Los preparativos funerarios de Florcita Motuda

(Revista Prende, 2008)

 

Raúl Alarcón, alias Florcita Motuda, uno de los músicos más extravagantes y emblemáticos de nuestro país, sale a comprar tomates, pollo y pancito una tarde de sábado. Pero su cabeza está en otra parte. Florcita Motuda está concentradísimo en el más grande y quizás último de sus proyectos: preparar su propia muerte. Esta es la alegre y fúnebre historia de su travesía hacia el Más Allá.

En una retirada cabaña de madera en El Arrayán, un hombre de baja estatura, con zapatillas blancas con terraplén y rodeado de tres perros, asoma la nariz y los bigotes negros por un hoyo de la reja de su casa. Y con la boca hacia el exterior, habla: “Mis perros van a salir a olerlos. Son amigables, pero inquietos. Agarren una rama, una rama larga. Entonces cuando se les acerquen, ustedes dicen “¡FUER!” y en fa menor, ¿ya? Ahora, voy a abrir”. Entonces la reja se abre de par en par y los tres perros salen raudos. “Así: ¡FUER! en fa menor. Así, así”, dice de nuevo el hombre que ahora está fuera de su destartalada cabaña con los rulos revueltos. La instrucción resulta y los perros vuelven a entrar a la casa. Pero su amo, el hombre de 62 años llamado Raúl Alarcón, no tiene intenciones de regresar. “No tengo nada para comer. Así es que vamos a comprar al mercado”. Entonces mira la calle hacia arriba, la mira hacia abajo, guía al chofer aleteando una mano en el aire y se sube al auto para emprender la bajada a la civilización. Adentro del auto, ya no es más Raúl, sino Florcita Motuda. El autor de canciones de títulos interminables, el creador de El Vals del No en plena dictadura, el hombre que encarnó al Buzón Parlanchín de la tía Patricia en la tevé infantil ochentera, el militante del Partido Humanista, el hombre tímido que al final se terminó matrimoniando con tres mujeres con quienes duró casado siete años justos respectivamente, el genio que regresó a Rojo Vip el 2006, el niño que se aburrió como ostra en su Curicó de infancia, el padre que prefiere ser amigo de sus hijos en vez de criarlos como un paco, el joven que un buen día se autodenominó Florcita cuando se dio cuenta de que estaba germinando como artista, el hombre de 62 años que hoy día está obsesionado con un solo gran tema: su muerte. Florcita Motuda está ensayando una despedida a su manera. Florcita Motuda se prepara para marchitarse en gloria y majestad. “Si a los 62 años no cachas que te vai a morir de verdad, eres un ahuevonado. Por eso me estoy preparando”, explica sentado en el asiento de atrás del auto mientras va guiando al chofer: “¡Izquierda!”.
– ¿Y qué tienes planeado?
– Los músicos siempre hemos ensayado para las grandes oportunidades y tengo la sospecha de que voy a ensayar mi muerte. Va a ser un ensayo con invitados y rechazados, huevones que no quiero que vayan. ¡Sí, po! Si te morís, no tenís arte ni parte y puede llegar cualquier huevón a tu velorio y hay algunos que no quiero que estén. Y quiero una ceremonia distinta a la católica por supuesto, y tampoco quiero velas, quizás una de esas fuentes fen shui que tiran humo.
– ¿Con algo de música?
– No, no, no. Lo que pasa es que sé de qué se trata la muerte: hay procesos que uno tiene que realizar cuando todavía está enchufado al cuerpo – ¡Derecho! – le dice al chofer – . Porque cuando se desconecta el cuerpo, tenís que entrar a wi fi si no, cagaste. Originalmente uno es inalámbrico: lo que pasa es que cuando te enchufan al cuerpo, te confundes y crees que eres tu cuerpo. Craso error: uno es inalámbrico. Por eso, mientras yo esté en ese proceso, ¿van a haber huevones metiendo bulla al lado? Ándate a la chucha. O sea, yo voy a estar ocupado.
– ¿Y adónde vas a ir a parar cuando te desenchufes?
– Primero pasa tu vida como si fuera una película y tienes que ser el juez, con tus parámetros. Ahí quedai con un saldo emocional que aumenta tu integración psicológica o te desintegra. Con eso pasas al segundo paso que es el túnel adonde tú decides si pasas o no. Entras al túnel y aparece una tremenda luz que nunca has visto en tu vida. La primera tendencia es a apretar raja, si nunca viste algo así, po. Craso error: de lo que no me tengo que olvidar es de tirarme encima de la luz porque ahí me convertiré en un ser de luz, o sea, en Wi Fi. Y ahí, entramos a navegar en la mejor de las internet, gratis, sin virus. ¿Entonces que estén en fiesta cuando uno está en esas? Noooo, po.
– ¿Todos tienen que estar piola entonces?
– Piola, piola. Voy a dejar música encargada, ciertas ceremonias diseñadas para que la gente las haga y un pasaje para todos que diga: “Destino a” para que los huevones vean que voy en viaje. Por eso, en lo posible, quiero que mi ceremonia de muerte sea en Pudahuel.

