El niño maravilla

(revista Ya, 2012)

Emilio tiene 14 años, terminó la enseñanza media este año y acaba de dar la PSU. Quiere estudiar medicina. Hace chistes con los glóbulos rojos que pocos entenderían y a la vez, insiste para que le compren pokemones para jugar. Esta es la historia de un niño con cara de guagua y mente brillante que vive así: con un pie en el futuro y con el otro puesto en su edad.
El niño se ríe poco. Parece serio, aunque la verdad es que tiene una madurez distinta a los chicos de su edad y se pone tímido con la gente que no conoce. Tiene cara de hombre, cuerpo y estatura de niño. Emilio Flores tiene recién 14 años. Sin embargo, ya terminó la enseñanza media, cursó tres años en el programa interdisciplinario Penta UC de la Universidad Católica para niños entre 11 y 18 años con talento académico y acaba de rendir la Prueba de Selección Universitaria (PSU) en diciembre pasado. Quiere estudiar medicina. Ojalá en esta Universidad y ojalá el 2012 cuando siga teniendo 14 años. Aunque sus padres le dijeron que se tomara un año sabático, él no quiso. Él quiere entrar a medicina. Quiere estudiar. A Emilio le gustan muchas cosas, pero estudiar es quizás una de sus predilectas. Dice, con esa voz medio estereofónica y gangosa de la adolescencia: “No sé en qué etapa me siento. Depende de la situación en la que esté. Pero casi siempre me siento niño”.
– ¿Y cuándo no te sientes niño?
Entonces Emilio se queda en silencio, piensa, pero no encuentra una respuesta. Busquemos alguna: Para esta navidad Emilio pidió un disco de Américo aunque le gusta todo tipo de música. Escucha rock, pero también le fascina la música clásica y las cumbias. Ha ido a un par de carretes y le dan dado permiso para trasnochar. Baila en las fiestas, pero no toma, ni siquiera ha probado la cerveza. Canta. Juega con esos monitos llamados pokemones e hincha a sus padres para que se los compren. Anda siempre con un Pikachu a cuestas. Tiene peluches con formas de células. Este año, en el colegio, hizo un par de maldades como intentar un salto a la casa vecina del recinto (se arrepintió porque podía caerse feo), algunas bromas a sus compañeros de curso, causar desorden en la sala y bastante. En su tiempo libre, a veces hace animales de origami o de esqueletos de madera que colecciona en su pieza. Le gusta nadar en la piscina del estadio Italiano y andar a caballo durante sus vacaciones. Juega en el computador. Chatea por Messenger, revisa su Facebook, pasa mucho tiempo hablando por celular con sus amigos. Va a patinar sobre hielo al Parque Arauco, al cine, a tomar jugos, vitrinear y comer en el Burger King con amigos que pueden tener desde 13 hasta veintitantos años. Nunca ha pololeado. Juega a la guerra de almohadas con su hermana de 12 años. Va a clases de canto y de piano desde hace varios años. Sabe tocar guitarra, también el bajo. A los 10 años entró a primero medio y ahora, quiere ir derechito a la Universidad. ¿Cómo? Emilio es un niño especial. La gente común y corriente diría que es un superdotado. Un niño con talento, dicen en el programa Penta UC. En palabras simples: Emilio es una mente brillante que ha avanzado más rápido que el resto de los mortales en lo académico. Porque puede más. Porque es más veloz. Porque sus ansias de conocimiento son mayores y la velocidad para procesar lo que aprende, mejor. Emilio es el producto privilegiado de varios factores: genes brillantes y padres intelectualmente bien dotados que lo estimularon desde que nació.
– ¿Y cómo te sientes tú, Emilio?
– Depende de dónde esté. En el programa Penta, me siento igual que mis compañeros. También me siento igual que mis amigos que van el octavo básico. Pero como tengo el ego un poco alto, en las clases del colegio de repente me sentía superior, a ratos más inteligente.
Su madre, la contadora Nelda Retamal, de tacones, chaqueta, ojos enormes y bien pintados, lo mira llena de orgullo. Le dice: “Cuéntale a la señorita lo que coleccionas. Cuéntale cuando llegaste al colegio”. Pero a veces a Emilio le da vergüenza contestar, se pone rojo y se queda callado como un chiquillo de 14 años cualquiera.

