Catalina, mamá de un niño que hace bullying: “Me han dicho muchas veces que mi hijo es malo”

 

Iván tiene 10 años y ya ha pasado por cuatro colegios. El problema: golpea a sus compañeros. Su madre Catalina no sabe qué hacer con él, aunque está consciente de que su hijo es más agresivo que los demás. Le da pena que así sea y muchas veces se ha culpado a sí misma. También ha tratado de todo para ayudarlo: desde castigarlo hasta llevarlo a terapia. Este es el testimonio de una mamá preocupada porque su hijo está en el lado más cuestionado de la violencia escolar.
Hace un par de días, Iván (10) llegó a su casa de regreso de la escuela, registró su mochila y sacó una tarjeta de su interior. Todavía con el uniforme puesto, le extendió el papel a su madre Catalina (50) y le dijo: “Mamita, te hice una cartita en clases por el día de la Madre”. Catalina sonrió y abrió la tarjeta. Adentro, Iván le había escrito: “Te quiero mucho, mamita”. Catalina aún estaba emocionada con el regalo, cuando Iván le habló de nuevo:
– Mamita, te traje otra cartita más.
– ¿Del día de la mamá también? – le preguntó ella.
– No, mami. Léela mejor.
Entonces antes de tomar el papel, Catalina supo de qué se trataba: era otra citación de la profesora para que fuera a hablar con ella al colegio. Por enésima vez la habían mandado a buscar por Iván. Desde que su hijo, el conchito, el menor de cinco hermanos, tenía seis años Catalina no había parado de recibir citaciones de las cuatro escuelas por las que Iván había pasado para quejarse de que su les pega a sus pares. Ahora, se repetía la misma historia. Catalina respiró, cansada y resignada. A estas alturas, ya sabía lo que le esperaba en la oficina de la profesora.
“Su hijo es un Satanás”
Iván tenía seis años y estaba primero básico en un colegio municipalizado cuando la profesora llamó por primera vez a Catalina a una reunión privada. Ahí la docente le dijo: “Su hijo es un niño problema. Le pegó patadas y combos a un compañerito”. Catalina no se sorprendió: en el jardín infantil, algunas tías ya le habían comentado que Iván era peleador con otros niños. Que les pegaba sin razón aparente y que cuando se enrabiaba, parecía incontrolable. Iván, un niño delgado, ensimismado, cariñoso con pocas personas, tenía además una fuerza física enorme para su edad. “Es un niño malo”, continuó ahora la maestra. “Profe, yo sé que Iván tiene problemas, pero tiene seis años. ¿Cómo un niño va a ser malo?”, le preguntó ella. Catalina salió preocupada de esa reunión. Pero durante ese año, se fue preocupando aún más: Iván botó a un compañero de curso al suelo y le esguinzó la mano. A otro chico, peleando, le hizo un corte en la cabeza. Iván pegaba combos certeros y fuertes a quienes no le caían en gracia o lo molestaban. Los demás niños le tenían miedo. Iván no tenía un solo amigo, pero era conocido por ser el más fuerte del curso. Él se jactaba de eso. A Catalina empezaron a llamarla todas las semanas del colegio para notificarla del comportamiento de su hijo. Cuando estaba a solas con él en casa, Catalina le pedía que se portara bien y le preguntaba por qué les pegaba a sus compañeros. Iván le contestaba: “Es que mami, a mí me molestan y cuando no los aguanto más, los agarro a combos. Cuando me da rabia, la embarro. Pero te prometo que ahora me porto bien”. Iván nunca cumplía su palabra. A los pocos días, Catalina tenía una nueva citación del colegio. Cada vez, en tonos más duros hacia su hijo.
