El nuevo amanecer de las mujeres de Dichato

(revista Ya, marzo 2010)

El mar les llevó sus casas y años de esfuerzo. Pero las mujeres del campamento Nuevo Amanecer en Dichato están en pie. Limpian sus lugares bajo techos de zinc y los amononan con fotos familiares que rescataron de la devastación. Cocinan y distribuyen alimentos entre todos. Lavan ropa a mano. No paran de hacer cosas. Todas tienen pena. Pero lloran a solas, sin que sus niños ni nadie las vea. Arriba, en el campamento, ellas están pensando ya en reconstruir sus vidas y la de sus familias.

Desde la loma entre el cerro y el mar donde está el campamento Nuevo Amanecer de Dichato, sólo se ve la montaña tupida de árboles verdes. El mar y la explanada costera están tapados por las carpas y las casas hechas con latas de zinc y trozos de madera del campamento. De arriba, no se ven las múltiples fumarolas de las quemas de escombros ni los restos de las casas partidas por el tsunami ni las muchas excavadoras que tiran los restos del pueblo en camiones de carga. En el campamento Nuevo Amanecer, el más grande de Dichato donde aún alojan 150 familias y más de 700 personas, sólo se ven los árboles del cerro, el cielo despejado, el sol que a las 10 de la mañana ya pega implacable y alguno que otro hombre martillando para reforzar las paredes de sus casas.
Al fondo del terreno de tierra, Juana Osorio (70) levanta la tetera de hierro del brasero que tiene en el suelo frente su pequeña casita de zinc y entra. Sobre una mesa de madera, se prepara un té de desayuno y se sienta a tomarlo con la puerta abierta, mirando hacia afuera. Juana llegó hace tres días aquí. Los días posteriores al terremoto, estuvo en la casa que quedó en pie de una de sus tres hijas. Pero hace unas semanas, cuando vino a visitar a otra de sus hijas que está en el campamento y vio este pedazo de tierra vacío, se quiso quedar. Rescató una plata que había guardado debajo del colchón de su casa inundada por el tsunami, compró unos palos de madera en Tomé y un maestro le levantó esta vivienda, aunque su hija le rogó que no se fuera. Juana no hizo caso. En vez de eso, le puso encajes blancos a las ventanas a modo de cortinas y se instaló con tres cosas que le regalaron: tres sillas, una mesa y una cama. “¿Sabe lo que pasa? Me gusta depender de mí misma. Por eso me vine. Antes vivía solita y arrendaba dos piezas en mi casa a veraneantes y tenía un almacén. Estaba acostumbrada a hacer mis cosas, ganar mi platita. Después del terremoto, con gran bondad, mi hija y mi yerno me pasaron su cama matrimonial, pero yo no podía dormir pensando que les había quitado su pieza. Encontré que estaba molestando mucho y me fui. Acá estoy tranquilita, me meto adentro y no molesto a nadie. No falta qué cosita hacer. Dentro de la pena, vivo bien. Tengo una camita abrigadita, con hartas frazadas. Hay que saber vivir en lo bueno y en lo malo. Luchadora siempre he sido y ahora, tengo que esperar nomás para volver a poner mis locales, arrendarlos y trabajar”.
Entonces Juana, que es evangélica, reza en voz alta el salmo 91, el mismo que repitió de rodillas, sola en su casa de Dichato la noche del terremoto mientras la tierra se movía. Su hija Emelina Osorio (47) entra justo por la puerta de la vivienda. Cierra los ojos y repite el salmo con su madre. “No temerás al terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en la oscuridad ni mortandad que en medio del día destruya”, dicen rápidamente, de memoria. Ambas se persignan y Emelina, con un frasco de gotas para los ojos en la mano, dice: “Ya, mami, te voy a poner las gotitas”. Juana no se deja. Tiene cataratas, pero se quiere cuidar ella sola. Dice que se la puede. Que ahora no será la excepción.
Emelina se va hasta su casa, un entramado de maderas y zinc donde duerme con su marido y su hijo menor. Toma té con unas sopaipillas que hizo en un fogón con su cuñado. Su marido anda repartiendo ayuda en una camioneta del Municipio por Dichato. Anoche Emelina, llorando, le dijo: “Huelo estas cosas y nada es mío. Echo de menos el olor de mis cosas”. Él la abrazó hasta que se quedó dormida. Hoy está más contenta. “A nosotros nunca nos había faltado nada. Teníamos una casita de dos pisos. Yo me sentaba en el sofá a ver televisión y dormía siesta en las tardes. Todos los meses mi esposo me llevaba a comprar trajes nuevos a Concepción para ir a la iglesia. Y ahora nada es mío. ¿Pero sabe qué pienso? Que a lo mejor había mucho orgullo en mi vida y Dios quiso que empezáramos de cero. Ahora sólo quiero una casita chica con living comedor y dos piezas. Nada más”. Más tarde, Emelina le pondrá insecticida a su pieza, lavará toda su loza y se limpiará los pies antes de entrar a su nuevo hogar, aunque el piso es de tierra.
