Perdido en Santiago

(Revista Fibra, 2005)

 

Somalía se cae a pedazos. El clan de los daru ataca de nuevo a los bajun en el pueblo de Raskambioni y un chico de 19 años corre por su vida perdiéndole el rastro a su familia. Un agente ilegal promete llevarlo a Canadá, pero el viaje se complica. En Cuba descubren el pasaporte falso y lo deportan a Chile. Esta es la historia de Mohamed Kassim Mussa, un somalí desesperado por llegar a Toronto, pero que por ahora está encerrado en el último país del mapa.

 

El oficial de inmigración cubano miró el pasaporte otra vez. “Game Petrus, de Namibia”, leyó. Miró la fotografía y volvió a observar al hombre negro que estaba al otro lado del mesón. Mediana estatura, dientes resplandecientes y ojos enormes. El oficial de inmigración puso en práctica su inglés. “This passport is not yours. Come with me, please”. Mohamed Kassim Mussa (19), de Somalía, tragó saliva. Después de tantas penurias, lo habían descubierto y no le quedaba otra opción que decir la verdad. Por eso, mientras seguía al hombre hacia las oficinas de inmigración, Mohamed le rezó en silencio a Alá. Y le pidió ayuda para llegar donde lo esperaban otros miembros de su clan, otros bajun como él. Alá, llévame a Toronto, rogó Mohamed.
Tres semanas después, luego de que el avión despegara de la capital cubana, Mohamed continuaba orando en silencio. Los oficiales cubanos se quedaron con el pasaporte falso de ese tal Game Petrus y lo enviaron de regreso al último país donde había hecho escala. Ahora, después de haber estado en Buenos Aires y en Panamá, volaba hacia Chile, un país del que sólo sabía de la existencia de Zamorano y Salas, a los que había visto a través de la pantalla de televisión hacía siete años para el Mundial de Fútbol.
Mohamed estaba confundido. Había huido de Somalía hacía tres meses, después del último ataque de los daru en Raskambioni, su pueblo natal. Y desde entonces, todo había sido muy vertiginoso e incierto. Ni siquiera tenía noticias de su familia. ¿Dónde estarían su padre Kassim, sus hermanos Athmen (15) y Nassor (13) y su hermana Fatma (28)? Un vecino le dijo que habían alcanzado a arrancar, pero ¿estarían bien? ¿Dónde lo estarían buscando?

El hogar del profeta

Un montón de rostros blancos rodearon a Mohamed. Le preguntaban cosas que no entendía y lo examinaban de arriba abajo, por más que les decía que no hablaba español. Mohamed estaba ahogado. Después de su llegada el 2 de agosto y de dormir dos noches en el aeropuerto, los policías lo llevaron al Hogar de Cristo, alojamiento donde sólo podría permanecer de ocho de la noche hasta las siete de la mañana. En la escuela islámica de Raskambioni había estudiado la figura de Jesucristo. Cristo era un mensajero, un profeta. Pero en sus creencias Mohamed también estaba solo. Ni siquiera sabía si en Santiago habría una mezquita donde pudiera orar. Tampoco si ahí, en “el hogar del profeta”, había alguien que hablara inglés, el idioma que le habían enseñado en la primaria para que manejara algo más aparte del dialecto bajun.
Javier Salazar (29) miraba al nuevo chico desde el fondo de la sala de estar. Pobre. Cómo lo hostigaban todos. “No hablo español”, lo escuchaba excusarse para tratar de sacarse al tumulto de encima. Javier sabía inglés. El podría saber quién era ese chico. También estaba solo. Había llegado ese mismo día al Hogar de Cristo y no tenía adónde ir. Hace un mes y medio las cosas eran muy distintas: vivía con su mamá en una casa en La Pintana, trabajaba como mozo en el hotel Cap Ducal para costear sus estudios de turismo en el instituto Simón Bolívar y tenía 380 mil pesos ahorrados para irse a Sydney, donde vivían tres tíos suyos. Pero con la muerte de su madre por una insuficiencia a los riñones, lo había perdido todo. Sus ahorros desaparecieron con las deudas y los gastos del funeral, y sus hermanastros lo presionaron para que dejara su casa. Javier tuvo que renunciar a su empleo en el hotel, congeló los estudios y abandonó la casa. Y ahora estaba huérfano y sin un peso.
“¿Hablas inglés?”, le preguntó. Mohamed lo miró aliviado. Entonces ahí, sentados en el comedor, Javier comenzó a traducirle las preguntas que querían hacerle los demás. Mohamed respondió todas las inquietudes hasta que la masa humana se dispersó y se quedó a solas con ese chileno que lo había ayudado. Y al día siguiente, mientras los dos caminaban por el centro de Santiago sin rumbo fijo, comenzó a contarle los detalles de su historia.

