Maniáticos muñequeros

(Revista Fibra, 2005)

 

Un hombre se enamora de una mujer de espuma. Dos niñas de cinco años juran ser mamás.
Una chica que se opuso a ser Barbie y cambió su destino con témpera y pincel. Historias
encerradas en cuerpos de porcelana y plástico, personas con una convicción común: las
muñecas tienen vida. Ellos mismos se las han dado.

Leonor fue una niña seria. Una vieja chica que jamás le dijo papú al auto. Criada entre adultos, con
hermanos 18 años mayores que ella, Leonor Verdejo (29) se acostumbró a llamar a las cosas por
sus nombres, a sonreír poco y a odiar el rosado. A los ocho años decidió vestirse solamente de
negro. Dos años antes, en vísperas de Navidad, Leonor había pedido una Barbie. Su mamá la
llevó a una tienda en el centro, le mostraron todos los modelos, pero no le gustó ninguna. Tenían
demasiada cara de felicidad. Al final se decidió por Barbie Beauty Secrets. Aunque sonreía tan
exageradamente como las otras, ésta funcionaba a pilas y movía el brazo: al menos era una Barbie
más emancipada.
Leonor no quería una muñeca para jugar al papá y a la mamá. Su fascinación era hacerle ropa y
armarle instalaciones. Pero su Barbie seguía teniendo el inconveniente de la alegría impertérrita.
Así es que tomó sus témperas escolares, le pintó otro rostro y acabó con su sonrisa de Miss Chile.
Había nacido la primera Barbie Leonor Seria.
A las cuatro Barbies que acumuló durante su infancia les hizo la cirugía plástica. Les cerró la boca,
las hizo mirar para el lado, les puso pestañas postizas y les sacó sus tules de tonos pastel. “No me
gustaban los moldes que tú tenías que seguir. Barbie era muy feliz, tenía el pelo rubio, los ojos
azules y se vestía de rosado. Lo que hice fue una proyección de mí a través de las muñecas, lo
que yo quería ser cuando fuera grande”. Por algo a la muñequita le han atribuido efectos perversos
sobre las niñas: que promueve la anorexia, que es un modelo imposible de alcanzar y que incluso
no desarrolla los instintos maternales. Muchas, como Leonor, se han revelado ante su maqueteada
figura.
Cuando Leonor finalmente llegó a ser grande, quiso estudiar diseño de vestuario. Pero como esa
carrera no se impartía en las universidades tradicionales y ella necesitaba crédito, se matriculó en
diseño gráfico en la UC.
Un día buscando en el Persa un teclado de computador viejo para uno de sus ramos, encontró una
Barbie desnuda y calva. La compró a cien pesos y se empeñó en resucitarla. Le puso pelo, le hizo
un vestido blanco y la convirtió en artista de cine. Desde ahí comenzó a rehacer Barbies botadas.
Llegó a tener 200 muñecas restauradas. El 2003 se dio cuenta de que en otras partes del mundo
había gente que hacía lo mismo que ella y además vivía de eso. Se propuso venderlas. No
simplemente Barbies arregladas, sino Barbies góticas. Hizo vampiras con colmillos, muñecas
vestidas de negro, con piercing, con máscaras y de labios oscuros. Les tomó fotos con poses de
catálogo de grandes tiendas y las ofreció por internet. Las treinta góticas se vendieron rápido. Hizo
un segundo stock que también se agotó. Hoy, mientras muestra un Ken convertido en vampiro
cuyo ataúd no viene por separado, cuenta que también hace muñecas a pedido. Si uno le manda
una foto de cara y otra de cuerpo de alguien, ella hace una versión Barbie o Ken de esa persona.
Luego de años de cirugías a juguetes, Leonor ha perfeccionado la técnica. Sabe cómo hacerle la
permanente a una Barbie para que quede crespa para siempre y confeccionar en versión poliéster
a Uma Thurman, Keanu Reaves y Sarah Jessica Parker. “Esto es hacer gente a la medida. Es
decir, ésta soy yo, Leo. Y no soy Barbie”.
