Mamás Pingüinos

(Zona de Contacto, El Mercurio, 2005)

 

En marzo con bombos y platillos se anunció el reforzamiento de la ley que protege a las escolares embarazadas y madres. Ahora ningún colegio las puede echar, ni discriminar, ni nada. Pero igual muchas de ellas prefieren cambiarse de escuela o marginarse del sistema escolar. Temen que los mismos colegios que – enseñan u omiten según su criterio los contenidos básicos de educación sexual- les haga la vida a cuadritos. Y que además de sufrir todos los estigmas sociales, las hagan pagar un precio muy alto por pelear por seguir usando jumper. Aunque eso sea un derecho que les pertenece.

Para la celebración de San Valentín de 1997, María José Flores (25) recibió un regalo inesperado. Tenía 16 años, un pololo desde hacía dos y un promedio de lujo en el María Inmaculada, el colegio de monjas al que iba desde kinder. Pero desde ese día, María José tuvo algo más importante: un hijo. En el colegio a la hora de educación sexual pasaba un angelito. Simplemente no existía. Lo único que María José les había escuchado a las monjas era que “eso” se hacía dentro del matrimonio. Y que los anticonceptivos eran abortivos. Las chicas del María Inmaculada debían hacerle honor al nombre. Y permanecer castas y puras hasta que ojalá un casto y puro las llevara al altar. Pero María José no era una pajarita de Dios en ese tema. En su casa, su madre que es tecnólogo médico, le dijo las cosas pan, pan, vino, vino. Cómo prevenir enfermedades de transmisión sexual y que existían pastillas, condones y dispositivos intrauterinos antiembarazos no deseados para cuando empezara una vida sexual. Pero a la hora de aplicar los conocimientos, María José los omitió. Por plancha y por la confusión de las primeras veces. “Qué vas a estar contando leseras cuando eres chica. Pensé que las pastillas eran para cuando tenías una vida sexual activa y frecuente y los condones eran como ´uy, qué asco, qué raros, casi de puta´”. El resultado de su omisión hoy tiene nombre: Matías, de ocho años. “El muñeco que tuve cuando era cabra chica”, como dice María José recordando el parto.
Francisca (17), Carolina (22) y Andrea (17) también fueron madres mientras usaban jumper y pase escolar. Todas sabían cómo cuidarse y evitar un embarazo. Francisca y Andrea lo habían aprendido en clases y en sus casas, Carolina sólo gracias a la formación de sus padres. Pero ninguna se cuidó. La mayoría quedó paralizada por la vergüenza y por el terror social de estar haciendo algo moralmente reprobable, como Francisca: “Pensé ir a la matrona a pedirle pastillas, pero me daba vergüenza porque mi mamá siempre decía: “mira las niñitas tan chicas teniendo relaciones”. Más cosa me daba ir a una farmacia a comprar condones”. A pesar de todo, Carolina pasó por alto su plancha y pidió pastillas en el consultorio donde la atendían. Pero cuando su mamá se las pilló, las botó a la basura, para evitar que su hija siguiera teniendo sexo. Obviamente, no logró su objetivo. Y se convirtió rápidamente en abuela de Paz, que hoy tiene tres años.
Las demás no hicieron nada. Mitad por la vergüenza, mitad por el desconcierto de estar descubriendo un mundo nuevo. Uno del que cada colegio hablaba de la manera que les daba la gana o de acuerdo a su línea valórica. Debora Solís, coordinadora de la Secretaría Técnica de Educación en Sexualidad y Afectividad del Ministerio de Educación, explica que todos los colegios deben enseñar ciertos contenidos mínimos de educación sexual. Temas que van desde los métodos anticonceptivos, información y prevención del contagio de VIH y fecundidad y embarazo. Pero estos contenidos no están contemplados como un ramo, sino que están incluidos en los objetivos transversales de educación. Es decir, se entregan en distintos cursos y niveles y el colegio determina a su arbitrio en cuáles. Los establecimientos también pueden omitirlos fácilmente: nadie controla que la enseñanza de esos contenidos efectivamente se entregue. De hecho, una encuesta de Adimark del 2004 realizada a 5 mil alumnos de 110 colegios demostró que casi la mitad, un 42,6% de los estudiantes, dijo que en los colegios estos temas se enseñaban una o dos veces al año o que simplemente no existían. El sexo y sus eventuales consecuencias estaban en mute en casi la mitad de las aulas del país. Otro ladrillo más en la muralla. Uno que el Mineduc pretende derribar con el Plan de Sexualidad y Afectividad que lanzó el 15 de septiembre pasado y que prevé la capacitación de mil 500 profesores en esta área, la entrega 10 mil folletos de política de educación en sexualidad y VIH-Sida, y que 60 comunas concursen para recibir un fondo para implementar educación sexual en sus colegios. Igual el Plan tiene para rato. Sus resultados – profesores capacitados, familias y alumnos informados- están previstos de aquí al 2010. Mientras, los contenidos mínimos de sexualidad, siguen dispersos e incluso invisibles en muchas mallas escolares.