Entonces se empezó a autoculpar. Lloraba a veces porque sentía que había sido una mala mamá. “Al principio creía que todo era mi culpa por haberme separado del papá de Iván cuando él tenía cinco años. Iván quería mucho a su papá, era muy apegado a él. Pero conmigo, él era autoritario, gritón y una vez me pegó por celos. También creía que todo esto sucedía porque lo había dejado muy solo cuando era chico por mi trabajo. Pero no me había quedado otra: estaba sola y tenía que sacar adelante a mi familia”. La culpa creció cuando un día Iván le dijo: “Mami, te prometo que yo cambio si tú vuelves con mi papá”. Catalina, que ya tenía esa idea dando vueltas en su cabeza, regresó con su ex marido. Pero al poco tiempo, se distanciaron de nuevo lo que empeoró la agresividad de Iván en clases y detonó una depresión de su mamá. “Tenía pena por todos los problemas que tenía con Iván. “Puchas, mi conchito es malo, por qué”, pensaba yo. Y también me empezó a dar rabia con él porque se seguía portando mal y yo ya no sabía qué contestarles a las profesoras”, cuenta.
Entonces en casa, subió el tono de voz. “¡Iván! ¡Todo el tiempo tengo problemas por tu culpa en el colegio!”, le gritaba. Un par de veces, le pegó unos correazos. Iván salía corriendo hacia la calle y chillaba: “¡Cómo me pegas a mí, si los cabros me molestan! ¡Eres mala!”. Lo cierto era que Iván no sólo golpeaba cuando lo molestaban, sino que también cuando un chico no le agradaba. Catalina siguió las recomendaciones de la dirección de la escuela y llevó a Iván al siquiatra infantil del hospital de su sector. El especialista le dio tranquilizantes. “Iván andaba tranquilo, pero parecía zombie, como si estuviera curadito. Estaba completamente dopado. Me dio miedo que le pasara algo y boté todas las pastillas. Sólo alcanzó a tomarlas tres días”, recuerda.
Sin los tranquilizantes, Iván volvió a ser el mismo de antes. Cuando ya estaba en segundo básico, Catalina se enfrentó con una apoderada que la encaró porque Iván maltrataba a su hijo. La profesora la detuvo: “Esta es una reunión de apoderados. Después pueden conversar las dos sobre el problema que tienen sus niños”. La apoderada, que además era vecina de Catalina, fue entonces hasta su casa para insultarla. Después mandó a su marido para que la increpara. Cada vez que se veían, discutían en la calle. Catalina intentaba defender a su hijo, pero se le hacía cada vez más complicado. Por eso, decidió cambiarse de casa y dejar de pegarle a Iván cuando una amiga se lo aconsejó. “A mí me daba cosita en el corazón castigarlo, pero estaba desesperada. No sabía qué hacer, cómo hacerlo entender. Hasta que mi amiga me dijo que conversara con él. Le decía: “¿Por qué eres así? Si te portas mal, tengo que quitarte las horas de tele, los juegos. El me seguía repitiendo: “Ya, mami, si ahora me voy a portar bien”.
Faltaban sólo tres meses para que Iván terminara segundo básico cuando la directora del establecimiento le dio una mala noticia: o retiraba inmediatamente a Iván de la escuela o lo expulsarían. A esas alturas, Catalina ya había recibido más de 40 reclamos por las peleas que causaba su hijo. “Pensé en hacer un esfuerzo y meterlo a un colegio particular subvencionado religioso donde los niños eran más tranquilos. Quizás eso iba a hacerle bien. Conseguí otros trabajos y le compré los libros por mi cuenta. Me costó un poco, pero me lo recibieron. Ahí Iván pudo terminar el segundo básico”. Pero sólo fue eso: terminar segundo básico. Porque en los tres meses que estuvo ahí, Iván también agarró a combos a sus compañeros. A algunos los dejó sangrando. Casi al término del año escolar, la profesora jefe llamó a Catalina y le dijo: “Iván está revolucionando a todo el ganado. Tu hijo es un Satanás”. La madre se enfureció. Se sintió humillada. Decidió sacar a su Iván de ese lugar de inmediato. Pero a esas alturas, las palabras de la profesora y de las anteriores retumbaban en su cabeza. Se cuestionaba si tendrían razón. ¿Sería su hijo malo de verdad? Y Catalina volvía a echarse la culpa a sí misma.