Calles vacías
Sólo faltaban minutos para que el bote atracara en el puerto de Raskambioni. Mohamed estaba contento. Había pasado la última semana de abril en el pueblo vecino de Kismayu y volvía a casa con el dinero que había juntado vendiendo pescados y pulpos, como le había mandado su padre Kassim. La mayoría de los miembros de su clan en Raskambioni vivían de la pesca. El mar abastecía al clan bajun de la costa este de Somalía. Siempre había gente bañándose o pescando en las playas del océano Indico, esquivando el calor desértico de hasta 45 grados que no los abandonaba durante todo el año. Mohamed nació en Raskambioni. Ahí vivía con sus hermanos y su padre, ahí fue a la escuela islámica y también ahí, jugaba partidos de fútbol por el Leeds United, en la liga local.
El bote se acercaba al puerto. Las calles de Raskambioni estaban vacías. No se veían las mujeres con velos ni los niños corriendo detrás de una pelota ni los hombres llevando sus pescados sobre burros y camellos para venderlos. En Raskambioni no había un alma.
Mohamed corrió hacia el pueblo. Nadie en las calles. Entró a su casa. Ni rastros de su familia. Quizás estaban en esas cabañas en el bosque donde los bajun solían esconderse cuando los daru atacaban. Mohamed salió en busca de alguien. Hasta que por fin encontró a uno de sus vecinos. “Los daru atacaron, Mohamed. Tu familia escapó y están a salvo, pero las cosas no están bien. Es mejor que te vayas”, le dijo antes de desaparecer.
El clan rival invadía de vez en cuando Raskambioni disparando, incendiando todo lo que encontraban a su paso y cortando con sus espadas a los bajun que pillaran. Los daru: los mismos que en enero del año pasado habían sorprendido a su madre Khadija indefensa y la habían asesinado. Los mismos que habían hecho que tantos bajun arrancaran para siempre de Raskambioni y de Somalía. Su país se estaba quebrando en pedazos por el hambre, la pobreza y la guerra civil. Desde 1969, nueve años después de la independencia del país, existía una guerra sin tregua entre los distintos clanes por el poder. La dictadura del general Mohamed Siad mantuvo un relativo orden, pero luego de su derrocamiento en 1991, las rivalidades aumentaron. Todos los clanes querían que uno de los suyos fuera el nuevo Presidente. Y por culpa de esas eternas disputas, no habían tenido gobierno hasta el 2000, cuando los somalíes en el exilio eligieron a Abdiqasim Salad como Presidente, con la venia de las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Liga Arabe. Pero de qué servía tener un mandatario. Salad y los parlamentarios le temían tanto a esa guerra (que ya llevaba 300 mil muertos) que vivían en Kenia. Y mientras, miles de somalíes seguían muriendo de hambre o como víctimas de la violencia racial.
Mohamed debía huir. Por eso se dirigió al puerto, entró al único barco que había y pagó un dólar por el pasaje. El destino: Mombasa, en Kenia. No importaba. Cualquier lugar era mejor que Raskambioni ahora.
Mohamed estuvo un mes y medio en Mombasa. Se escondió en una mezquita durante una semana para evitar que lo deportaran, hasta que encontró a Salim, un amigo de infancia. El lo convenció para que escapara. “Tienes suerte de estar vivo. No vuelvas a Somalía, Mohamed. Andate a Canadá. Allá existe una comunidad bajun desde 1993 que podrá recibirte y te puedo contactar con un agente para que te ayude a llegar. Pero salva tu vida, Mohamed”, le dijo Salim. Entonces le presentó a Charlie –un agente que había sacado clandestinamente a muchos compatriotas suyos hacia el extranjero– , le dio 400 dólares para el bolsillo y se despidió de él con la promesa de intentar hallar a su familia desde Mombasa. Después de eso, Mohamed haría lo indecible para llevárselos consigo a Canadá. Al menos, ése era el plan.