Un paso al lado
Cuando Andrea Gejlichen les contó a sus papás que estaba embarazada, iba a entrar a primero medio. Era febrero del 2003 y Andrea tenía quince años. El Pedro de Valdivia, el colegio particular donde iba, tenía fama de mano dura. Por eso sus papás decidieron ponerse el parche antes de la herida y empezaron a buscar otros colegios para su hija. Pero después de haber estado muda por varios días, Andrea habló. Y dijo que si existía la más mínima posibilidad de seguir en su colegio, prefería esa opción. Contrariamente a lo que pensaban, el colegio no sólo la aceptó, sino que le dieron todas las facilidades contempladas en el nuevo reglamento aunque éste aún no estaba vigente. “Viví mi embarazo feliz, tranquila y orgullosa de mi hijo. Pude elegir si quedarme en casa y dar exámenes o ir todos los días. Fui con buzo, me dieron ayuda sicológica y me venían a dejar las guías durante el prenatal. Me recibieron súper bien”, dice Andrea quien ahora está en tercero medio en el mismo colegio.
Pero su caso, es casi una excepción. Francisca Pérez, iba en el liceo York de Pudahuel cuando quedó esperando a Matías, de un año y medio. En el York no la dejaron continuar porque era un mal ejemplo para sus compañeras y la dejaron repitiendo. Algo parecido a lo que le pasó a María José. Las monjas le cerraron el año, pero le insinuaron que no habría matrícula para ella al año siguiente. Francisca y María José sabían que si recurrían al Mineduc iban a ser reintegradas al colegio aunque ellos no quisieran. Pero ninguna de las dos quiso hacerlo. “Los profesores y mis compañeros me miraban feo así es que preferí irme al Santa María de Conchalí donde había puras embarazadas y mamás”, explica Francisca. “Yo sabía que era ilegal que te echaran, pero también sabía que si me quedaba en el colegio a la fuerza me podían hacer la vida imposible. Entonces con ese estrés de estar esperando guagua, ¿para qué te vas a quedar ahí? ¿para que te señalen con el dedo como la con mácula?”, se pregunta María José. Por eso, ni siquiera dio la pelea. E hizo cuarto medio en el Liceo Siete donde terminó graduándose con Matías en brazos.
En el Mineduc, Debora Solís explica que con el nuevo reglamento estos casos no debieran volver a ocurrir. “Antes no había sanción, pero hoy es más directo, hay un reglamento y en la medida en que las niñas sepan sus derechos, se evitará cualquier tipo de discriminación”. Pero el problema no es el desconocimiento de la ley. Los cambios de colegio o la deserción escolar generalmente son para evitar lo que puede ser un calvario, como el que pasó Carolina. Ella sí dio la batalla. Aunque la expulsaron del Instituto Superior De Comercio Diego Portales y su profesora jefe rayó todos sus ramos en el libro de clases como si ella no hubiera existido, fue al Mineduc a denunciar la segregación. Pero cuando el Ministerio se comunicó con el colegio, negaron todo. Y se vieron obligados a aceptar Carolina de vuelta. Pero por hacer válido su derecho, le hicieron la vida color de hormiga. La obligaron a rendir exámenes especiales mucho más difíciles que los que hacían sus compañeros y no la dejaron asistir a su graduación. Ese día, mientras sus compañeros recibían sus diplomas de licenciatura, Carolina y su hermana gemela se quedaron en casa. Las dos, llorando abrazadas.

