Memorias Rurales de una Ex Pornostar

(Revista Paula, 2007)

A fines de 2005, la pornostar chilena Reichell desapareció de las pistas del jadeo cinematográfico. Agotada, volvió a ser Maritza Gáez y regresó a su Frutillar natal. Cultivó la tierra, se convirtió en dueña de casa y estuvo a punto de casarse. Pero su pasado porno le truncó los planes. Maritza está de vuelta en Santiago, confundida y sin pega, decidida a triunfar sin desempolvar a la calentona Reichell.

 

Una mujer rubia, baja, de chaleco blanco y lentes de sol oscuros entra a un restobar de cortinas rojas y semivacío a eso del mediodía en Irarrázaval. Camina segura y contoneándose, saluda al barman y a las meseras de beso y abrazo. La mujer rubia que se sienta a beber tequila margarita a plena luz del día ya no responde al nombre artístico de Reichell, que usó mientras fue la primera actriz porno made in Chile. Ahora es Maritza Gáez Arismendi, una sureña de treinta años que quiere volver a empezar. Por tercera vez en su vida.

Maritza volvió a Santiago hace menos de un mes después de haber estado un año sumida en el anonimato del campo donde viven sus padres, a pocos kilómetros de Frutillar. Allí se sumergió en las faenas agropecuarias, los deberes de madre, las responsabilidades de hija, las tareas propias de la casa y las atenciones a su novio con quien vivía en una casa patronal.
Hasta que una entrevista en un diario local, en marzo recién pasado, en la que se explayaba acerca de su radical cambio de vida, le aguó la fiesta. Su ex novio campesino, de familia conservadora, la mandó a buena parte cuando su parentela leyó acerca de sus antiguas andanzas. Los planes de matrimonio se terminaron de sopetón.

Deprimida, comiendo como pajarito de pura pena y convencida de que su pasado la perseguiría por siempre, Maritza pescó sus maletas y regresó a Santiago. “Allá pensaba todo el día en llamar a mi ex y eso era rebajarme mucho. Volví a Santiago para olvidarme de él, no para retomar el porno. No tengo pega, estoy viviendo con unos amigos y viendo qué voy a hacer. Podría hacer eventos en discoteques, pero no porno. Estoy más pudorosa, en otro plano. No me avergüenzo de lo que hice, pero mi pasado me está persiguiendo”, dice mirando de frente. Ya sin la desfachatez de Reichell, el alias porno culpable del fin de su última relación de pareja.

Nace Reichell

La primera vez que Maritza llegó a Santiago, hace 11 años, venía arrancando: tenía 19 años, segundo medio cursado y un mes y medio de embarazo involuntario. La empujaban el miedo a enfrentar a sus padres campesinos y las ganas de empezar desde cero en la capital. Buscando en el diario, consiguió su primer empleo: nana en Santa María de Manquehue. “Era una casa enorme al lado de la Clínica las Nieves. Yo aseaba la mitad del hogar y era ayudante de cocina y planchado. Mis jefes eran una pareja como de 30 años, muy buena onda. Ella era ingeniera y estaba esperando su primera guagua. Duré un mes, porque tenía que mover unos tremendos sofás de plumas y yo no quería hacerle daño a mi propia guagua. Ahí mis papás supieron que estaba embarazada y me pidieron que regresara. Fui a tener mi hija al sur y le puse Yasnaret, un nombre que leí en un libro. A los pocos meses la dejé con mis papás y volví a Santiago a buscar trabajo de nuevo”.

Maritza se volvió a emplear en una casa de Las Condes y luego incursionó como promotora de cosméticos en un mall. Hasta que en el año 2000 un amigo colombiano le presentó a Leonardo Barrera, el primer productor de películas triple X en Chile. “Fui a un carrete en un departamento en Bellavista. Cuando llegué, todos estaban viendo una película en un monitor. Era la primera porno chilena, Fantasías de una adolescente ninfomaníaca. Días después, el productor me propuso actuar en sus próximas películas, así, como tirando la talla. Lo pensé un par de semanas y le dije que bueno. No tuve ningún rollo. Yo ya tenía bastante experiencia sexual, fui bien precoz”, cuenta. A los 6 años vio a través del orificio de una puerta a una prima suya teniendo relaciones sexuales con su pololo; a los 9 miró a escondidas y fascinada la revista El Mirón, una porno en blanco y negro que su papá tenía escondida y a los 11 perdió la virginidad con un primo hermano en alguno de los parajes rurales de la Décima Región.

