Salvada del femicidio

(Revista Paula, 2009)

Este año van 49 mujeres chilenas muertas a manos de sus parejas después de vivir historias de violencia. En Punta Arenas María Gabriela Alvarado estuvo a punto de ser parte de esa lista. El 24 de julio su conviviente la roció con bencina y le prendió fuego cuando tenía ocho meses de embarazo. Su drama fue portada de los diarios mientras agonizaba. Ella y su hija Milagros sobrevivieron. Ahora cuenta por primera vez su historia.

Abrió los ojos y no supo dónde estaba. María Gabriela Alvarado (21) figuraba acostada sobre una cama blanca, con sus brazos, piernas, pecho y estómago vendados. ¿Estaba en el hospital regional de Punta Arenas? ¿Había nacido la guagua que esperaba? Sintió que algo le faltaba y, con dificultad, se llevó la mano derecha a la cabeza. Alguien le había cortado su largo pelo negro. No sabía que llevaba quince días sedada e inconsciente en la Clínica Indisa de Santiago. De pie, al costado de su cama, vio a su tío Patricio Mancilla y se tranquilizó. Él le explicó que estaba internada en Santiago, a salvo. Que la niña había nacido sana y le habían puesto Milagros. María Gabriela se sintió aliviada. Su hija estaba viva.
Pero de pronto tuvo miedo. Carlos, dónde está Carlos, preguntó. Patricio la calmó: Carlos Muñoz (25), su conviviente, el padre de Milagros, el hombre que dos semanas antes la había rociado con bencina, le había prendido fuego y le había quemado el 40% de su cuerpo, estaba preso en Punta Arenas. Recién con las piezas de su pesadilla en orden, María Gabriela se puso a llorar.

Un hombre brutal
En noviembre de 2006, un hombre tocó la puerta de la casa de María Gabriela en Punta Arenas. Era el carpintero delgado y ojos pardos amigo de su madre.
Carlos Muñoz y María Gabriela no pararon de conversar en toda la noche. A las pocas semanas ya esperaban un hijo. “A mi familia no le pareció bien que quedara embarazada de nuevo, mi hija Itiara tenía dos años, pero Carlos me dijo que quería que tuviéramos a nuestro hijo y que nos casáramos”, relata María Gabriela. En febrero de 2007 se fueron a vivir a la parcela de los abuelos de Carlos.
Pero a los pocos días, Carlos dejó de trabajar, pasaba todo el día escuchando villeros y reggaetón echado en la cama. En las noches llegaba borracho. María Gabriela lo encaró. “Discutimos y él me dio dos cachetadas y quedé sentada arriba de la cama. Tenía cuatro meses de embarazo. Me amenazó con que si yo hablaba, le haría daño a mi familia. Carlos cerraba la puerta de nuestra pieza con un cuchillo en el pasador. Después de eso me empezó a dejar encerrada en sostenes y calzones en la pieza. Sólo cuando volvía, me entregaba mi ropa”.
María Gabriela sabía que Carlos había sido condenado en agosto de 2006 por lesiones graves en contra de su ex pareja Gladys Naiman, quien había quedado con el 78% de su rostro desfigurado. Pero, enamorada, creía la versión de Carlos, quien firmaba en el Juzgado por ese delito. Lo cierto es que en esa oportunidad, según el Fiscal Eugenio Campos, “Carlos llevó a Gladys en su auto, a la fuerza, a una casa vacía. Ahí le pegó patadas y combos en la cara. Sólo en el hospital ella dijo que él había sido el agresor”.

