christian le enseñó a ella de poesía. Así empezaron a recitar juntos en colegios, universidades, municipalidades, cafés literarios donde además vendían los seis libros de poemas de él. También, buscaron apoyo del Fosis para formar su editorial audible grabando libros en discos con música y sonidos. Para que otros ciegos pudieran leer, para los niños, para gente que quisiera ir en el auto escuchando literatura. Comenzaron con Alas de Sidra, el último libro de poemas de Christian. “Con Nubia decidimos trabajar desde la ceguera hacia la luz. Por eso la editorial se llama Vitrolar, porque creemos que desde los tiempos de la vitrola que en Chile no se lee”. Comenzaron el 2009 grabando Alas de Sidra con la ayuda de un profesor de la Universidad del Bío Bío quien les masterizaba el disco, le agregaba sonidos y música a las declamaciones. Nubia y Christian se aprendieron el libro de memoria, con ayuda del programa computacional Jaws, para recitarlo. Grabaron todo el invierno. Salieron con lluvia, de noche, a solas, hasta la casa en Concepción del profesor hasta que lo terminaron. Después querían grabar El Principito y Juan Salvador Gaviota. Iban a hacer el lanzamiento de Vitrolar en abril de este año. Estaban felices: con Christian, Nubia se convirtió en una mujer más fuerte y más feliz que antes de su ceguera. Hasta que se desató el terremoto y ambos volvieron a sentirse vulnerables.

Escuchar los saqueos
Nubia y Christian llegaron hasta la puerta de entrada de su casa en Hualpén y ahí se quedaron abrazados y quietos hasta que pasara el terremoto. Al poco rato, llegó la hermana de Nubia con su marido y sus hijos pequeños quienes viven en la casa de atrás para acompañarlos. Nubia lloraba por sus hijas. Se las imaginaba flotando en el mar y rezaba. Intentaba llamar por celular, pero las líneas estaban colapsadas. Entonces empezaron a escuchar los gritos en la calle: los vecinos del pasaje arrancaban gritando, corriendo y arriba de autos hacia el cerro más cercano de Hualpén. Poco a poco, el barrio quedó completamente vacío. Lo único que se escuchaba a lo lejos era el ruido ensordecedor de la llamarada que salía de una chimenea de la fábrica de Petrox. Christian le dijo a Nubia: “Nosotros no podemos arrancar. Nos tenemos que quedar acá. Sabemos que la casa está en pie y si salimos, nos vamos a desorientar. Quizás no sabremos cómo volver. Además, la gente está como cavernícolas. Si son inconscientes y nos pasan a llevar en la calle de día y en tiempos de paz, esta vez obviamente va a ser peor”.
Así es que todos reunidos en la puerta de la casa, comenzaron a rezar el Padre Nuestro con los niños. La calle ya estaba vacía. Nadie los pasó a buscar.
A las cinco de la madrugada, lograron ponerle pilas a una radio y empezaron a escuchar del desastre a través de la radio Bío Bío. Nubia se sentía impotente. Tanto, que aunque sabían que salir a la calle era un riesgo para ambos, el domingo no aguantó más y decidió ir a la comisaría más cercana para ver si podría tener noticias de sus hijas a través de Carabineros. Christian la acompañó. Ambos tomaron sus bastones y salieron hacia la calle. Pero la experiencia fue aterradora: a poco andar, una turba que saqueaba un supermercado vecino, los empujó en todas direcciones. Nubia y Christian se golpearon en medio de matorrales. Perdieron la orientación. No sabían dónde estaban, aunque se ubican perfectamente en las calles aledañas. Pero ahí, todo era confusión. Hasta que una chica se les acercó. “¿Adónde van? Yo los acompaño”, les dijo y los guió hasta la comisaría que buscaban. Nubia se acercó al mesón. “Por favor, quiero ver la forma de ubicar a mis hijas. Una está en Constitución, la otra en Talcahuano”. Pero uno de los carabineros le dijo que no podía hacer nada. Que mucha gente estaba en las mismas y ellos no tenían comunicación. Con Christian volvieron a casa, despacio, tratando de evadir a los saqueadores que seguían dándose un festín en el supermercado de Hualpén.
