Conduciendo con Irene

(revista Ya, julio 2011)

Irene Pino es operadora del Transantiago. Lleva cinco años conduciendo buses cortos y buses oruga que atraviesan Santiago desde Maipú hasta lo Barnechea de la línea Express. La acompañamos un día de su recorrido en micro por Santiago, una ciudad donde viajamos estresados, apelotonados, peleando, haciendo pillerías por no pagar el pasaje, corriendo, enfrascados en el taco y en medio de protestas. Esto es lo que se ve desde el asiento del conductor.

El viento helado cala los huesos del puñado de hombres de buzos grises que están de pie en el paradero de avenida Pajaritos. Son las cuatro y media de la tarde, es miércoles y en medio del grupo uniformado, una señora de 52 años con el mismo buzo gris, sostiene una cartera y una bolsa plástica donde lleva un potecito con café, otro con azúcar, una palta, huevitos de dulce, pancito, confort y una enorme toalla roja. La señora, que tiene las pestañas encrespadas, delineados los ojos, las uñas de blanco tornasol, mira hacia la calle hasta que lo ve venir: un bus oruga del recorrido 404 del Transantiago. La micro se detiene y ella se sube. El conductor se saca los lentes, sale de su asiento y le dice: “Esta máquina está como las pelotas. Ten cuidado, viejita”. Entonces Irene Pino, despliega su toalla roja sobre la silla del conductor, cierra la puerta de plástico transparente que la separa de los pasajeros, grita: “¡Chao, chiquillos!” a los colegas que quedan en el paradero y hace andar esa tremenda mole donde caben 38 pasajeros sentados, 164 de pie. Avanzamos por avenida Pajaritos hacia Maipú. Destino final: Estación Mapocho vía Pajaritos, Alameda, Mac Iver. Dios es nuestro copiloto. Irene, la conductora. Operadora, como se dicen entre sí quienes manejan buses del Transantiago.
En el primer paradero, se suben cinco pasajeros. Se escuchan tres Bip y dos “Permiso, tía”. Irene los mira de reojo y sigue manejando, seria. “Hay muchos pasajeros que no pagan. Piden permiso y pasan nomás. Otros se hacen los lesos, ponen la tarjeta bip más arriba del marcador. Cuando me preguntan: “Tía, ¿me llevai? Les digo: ya, pero es tu problema si entra alguien a fiscalizar”, dice. Doblamos. La cuncuna se dobla entera por una callecita pequeña de dos pistas. Y suben más pasajeros. Esta vez hacen todos Bip.

Irene se convirtió en operadora de la línea Express del Transantiago hace cinco años. Antes, trabajó en un taller de costura arreglando abrigos, faldas, pantalones, hizo un par de reemplazos como cuidadora en el Hogar de Cristo y del 96 al 2001, manejó un colectivo en Maipú mientras su marido se desempeñaba como maestro de cocina en una empresa. Hasta que un día, se empezó a encontrar con varios de sus antiguos colegas colectiveros manejando buses. “¿Por qué no postulas, Irene?”, le decían. Y ella contestaba que cómo iba a manejar esas tremendas cuestiones, que le daba miedo. Pero en el fondo se preguntaba lo mismo: por qué no. “Un día cambié el chip y fui a preguntar a la línea Express si podría trabajar con ellos. Vine porque quería ver hasta dónde podía llegar, quería medirme, probarme”. Así lo hizo. Estuvo dos semanas en una capacitación en la que le enseñaron a retroceder, doblar un bus oruga sin subirse a la berma, maniobrar la máquina. Era la única mujer entre 23 hombres que postulaban al trabajo. En su casa, no le contó a nadie en qué andaba. Sólo les dijo: “Si quedo, les cuento. Si quedo, quiere decir que soy una mujer muy inteligente”. Hasta que quedó. Cuando llegó a su casa a contarles a su marido y sus tres hijos, de 31, 26 y 21 años que sería operadora del Transantiago, todos quedaron boquiabiertos. También quedaron sorprendidos sus papás de ochenta y tantos años y sus cuatro hermanas, la gran mayoría dueñas de casa. Le preguntaron que cómo se atrevía, cómo lo haría para manejar eso tan grande, si no le daba miedo, que podría ser peligroso. Ella respondió que en la vida había que apechugar nomás. Su marido la fue a dejar al trabajo los primeros días sólo para comprobar con sus propios ojos que su señora manejaba una tremenda micro como si nada.
Ahora Irene lleva más de cinco años viajando por las calles de Santiago. Generalmente cruza la ciudad desde Maipú hasta Lo Barnechea. Es una de las cuatro mujeres que conducen en la línea Express, donde hay 800 hombres. “Me gusta mucho mi trabajo y lo cuido. Siento que me gané un espacio entre puros hombres y me siento orgullosa de haberlo logrado. Por eso trato de hacerlo lo mejor que puedo: siempre me repito que llevo una carga viva y no puedo desconcentrarme. Eso me lo grabo en la cabeza y me enfoco. No llamo a nadie por el manos libres. A lo más, mis hijos me llaman a mí para saber cómo estoy y por dónde ando”, dice Irene mientras atraviesa pasajes de Maipú de casas, rejas, patios idénticos y mucha tierra. Irene detiene el bus en un nuevo paradero. La micro se vuelve a llenar. Dos chiquillos quedan aplastados contra la puerta plástica que protege a la conductora. Y ella dice en voz alta: “¿Estamos con la puerta? Cuidadito con los pies, chiquillos. ¿Listos? Arriba, mijito”. Las puertas se cierran y todos apelotonados, volvemos a avanzar.