El auto se estaciona en un supermercado de Las Condes. Hay poca gente en la calle. Es sábado y Florcita Motuda se queda dentro del vehículo. Quiere hablar de la muerte un poquito más: “Bueno, pero antes de morirme, tengo tareas que resolver. Por ejemplo, tengo que dejar un manual de guerrilla no violenta con respecto de lo social y con respecto de lo personal. Las tácticas de no violencia históricas, están demodé. Si vos te sentai a hacer una huelga de hambre, todos se cagan de la risa. ¿Y tú creís que el jefe de la fábrica mira eso? No. El huevón está en otra. Así es que hay que inventar tácticas de no violencia creativas, diferentes. Si el jefe de la fábrica me está cagando, llego igual, pero con un traje a rayas que diga: “Soy humano y tengo sueños”. Lo que pasa es que está todo esquematizado como respuesta. Los pacos saben que si pasa esto, hacen esto otro. Cuando fui a la Moneda a llevar El vals del No en plena dictadura, caché que no iban a tener respuestas porque fui disfrazado con una banda presidencial y rodeado de periodistas. Y los pacos no tenían respuestas tipo: “si llega un huevón disfrazado, va a haber aquí un disfraz de payaso y el soldado tanto se lo pone rápidamente, va, le aforra la patá en la raja”. Listo, cagó la táctica de no violencia porque ya había respuesta del otro lado. Pero por ahora la no violencia es un sitio eriazo de la creatividad y quiero dejar iniciado ese proceso. Y hacer de mi muerte una clase magistral.

– ¿Por qué tantas vueltas a la muerte, Flor?
– Es que soy responsable, tengo que saber prepararme convenientemente para no hacer el ridículo. Uno se muere una sola vez.

Vejez de infancia
Florcita empuja el carro de supermercado hasta la panadería. Lleva tomates, pollo trozado y muchas marraquetas que encuentra caras, carísimas. De la verdulería, agarra un durazno y le da un mordisco. “Cada vez que entro al supermercado se escucha por altoparlantes: “Se ruega a los señores no consumir productos dentro del supermercado. Porque cada vez que llego, pesco una fruta y me la como. Pero no estoy ni ahí, no la pago. Yo soy de campo”. Eso es cierto: Florcita Motuda se crió en la Huerta de Mataquito de Curicó con un papá carabinero, una mamá, tías y abuelos cantores y tres hermanas que le sacaban “la cresta” al único hermano que tenían. Creció aburrido. Tanto, que se puso inventor. “Cuando chico me aburrí todo. ¡Curicó que era tan fome! Había mucho compartimiento social, racial y religioso y eso yo lo experimentaba como asfixia que se traducía en aburrimiento. Además, registraba una tremenda inmovilidad que era percibida por mí como vejez. A mis 10 años era lo más viejo que jamás voy a ser. Por eso inventaba cosas: hacía una carretilla, le ponía un clavito, un elástico, lo soltaba y era un motor. Con alambritos – mi mamá arreglaba paraguas – hacía bases espaciales. Escuchaba mucho la radio de onda corta en la que se oía todo el mundo. ¡Era una cantidad de ruidos!”. Florcita se vino a Santiago donde estudió en el Conservatorio de Música y con su banda los Stereos, se convirtió en parte de la orquesta de Sábado Gigantes. Tiempo después, decidió crear a su alterego, Florcita Motuda, el hombre que ahora empuja el carro hacia la caja mientras come durazno y de pasada, bota un frasco de vidrio con mermelada al piso. ¡Crash! “Cómo estás. ¿Te pagan bien aquí?”, le pregunta a la cajera que sólo atina a levantar una ceja y hacer una mueca obvia. “¿Acumula puntos?”, le pregunta ella. “Yo no acumulo ninguna huevada”.
Florcita deja las marraquetas fuera de la caja. Y a la salida, dirige al chofer hacia otro supermercado cercano donde las hallullas están baratitas. Entramos al supermercado y vamos derecho a la panadería donde una chica con la piel mate le pesa el pan. “¿Tú eres peruana o boliviana?”, le pregunta Florcita.
– Peruana.
– Ustedes hablan muy bien. Y son un aporte para este país, no hagas caso a los envidiosos que te dicen otras cosas.
– Sí, me han dicho muchas cosas – reconoce ella.
– No es algo personal contra ti, es gente enferma. Gracias, Edith.
Florcita pide unas cocadas y la chica peruana le da a probar torta en un vasito plástico diminuto. Le da otra de yapa. Florcita sale del supermercado y la gente se acerca a saludarlo como si lo conocieran de toda la vida. El se deja querer. Se vuelve a subir al auto a dar instrucciones para regresar a su cabaña de El Arrayán. “¡Izquierda, izquierda! La pista izquierda, tírate nomás”.
– ¿Por qué te tiñes las canas, Florcita?
– Porque si me quedara con las canas me parecería a Clotario Blest, po.
– ¿No es un rollo con la vejez?
– Yo no soy viejo y no voy a hacer viejo jamás. Uno se pone viejo si quiere. Además, nunca voy a ser tan viejo como lo fui en la infancia. Ahora me siento con mucha movilidad interna y externa.
– Y si te sientes joven, ¿qué tienen que ver las canas?
– Lo de las canas es pura estética. Ellas destacan los tonos cetrinos de tu cara, los tonos cadavéricos. No tengo rollo con la muerte, pero sí con los cadáveres. Quién quiere ver eso. Aunque lo de la señora que donó su cuerpo para la exposición de cuerpos, es interesante porque el funeral le va a salir casi gratis.
– ¿Tú ya has planificado eso también?
– Mi entierro no lo van a pagar mis hijos, po. Pero ese es un tema por resolver aún – dice mientras el auto sube por los bosques de El Arrayán.