Cuando lograron llegar a casa, decidieron no salir más de ahí hasta que los ánimos se calmaran. Se quedaron casi una semana puertas adentro, escuchando. De noche, cómo algunos se jactaban de lo que habían robado. A borrachos que habían saqueado botellas de whisky y ron riéndose a carcajadas por las calles. Disparos que no sabían si eran de militares o de los propios habitantes del sector. Y tanques que a veces pasaban en silencio y otras veces, con un megáfono pidiendo que todo el mundo se quedara dentro de sus casas. De día, escucharon otros ruidos: vecinos en un ir y venir desenfrenado poniendo sus cosas en carros de supermercado sustraídos, para desalojar sus casas. Otros que pasaban pateando balones de gas que habían sacado de un depósito cercano y los ofrecían desde las rejas a precios disparatados. Vecinos que hacían partir sus vehículos para ir a buscar agua. Ninguno de ellos les preguntó si necesitaban un poco. También escucharon los juegos de los niños del pasaje: “¡Va a venir la ola y la ballena me va a aplastar! ¡Yo te disparo porque soy un militar! ¡Vienen los tiburones del mar!”. Nubia y Christian se conviertieron oyentes invisibles para los demás.
Mientras, su hermana y su cuñado salían en busca de agua que repartían los camiones aljibes, Nubia y Christian trataban de ayudar lo que más podían en la casa. Sin embargo, se les hacía difícil después del terremoto y entre réplicas: adentro de la casa el desorden de muebles corridos, el hundimiento del lavaplatos, las cajas y cosas caídas en su dormitorio, les dificultaba el desplazamiento. Nubia se sentía inmovilizada: como todas las cosas habían cambiado de lugar, le costaba hasta poner la mesa para comer. Desde el día del terremoto, dormía en otra pieza sobre un colchón en el suelo porque no se atrevía a entrar al despelote que había en su habitación. Y todavía no tenía noticias de ninguna de sus hijas. Recién el miércoles 3 de marzo supo de las dos: que estaban bien, en los cerros de Talcahuano y Constitución. Días más tarde, regresaron con ella a casa y Nubia sintió un alivio inmenso. “Pero igual tenía mucha pena. Hubo gente que empezó a llorar cuando volvió la luz y vieron la televisión. Yo lloré siempre: no necesitaba ver para imaginarme el dolor de una mamá que decían había perdido a sus bebés en el mar o para imaginarme el edificio partido en dos en el centro de Concepción”.
Sólo casi dos semanas después del terremoto, Nubia entró a su pieza. Lo hizo con cuidado, tanteando el desorden. Y lentamente se puso a ordenar las cajas caídas en el suelo, la ropa desperdigada en el piso, el velador que se había separado de la pared y la silla donde dejaban la ropa para el día siguiente en su lugar. Mientras Christian partió a Santiago a buscar cien ejemplares de Alas de Sidra a la imprenta para poder regresar con ellos hasta Concepción y venderlos en las próximas presentaciones que hagan con Nubia. Hasta ahora no saben si las que tenían fijadas, se realizarán. Tampoco, en qué quedó lo que habían avanzado con la editorial audible: el departamento del profesor que los ayudaba está cerrado desde el terremoto y aún no encuentran el disco donde ambos recitan de memoria Alas de Sidra. Pero Christian, a punto de regresar a Hualpén a estar con Nubia, sabe que pronto tiene que empezar de nuevo, aunque sea desde cero, recuperar el espacio donde antes del terremoto eran visibles e independientes. “Ahora hay que volver a salir a la calle. Mientras más luego volvamos a recitar en público, mejor. Con el terremoto, descubrimos con Nubia que nuestro oficio como comunicadores de belleza siempre tuvo mucho sentido: la guerra contra la tonterita no está perdida. Este es el momento de abrazarnos de nuevo como personas. De volver a leer, escribir y ayudar en la reconstrucción a través de la poesía”.

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