Estrés sobre ruedas
Frente al palacio de La Moneda, una hilera de Carabineros está de pie frente de un centenar de estudiantes que tocan unas cornetas plásticas de colores tendidos en el suelo. En la calle del costado, un guanaco y transeúntes curiosos. Irene los mira. No le tocado pasar por las calles en plenas protestas estudiantiles: siempre desvían su recorrido cuando hay problemas en el centro de Santiago. A lo más ha sentido el sabor de las bombas lacrimógenas a lo lejos. Nunca se ha enfrentado a una turba, ni a una lluvia de molotovs ni a una barricada. Pero igual observa con curiosidad todo lo que sucede en la calle: todo lo reporta a trabajadores de la línea que están de punto fijo en el camino. “Estoy de acuerdo con las protestas de los chiquillos. La educación es mala. Estudian con crédito y después no encuentran trabajo o ganan súper poco. En otros países la salud y educación es gratis. Acá no, si no tienes es pésima la calidad”.
Irene ha forjado su carácter arriba de los buses. Ayer, tuvo dos incidentes arriba de la micro. Primero, un tipo la increpó al subirse afuera del Parque Arauco: “Puchas, no pasa nunca y cuando pasa, viene llena”. Irene se dio vuelta y muy tranquilamente le dijo: “Yo no tengo la culpa, pero cuando el bus sea mío, se lo pongo sólo para usted”. Después, durante la hora pick, tuvo una pelea arriba del bus: dos pasajeros se dieron puñetazos cuando uno de ellos entró a la fuerza y no dejaba que se cerraran las puertas para que el bus partiera. “Hay horas que son estresantes y la gente anda muy agresiva, cansada, mal genio. A veces la gente rompe las puertas del bus en las horas pick con tal de entrar o no pagar. Los barristas hacen tira los buses completos, sacan las puertas, escotillas, roban los extintores, rocían a los pasajeros. Yo les hago el quite, pero a veces se esconden en los paraderos y entran igual. A una compañera una vez le pegaron en la cara. A otros, les han quitado hasta la ropa. Te rayan la máquina o te tiran huevos en el camino. La gente está descontenta con el Transantiago, esperan mucho, hay pocos buses, muchas veces no se alcanzan a subir. A mí me da pena. Al sistema le falta mucho y la gente se siente pasada a llevar. Y nosotros no podemos hacer mucho. Por eso tienes que tener cierto carácter para ser operadora. Hay que tener una paciencia única y coraje total”, dice. Irene lo tiene. Una vez paró el bus y salió corriendo, manguera en mano, detrás de unos chicos que le habían rayado el bus y el parabrisas. Otra vez se bajó de su transporte y les dijo: “¿Para qué rayan el bus? Capaz que mañana su papá no tenga bus para llegar a la pega y lo despidan. Entonces para qué”. Los chicos le dijeron: “Bueno, tía” y desaparecieron con sus aerosoles por la calle. Irene también ha bajado a adolescentes que se suben de noche al bus en Providencia o Vitacura y se ponen a columpiarse, tomar alcohol y fumar.
“¿Sabe lo que veo? Que la gente vive encalillada con tarjetas y se dan la vida del oso. Antes la gente era más humilde, ahora se endeudan con tal de tenerlo todo. Y andan súper agresivos. No les puedes decir nada y al tiro te lanzan una pachotada. En las horas pick este bus va lleno adelante y vacío atrás, pero nadie se corre, nadie da el asiento. La gente anda extremadamente cansada, trabajan mucho. Los cabros chicos te echan la caballería encima. Yo creo que es porque pasan mucho solos en sus casas, sus papás salen a trabajar y no saben en qué andan. Yo trabajé cuando mis niños eran chicos, pero los crié en su casa. Me las arreglaba para estar cerca, iba a almorzar, estaba pendiente. Ahora eso no pasa”.