El pesado del curso
Iván comenzó tercero básico en su nueva y tercera escuela. No pasó nada para que volviera a tener los mismos problemas de siempre: golpeó a sus compañeros, les tiró piedras a las puertas de las salas de clases, les dio puntapiés en las canillas a las profesoras que intentaron detenerlo cuando peleaba. Las profesoras entonces lo empezaron a castigar. A dejarlo sin recreos. A encerrarlo en oficinas durante algunas horas y aislarlo de las actividades en las que Iván quería participar. “Mami, las tías me dicen que soy el pesado del curso y no me pescan. Los otros niños tampoco me pescan. Entonces a mí me da rabia y me porto mal”. La profesora jefe no tardó en convocar a Catalina a una reunión. “Iván parece delincuente”, le dijo. Catalina, se salió de sus casillas y le respondió: “No trates a mi hijo de delincuente. ¡Tiene sólo ocho años! ¿Tú no tienes hijos? ¿No eres mamá? ¿No te das cuenta de que una mamá jamás quisiera que sus hijos fueran así?” y se fue indignada de la sala. “Yo nunca me hice la loca con lo que hacía mi hijo. Sé cómo es: es arrebatado, tiene mal genio y hace las cosas sin pensar. Entiendo que para otras mamás es complicado que haya niños como el mío. Pero yo siempre asumí la situación y traté de hacer cosas para que cambiara. Lo que me daba rabia era que las profesoras lo aislaran nomás y con eso, sólo empeoraron el problema. Una profe debe ser igual con todos los alumnos y entender que son niños”.
Cuando Iván ya estaba a mediados de cuarto básico en ese colegio, la situación se hizo insostenible: auxiliares de aseo iban a buscar a Catalina a su trabajo hasta dos veces al día para que fuera a retirar a su hijo después de alguna pelea. “Yo estaba cansada de que me mandaran a llamar. Cada vez que veía a una de las tías, sabía al tiro por qué era”. Antes de que terminara el año, la directora le informó a la mamá que tenía que buscar un nuevo colegio para Iván porque ahí no lo querían tener más. Con tal de que se fuera rápidamente, le hicieron un informe suavizado en el que no contaban los problemas de conducta del pequeño. Sólo mencionaban que tenía “problemas familiares”.
Catalina encontró otra escuela para Iván, la cuarta ya, que lo recibió a mitad de cuarto básico el año pasado. Y decidió tomar medidas más drásticas: dejó uno de sus dos trabajos por una jornada de menos horas para pasar más tiempo con Iván, a pesar de que eso le significa menos ingresos para su familia. Averiguó en distintas instituciones si tenían alguna terapia que pudiera servirle a su hijo sin necesidad de volver a doparlo. Hace seis meses encontró una fundación donde lo acogieron y desde entonces Iván asiste cada quince días a tratamiento sicológico. Ahora Iván, quien ya pasó a quinto básico porque nunca le ha ido mal con las notas, pelea menos con sus compañeros y tiene un amigo en su nuevo colegio con quien juega play station, algo que antes nunca había ocurrido. “Ha cambiado de a poquito. No voy a decir que ya no pelea, pero está más tranquilo. A veces me pregunto por qué esto me pasó a mí. He creído que es por mi culpa, por haberme separado, porque trabajo mucho y todo eso quizás perjudicó a mi hijo. Pero es mi guagua y lo adoro. Por eso mismo me da pena que nadie lo quiera, que lo expulsen de todas partes. Yo nunca he negado lo que me dicen las profes, pero también me habría gustado tener más apoyo de los colegios, que trabajaran con él antes de excluirlo de buenas a primeras”, dice Catalina. Aún tiene miedo con respecto del futuro de Iván. El principal, que siga siendo un niño agresivo cuando llegue a la enseñanza media. “Me da susto porque ahí están más grandes y toman otras medidas. También agarran otras cosas para agredir. Quiero que este problema se le pase antes. Y también me gustaría que las otras mamás entiendan como madres que son, que una también sufre desde el otro lado, que una no necesariamente tiene la culpa de tener un hijo así. También hay otros problemas detrás. Lo importante es que todos los niños tienen derecho a cambiar”, explica.
Ahora con una nueva citación en sus manos – Iván le dijo que peleó con la profesora porque dio por ganadoras a las niñitas del curso injustamente en un concurso – Catalina espera sin incertidumbre. Ya sabe que en el colegio, la profesora le dirá lo mismo que ella ya ha escuchado cientos de veces y que algún día espera dejar de oír para siempre.

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