El escurridizo Charlie

Charlie era un hombre fuerte, de unos cuarenta años, un árabe-africano que ahora estaba con Mohamed en el aeropuerto de Sao Paulo. Un agente a quien sólo le sabía el apodo, pero que para él representaba su pasaje hacia la libertad. Mohamed había viajado con Charlie en bus desde Mombasa hasta Nairobi, desde ahí habían volado hasta Sudáfrica y luego hasta Brasil. Se suponía que después de eso, sólo les faltaba una pequeña escala en Chile antes de aterrizar en Toronto. Pero antes de abordar el penúltimo avión, Charlie le extendió un documento. Mohamed lo miró: era un pasaporte de un ciudadano namibio llamado Game Petrus. Mohamed se giró hacia Charlie con cara de pregunta. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué se lo estaba dando aquí? La respuesta de Charlie lo dejó helado: “Mohamed, no puedo acompañarte hasta Canadá. He traído a demasiados somalíes hasta América y la policía internacional me busca. Pero no te preocupes, no tendrás problemas. En América ni siquiera miran los pasaportes. Sólo di que eres de Namibia y quédate callado”. Minutos después Charlie desapareció.
Mohamed continuó su trayecto solo. Llegó a Chile cuatro horas más tarde, durmió una noche en un hotel céntrico y volvió al día siguiente al aeropuerto para embarcarse hacia Toronto. Llevaba la maleta con la ropa que le había dado Salim en Mombasa y la túnica blanca con la que rezaba. Todo estaría bien. Ally Said, un amigo de su hermana Fatma, lo esperaría en el aeropuerto canadiense y lo llevaría con otros miembros de su comunidad en el exilio. Eso pensaba Mohamed en el área de tránsito cuando oyó por altoparlantes su nombre. O sea, el de su falsa identidad. “Game Petrus, acérquese al mesón, por favor”. Mohamed avanzó rápidamente. Malas noticias. La mujer a cargo le explicó que la aerolínea canadiense había cambiado su vuelo y que tendría que hacer una escala en La Habana antes de arribar a Toronto. Entonces se acordó de Charlie: “Quédate callado”. Y le hizo caso.
En Cuba descubrieron que su pasaporte era falso, lo encerraron dos semanas en una cárcel de inmigración en La Habana y luego lo devolvieron a Chile –su última escala– sin contemplaciones. Simplemente lo habían deportado a Santiago sin el pasaporte y con unos papeles donde afirmaban –sin razones– que él provenía de Costa Rica. Ahora sí que estaba perdido, solo y confundido. Eso fue lo que Mohamed le contó a su amigo Javier Salazar.