María Gabriela estaba atrapada en una mezcla de miedo y amor. A veces creía que él podía cambiar. Otras, mientras lavaba la ropa a mano y con agua fría en la parcela, lloraba. José Cárcamo, el abuelo agricultor de Carlos, le decía: “Mi nieto está enfermo, ándate antes de una desgracia”. El 12 de abril de este año María Gabriela juntó valor: regresó a la casa de sus padres con su hija. Una semana después Carlos las fue a buscar. “Llegó arrepentido, prometió cambios, pidió perdón. Y le volví a creer”, dice. Los tres partieron a Río Grande, Argentina, donde vivían los abuelos maternos de María Gabriela, para empezar de nuevo. Pero la violencia de Carlos no tardó en reaparecer. Una mañana que Itiara ayudaba a ponerse unas medias a su madre, con seis meses de embarazo, Carlos llamó a la niña. “Ven, Itiara, ¡ahora!”, gritó. Pero la abuela de María Gabriela lo paró: “Tú no tienes derecho a llamarla así porque no es tu hija”.
María Gabriela recuerda que Carlos se puso histérico. “Empezó a gritar y amenazó con un cuchillo a mi abuela. Después volvió a Punta Arenas. Se llevó mis documentos y los de Itiara”, cuenta. Para regresar a Chile, María Gabriela tuvo que pagar una multa. “Ahí no quería nada más. El 13 de junio terminamos. Pero una semana después, mientras estaba dejando a la Itiara en su jardín, Carlos se me acercó. Como tonta, lo perdoné de nuevo”.
Se fueron a vivir juntos por tercera vez, ahora a la casa de los padres de ella. María Gabriela tenía siete meses de embarazo y ya sabía que la guagua que esperaba era una niñita. Pensaba ponerle Esmeralda.

En llamas
“Voy a comprar cigarros. Vuelvo al tiro”, le dijo Carlos a su mujer antes de salir el 23 de julio pasado. María Gabriela, casi de término, lo esperó sentada en el living. Pasaron las horas, y cuando sintió contracciones, salió a buscarlo. Carlos tomaba vino en su Chevrolet Opala. “Me dijo que me subiera al auto. Me subí, porque no quería pelear delante de todos. Echó a andar el auto y me llevó al cerro Andino. Ahí me bajó a empujones y me pegó en la cara y en la guata. Después me metió de nuevo a la fuerza en el auto y me llevó a otra parte”. Carlos manejó hasta un terreno eriazo, hundido y oscuro, alejado de las casas del sector, por donde pasa un riachuelo. Estacionó el auto y volvió a la carga con su mujer. Dentro del Chevrolet, muy serio, le dijo: “Quiero que nos matemos. Los tres”.
María Gabriela estaba aterrada. Ya no sentía contracciones, las magulladoras en la cara le ardían. En medio del descampado y a medianoche, gritó. En la única casa que mira hacia el sitio baldío, Lidia Nain, su hija Patricia Cárcamo y su yerno Juan Alarcón, la oyeron. “Vimos a una pareja que discutía dentro de un auto azul. La mujer gritaba. Él se bajó del auto, sacó de la maleta un bidón y se volvió a subir al asiento trasero donde estaba la mujer”, cuenta Lidia.
Al instante, el auto estalló en llamas. Carlos había rociado con la bencina que había en el bidón a María Gabriela y le había prendido fuego con un fósforo desde fuera del auto. María Gabriela se bajó del auto encendida y se tiró rodando al suelo para sofocar el fuego. Se pegó palmadas en el vientre para apagar las llamas.
Patricia y Juan corrieron a socorrerla. “¡Qué hiciste, mierda! ¡Quemaste a tu mujer viva!”, le gritó Juan al victimario. Carlos no se inmutó. Patricia fue a su casa a buscar toallas y cubrió con ellas a María Gabriela. Mientras la pareja entró a la casa para avisar a Carabineros, Carlos agarró a María Gabriela del brazo. La obligó a caminar por el descampado. Cruzaron un puente estrecho y mal iluminado. “Vamos a decir que fue un accidente, amor. No quiero ir preso”, le dijo a su mujer. María Gabriela, con el cuerpo quemado y en estado de shock, le juró que no lo denunciaría. “Tenía miedo de que me tirara al río y terminara de matarnos”.
María Gabriela caminó más de quinientos metros con las piernas, el pecho, los brazos y el abdomen quemados, hasta que llegaron a la casa de unos primos de Carlos. “Les dijo que habíamos chocado. Pero cuando me quedé sola con su prima, le dije la verdad, que Carlos me había prendido fuego”. Cuando llegó la ambulancia Carlos repitió la historia del choque y se subió con María Gabriela. “Yo estaba consciente, pero no podía hablar de dolor y él seguía al lado mío”. En el Hospital Lautaro Navarro de Punta Arenas, María Gabriela fue ingresada a un box de urgencia. Allí le retiraron la piel quemada con suero. Mientras perdía la conciencia, Carlos seguía a los pies de la camilla, mirándola a los ojos.
Cuando Carabineros llegó a casa de Carlos para detenerlo, el Chevrolet azul seguía ardiendo en el terreno baldío. Mientras, a las tres de la mañana, el doctor Carlos Téllez hacía un tajo de cesárea en el vientre de María Gabriela, que estaba con riesgo vital. Esa misma madrugada fue trasladada en un avión-ambulancia a la Clínica Indisa de Santiago. Inconsciente como estaba, no supo que su hija había nacido completamente sana.

