Los televisivos Bikaka

(Revista Paula, 2008)

 

Un programa de televisión los salvó de la guerra en El Congo y los trajo a Chile. Un programa de televisión les dio un marcapasos para el corazón enfermo de la madre del clan. Un programa de televisión les dio el pie para la casa propia. La familia Bikaka, inmigrante congoleña, está atravesada por nuestra pantalla local. Ésta es su historia de fe y pantallazos como venidos del Más Allá.

 

Apenas se bajaron del avión, miraron hacia la salida internacional del aeropuerto de Santiago. Decenas de cabezas apiñadas, carteles y cámaras de televisión enfocaban la puerta. Ese 6 de noviembre de 2001, los Bikaka –Julio (25), Jacko (23), los gemelos Peter y Tomas (18) y su madre, Godelive (48) divisaron a quien buscaban: Kwua, el padre del clan, a quien no veían desde hacía casi dos años, cuando había huido solo desde El Congo hacia Chile. Estaba de pie y delgado como nunca en medio de la multitud con un ramo de flores en la mano. Los Bikaka corrieron a abrazarlo. El plan de arrancar de la guerra civil de El Congo y reunirse en un país lejano llamado Chile había resultado, después de todo, después de tanto. A su alrededor, una multitud de chilenos gritaba y lloraba a moco tendido. Las cámaras enfocaban el reencuentro. Los carteles decían: “Bienvenida familia Bikaka”. Una rubia y escultural conductora, micrófono en mano, intentaba comunicarse con ellos en un extraño lenguaje de señas. Los Bikaka, sin saber por qué, eran recibidos como estrellas de cine en este país desconocido del que sólo habían visto fotos de huasos, copihues y mapuches. No supieron hasta mucho después que eran el centro de una campaña humanitaria televisada a nivel nacional.

La noche de las balas
Una noche, los balazos rompieron la cómoda vida de los Bikaka en Kinshasa, la capital de la República Democrática de el Congo. Hasta entonces, todo había sido paz. Vivían en una casa amplia, con palmeras en el patio, en un barrio residencial. “Mi casa tenía algo especial: pertenecía al barrio, todos entraban. A veces llegaba mi papá en la noche y el lugar estaba lleno. Mi mamá decía: ‘Una casa con gente, es casa bendita’. Mi casa siempre fue un hogar para todos”, dice Julio.
Tenían una buena situación económica. “Mi papá es químico farmacéutico, trabajaba en una empresa y era profesor universitario. Descubrió un remedio para combatir la diarrea de la gente con VIH. Le decían Jimmy Cerebro, como el dibujo animado: el Institutito Luis Pasteur lo llevó a estudiar en Francia y después lo mandaron a África para buscar remedios para la hepatitis B”, recuerda Julio. “Mi mamá era militar entrenada para ser guardaespaldas. Era escolta de la señora del Presidente Mobutu. Era capaz de correr 100 metros en 12 segundos. Mis hermanos y yo estudiábamos en los mejores colegios de El Congo, con los padres jesuitas, que son muy exigentes”.
La noche del 17 de mayo de 1997 la guerra, ésa que parecía muy distante y sólo habían visto en las noticias, ésa que hablaba de rebeldes que intentaban derrocar a Mobutu, llegó a las puertas de su casa. Esa noche los Bikaka no pudieron dormir por el ruido de los balazos y los gritos que retumbaban en el barrio. Se quedaron en la casa, sin abrir la puerta, sin pegar un ojo.
Al día siguiente, lo que vieron en las calles, los dejó sin aliento. “Eran cuadras enteras de muertos, con cabezas degolladas y ojos con balazos”, recuerda Julio. La guerra había llegado a la capital. Y la vida de los Bikaka empezó a correr peligro, sobre todo la de Godelive que había trabajado para el gobierno de Mobutu. Pasaron tres años viviendo con miedo, hasta que Kwua reunió a los suyos para contarles un plan. “Tenía un amigo, un doctor chileno que había conocido por trabajo, que me decía que me fuera a Chile. Yo no sabía nada de ese país, pero empecé a hacer los trámites para viajar. Había que salir, a dónde fuera. Una bala no puede elegir”, dice Kwua Bikaka.
Los Bikaka primero dudaron de Chile: creían que era un país rural, sin electricidad, sin televisión. Kwua viajaría primero para tantear el terreno y una vez que se instalara en nuestro país, lo seguiría el resto de la familia. El 30 de mayo de 2000, Kwua, que no hablaba una gota de español, tomó un avión que 13 días más tarde lo dejó en Santiago.