Somalía es la cárcel
Sentado en la sala del Primer Juzgado de Garantía de Pudahuel y flanqueado por dos oficiales de la Interpol, el 9 de agosto a las nueve de la mañana, Mohamed Kassim escuchaba al fiscal y a su abogado defensor, Jorge Moraga, sin entender una sola palabra. ¿Qué decían? ¿Que me quieren enviar a la cárcel? Los oficiales asentían de vez en cuando, pero Mohamed estaba abrumado.
Mientras, en una de las bancas al fondo de la sala, Javier Salazar esperaba. Su amigo estaba siendo procesado por infracción a la ley de extranjería, por haber ingresado al país sin pasaporte y hoy el juez decidiría si lo llevarían detenido. Mohamed arriesgaba hasta 3 años y un día de presidio. Y Javier Salazar, a esas alturas totalmente involucrado en el caso, rogaba porque no fuera así.
Javier estaba conmovido con la historia de Mohamed. Con él compartía el peso de la soledad, aunque Mohamed estaba en peores condiciones. Por eso, después de haber intercambiado sus experiencias, Javier había decidido ayudarlo: compró un montón de tijeras en el centro, las vendió en Patronato y juntó doce mil pesos. Y después, con esa plata, lo acompañó hasta la embajada de Canadá para pedir la dirección de ACNUR (organismo de las Naciones Unidas), donde pedirían posteriormente ayuda. Partieron hacia una agencia de viajes en Providencia. Quizás ahí podrían comunicarlos con Canadá o Cuba. Pero en la agencia, apenas dijeron el nombre de Mohamed, hubo noticias: la policía internacional lo buscaba e inmediatamente tenía que reportarse. Una vez en las oficinas de la Interpol, unos oficiales se llevaron a Mohamed al aeropuerto. “¿Qué va a pasar con él?”, preguntó Javier. Mañana a las nueve, Mohamed enfrentaría su primera audiencia, le dijeron los policías.
Después de media hora de audiencia, el juez estaba listo para dictaminar. “El ciudadano somalí, Mohamed Kassim Mussa, queda en libertad aunque con tres condiciones para asegurar su comparecencia durante el proceso: firmar una vez al mes en el Ministerio Público, arraigo nacional y alojamiento en el Hogar de Cristo”. La medida de prisión preventiva quedó descartada porque Mohamed había entrado al país arrancando de una guerra civil y no con la intención de vulnerar la seguridad nacional o cometer algún delito. Por eso lo había dejado libre. Aunque el proceso continuaba. Y Mohamed decía frente a unos periodistas: “Prefería irme a la cárcel chilena antes que volver a Somalía”.

Confía en mí, Mohamed
Ignacio Castillo Val (30) revisó el expediente que acababa de llegar a su oficina este 19 de agosto. Un homicidio por ajuste de cuentas. Un hombre en Renca que mató a su vecino a palos en la cabeza. Las fotos eran macabras. Pero Ignacio Castillo estaba acostumbrado. Así eran los casos que un Defensor Penal Público veía todos los días. Homicidios, narcotráfico, robos, violaciones. Aunque ahora, Ignacio tenía un caso que se escapaba a la norma: el del chico somalí procesado por infracción a la Ley de Extranjería. Ignacio tomó su defensa después de la primera audiencia. Y ahora, tenía fe que la causa se sobreseyera cuando llegara el pasaporte falso desde Cuba. Pero ¿qué pasaría con Mohamed después? Él no quería regresar a Somalía por nada del mundo y estaba empeñado en llegar a Canadá. Sin embargo, su trabajo llegaba sólo hasta el sobreseimiento del proceso. Ignacio lo había pensado bastante y ya estaba decidido: ayudaría a ese chico hasta que consiguiera su viaje a Toronto. Para eso Mohamed tenía dos opciones: pedirle a ACNUR un reasentamiento en Canadá o conseguir la condición de refugiado en Chile para obtener posteriormente la Visa. Pero la primera alternativa no era viable: ACNUR sólo reasentaba cuando las condiciones del país al que se llegaba eran peores o igualmente peligrosas a las del país de donde se había escapado. Y Chile comparado con Somalía era una taza de leche. Por eso lo más factible era la segunda opción.
Ignacio salió de la Defensoría Penal de la calle Mac Iver. A las 3 y media se encontraría con Mohamed en las oficinas de Ayuda para el Imputado y ahí le diría cuáles eran los pasos que podían seguir.
Mohamed y Javier llegaron puntualmente y se sentaron uno al lado del otro. Javier no se separaba de Mohamed. Lo ayudaba a ubicarse en las calles, le traducía y le enseñaba algunas palabras en español. Era como su secretario: en una carpeta guardaba todos los documentos de su amigo, los teléfonos y direcciones de Ignacio, de la Policía Internacional y de ACNUR. Además traía en su mochila un mapa del mundo y unas hojas que había impreso en un cybercafé con información sobre Somalía para entender mejor a su amigo.
– Bueno Mohamed, tenemos dos caminos: que el tribunal te envíe de regreso a Somalía o tú pidas la condición de refugiado acá en Chile. Después de eso yo te podría ayudar a tramitar la Visa para Canadá, pero eso tomará tiempo. Necesitamos que tengas paciencia – dijo Ignacio.
– ¿Cuánto tiempo? – preguntó preocupado Mohamed.
– Ocho, siete, seis meses.
Mohamed golpeó los dedos en la silla, con una mueca de angustia.
– Si tú pides la condición de refugiado en Chile – continuó el abogado – tendrías todo nuestro apoyo, pero es una decisión que debes tomar tú. Yo te puedo ayudar con los trámites, pero tú decides.
– Sí, pero si mi comunidad en Canadá está diciendo que me conocen y que se harán cargo de mí, no entiendo cuál es el problema.
– Yo te entiendo, Mohamed. El problema es que no tienes papeles para viajar y Canadá tiene una política de inmigración muy estricta. Además te está reclamando tu comunidad, pero no tienes familiares directos allá. Para el gobierno canadiense hay muchos somalíes juntos, nada más.
– Es que Chile es muy diferente, yo estoy agradecido del recibimiento, pero quiero estar con mi gente. Estoy solo aquí.
– ¿Y has buscado más somalíes acá? – preguntó Daniela.
– Sí, pero no hay ninguno solo. Es loco. Mi mente se está destruyendo.
– Te entendemos Mohamed. Pero confía en mí. Estoy haciendo lo mejor que puedo para cumplir tus deseos, o sea, para que llegues a Canadá – siguió Ignacio.
Al rato Mohamed salió de la oficina. Tenía que llamar a los bajun en Canadá antes de tomar una decisión. Ya había hablado un par de veces con ellos y ya sabían dónde estaba. Pero esta escala en Santiago se le estaba haciendo eterna.