“¡Vecina! ¡Tomatitos!”, grita una mujer afuera de la casa. Emelina deja su taza de té sobre la mesa y sale al exterior. Esquiva a la gallina que le regalaron y que bautizó como Tsunami de broma y se dirige a hacia las tres mujeres con jockeys que carrean una carretilla llena de tomates por el campamento.

Mediodía
Ana Silva (40) tiene la cara curtida por el sol. Empuja la carretilla por los senderos de tierra llenos de moscas y avispas entregando tomates de carpa en carpa, de casa en casa para el almuerzo. Así ha estado desde que llegó con su familia, días después del terremoto, al campamento: ayudando a distribuir alimentos, limpiando, botando basura, lavando la loza de los más ancianos.
Ana trabajaba en la Intendencia antes del terremoto. Junto con su marido chofer de camiones ahorraron para una casa propia en Dichato durante seis años. En septiembre del año pasado recién les entregaron una casa amarilla de dos pisos en la Villa El Sauce y ambos compraron lavadora, televisor, cocina, comedor, living y camas para su nuevo hogar. Alcanzaron a vivir sólo cuatro meses ahí. La noche del tsunami, cuando con su hijo menor (12) y su marido estaban en el cerro donde hoy está el campamento, vieron cómo el mar llegaba hasta el segundo piso de su hogar. Al día siguiente, bajaron y sacaron el barro de su casa, pero se dieron cuenta de que todos sus muebles estaban inutilizables. Esa misma tarde, Ana bajó sola y escondida de sus hijos y su marido hacia una quebrada donde desde lo alto podía ver su casa. Se sentó al lado de un árbol, lloró una hora y media y después se dijo: “Ya, no puedo dar lástima y tengo dos hijos que sacar adelante”. Entonces volvió al campamento y se puso a disposición de Danitza Jara, con quien trabajaba en la Intendencia, para empezar a armar carpas, casas, levantar techos. Ahora limpia, organiza y distribuye lo que va llegando. Hace pocos días, una hermana de Concepción le mandó dos cajas llenas de loza y ellas regaló todo entre sus vecinos. Un par de veces, se disfraza con lo que encuentra, tira chistes y baila, para subirles el ánimo a otras mujeres que aún no salen de su tristeza. El Serviu ya le informó que su casa debe ser demolida por daño estructural. “¿Mi pena? Me la guardo. Y cuando tengo que llorar, bajo, lloro solita y vuelvo a subir. Mis hijos tienen que ver a una mamá fuerte y alegre. Vamos a tener que empezar de nuevo nomás. Soy nacida y criada en Dichato y de acá no me pienso ir. Total, tengo trabajo por ahora en la Intendencia. Y si se me acaba, busco otro. No tengo cortados los brazos. Estoy sana, viva y mi familia también. Con eso, hay que puro tirar para arriba”, dice. Adentro de las dos carpas bajo un techo de zinc donde duerme con su familia, las camas ya están hechas.
En la central del campamento, donde hay dos copas de agua potable, casetas de baños químicos y la bandera chilena flameando al viento, los vecinos buscan provisiones en una carpa china donde se juntan detergentes, confort, artículos de aseo, arroz, jabones, tallarines. Afuera, jóvenes con petos naranjas de World Vision y tres estudiantes de medicina de la Universidad de Concepción, le ponen champú para los piojos a dos niñitas. Otros chiquitos ya andan corriendo con un gorrito de baño y el champú en la cabeza por el campamento. En frente, más vecinos hacen fila para obtener alguno de los colchones que mandó la Municipalidad de Dichato. Son delgados y las frazadas, cortas. Hasta ahora, ha llegado escasa ayuda gubernamental y municipal y los vecinos están dolidos con las autoridades. El alcalde de Dichato no ha aparecido por el lugar. “Si hemos sobrevivido, es por la ayuda de privados, de gente buena que nos manda cosas”, dice un hombre de polera sin mangas, sudoroso bajo el sol de la fila de entrega. Una mujer recibe la frazada de la carpa y la soba. En dos segundos, se le hace un hoyo. “Esto es una vergüenza, una mala broma”, dice y devuelve la frazada municipal a la carpa de provisiones.