Sin Milagros
María Gabriela conoció a su hija el día que cumplió un mes de vida, cuando su tío Patricio le mostró una foto en blanco y negro. Milagros estaba en Punta Arenas con sus abuelos maternos. María Gabriela miró la foto y se emocionó. “Era preciosa, se parecía a mí. Estaba feliz de que estuviera viva. Esa foto y mi familia me
dieron la fuerza que necesitaba para recuperarme”.
En los dos meses que María Gabriela estuvo en la Clínica Indisa, se sometió a 15 cirugías de injertos de piel. El 30 de septiembre la trasladaron a Punta Arenas, pero siguió internada en el hospital por la profundidad de sus quemaduras. Ahí le llevaron a su hija y por primera vez pudo acurrucarla. Sin embargo, aún no puede estar con ella: apenas dio a luz, el Sename interpuso un recurso de protección a favor de Milagros y el 10 de agosto la internó en una sala cuna de la institución. El Tribunal de Familia de Punta Arenas decidirá el 23 de noviembre a quién le entregará su custodia.
Mientras, Carlos Muñoz está preso en la cárcel de Punta Arenas a la espera del juicio por parricidio frustrado. El perito del Servicio Médico Legal ya determinó que no tiene ningún trastorno mental. Por eso, el Fiscal Campos confía en que le den los veinte años de presidio que pide para él.
En el Hospital Regional un pastor evangélico de pelo blanco entra a la pieza de María Gabriela al mediodía del viernes 5 de octubre. Tendida sobre su cama con una polera de Mickey Mouse, con las piernas y brazos vendados todavía, María Gabriela lo mira muda. “Yo le pedí a Dios que restituyera sus carnes y ahora la veo así. ¡Aleluya!”, dice. Luego, comienza a rezar. A Gabriela la acaban de dar de alta y a las tres tiene que estar en la sala cuna del Sename para la visita de 50 minutos a Milagros. Pero cierra los ojos y reza con el pastor. Después, se levanta con lentitud, se enfunda el traje de lycra que deberá usar durante un año para borrar las cicatrices, se pone un buzo y se maquilla. Luego se acomoda la peluca negra que la Fiscalía le prestó mientras su pelo vuelve a crecer.
Pero todavía tiene miedo. Todavía teme volver a la casa donde vivió con Carlos y perder a Milagros. “Siento que volví a nacer. Sólo me queda recuperar a Milagros y vivir tranquila con mis dos hijas”. A las tres en punto, en una pequeña sala de espera de la sala cuna del Sename, María Gabriela estira apenas los brazos para recibir a Milagros que viene en un vestido damasco, despierta y quietecita. María Gabriela la abraza y acerca su nariz a la de su hija. “Estamos vivas”, le dice despacito. “Las dos estamos vivas”.

Este reportaje obtuvo el segundo lugar de América Latina y Caribe del Premio Lorenzo Natali de la Comisión Europea por periodismo que defiende la democracia y los derechos humanos, 2009.

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