Frente a la Estación Mapocho una horda humana se sube al bus. A duras penas se cierran las puertas. Rostros cansados, con el ceño fruncido, cuerpos pegados contra el vidrio de las puertas. El timbre empieza a sonar cada cinco segundos. No hay paradero próximo. El timbre suena y suena y suena. “La gente le echa toda la culpa al Transantiago. Yo creo que no es malo, pero le falta mucho. El problema fue del gobierno que lo implementó cuando todavía no estaba listo. Faltan recorridos más largos, más buses. Algunos no están hechos para estas calles. Entiendo la rabia de la gente. Me da pena. Algunos se demoran hasta dos horas en llegar a sus trabajos. Van mal genio, apretados, de pie. Antes, se iban en una sola micro hasta el barrio alto, durmiendo. Ahora están sube y baja, haciendo tres o cuatro trasbordos. A veces no caben. Llegan tarde. A una como operadora también le da impotencia. Nosotros también hemos propuesto recorridos más largos, más frecuencia, mejoras. Pero no pasa nada. Y recibimos toda la furia de los pasajeros”.
Frente al Mercado Central, la micro se desocupa un poco. Un anciano de chaleco roído, se sube borrachísimo. Exuda alcohol. “¡Perrrmiso!”, dice y se tambalea por el pasillo hasta que se sienta y se queda dormido, apoyado en su bastón. Otro se sube alegando algo inentendible, gesticulando. Irene se encoge de hombros. “Yo digo: no hay que calentarse la cabeza”.
Son las seis y media de la tarde. Hay un taco infernal. La micro llega a duras penas hasta San Antonio y dobla hasta llegar a la Alameda. Ahí se vuelve a colmar de gente que bosteza y acarrea mochilas, maletines, caras largas. Hace un frío con el que duelen los huesos. Irene baja lentamente por la Alameda. Irene también está cansada. Maneja 45 horas a la semana. A veces conduce diez horas seguidas. Otras veces, le tocan turnos de cuatro horas nada más. Se aguanta las ganas de ir al baño hasta que llega al terminal. Se ha perdido cumpleaños, las bodas de oro de sus padres, eventos familiares importantes. Hay días en los que llega a las 2 de la madrugada a su casa cuando su marido ya está dormido. Entonces saca cualquier cosa del refrigerador para comer y se acuesta calladita. O a veces él se despierta y conversan un rato. Duerme poco. Se despierta todos los días a las 8 de la mañana, cocina varios almuerzos para toda su familia, los deja preparados, hace aseo, a ratos agarra un play station y juega Mario Bross o ve las noticias en la tele. Cuando tiene el día libre que tiene a la semana, trata de salir con su familia o a almorzar a la playa con su esposo. “Mi marido trabaja todo el día, a veces ni nos vemos. Él sale temprano. Estamos poco tiempo juntos. Pero te acostumbras a la rutina. Echo de menos tener más tiempo libre para estar con mi familia, con mis hijos, con mis papás. A veces me despierto cansada. Y para diciembre ya estoy que reviento. Es súper sacrificado. Hay días que llego tan muerta que no quiero ni que me hablen. No quiero saber nada. Trato de dejar todo atrás cuando llego a mi casa, pero es difícil, una es ser humano también”.
Llegamos de regreso al paradero de Pajaritos para hacer un relevo de conductor. Irene saca su toalla, la mete en su bolsa y sale a la calle. Ya está oscuro y el frío no se aguanta. Irene camina un par de cuadras hasta el terminal de buses, entra al recinto y va directo al casino, donde una treintena de conductores con sus buzos térmicos comen absortos en la pantalla donde transmiten un partido de fútbol de la Copa Sudamericana. Irene saca su potecito de café y azúcar, se prepara una taza y se come un pancito con queso caliente. En media hora más, le toca hacer tres recorridos igual al primero. Pero ésta vez, de corrido. Hasta que den las 1: 30 de la madrugada.