I see dead dolls
Tecleó Vampiria, luego su contraseña y empezó a chatear con sus amigos de cara blanca y ropas
negras. En eso estaba Lissette Puente (23) el año pasado cuando vio un aviso en la red. “Hola, soy
Leo y vendo muñecas góticas”. Lissette tenía la mesada intacta que le habían dado ese mismo día.
Apagó el computador y partió rumbo a Maipú. “¿Cuántas muñecas tienes a la venta?”, le preguntó
a Leonor. Ella le contestó que cuatro góticas y una pareja de vampiros. Lissette no dudó. Compró
los seis y se devolvió a casa. “¡Qué feas!”, gritó su mamá. “Ah, no importa. A mí me gustan”,
respondió Lissette y las instaló en la repisa de su pieza, junto con algunas Barbies y su colección
de ángeles de cerámica.
Lissette se hizo gótica cuando cumplió catorce. Ese día murió su abuelo, que la había criado como
a una hija. “Yo sentía que estaba muerta en vida, que me había muerto con mi abuelo”, cuenta.
Empezó a vestirse oscuro, a blanquearse la cara con talco, a estudiar la figura literaria del vampiro
y la cultura celta. A la muñeca Teresa que estaba en su estante y como la que soñaba ser cuando
fuera mayor, le puso un vestido negro, botas y boina a juego. Dejó de ser Lissette para convertirse
en Vampiria. Casi diez años duró su viaje por las tinieblas. Cuando el 2003 vio que la discotheque
Blondie se llenaba de góticos poseros y que las grandes tiendas proponían el look gótico como la
moda de temporada, Lissette decidió alejarse. Abandonó las transparencias, se colgó unas
cadenas en los pantalones como símbolo de represión y se convirtió en dark. A su muñeca Teresa
le puso un vestido lila estilo princesa.
Esa Navidad, Lissette pidió como regalo unas Barbies-hadas. Hoy en su estante las Barbies de
encajes rosas conviven con las muñecas góticas y los vampiros. En enero pasado quiso
deshacerse de estas últimas, pero no pudo. “Dije: ya no quiero ser gótica y voy a vender estas
muñecas porque son malas y diabólicas”. Salió rumbo a la feria de las pulgas del paradero catorce
de Vicuña Mackenna. Toda una tarde estuvo exponiendo sus seis muñecos sobre un pañuelo
gigante, pero no encontró ningún cliente dispuesto a comprarlos. La gente los miraba y les daba
susto.
Hoy agradece la falta de compradores. Cree que tanto la Barbie-hada como la gótica-vampira la
representan. “Me gusta el contraste que hacen. Me siento las dos cosas: soy Lissette, pero cuando
me baja la maldad soy Vampiria. Todavía estoy en esos dos extremos”, explica.
Varios ángeles descansan sobre su escritorio. Lissette cree en ellos. Dice que su ángel de la
guarda la va a ayudar a bajar los kilos de más para lograr ser igualita a su Teresa. “Por eso no les
muestro las muñecas a mis amigos. Son mi secreto”, dice.
– ¿Y cuál es tu secreto?
– Que las muñecas son hermosas y yo quiero ser así.
Yo amo a Sofía
Sofía tiene el largo pelo largo y verde. Le pintan los labios de rojo y usa aros de sol. Está recostada
mirando por la ventana sin hacer nada. Hoy no salió a trabajar.
Hace dos años Francisco (29) compró espuma, dos pelotas de ping pong, lana verde industrial y
unos cuchillos. Ya tenía alguna experiencia haciendo muñecos, pero era la primera vez que hacía
uno solo, sin su amigo Rodrigo, con quien trabajaba en la calle animando marionetas cantantes de
tamaño real. Empezó a cortar la espuma. Aparecieron los pómulos y la nariz respingada. Se dio
cuenta de que no era un él, sino una ella. Y mientras pegaba unos ojos de muñeca sobre las
pelotas de ping pong, empezó a preguntarse cómo sería esa mujer. Debe ser una dama, pero
medio descarada, pensaba Francisco. ¿Cómo se llamaría? Sofía.