Sandra Andrade (26) con su hija Paulina de 10 meses en brazos, mira la escena y desiste de pedir una frazada municipal. Se da media vuelta para regresar hacia las dos carpas que le regalaron los jefes de su marido donde duerme con su bebé, su esposo y sus hijos de 5 y 3 años. El mar se llevó completa su casa ubicada en el borde costero de Dichato. Pero ella, con su bebé en brazos, sonríe. “Ha sido una experiencia dura. Pero tenemos que luchar de nuevo nomás por nuestros hijos. Si yo no estoy, nadie les va a dar nada”. Sandra entra a la carpa de uno de sus tíos que tiene cocina a leña, calienta los porotos con riendas que trajeron hoy de almuerzo para todo el campamento desde un jardín infantil cercano y los muele en el plato con un tenedor, arriba de una colchoneta. Paulina, que llora de hambre, se queda quietecita a la primera cucharada de su almuerzo.
Afuera de la carpa de provisiones, Danitza Jara (40), con las mangas de su polera arremangadas, sigue dirigiendo la entrega de colchones. Habla por celular, les pregunta a los vecinos qué les hace falta. Danitza es la dirigente del campamento, pero no vive aquí. Su casa quedó intacta, pero la de su madre, Gladys Parra, fue arrasada por el mar. Al día siguiente del tsunami, Danitza, que trabaja en la parte de empleos de la Intendencia, llamó a sus colaboradores y empezó a quemar el sitio, a marcar deslindes, para que la gente pudiera instalarse provisionalmente. De a poco, los vecinos que lo perdieron todo empezaron a llegar acarreando las maderas y trozos de zinc que rescataron de las calles del pueblo y empezaron a construir. Desde el 28 de febrero, está todos los días aquí desde temprano en la mañana hasta la noche. Ella ha conseguido casi todas las ayudas para Nuevo Amanecer: World Vision llegó a los dos días del terremoto e instalaron una carpa de juegos para los niños en un parque fuera del campamento donde los distraen todas las tardes. Pastores de una iglesia adventista pusieron duchas para hombres y mujeres y un lavadero de ropa. Un grupo de bomberos sacaron una red de agua potable con ayuda del Ejército. Danitza también llamó a Ricardo Selman, el dueño del terreno los días posteriores al terremoto. “No queremos apoderarnos indebidamente de este lugar, le pedimos disculpas”, le dijo. Él le contestó: “No se preocupe, quiero entregarles el terreno hasta que tengan una solución habitacional definitiva”. Después Selman apareció en el campamento y le dijo que reemplazaría su proyecto turístico por un proyecto social para la gente que habitaba ahí.
Danitza vuelve a hablar por celular. Coordina una reunión para las 5 de la tarde con el dueño del terreno y los voluntarios de la iglesia adventista. Pocos saben que su papá de 70 años está grave en el hospital Higueras en Concepción. Danitza se arranca a verlo cuando tiene un tiempito en el día y luego regresa igual de operativa que siempre al campamento. “No tengo tiempo para caerme. Hay que luchar. La gente necesita que esté acá”.

Tarde
La gente desaparece de los senderos polvorientos de Nuevo Amanecer. Un lote de avispas dan vueltas arriba de un cajón de uvas y manzanas que donó un empresario de Chillán que todas las semanas manda algo. A la intemperie, sólo quedan dos niñas de cinco años que le clavan un pedazo de madera a un tronco. “Vamos a hacer un balanchín”, explica una. “Ya, chéntate nomás ahí”. La otra, con dos trenzas bien tirantes, se sube y se cae al suelo. La otra se ríe. El resto los habitantes del lugar almuerza dentro de sus carpas pasadas las 2 de la tarde.
En la entrada de su carpa, Nora Macaya (55) se echa agua en los pies para sacarse la tierra. Adentro, su hija de 20 años, come un plato de porotos mientras su nieto de dos años juega a caminar con unas zapatillas enormes. Hoy día, Nora debe ir a Concepción para ir a ver si sigue en pie su trabajo como técnico paramédico en un consultorio. Tiene miedo de bajar. Desde el terremoto, ha ido sólo dos veces a ver su casa en la Villa El Sauce donde vivía desde noviembre de 2009 y que ahora deberá ser demolida. Nora se seca las lágrimas que se le salen solas con una mano. “Le tengo tanto miedo al agua. Cuando era niña, casi me ahogué, entonces ahora le tengo un miedo terrible del mar. No quiero verlo”, dice. Adentro de su casa en la villa, están sus muebles. No se ha atrevido a sacarlos aún. “Siempre me digo que voy a rescatar las cosas el otro fin de semana. Pero voy a ir, sí o sí. Tengo la esperanza de que las cosas funcionen. Y si no, me repito que hay gente que está peor y no puedo quedarme paralizada”.