Trueque bip
Nueve de la noche. La 404 sube por Pajaritos vacía. Va el posicionamiento hasta Estación Mapocho. Irene va relajada, mirando las calles. “La de cosas que se ven de noche. Se ven muchas peleas, en el centro, cerca de Estación Central. Peleas a combos, con palos. Lo otro que veo bastante en el barrio República son niñitas borrachas, haciendo pipí en la calle, sin ninguna dignidad, hablando a puros garabatos las chiquillas. A este bus se han subido gays que se besan arriba del bus, curaditos, más para arriba cuicos. Una vez me tocó una pareja de abuelitos bien siúticos en la rotonda Pérez Zujovic. Yo tuve que esquivar un taxi y ella me dijo: “¡Ay, qué brusca! Casi me bota a mi marido”. Yo le expliqué que se me había cruzado el taxi y me contestó: “¡Ay, más encima rota!”. Pero la gente te protege y defiende por ser mujer. Un pasajero le dijo a la señora: “Mejor agarre bien al huevón de su marido”, recuerda Irene. Y se ríe despacito.
El bus va con las luces apagadas, pero se detiene. Sube otro conductor del Transantiago que terminó su jornada para que Irene lo deje en el metro Las Rejas. “Llevo 20 días haciendo turnos, de las 5 de la mañana hasta esta hora”, le cuenta él. Se ve agotado.
– ¿Y para qué te matas tanto?
– Me gasto la plata en los casinos, voy al Monticello, al de Viña. Me gusta jugar. Total, no tengo mujer, soy solterón, parezco ermitaño.
– Pero podrías buscarte a una pues – le dice Irene
– No sé cómo buscarla porque no tengo internet. Y a qué horas pos – responde. Al rato, se baja en Las Rejas y desaparece entre la gente que entra rápidamente al metro.
El bus sube vacío por la Alameda. Ya no hay tráfico ni gente en las calles. En Estación Central, sube un chico enfundado en un gorro de lana con una caja enorme. Se para en la puerta y le dice a Irene: “¿No tengo plata. Pero ¿le puedo pagar con algo que hago en mi trabajo?”. Ella lo mira seria, sin responderle. Entonces el chico saca de su caja unas mini chirimoyas en una bandeja de plumavit y se las deja al lado del volante. “Mucha gente no quiere pagar. Algunos no tienen pero te dan un chocolate, un maní, tratan de darte algo de su trabajo. A mí los que piden permiso o los que preguntan no me molestan. Me molestan los que se burlan del validador. Los que pasan la tarjeta bip por cualquier lado y se ríen”. A la cuadra siguiente, un vendedor ambulante se sube con unos peluches de perro enormes bajo el brazo. “¡Buenos, feos y baratos!”. Simula que va a vender, pero se sienta al fondo del bus. “Hay operadores que muestran la credencial para pasar gratis en los buses. Yo no. Pago mi pasaje y ando más tranquilita. Pero evito el Metro. Pasa lleno, los malos olores, es terrible, me ahogo. Ando en buses. En el Transantiago. Aunque creo que debieran haber más paraderos. Mi papá antes salía a todos lados, pero ahora no se atreve, no sabe tomar locomoción colectiva, se pierde”, cuenta.
Volvemos a bajar por Pajaritos. Por tercera vez en la tarde. El día pareciera repetirse una y otra vez. Pero ahora hay menos gente. Y hace más frío. Irene tiene los pies congelados a pesar del buzo térmico que lleva encima. En Pajaritos, otro operador del Transantiago aprovecha el viaje para llegar hasta el Metro. “¿Hasta qué horas te toca, viejita? ¿Hasta tarde? Tenemos que puro jugar un Loto. ¿Sabes lo que haría yo si me ganara un Loto? Agarro una de las micros largas, parto para la playa y la dejo varada en la arena. O ensartada en el reloj de flores en Viña. ¡Chao jefe!”. Irene se ríe. Si ella se ganara el Loto, compraría un par de propiedades para arrendarlas y una parcela con piscina en Peñaflor para ella, su marido, su hijo menor que estudia Ingeniería becado, porque tiene buenas notas. Pero recién son las 10 : 30 de la noche y le quedan tres horas para seguir dando vueltas por Santiago, que cada vez está más vacío y helado.

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