Hace más de un año Francisco trabaja con Sofía en la calle. Le da vida moviéndola. Ella canta
canciones de doble sentido a los transeúntes del centro de Santiago. Al principio no fue fácil.
Francisco no podía mover la muñeca con naturalidad, se le iban los brazos, no se acostumbraba a
su nueva compañera. Hasta que un día pensó: “Esta es mi muñeca, yo la hice, le doy vida. Es
como estar pololeando”. Entonces la cosa mejoró. Desde ahí Sofía y Francisco son una pareja.
“Estoy enamorado de la Sofía. Todo el día estoy enamorado de ella. Pero cuando estoy en la calle,
estoy exageradamente enamorado”, dice.
Cuando los dos preparan la siguiente función en casa, él le revisa los dientes, le pone rubor en las
mejillas, le desenreda el pelo, le habla de sus cosas. Por eso Francisco la quiere tanto. “Que no
suene mal, pero es la única mujer que yo manejo, que no me dice nada, que está enamorada de
mí, que sale todos los días conmigo a trabajar y que me da plata. O sea, para mí Sofía es la mujer
perfecta”.
Pero ningún amor está exento de problemas. En éste, el principal es la espuma. Sofía está
desgastada, le han salido boqueras de tanto abrir su mandíbula para cantar y pronto ya no
aguantará más retoques. Y Francisco quedará viudo antes de cumplir los treinta.
Mamás prematuras
Catalina y Fernanda tienen cinco años y ya son madres. Cada una tiene al menos tres bebés de
juguete en pañales. Ambas son primas y todas las tardes juegan en su casa de Peñalolén. Son
tres sus juegos favoritos: la casa, el colegio y el Sapu. ¿Cómo el Sapu?
“Jugamos como que llevamos los hijos al doctor, que tenían una enfermedad, pero no sabemos
cuál. Y los doctores nos dicen”, contesta Catalina.
– ¿Y de qué se enferman sus hijos?
– De tos – dice Fernanda.
– Y de cistitis – agrega la otra.
Catalina es cliente frecuente del Sapu. Ha tenido varias enfermedades y habla de antiinflamatorios
como si nada. Como está habituada a visitar consultorios, inventó el juego del Sapu, en el que
aplica sus conocimientos médicos. “Ya. Te vamos a enseñar a jugar al Sapu”, me dice Catalina.
– Yo no quiero ser doctor ¿ya? – dice Fernanda. Y pone una cajita sobre la camilla- . Ahí están los
palitos de helado para hacer así (abre la boca y saca a lengua).
– Cuando voy al doctor pone un confor gigante de este porte – explica Catalina abriendo los brazos-
. Hagamos como que íbamos en la micro para el consultorio.
– Ahora dicen el nombre para que nos pasen – Fernanda le pregunta a su prima- ¿Cómo se llama?
– Catalina
– ¿Y su carnet?
– Acá está – dice extendiendo algo invisible.
– ¿Y qué tiene tu hijo?
– No sé. Tos. Está enfermo y llora. Tiene enfermedad de llorar.
– Este tiene “migdalitis”, señora – diagnostica Fernanda. Luego le pasa un frasco con remedios
inexistentes.
Así acaba el juego del Sapu. Con sus muñecos en brazos me preguntan si entendí cómo se
jugaba.
– ¿Te acordái cuando bañamos a las Barbies y tu mamá nos retó cuando llegó y botamos el agua?
-pregunta Catalina.
– Se enojó mi mami porque ocupamos su champú. Era nuevo.
– Pero era un poco nuevo, no tanto nuevo.
– ¿Pero a qué les gusta jugar más? ¿A las Barbies o a las guaguas?
– A las guaguas, porque aprendo a ser mamá – dice Fernanda.
– Yo no quiero ser mamá – interrumpe Catalina- . Quiero ser profesora. No quiero una guagua de
verdad porque duele cuando te la sacan.
Las dos mini madres dejan botadas sus guaguas y saltan con una cuerda. Y al rato, cansadas por
el ejercicio, desarman el consultorio.