En un terreno aledaño al de Nora, bajo un techo de zinc con paredes de madera, las hermanas Viviana (24) y Yesenia Coloma (33), sus maridos y sus cinco niños, almuerzan porotos alrededor de una mesa bien puesta. Arriba hay un aceite, una fuente llena de tomates picados, café, té, azúcar y un jarro de jugo de naranja. En las paredes, tienen colgadas fotos de la graduación de octavo básico de la menor de las hermanas, Katherine de 16 años que ahora tiene ocho meses de embarazo y también aloja acá, una foto arrugada de uno de los niños de Yesenia, otra con el vidrio quebrado de su abuela de 96 años. Bajo su techo de zinc, las hermanas Coloma tienen cuatro carpas, ropa lavada colgada sobre alambres, una cocina a leña, un lavaplatos con una palangana, bolsas de pan colgadas de las paredes y estos retratos que al día siguiente del terremoto rescataron de los escombros de sus casas. Adornaron este espacio para que quedara más familiar. Y tienen un entusiasmo envidiable, a pesar de que tanto Viviana como Yesenia, lo perdieron todo. “Mira: somos jóvenes y tenemos que enseñarles a los niños que no hay que tener temor a las cosas que pasan. Los hombres igual se quiebran. A mi papá, nunca lo había visto tan mal, te abrazaba y se ponía a llorar. Parece que nosotras somos más fuertes. Yo lloro en la noche, cuando mis niños duermen”, dice Yesenia. “Yo también me la como sola. Si algo me molesta, me doy una vuelta y me fumo un cigarro. Después me digo: “Para tu escándalo porque tenís dos cabros chicos arriba que están esperando su leche”. Y vuelvo a subir”, dice Viviana mientras lleva los platos vacíos al lavaplatos.
“Vamos a reconstruir Dichato. Yo tenía mi negocito de baldes, chalas, sombreros de playa y voy a volver a hacer mi casa y mi negocito. Porque los turistas necesitan este balneario. Te apuesto que este año van a haber muchos por la novedad. Pero eso sí no pueden venir a tirarse piqueros porque van a salir del mar con premio. ¡Arriba de un auto, quizás!”, dice Yesenia y las dos hermanas se ríen a carcajadas. Mientras ambas lavan la loza con cloro y los niños salen a jugar a la carpa de entretención de los voluntarios de World Vision, Yesenia dice: “Nosotros no queremos darles la lata a la gente. No queremos vivir de la ayuda ni abusar de su confianza. Necesitamos mediaguas nomás para el invierno. De ahí, vamos a salir adelante y trabajar”. Cuando la loza está limpia, Yesenia toma su cartera y junto con Viviana salen de su casa. Los senderos del campamento siguen vacíos. En las tardes, la gente se entra a comer y descansar.
Ambas salen de los límites del campamento y bajan hacia el centro de Dichato por los caminos de tierra. Cada tanto, vienen a ver lo que quedó de sus casas, a limpiar el terreno, quemar escombros y revisar si pueden rescatar algo todavía. En un pasaje del centro, la casa esquina de Viviana está sin vidrios en las ventanas. Una pared, derrumbada. Viviana corre la puerta que puso en la entrada y entra. La marca del mar está a diez centímetros del techo. Una lámpara que cuelga, aún tiene restos de arena, barro y paja. Las paredes internas no existen. En el living, todavía cuelga un dinosaurio verde con la foto de Paolo, uno de sus niños. “Así quedó mi casa”, dice. Y vuelve a poner la puerta para que nadie entre. Al fondo del pasaje, las excavadoras tiran restos de hogares en camiones. El paisaje es de post guerra. Ambas caminan hasta el borde costero. Una mujer de jockey se pasea con un palo revolviendo escombros. Un par de hombres acarrean palos y restos de techos en una carretilla. A una cuadra del mar, está lo que quedó de la casa de Yesenia: está levantada del suelo y en las paredes aún hay stickers de Dragon Ball que pegaron sus niños. En el suelo levantado del living, Yesenia tropieza con algo. Se agacha a recogerlo. Es un recuerdo de bautizo de su sobrino Paolo, una bolsita blanca con una cinta y un bebé de porcelana. Yesenia lo mete en su bolso para llevarlo con ella.
Las hermanas Coloma regresan al campamento. Arriba, la gente aún está dentro de sus carpas, sólo algunos niños corren jugando por ahí. Al frente de la carpa de provisiones, Danitza habla por celular mientras Ana y otras compañeras descansan un rato sentadas sobre un tronco después de haber repartido la comida de hoy. Son las cinco de la tarde y el cielo de Dichato se cubre de nubes blancas. Abajo, aumentan las fumarolas de las quemas y las máquinas excavadoras siguen dejando los restos del pueblo en los camiones mientras al fondo, brilla quieto el mar de Dichato.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s