Perrea conmigo

(Zona de Contacto, El Mercurio, 10 de junio de 2005)

Pepa Valenzuela salió en busca de gasolina. Y como buena chica de alma pop, cruzó la ciudad tras el nuevo ritmo que lo inunda todo. Ese que dicen, convierte la pista de baile en una versión centroamericana del kamasutra. Acá, lo que pasó, pasó entre Pepa y el reggaetón.

Sandungueo F.M:

Viernes 29 de abril, Radio Nina: Error. No debí llamar a la radio para preguntar por la fiesta reggaetón. Ahora Jorge Fernández, el locutor de “Nina Sandunguera”, me tiene acorralada con unos audífonos gigantes en la cabeza y a punto de dirigirme en vivo a todo el país. Pepa, si te interesa el reggaetón tienes que ir mañana a la fiesta en el anfiteatro de La Cisterna, dice con su voz de Sergio Lagos versión tropical. Anuncia una canción y salimos del aire. Me regala una invitación y me cuenta que es el segundo evento que organizan. El primero fue en su disco: llegaron 7 mil personas. Pero que como unos chicos empezaron a lanzarse sillas por la cabeza, esta vez lo harán en la tarde, sin copete y con resguardo policial. Glup. Dios me guarde. El único riesgo que tenía contemplado era un rayado de pintura poco, pero el TEC cerrado no estaba en mis planes. En fin. Todo sea por encontrar “the real reggaetón”. Ese del que me contó la Caro en febrero cuando volvió de Nueva York.

En las discos latinas de N.Y, la Caro conoció el reggaetón antes que llegara a Chile. Se baila así, me contó mientras movía el traste como si funcionara a pilas. ¿Y? “Y de ahí el refriegue poh, Pepa”. Glup. Ella por no quedar de huasa imitó al resto. Pero se fue cuando las chicas, haciendo el mismo movimiento pélvico, pusieron sus manos sobre el suelo y quedaron como techito de dibujo infantil. Yo no le creí hasta que el ritmo empezó a colarse en “Rojo” y “Mekano”, aunque con sus censuras de horario familiar. Cuando a fines del año pasado Baby Rasta & Gringo, puertorriqueños y masters en reggaetón, llenaron la estación Mapocho y luego Ángel & Khriz y Divino hicieron lo mismo, supe que se venía algo grande. En total, 15 mil compatriotas perreando. La misma cantidad de gente que repletó la Gran Manzana en N.Y el 2004, en el concierto reggaetón más grande del mundo.

Reventando bocinas:

Sábado 30 de abril, anfiteatro estadio La Cisterna, 3 de la tarde: Lo que pasó, pasó, entre tú y yo, lo que pasó, pasó, entre tú y yo, se escucha desde lejos. El anfiteatro de la Cisterna es un coliseo de cemento, donde chicos con los pantalones a media asta esperan sentados que se arme la cosa. Jorge, el locutor sandunguero, se pasea de un lado a otro en el escenario disfrazado de hiphopero: unos jeans que le quedan grande, cadena gruesa en el cuello y jockey.

Aunque el reggaetón deriva del reggae y del rap, y las pintas se parecen harto a las de los raperos, no son lo mismo. A principios de los noventa, en la disco The Noise en Puerto Rico, algunos chicos empezaron a rapear sobre reggae jamaiquino. Así nació el reggaetón. Letras que comenzaron hablando sobre violencia y marginalidad para luego especializarse en el goce de la fiesta, el placer y el sexo.

Jorge anuncia que hoy habrá un montón de bandas chilenas de reggaetón. Con la Cami, que anda sacando fotos, nos sentamos a esperar que aparezcan las primeras bandas. Bajo el escenario un grupo de seis chicos de poleras enormes, jockeys y pañuelos en la cabeza, se preparan para tocar. El resto del público espera. Las chicas con argollas gigantes en las orejas y los ombligos al aire, fuman. Nadie baila. Sólo Jorge sigue transmitiendo a mil por hora que esto se viene. Pero pasa la hora y nada. Ni cantantes ni más gente en el recinto. Después de cuatro horas esperando que la cosa prenda, con la Cami decidimos irnos. Nica llega más gente, me dice ella. Entonces desde la salida del anfiteatro escuchamos a la banda. Son dos raperos y una chica de mini negra y botas taco aguja. Entre canto y gemidos, ella dice: “Ay papi, que yo reviento bocinas, yo reviento bocinas”. Las dos quedamos con la boca abierta. Entonces uno de los chicos le contesta: “Ella tiene la maceta y yo tengo la semilla”. Diez minutos más tarde, sin haber perreado ni un poquito, con la Cami nos vamos cantando el hit de regreso a casa.

Carmelita versus gatas:

Viernes 13 de mayo, discoteque La Playa, Plaza San Enrique, 1:30 am: Con la Cami hacemos una cola enorme para entrar a la fiesta Caribe/reggaetón que hay esta noche en La Playa. Yo hace años que no vengo y ahora recuerdo por qué: nadie pasa de los 19. Soy la tía del carrete. Unos chicos vírgenes de afeitadas nos meten conversa. ¿Vienen por el reggaetón?, les pregunto. No, venimos a webiar. Pero acá ponen de todo, como esa: ¡Tanga! ¡Muestra tu tanga!, contesta el más chico de todos. Adentro, la pista está llena, pero todos corean YMCA. De reggaetón, ni rastros. Mientras deambulamos entre chicos que andan tambaleándose embutidos dentro de sus parkas de colores, esperamos. Un tipo alto, delgado y con la mirada perdida me saca a bailar. Acepto. Coke me hace el cuestionario protocolar y le contesto con el piloto automático: Pepa, 21 (qué patético tener que mentir), soltera y en busca de reggaetón. Por los parlantes empieza a sonar Gasolina y Coke despierta. Sin pedir ni permiso, me da una media vuelta y me acerca hacia él. Entonces por primera vez descubro los secretos del reggaetón en carne propia. Me viera mi santa madre. Seguro diría que perdió su plata pagando colegio particular.