Sin ti, me muero
Paz, la hija de Carolina, tiene tres años. Es un milagro que esté viva. Nació de cinco meses y estuvo siete hospitalizada. Los médicos no le daban posibilidades de sobrevivir. Carolina tuvo un accidente en el local de comida rápida donde trabajaba y en el colegio comenzó con síntomas de pérdida. Pero su profesora no la dejó salir hasta que terminara de dar una disertación. Ese mismo día, nació Paz. “La Paz es mi vida. Nunca es tan difícil como para no poder soportarlo y salir adelante. Un hijo es lo único que va a ser tuyo para siempre y que depende sólo de ti”. La serenidad de Carolina es un regalo del tiempo y la distancia. Atrás están quedó la época en la que sus profesores e inspectoras la miraban feo y la retaban por el tremendo “condoro” que se había mandado. Atrás, también quedaron para Francisca las miradas de reojo de sus compañeros de curso y los insultos que recibió de los micreros cuando, con su hijo en brazos, les mostraba el pase escolar. Atrás, quedó la presión social que las condenó a la vergüenza paralizadora del principio y a ser señaladas con el dedo en su fin de madres adolescentes. Por eso Carolina habla de eso, de la vergüenza: “A mí me botaron las pastillas, aunque quise cuidarme. Con eso no evitas nada: todos los jóvenes tienen relaciones y no tienen por qué hacerte sentir culpable porque con eso. La sexualidad y los cuidados tienen que vivirse más naturalmente, con menos castigo”.
María José ahora está en cuarto año de derecho en la Chile y Matías va en segundo básico en un colegio laico. Aunque era muy católica, por su experiencia escolar, María José le agarró fobia a la Iglesia. También a la gente que la hizo sentir culpa por algo que ahora ve como natural. Y desconfía del nuevo reglamento que protege a las escolares embarazadas o que ya son mamás. “Cincuenta UTM son lo que una alumna paga en un año en un colegio particular. No es nada. Hay que crear instancias donde se pueda compatibilizar las dos cosas: ser estudiante y madre. No creando colegios especiales para las mamás porque es una forma de segregarlas. Tampoco poniendo multas irrisorias para un colegio privado”, explica firme. En el fondo, María José tiene claro por qué las monjas prefirieron excluirla del colegio en vez de integrarla. “Yo era un ejemplo patente en contra de todo lo que ellas estaban predicando o todo lo que estaban dejando de decir. Tapan la realidad con un dedo, asumiendo que no existes. Pero yo defendí la vida y por eso se me juzgó. Pero cuando vi a Matías supe que podría enfrentar cualquier cosa”. Y pudo. Igual que las demás mamás. Y a pesar de que aún los colegios tengan herramientas más sutiles que las que una ley puede contemplar, para pintarles a cuadritos su vida de mamás pingüinos.

Recuadro
Que no te echen
Según cifras del Ministerio de Educación de 630 mil niñas entre 15 y 19 años en Chile, 77 mil están embarazadas. De ellas sólo 10 mil están en el sistema escolar. Peor aún si se piensa que el embarazo adolescente se da más en estratos socioeconómicos bajos: mientras que en un año en La Pintana nacen 29 niños de mamás menores de catorce, en Vitacura no hay ningún nacimiento. Las cifras ratifican los resultados de la Encuesta Casen del 2000 que demostró que la principal causa de deserción escolar de este segmento de la población estudiantil – un 28,9% – era el embarazo. Por eso, aunque la Constitución asegura el derecho a la educación a todos los jóvenes, en marzo de este año se reforzó la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza que regulaba el derecho educativo de embarazadas y madres en edad escolar. Ahora ningún colegio, por particular que sea, puede expulsar o impedir la renovación de matrícula a las chicas que estén en esta situación a diferencia de lo que pasaba antes, cuando la decisión quedaba en manos de los directores. Ahora la multa por segregarlas puede ser de hasta 50 UTM (1 millón 500 mil pesos). Además los establecimientos educativos tienen que darles una serie de facilidades como permitirles un vestuario de acuerdo a su embarazo, salidas para amamantar a sus hijos y para sus controles médicos y los del niño. Una chica embarazada o madre adolescente puede incluso aprobar el año con menos del 85 % de asistencia necesaria si las faltas fueron por enfermedades de su guagua o por inconvenientes de su embarazo. Pero muchas chicas no hacen valer sus derechos. Además del miedo a sufrir hostigamientos si se quedan protegidas por el escudo del Mineduc, hay otros problemas del sistema educacional que dificulta su situación: sólo el 10 % de los 150 mil profesores chilenos han sido capacitados para acoger a estas alumnas y en el caso de los establecimientos municipalizados, la cosa se complica: la subvención estatal de 28 mil pesos por alumno, sólo se entrega por asistencia. Y las futuras o mamás precoces faltan. Más de lo que el Ministerio considera un mínimo para seguir auspiciando a sus colegios.

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