Carpintero con corbata
Cuatro meses vivió Kwua en Macul, en la cada de su amigo chileno, un médico cuya familia hablaba algo de francés. Pero después de ese tiempo, el doctor le dijo a Kwua que ya era hora de que abandonara el lugar. Bikaka, un hombre optimista y creyente, que cuando se ríe se agarra la panza con las dos manos, no perdió el ánimo y empezó a buscar trabajo. Hasta entonces, sólo había estado dedicado a aprender español con ayuda de un diccionario francés – español. No encontraba empleo como profesional –el Colegio del Químicos Farmacéuticos no le convalidó sus estudios–, pero consiguió un empleo como ayudante en un campo de deportes en Lo Espejo, donde les hacía masajes a los jugadores lesionados durante los partidos. Como no le pagaron, tomó otro trabajo como carpintero en el hospital San José. Lo consiguió a través de la Vicaría de la Pastoral Social, representante de ACNUR en Chile para los refugiados. Era julio de 2001. Kwua ganaba 80 mil pesos mensuales. Pasaban los meses y no lograba establecerse para traer a su familia desde África. “Iba al hospital, pero con corbata. Así trabaja Bikaka en El Congo. Acepté ser carpintero, pero ese trabajo cambió nuestras vidas”, cuenta.
Duró sólo un mes pintando encorbatado. Un médico del hospital San José que había visto su currículum lo llamó a su oficina. “Con este currículum, ¿qué haces de carpintero, Bikaka?”, le preguntó. El doctor consiguió que el hospital contratara a Kwua como ayudante en la farmacia del recinto, por 120 mil pesos mensuales. “Ahí conocí a Leonardo, un estudiante de química de farmacia. Un día, conversando, me preguntó dónde estaba mi familia. Le conté la historia. Y él va a decir: “Vamos a escribir cartas para pedir ayuda”.
Una de ellas llegó al programa Hola Andrea, de Megavisión. En octubre de 2001, un equipo de televisión llegó al Hospital San José preguntando por Bikaka. Al escuchar la historia, Andrea Molina se había conmovido. Y empezó una campaña televisiva diaria que conmovió al público también. En ese entonces, Godelive y sus cuatro hijos habían salido de El Congo y habían llegado a Sudáfrica, donde hay una de las pocas embajadas chilenas en África. Pero les habían negado la visa para viajar a Chile. Les quedaba una semana de permiso para permanecer en Sudáfrica y luego serían deportados a El Congo.
“Andrea Molina habló y habló en el programa. Y ahí, alguien la llamó durante la emisión para decir: ‘Nosotros, como gobierno chileno, le vamos a pedir al embajador de Chile en Sudáfrica que le entregue la visa ahora a todos los Bikaka’”, recuerda Kwua. La voz era de Soledad Alvear, entonces canciller del gobierno de Ricardo Lagos. Al día siguiente, todos los Bikaka tenían su visa. Pero les faltaban los 2.600 dólares que costaban los pasajes. “Pero mira a Dios: un chileno, que hasta ahora no sé quién es, llamó a mi jefa en el hospital para preguntar cuánta plata necesitaba mi familia para los pasajes”, dice Kwua. “Al otro día, ese chileno envió un sobre con su chofer. Adentro había 2.600 dólares”.

El corazón de Godelive
La fiesta de bienvenida de los Bikaka duró hasta altas horas de la noche. Fueron los compañeros de trabajo de Kwua del hospital San José, miembros del equipo del programa de Andrea Molina, público conmovido y, por supuesto, los festejados. Los Bikaka por fin habían llegado a Chile y permanecerían por unos días en el hogar de la Iglesia de Salvación, hasta que encontraran una casa.
Pero la guerra, el miedo y el difícil escape desde África, habían dejado secuelas en el corazón de Godelive quien llegó con dolores en el pecho. Un día después del aterrizaje, le detectaron una insuficiencia cardiaca con hipertrofia del ventrículo izquierdo. Una falla coronaria terminal que exigía un transplante de corazón. La madre de los Bikaka quedó hospitalizada mientras sus hijos se quedaron en el hogar de la Iglesia de Salvación junto a Kwua, que estaba deshecho. Pero la santa tele, de nuevo los ayudó.
El programa Hola Andrea se enteró de la enfermedad de Godelive y la noticia, rápidamente comenzó a propagarse por los noticiarios de todos los canales de televisión. “Toda la tele habló de la africana que estaba muriendo. No había dinero para operarla ni un corazón disponible. Dos años después, que pasó entrando y saliendo de hospitales, Godelive, la madre con carácter que había criado con firmeza a sus hijos, pero que los defendía como gallina a sus pollos, la ruda guardaespaldas congoleña de un metro 68 de estatura, pesaba 35 kilos y estaba al borde de la muerte.
Un sábado de junio de 2003 el doctor de Godelive llamó a Kwua: “Tu señora se está muriendo. No llega al lunes”, le dijo. “Empecé a llorar, llorar. Pasamos el fin de semana mirando el monitor. La línea estaba casi recta”. Pero llegó el lunes y Godelive seguía inexplicablemente con vida. Y el martes, una doctora suiza llegó hasta su habitación para ofrecerle un nuevo marcapasos que recién había aparecido en el mercado. El problema era que el aparato costaba cuatro millones de pesos y Godelive, como inmigrante, no tenía cobertura de salud. “Pero nosotros somos familia muy espiritual. Tenía fe en Dios”, dice Kwua. El 15 de junio, el médico de Godelive llamó al padre del clan: “Bikaka, tu Dios es verdadero. Mañana tu esposa será operada en el JJ Aguirre y todos los gastos los va a pagar el Estado”. El gobierno, de nuevo conmovido por la cadena televisiva, había decidido financiarlo todo.