Recuerdos en porcelana
Volaba en fiebre, pero igual se levantó de la cama. Ningún rastro de su mamá ni de su nana.
Entonces Olga Latorre, de 12 años, sacó cuatro plátanos de la cocina y se los comió de un tirón. Al
rato la temperatura le había subido y su madre llamó el doctor. El diagnóstico fue tajante: “Si no le
bajan la fiebre, la niña no pasa de esta noche”. La desnudaron, la envolvieron en una sábana fría y
le cortaron sus trenzas. A la mañana siguiente Olguita amaneció perfectamente. La fiebre del tifus
había cedido. Pero, ¿qué hacían con su pelo? “Pongámoselo a la Elianita”, recomendó su mamá.
Así fue como esa tarde de 1925 a una muñeca de porcelana le pusieron cabello real.
La Elianita fue un regalo de papá. Olguita le había puesto ese nombre por su hermanita de ocho
meses que había fallecido cuando ella tenía cuatro años. A ella y a otros tres muñecos de
porcelana que eran como los hermanos que no tenía les conversaba y les cosía vestidos.
Hoy esos muñecos están sobre la mesa del comedor de Cristina Iñiguez. Los tiene intactos en
recuerdo de su mamá, Olga Latorre. También conserva los vestidos diminutos que su madre les
bordó. “Cuando las veo me acuerdo de mi niñez. Esos recuerdos están dentro de las muñecas”,
explica.
Cristina saca del closet a la Elianita, que conserva el pelo natural de su mamá. Está desarmada
por partes, “tengo que llevarla a la clínica”, dice, y saca su rostro de una bolsita.
Hace cinco años, Cristina invitó a su mamá a almorzar a un restaurante para festejar sus 84 años.
Ahí, comiendo canelones, Olga le pidió a su hija que cuidara a sus muñecas cuando ella ya no
estuviera. Ella le contestó que no se preocupara, pero no la tomó muy en cuenta. Pero después de
dos años su mamá murió y se acordó de su petición. Desde ese momento se encargó de las
muñecas. Ahora las cambia de ropa según la temporada, las baña y las cuida como hueso de
santo. A la Elianita pronto la llevará adonde la rearmen.
La pequeña Lulú
El calor de enero tenía a Eduardo echado en su sofá. No le importaba que ese día fuera su
cumpleaños número 62. Esas fechas no tenían sentido desde la muerte de su mujer, Marta, hacía
cinco años. Con ella había pasado treinta y cinco años, pero desde que ella no estaba, no tenía
ganas de celebrar. Y así pasó ese día sin moverse del sofá. Oscureció en su departamento. De
pronto sonó el timbre. Eran sus amigos Humberto y Ernesto, sosteniendo un paquete de regalo
rojo.
Eduardo les ofreció un whisky. “Ya pues hombre, abre tu regalo”, le dijeron. Desganado, comenzó
a romper el papel. Sus amigos estallaron en carcajadas. Era una muñeca inflable. “Para qué quiero
yo esta huevá”, preguntó. “No seas grave, pues hombre”, le dijo Humberto, y entre los tres sacaron
a la muñeca y la inflaron. Era una colorina tamaño real. Eduardo la puso en el living y esa noche la
escultural chica de goma fue el blanco de sus bromas.
Al día siguiente, Eduardo se levantó tarde. En el living se topó de frente con la muñeca. “Hola,
Lulú”, le dijo y se preparó desayuno. Hoy lleva ocho meses conviviendo con ella. Según él, nunca
la ha utilizado, pero se acostumbró a tenerla de compañía y a contarle sobre Marta.
Eduardo no quiere conocer a otra mujer. Por eso no sale mucho y prefiere quedarse leyendo en su
departamento. “Mira, tengo sesenta y tantos y no sé, siento que por respeto a mi señora, no podría
estar con alguien más. Pero la Lulú es una muñeca. La quiero, le cuento mis cosas y ella me
escucha. Es como una buena amiga”.