II
Emilio es hijo de un matrimonio de contadores, ambos alumnos de excelencia. Tiene una hermana dos años menor que siguió su camino y ahora, con 12 años, está cursando segundo medio. El comienzo de esta historia está casi al instante de su nacimiento: “Yo tuve a Emilito en el hospital de la Católica. Antes había perdido a un bebé. Entonces cuando él llegó fue una alegría muy grande. En el hospital de la UC me propusieron participar en un programa de estimulación que tenían para los bebés que consistía en que a una le daban una pauta de estimulación y al final del mes, les tomaban una prueba a los niños. Y yo acepté. Me interesó porque creo en la transmisión de energías: en mi embarazo yo le conversé como a una persona grande, le ponía música. Entonces si había cosas simples y sanas que pudieran aportarle a mi hijo, me pareció una buena idea”. Emilio participó del programa desde el mes de vida hasta los dos años. Pero ya a los pocos meses, la coordinadora del programa le contaba a Nelda que su hijo superaba por lejos a los niños de su edad y las expectativas de los especialistas. “Es muy inteligente”, le dijo. Nelda escucharía esa frase muchas veces más. No en el jardín infantil. Ahí, las tías no sabían bien qué hacer con Emilio que de dos años, se escapaba a los cursos más grandes para jugar con figuras geométricas, se aburría con sus compañeros y con las actividades que le hacían las tías correspondientes a su edad. Para él, eran pan comido. Aburridas. Así es que en casa, revisaba libros, preguntaba todo lo que no sabía a sus padres quienes siempre le contestaban con la verdad. Conocía a todos los animales. No paraba de preguntarlo todo. Un día llegó preocupado a casa. Le dijo a Nelda: “Mamá, un niño mató a una lombriz y no sé cómo explicarle que eso no se hace porque es un ser vivo”. Nelda dice: “Y después reclamaba por la muerte de la lombriz en el jardín y le hacía entender al niño por qué no había que hacerlo. Emilio tenía una sensibilidad distinta. Era y es muy autocrítico, tenía un pensamiento reflexivo, pero libre”. Entonces un amigo de la familia, les dio un dato: un Instituto para niños Superdotados en Gran Avenida. Emilio llegó ahí de tres años y medio. Ya sabía leer y escribir. Ninguno de sus padres le enseñó: Emilio había aprendido solo, viendo libros, pidiendo algunos de dinosaurios y animales. “La precocidad es una característica de estos chicos. Tienen pasión por el conocimiento desde muy niños. Muchas veces se piensa que los papás presionan para que aprendan, pero los niños aprenden espontáneamente, hay papás que no saben cómo su hijo aprendió a multiplicar tan chico. Si ese niño tiene papás preocupados, ellos van a responder a sus necesidades que son distintas a las de otros niños de su edad”.
En el Instituto, los alumnos iban avanzando de acuerdo a sus capacidades, no a un calendario académico rígido. Y Emilio avanzó como un rayo: hizo primero y segundo en un año, tercero y cuarto en el segundo, quinto y sexto en el tercero. Estaba a punto de pasar a séptimo básico con 8 años, cuando el Instituto para Superdotados cerró por la muerte de su fundador. Nelda entonces se puso a buscar colegios normales para sus dos hijos. “Me costó mucho. Algunos me dijeron que no porque era ilegal que estuvieran en cursos tan altos siendo tan chicos. En otros, me dijeron que querían tener a Emilito como un producto de muestra. Yo les dije que no: quería que fuera uno más, un niño feliz. Nelda finalmente matriculó a sus hijos en United College de Providencia donde ambos podrían seguir en los cursos que les correspondían académicamente. El primer día de clases, Emilio entró a la sala del séptimo básico y sus compañeros se dieron vuelta a mirarlo. Uno le dijo: “Oye, el kínder está para el otro lado”. Todos estallaron en risas. Pero Emilio avanzó y se sentó en uno de los pupitres de la primera fila. “Yo vengo a este curso”, les dijo.