Un refugio llamado Chile
Un temporal se acerca a Santiago. Las nubes cubren el cielo. Mohamed está jugando ping pong con Javier en un salón de la mezquita vestido con su delgada túnica blanca y unas sandalias. Desde que el caso apareció en la prensa, Abdel Aziz, un miembro de la comunidad musulmana en Chile, fue al Hogar de Cristo para invitar a Mohamed hasta ese lugar y ofrecerle ayuda. Y desde entonces, Mohamed viene todos los viernes. Sólo faltan unos minutos para que comience la ceremonia en los que los miembros de la comunidad musulmana en Santiago, se reúnen a orar. Mohamed se ríe. Desde que habló con los suyos en Canadá, está más optimista. Al día siguiente de la reunión con Ignacio, los llamó y ellos le aconsejaron que pidiera la condición de refugiado en Chile como primera medida. Mohamed cortó el teléfono esperanzado. Entonces le respondió a Ignacio y éste le prometió que no se rendirían hasta que consiguieran su Visa. Su pasaje legal hacia la libertad.
Abdel Aziz entra al salón con un maletín en la mano. Es un tipo alto, de barba blanca y paso firme. “Salamaleicon”, saluda. “Aleiconsalam” le responde Mohamed sonriendo. Javier le da la mano. Abdel Azis les prometió a ambos buscarles una pieza o una casa pequeña para que tengan un lugar donde vivir en vez de estar sentados en la plaza de Los Reyes o de dar vueltas por el centro sin rumbo durante el día. Aunque Javier lleva a su amigo a los juegos Diana cuando está triste para que se distraiga, no tiene muchas más entretenciones que ofrecerle para que no recuerde lo que alguna vez le dijo: “Sé que mi familia está viva, Javier. Dondequiera que estén, están llorando por mí y yo lloro por ellos. Los extraño. Nos amamos los unos a los otros, ¿me entiendes?”. Javier lo comprendió perfectamente. Por eso está acá, por eso se transformó en su sombra y compartió los pocos ahorros que le quedaban con él.
Son las dos en punto. Hora de la oración. Mohamed se saca la parka que lleva sobre la túnica y desaparece por las escaleras que lo llevan hasta el segundo piso de la mezquita. Ahí, un poco más cerca de Alá. Con otros musulmanes como él. Pero todavía demasiado lejos de Canadá.

Este reportaje fue premiado con el tercer lugar de América Latina y Caribe del premio Lorenzo Natali 2006, de la Comisión Europea, para periodismo que defiende la democracia y los derechos humanos.

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