Así fue cómo Maritza se convirtió en Reichell, la primera actriz porno nacional que gemía en la pantalla grande y no se complicaba para promover en la prensa las películas a cara descubierta. Tras Hanito el genio del placer –la cinta cuenta la historia de una mujer que recibe un vibrador del Medio Oriente dentro del cual vive un genio insaciable– la carrera de Reichell empezó a tirar para arriba. Filmó Apelación sexual (2002) y Las fantasías de Reichell (2004) junto a Leonardo Barrera, a esas alturas su manager y pareja, y pasó a ser invitada frecuente de programas de televisión nocturnos. Hizo eventos eróticos en discoteques, inauguró su propio sex shop en una galería céntrica, e incluso se candidateó como diputada –sin éxito– por el Partido Radical, donde aún milita.

Pero, curiosamente, lo que parecía tan bien encaminado, se estancó. “Cuando estaba metida en el porno pensaba que me iba a internacionalizar, que iba a viajar muchísimo o que me iba a servir de puente para la televisión”, relata. A fines de 2005 su relación de pareja con Barrera estaba deteriorada y la plata escaseaba. “Leo ya no era mi manager y el nuevo no me daba prioridad entre todos sus proyectos. El sex shop duró menos que estornudo de gato por problemas con mi socio. Estaban grabándome para ponerme silicona en el busto en el programa Cirugía de cuerpo y alma, pero el doctor Pedro Vidal no me quiso operar para no verse involucrado con la pornografía”, describe. Reichell se estaba apagando. Así, días antes de la Navidad de 2005, luego de una discusión con Barrera, decidió volver a Frutillar. Dijo: “Sabís qué más, me voy”. Hizo las maletas, echó un par de pilchas eróticas como recuerdo y se fue al terminal de buses, decidida a dejar de ser Reichell, la triple X, y recuperar a Maritza, la anónima mujer de campo que alguna vez fue.

Tierra adentro

Nadie la esperaba en el terminal de Frutillar, pero en una casa de madera situada entre álamos y montes, con vacas, chanchos, corderos, gallinas y perros, su madre y su hija Yasnaret (10) la recibieron con cariño. Ambas sabían de qué venía huyendo Maritza. Ella nunca les ocultó lo que hacía en Santiago. Cuando Yasnaret, a los 8 años, le preguntó si trabajaba mostrando el poto en la tele, Maritza le contestó: “Sí. Lo hago por ti”.

Alcides, el padre de Maritza, había sufrido hacía un año un accidente vascular encefálico, estaba postrado en cama, enfermo, con vagos momentos de lucidez. Ahí entendió cuánta falta le había hecho a su familia. “Mi mamá me necesitaba, porque lo estaba pasando mal con la enfermedad de mi papá. Y él ya no era el mismo que yo recordaba. Lo más difícil de mi regreso al campo fue aceptar los reproches de mi hija por haberla dejado tanto tiempo sola. Me sentí mala madre y mala hija. Hasta que, de a poco, empecé a reconstruir la relación con las dos”, explica Maritza quien, de un día para otro, estaba a leguas de su vida santiaguina. Y totalmente aislada.

Maritza se dedicó a llevar una vida casera y tranquila. “Estuve enterrada en esa cueva de campo. No salí a ninguna parte, no conocí a nadie, me aburrí. Me inventaba cosas para hacer: el aseo, la comida, clavaba tablas, desarmaba una mediagua, preparaba la tierra y plantaba arvejas, porotos, zapallos y choclos en la huerta. Me quedaba viendo tele hasta tarde con mi hija y de a poco nos empezamos a acercar. Jugamos, hacía las tareas con ella, conversábamos para que me volviera a querer”. Maritza también se propuso terminar la enseñanza media: estudió en su casa y dio exámenes libres en un liceo de Frutillar. Se graduó con un 6,0. Maritza se sentía Maritza otra vez.

En junio del año pasado su padre falleció. El hombre que le había pegado chicotazos de niña, el que había golpeado a su madre durante años y le había sido infiel varias veces, el campesino machista que se redimió con Maritza cuando aceptó su faceta de actriz porno y la apoyó, se había ido. El funeral se llenó de vecinos que fueron a dejar sus condolencias. Entre ellos estaba Alejandro, un joven administrador de un fundo cercano. Maritza se flechó al instante. “Me gustó al tiro. Allá no hay nadie, nadie, y llegó este joven como un príncipe azul. Ataqué al toque. Yo tomé la iniciativa”. En plena misa funeraria Maritza lo invitó a su cumpleaños el 11 de junio y un mes después se fue a vivir con él a la casa patronal del fundo que administraba.