Ahora, después de Navidad, el colegio United College está prácticamente vacío aunque rondan en ropa de calle algunos alumnos que hacen cursos y pruebas especiales. Y Emilio que circula por el patio hablando por su celular como si estuviera comprando y vendiendo acciones de la bolsa. Habla con amigos. Quiere que hablen conmigo para que le cuenten cómo es él. Corta. Dice: “Nunca he sufrido burlas ni bullying como sí les pasó a otros amigos míos del Instituto de Superdotados. Pero sí me costó llegar a este colegio. Mis compañeros eran grandes, no me pescaban y yo tampoco a ellos. Después nos fuimos adaptando hasta que nos hicimos amigos. De hecho ése que mandó al kínder es mi mejor amigo ahora”, explica. Para el colegio tampoco fue fácil: aceptaron el desafío de tener a Emilio y su hermana, pero con recelo. Algunos profesores se opusieron derechamente a la idea. “Tuve más problemas con los profesores que con los niños quienes entendieron por qué Emilio estaba en ese curso cuando empezó a sacarse buenas notas. Pero con los profesores fue más lenta la adaptación: algunos creían que era un error que estuvieran en cursos tan altos y tenían sus aprensiones”, recuerda el director del colegio Marcos Méndez.
La solución entonces fue dejar a Emilio en cursos grandes, pero le ofrecieron participar en los talleres extra programáticos de las tardes con los chicos de básica, de su edad. Emilio los tomó todos, de lunes a viernes: música, arte, deporte, cine y cocina. La psicóloga del programa Penta UC, María Helena Salas, explica: “Este es el concepto de sincronía: una cosa es el desarrollo cognitivo avanzado y otra cosa que haya un desarrollo social avanzado. Pueden ser ritmos distintos. Por eso Emilio se lleva socialmente con niños de su edad, pero se aburre si le ponen la misma tarea que los de su edad”.
Emilio tenía 12 años cuando un día vio en la tele un reportaje sobre el programa Penta. “Entonces me llamó la atención y empecé a pedirle a mi mamá que me averiguara, que me averiguara. Vine, di una prueba y quedé. Cuando supe los resultados, saltaba de felicidad acá en el patio de la Universidad”, cuenta Emilio.
– ¿Fue un alivio encontrarte con otros niños como tú?
– Sí. Eso. Es entretenido saber que no eres el único niño con talento.
– ¿Y quiénes son tus amigos ahora?
– Tengo dos grupos de amigos: los de mi edad que son del estadio italiano o de los talleres del colegio y los más grandes, que son los de mi curso del colegio y los del programa Penta que tienen cuatro años más que yo. Pero ellos ya se conocen: para mi cumpleaños los junté y los del colegio se llevan súper bien con los del Penta, vamos a la playa o salimos juntos. Con los mayores hablo de la PSU. Con los de mi edad no, aunque saben que di la prueba y me preguntaron cómo me fue y me postearon en Facebook el día de la prueba.
– ¿Y te gustan las niñas de tu edad o más grandes?
Emilio se queda pensando. Después dice con una sonrisa tímida: “El amor no tiene edad”. Pero la verdad es que no sabe. En eso, aún está confundido. Hace poco, cuando fue a su graduación de Penta compartía con sus compañeras de programa de 18, pero su acompañante “legítima”, como dice Nelda, tenía 13 años. “Emilio se adapta a la situación: a veces es un niño y otras veces, más grande. Siempre andaba con sus compañeros de cuarto medio, pero también lo he visto conversar con niñas de su edad, sobre sus cosas, cosas de adolescentes”, cuenta la señora del quiosco del colegio. Sofía, de 13 años, amiga de Emilio del estadio explica: “Emilio es súper maduro, buen amigo, atento. Siempre está dispuesto a conocer amigos. Acá jugamos a la pinta por todo el estadio y conversa las mismas cosas que nosotros. Sí se le nota que es más inteligente porque tira bromas relacionadas con ciencia que nadie entiende, aunque él nunca se ha creído por eso”. Paula Castro, de 18 años, amiga y compañera de Emilio en el programa Penta de la UC, agrega: “Al principio fue un poco rechazado porque es chico y tiraba bromas. Algunos decían: puchas el cabro chico molestoso. Pero se ganó el cariño de todos. Fue el más aplaudido en la graduación. No porque piense como alguien de 18 años, sino porque él es muy tierno, simpático. Se le nota lo niño porque anda molestando, gritando, corriendo, con su Pikachu. Pero si quieres hablar sobre materias o cosas más serias de la vida, puedes hacerlo con él”.
En el anuario de 2011 del United College, en la biografía de cuartos medios, en la página de Emilio, sus compañeros que le dicen Pequeñín o Chiquitín, lo describen como travieso, desordenado, inteligente, genio y le dan las gracias por haberlo conocido. Él les escribe de vuelta: “Los echaré de menos, pero todas las etapas llegan a su fin, así como cuando a los 120 días los glóbulos rojos hacen apoptosis en el hígado”.