Lulú ahora está sentada en un rincón de su pieza. Le da vergüenza tenerla en el living porque
alguien podría verla y él tendría que dar demasiadas explicaciones. Le basta con saber que ella es
su mejor confidente, una compañía muda. Y que, aunque nadie lo crea, Lulú sigue siendo virgen.

Taller de compostura de muñecas
Roberto Arlt
“Entonces leí en el frente del ventanal, este letrero: ‘Se refaccionan muñecas.
Precios módicos’. Estaba en presencia de uno de los oficios más raros
que se puedan ejercer en nuestra ciudad.
Tras los vidrios se movían unos hombres polvorientos y con más caras
de fantasmas que de seres humanos, y rellenaban con aserrín piernas de
muñecas o estudiaban oblicuamente el vértice pupilar de un pelele. (…)
Y entonces me pregunto: ¿qué gente será la que hace componer muñecas
y por qué, en vez de gastar en la compostura, no compran otras nuevas? Porque ustedes
convendrán conmigo que eso de hacer refaccionar
una muñeca no es cosa que se le ocurra a uno todos los días.
Es la muñeca que le regalaron a una de las niñas de la casa. Y como la
muñeca era tan linda y costaba sus buenos pesos, le nena nunca pudo jugar con ella. Vistieron a la
muñeca de lujo, la encintaron como a una infanta
o como a un perro faldero y la colocaron en el sillón, para admiración de las visitas. Y la nena sólo
podía jugar con la muñeca el día que llegaban las
visitas. Entonces bajo la mirada severa de las tías o de las parientas,
la chiquilina con exceso de precauciones podía tomar la muñeca entre sus brazos y ver cómo
cerraba los ojos o decía papá y mamá. Ahora bien; pasados los años, la compostura de una
muñeca responde a un sentimentalismo
de tacañería o de sentimentalismo. (…)
No sé por qué, se me figura que la gente que hace componer muñecas
debe ser antipática. Y avara. Con esa avaricia sentimental de las solteronas que no se resuelven a
tirar un objeto antiguo por estas dos razones:
Porque costó “sus buenos pesos”, o porque les recuerda sus viejos tiempos, quiero decir, sus
tiempos de juventud. (…) ¿Cómo las muñecas se rompen? El único culpable es el gato. El gato que
un día se harta de ver al monigote intacto y a zarpazos lo tira de su trono churrigueresco. O la
sirvienta:
la sirvienta que se va de la casa por una discusión que ha tenido y desfoga su rabia a plumerazos
en el cráneo de loza engrudada de la muñeca.
Y los talleres de refacción de muñecas viven de estos dos sentimientos”.
La muñeca de kokoschka
Aburrido de las mujeres de carne y hueso, el pintor austríaco Oskar Kokoschka se propuso durante
su vida hacerse una compañera a su pinta. Una que pareciera real, pero que sin embargo, no lo
fuera. Empeñado en esa tarea, Kokoschka le mandó a hacer una muñeca tamaño real a una artista
de Stuttgart señalándole una infinidad de condiciones físicas. Koskoschka quería que su muñeca
abriera la boca, mostrara los dientes y tuviera el rostro perfecto. Además, que todas las partes de
su cuerpo tuvieran una textura y apariencia de cuerpo vivo. Aunque no necesitaba que su muñeca
pudiera pararse en sus dos pies, quería perfección. Mientras la construían, Kokoschka aprovechó
de comprarle zapatos, vestidos y ropa interior, le enseñó a su ama de llaves ciertos modales para
tratar con su nueva compañera e invitó a sus amigos el día de la entrega del encargo. Ante las
risas de los presentes cuando emergió la muñeca de la caja, Kokoschka enfurecido tomó su fetiche
y lo arrastró hasta el patio para sepultarlo. Esa noche la muñeca quedó tirada sobre unos
tulipanes. La policía llegó al día siguiente a la casa por el aviso de una vecina que dijo que la
noche anterior una mujer había sido asesinada. Kokoschka tuvo que sacarla del patio. Algunas
veces se le vio con ella, sobre todo en la ópera.

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