Su pasado la condena

Alejandro, de 29 años, venía de una familia muy católica y no tenía idea de quién había sido Maritza en Santiago. Antes de que le llegara el cuento por otro lado, ella le contó su incursión en el cine triple X. “Alejandro me dijo: ‘No te puedo creer’”, pero lo asumió bien. Pensé que se había calado mi pasado, pero ahora veo que fue de la boca para afuera, porque si no, aún estaría conmigo”, reclama Maritza quien, en la casona que compartía con Alejandro se convirtió en una ama de casa impecable. Hacía el aseo, preparaba el almuerzo a las 12:30 para cuando él volvía de las faenas en el fundo, planchaba sus camisas y lo esperaba en la tarde, cariñosa. Un día, Alejandro la invitó a Osorno para presentarle a su familia alemana y católica. “A la primera que conocí fue a la Oma, su abuela, que se hacía sus crespitos, se maquillaba, se pintaba las uñas, andaba bien vestida y rezaba el rosario con unas amigas en la casa. Ella me acogió bien, pero los tíos de Alejandro no. Me miraban de pies a cabeza y me decían: ‘Ay mijita’, y todo el cuento, pero yo cachaba algo raro a mis espaldas”, recuerda.

La desaprobación familiar encubierta no impidió que a fines de 2006 Alejandro le pidiera matrimonio y le ofreciera una nueva perspectiva de vida en Punta Arenas, a donde él tenía que partir a administrar una estancia. Los novios se pusieron las argollas en Osorno. Por fin a Maritza se le abrían las puertas a una vida nueva. Pero el año nuevo de 2006, el proyecto empezó a desmoronarse. Alejandro y Maritza pasaban la fiesta en Osorno con la familia de él y un primo de Santiago abordó a Maritza. “Yo te conozco de algún lado”, le dijo.

–¿Sí? ¿De dónde? –le preguntó ella.
–No sé, pero te he visto en alguna parte.

Ante la insistencia del primo, a Maritza no le quedó otra que contarle sobre su pasado porno. Que ella había sido Reichell, pero ya no más. Que estaba arrepentida, alejada de las pistas. En otra. “Yo pensé que se lo había tomado en buena y que se iba a quedar callado, porque era joven. Pero no: le contó a la familia. Una tía bajó una de mis películas en internet y se la mostró a Alejandro. Él nunca me había visto actuando, porque yo le había pedido que no lo hiciera: una cosa es saber y otra es ver. Ésa fue la gota que rebasó el vaso”. La condena de los demás parientes fue dura, salvo la Oma, quien, enterada de todo, la apoyó: “Si ustedes se quieren, no importa su pasado, mijita”. Pese a todo, el noviazgo continuó.

Hasta que un par de diarios sureños, que le andaban siguiendo la pista a la Reichell de Hanito, el genio del placer, la encontraron en medio del campo, a punto de dar el sí. Maritza les contó sobre su cambio de vida y reflexionó sobre su pasado. Cuando Alejandro vio las publicaciones se puso furioso. Para qué hablar de su familia. “La embarraste. No te vas conmigo a Punta Arenas. Esto se acabó aquí”, le comunicó con firmeza.

Acto seguido vinieron la depresión y la rabia de Maritza. La falta de apetito y las ganas de quedarse todo el día en cama, acostada. “Ahí me di cuenta de mi pasado pesa mucho. No se lava ni con detergente y por eso veo mi futuro negro y solitario. Si yo fuera profesional, no habría llegado a hacer películas porno. Hasta que caché que no quiero que le pase lo mismo a mi hija, así que me levanté de la cama y decidí volverme a Santiago buscar trabajo para darle una educación y buen futuro”.

Antes de subirse de nuevo al bus, su madre le advirtió: “No cometas los mismos errores”. Maritza la tranquilizó: “Te lo prometo. Ya fracasé una vez, ahora no me va a pasar lo mismo”.

Fuera del restobar hace rato que oscureció. Sentada frente a un segundo tequila margarita, Maritza mira hacia un punto fijo. No sabe por dónde empezar. Quiere buscarse un departamento para no incomodar muchos días más a los amigos que la recibieron. Quiere encontrar pega, e incluso pregunta si puede trabajar como mesera o barwoman en este mismo lugar. Piensa que podría hacer eventos en discoteques, bailar sin empilucharse, pero sabe que le falta ponerse implantes en las pechugas para que la contraten, y no tiene plata. Sueña con estudiar traducción bilingüe en la universidad ahora que terminó el colegio. Quiere enviar dinero a Frutillar para Yasnaret y su madre. Son tantas cosas juntas que no encuentra la manera de dar el primer paso. “Estoy colapsada. Pero sé que de alguna manera lo voy a hacer”, dice Maritza, lista para comenzar por tercera vez.

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