Yo llego hasta ahí nomás pero él ya está vuelto loco. Las hormonas le bailan cueca y se empieza a tirar al dulce. La Cami me saca una foto con cara de S.O.S. Coke no afloja. Ya mucho, le digo y arranco. Arriba, en la tarima las chicas se contornean frente a una hilera de chicos chocopanda style que están con sus piscolas aguachentas en la mano. Yo intento subirme para no tener que sufrir los embates del perreo. Me siento como un bistéc en la vitrina de una carnicería. Cuéntale, que te conocí bailando, cuéntale, que te traigo loca, cuéntale, suena por los parlantes. Alrededor mío, el festival del refriegue en apogeo. Las mujeres se agachan, se levantan a lo Porotito Verde y bambolean escotes mientras ellos alargan las manos. Una rubia de peto les mueve el traste a tres chicos que levantan los brazos y se dejan rozar con una sonrisa en la cara. Ella ni se inmuta. Cacha a esa mina, le dice un chico engelado a otro pegándole un codazo. Yo me río. Uno de los amigos, con pinta de personal trainer, me dice que bailemos. No, gracias, le respondo tímida. Ya porfa, si bailamos nomás, ¿ya? Me cae bien este chico. Sin golpes bajos ni intentos de besuqueos. Pablo me pregunta si vengo siempre para acá. No, vine a bailar reggaeton nomás, le contesto. Él me mira como si yo fuera extraterreste.

– ¿Te gusta esta weá? ¿En serio?

– Sí. ¿A ti no?

– No mucho. Esta disco tampoco, pero es nuestro caballito de batalla.

Qué plancha. Sigo bailando. Aunque comparado con el resto de las chicas parezco carmelita descalza. Empieza otra canción. La histeria se desata. Las hormonas también. Dale papi que estoy suelta como gavete, hay una fila de charlatanes para darte fuerte, dale papi que estoy suelta como gavete. Lección número dos: para perrear hay que hacerlo con un chico que te guste mucho o tener guata de comando. Y definitivamente yo no tengo ninguna de las dos. Así es que me despido de Pablo y busco a la Cami para salir de aquí.

Perreo recargado:

Jueves 26 de mayo, Blondie, 1:30 pm: Bingo. Esto sí que es real reggaetón. Y donde lo fui a encontrar. Nada menos que en el templo de los chicos brit y góticos, que este jueves se rindió ante el fenómeno pop. Estoy sentada en un cubo en medio de la pista central de la Blondie mientras a mi alrededor, un centenar de parejas se dan literalmente duro. Porque si antes el panorama era unas burbujas pocas en ebullición, esto es la tetera escupiendo humo y tambaleándose a mil grados de temperatura. A medio metro de mí, dos pelados idénticos, de cadenas gruesas y doradas al cuello, tienen pegadas a sus respectivas chicas, de botas taco aguja y jeans puestos a punta de vaselina, a sus pantalones. Las aprietan contra sí en un va y viene que está a punto de fundirlos en una sola persona. Sin trámites. Así parece que es la cosa. Nada de empezar por los saltitos de los Fabulosos Cadillac, hacerse los buena onda al ritmo de Soda, invitar un par de tragos y luego obtener un cara a cara rasca con un lento. Acá es pan pan, pelvis pelvis. De una. Sin hacerse los lindos ellos, ni las difíciles ellas.

La fauna es variada: las gatas (así le dicen a las chicas en el idioma reggaetón) embutidas en pantalones strech y maquilladas hasta el cogote. Ellos, vestidos de raperos y encandilados con el ritmo que va a directo al grano. Todos perreando como si el mundo se fuera a acabar. Dale, dale Don dale, pa que se muevan las yales, pa activar a los anormales y al que se resbale, cantan, pegándose como si tuvieran un auto chocador en la ropa interior. Voy a la barra para tener un plano general y me encuentro con Steve, el chico que organizó esta fiesta, quien después de descubrir el reggaetón gracias a un amigo hiphopero creó sandungueo.cl, la página de reggaetón chileno. Le pregunto qué es lo que les gusta del estilo. “Es que se puede tener más contacto físico”, me explica formal. Entonces giro hacia la pista y entiendo lo explícito que puede llegar a ser ese concepto. Un chico empuja la cadera hacia delante y atrás, mientras que una morena escotada y de argollas gigantes se columpia sobre él aferrada a su cintura con las piernas. Guau. Es una contorsionista ella. Porque mientras él la sostiene, la chica echa la cabeza para atrás y se doble entera. Seguramente eso está en alguna parte del kamasutra, pero sin la tenida rap. Como yo ya pasé mis 18 metaleros en los que me creía inmortal, prefiero abstenerme y disfrutar del espectáculo. Lección número tres: el perreo no se piensa, se hace. Y como yo soy mil rollo por segundo y además no encuentro ningún chico que me guste – puchas, Pepa, que eres mañosa, a veces hay que puro cerrar los ojos, me dice siempre la Caro- , no califico para el ritmo. Estoy out. En capilla, como en “Rojo”. Simplemente frita. A lo más puedo imitar a las chicas de “Mekano” frente al espejo de mi pieza. Así es que consciente de mi falla técnica, decido irme. Creo que ya fue suficiente gasolina.

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