III
Si uno le pregunta a Emilio cuál ha sido el mejor momento de su vida, no duda un segundo y contesta con una sonrisa de oreja a oreja: “Estar en el programa Penta UC”. Ahí también estuvo adelantado: sus compañeros eran cuatro años más grandes que él. La psicóloga María Helena Salas recuerda: “Cuando Emilio llegó, nos preocupó su integración social porque era el más pequeño de su curso. Por eso estaba pendiente de él y lo iba a mirar a clases: ahí estaba él: sentado con los más grandes, altos y desordenados, echando la talla. Y cuando el profesor le preguntaba, sabía perfectamente qué estaban viendo en clases”. Durante los tres años que participó en Penta, Emilio tomó cursos de biología, física, química e introducción al cálculo. Hizo teatro. En física, estudió la ecuación de Bernoulli – que explica cómo se comporta un fluido y su energía a lo largo de una línea de corriente – e hizo un trabajo sobre las causas y consecuencias del hundimiento del Titanic. Tomó un curso sobre la teoría de la relatividad de Einstein y aprendió a hacer jabones en un laboratorio.
Antes de salir del colegio, rindió voluntariamente una prueba especial para subir su promedio en la que se sacó un siete. Y claro, dio la PSU. Fue el más chico en rendirla en todo el país. Emilio dice: “Yo estaba seguro de que me iría excelente en matemáticas porque en los ensayos me iba muy bien. De hecho, iba preparado para los 850 puntos. Pero estuvo demasiado difícil y me faltaron cinco preguntas por contestar”
– ¿Tú te sientes listo para entrar a medicina en la Universidad?
– Claro. Sería entretenido.
Nelda, su madre, le sonríe. “Cuando llegó al colegio, hubo profesores que decían que Emilio estaba perdiendo su infancia. Pero no siento que él se haya saltado etapas: es un niño que puede compartir, pero tiene claro que tiene 14 años. Tiene sus valores bien claros, una percepción de la vida bien formada, los límites claros. Lo que me preocupa es que es muy autocrítico, le gusta la perfección y una como mamá sufre un poco con eso. Me gustaría que fuera más relajado, pero él me dice: es mi meta. Si estar en la Universidad es su sueño, lo voy a apoyar. Mientras vea que puede, le alcanza el tiempo, no anda estresado o no hay temas de salud, tengo que estar ahí”.
Emilio sigue paseándose por el colegio, celular en mano. Persigue a sus profesores. Los saluda. Se pone unos lentes de sol. Juega con ellos. Se los pone al revés. Va de un lado a otro en el patio como un torbellino.
– Cuéntame la verdad. ¿Si no te va bien en la PSU te vas a enojar mucho?
– No, no porque sabría que me preparé bien. Me metería a preuniversitario intensivo. Pero sé que podría dar una mejor PSU el próximo año.
– ¿No se siente mucha presión ser tan inteligente? ¿No te cansa?
– No. Nada.
Porque Emilio no se cansa con nada. Emilio quiere hacerlo todo. Aprender más. Ojalá pronto. Ojalá ahora. Ojalá todo lo que pueda.

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2 thoughts on “El niño maravilla

  1. Guauu Emilio es genial lindo carismatico amable e inteligente y ojala sea tierno pq si lo es es el chico perfecto tiene 15 años ahora perfecto me encantaria conocerlo y me practicaria mate pq me va no muy bien que digamos saludoss =)

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