El favor de los neonazis
La noche del 14 mayo de 2005 Jacko Bikaka caminaba hacia su casa, una pequeña bodega en Independencia que un vecino le había prestado a la familia y que los compañeros en el hospital de Kwua habían arreglado y acondicionado para los Bikaka, cuando sintió el golpe de un bate en la cabeza. Neonazis chilenos le gritaban que lo iban a matar y le pegaban cadenazos en el suelo. Jacko logró zafarse. A duras penas llegó hasta su casa, con el ojo derecho hinchado y el cráneo partido.
Los Bikaka fueron a Megavisión a contar lo que había sucedido. “Y nos dijeron: ‘¿Qué? ¿Los neonazis? Justo mañana tenemos un programa especial sobre neonazis en Chile’”, recuerda Kwua. Un nuevo capítulo de la historia Bikaka apareció en pantalla. Al día siguiente, decenas de cámaras enfocaban la puerta de la casa en Independencia. En plena campaña presidencial, Joaquín Lavín y su comitiva, junto al alcalde de Recoleta, Aldo Cornejo, prometieron solucionar los problemas de todos los Bikaka ante los ojos de los chilenos. “Estaba toda la derecha en hogar. ¡La calle cerrada! Los carabineros por todos lados y afuera, toda la prensa de Chile delante de esta casa de 25 metros cuadrados. Adentro, Lavín y Cornejo hicieron promesa, promesa y promesa. Una beca en Medicina de la Universidad del Desarrollo para Julio, una casa para los Bikaka, todo, todo”.
Ninguna de las promesas se cumplió. Sin embargo, la televisión volvió a obrar el milagro: Cruz Verde le ofreció a Kwua un trabajo administrativo en la mesa central de la compañía. En 2007, los Bikaka decidieron comprar su propia casa. Pero el banco les pedía dos millones de pesos de pie para pagar la casita que habían encontrado en Puente Alto. Dos millones que no tenían. “Estábamos pensando qué hacer, cuando un día llegó otro equipo de televisión a la casa. Eran de Intercambio de Esposas de canal 13. Y nos dijeron: ‘Si participan, hay cuatro millones de pesos”, recuerda el padre del clan. Así, frente a las cámaras, Godelive se fue una semana a vivir con una familia chilena en Maipú y los Bikaka recibieron a Claudia, una simpática dueña de casa chilena que intentó convencer a Kwua de que en Chile debía ser un poquito más permisivo con sus hijos y dejarlos pololear. Mientras, Godelive imponía orden en la casa de Maipú y se asombraba de que la hija adolescente del matrimonio tuviera pololo. “Allá en El Congo, no se puede. No es pololo”, movía la cabeza Godelive escandalizada, cubierta con sus pañuelos africanos en la casa de esa familia chilena liberal de clase media. Una semana después, Godelive y Claudia volvieron a sus respectivas casas. Los Bikaka tenían sus millones.
Ahora viven felices en una casa acogedora, ordenada y llena de fotos en Puente Alto, que ha sido el refugio de varios africanos que han llegado a Chile como refugiados. Cada uno de los congoleños que ha llegado a nuestro país, ha pasado por la casa de los Bikaka, quienes los hospedan hasta que los recién llegados se instalan bien en nuestro país. “Nosotros sabemos el dolor de la guerra. Por eso ayudamos a los otros africanos. Eso hace Dios por nosotros y eso hacemos por los demás”, dice Godelive.
Cerca, muy cerca de ahí, Julio Bikaka instalado en la casa donde vive con su polola, se toma un té durante su día libre en medio de un living vacío, pero impecable. El hijo mayor de los Bikaka fue el primero en independizarse y es el que mejor instalado está en Chile: maneja al revés y al derecho el español además de usar varios chilenismos y aparte de su trabajo como recepcionista en el hotel Radisson, sigue ligado a la televisión. Julio, aparte de haber participado en varios comerciales televisados, ahora es una estrella como notero de CQC donde agarra para el leseo a personajes públicos haciéndose pasar por corresponsal de un canal africano. Su futuro, como la salvación de los Bikaka, también está en la tele.

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