Bonus Track en la Quinta
La casa de Florcita Motuda es como una casa en el árbol de niños. Dentro de la cabaña hay un camarote tipo azotea donde Florcita duerme sobre un colchón azul, abajo un escritorio con un computador donde Florcita navega por internet perfectamente, un sofá cama sobre patas de madera con varios cojines, cuadros donde aparece con pintas de extrarrestre, un tremendo televisor que separa la cocina del living. Todo en un pequeño espacio de madera. Florcita registra entre sus cachivaches y saca tres artilugios: una bola de cristal, una capa mágica blanca con estrellas negras y dos sombreros brillantes y con cachos. “Vamos a la Quinta Vergara”, anuncia. Entonces sale de su cabañita, sube los peldaños de piedra que están por un costado de su casa y se dirige hacia el patio trasero que está literalmente en la punta del cerro. Orejo, Mayo y Maya, sus tres perros, lo siguen. La Quinta de Vergara de Florcita es su propio anfiteatro al aire libre: una superficie de cemento rodeada de graderías de piedra, árboles frutales y pinos. Ahí Florcita a veces canta, otras veces celebra con sus hijos cumpleaños y eventos, otras veces se sienta a conversar. Quizás también, a pensar en el ensayo de su muerte ahora que siente que está en los descuentos. “Yo siento que hice mi aporte: algunos en dictadura y en hacer canciones que entregan energía. Mis canciones no te dejan desvitalizado. He vivido lo correspondiente a dos vidas, estoy en el Bonus Track. Si me muero el año pasado o este año, no importa. La joda frente a la muerte es ésa: quise hacer algo y no lo hice. Yo no la tengo: me las he vivido todas”.
– ¿Entonces ya no te quedan proyectos?
– Sí tengo, pero dentro del bonus track. Trabajo en la integración de mis hijos y algunos de sus amigos al grupo musical Familia Motuda. Si se muere el cantante, le ponemos otro, como Los Jaivas. Ahí subimos a un escalón que hacen que la banda siga para adelante.
– ¿Quién es Florcita Motuda?
– Un libertario y un genio. Pasé mucho tiempo en el que me decían loco o genio y yo decía: “qué loco, qué genio”. Y me vi obligado a definir la palabra genio: genio es aquel cuya producción artística impacta su forma de vida y le hace tener una mayor calidad de vida. Por lo tanto, Van Gogh es un talentoso, pero no es genio. La práctica de su arte no le dio calidad de vida. Por eso, yo soy genio.
– ¿Y qué es lo mejor que le podría pasar a este genio?
– Conectarme con lo trascendente y no cagarme de miedo.
– Ahhh, ahí estaba la firme: le tienes miedo a la muerte.
– Sí. Ahí está la clave. Me pregunto cómo puedo conectarme con la otra dimensión si se me cae un vaso y me cago de espanto. De niño fui muy temeroso, le tenía miedo a los muertos, a los zombies, veía películas de vampiros y me moría de susto. Huí del miedo de mil formas. Pero cacho que el miedo es una ventanita a la cual hay que acercarse. Pero no acercarse de una, sino acercarse por rodeos, de a poco, como lo estoy haciendo yo.
Florcita Motuda se pone su capa mágica y su sombrero con cachos negros y telas rojas brillantes. Toma la bola de cristal en una de sus manos y mira hacia el horizonte, en la mitad de su cerro, de su anfiteatro, de su propia Quinta. Cierra los ojos, sobajea su bola del futuro, la levanta en el aire, como un brujo que tiene todas las respuestas. Y un abrir y cerrar de ojos, se saca la capa, el sombrero, la polera, los pantalones y los calzoncillos y tira todo debajo del pino antiguo que crece hacia el cielo. Sólo con sus calcetines rayados puestos, vuelve a enfundarse su capa. Y así, como Dios lo trajo al mundo, empieza a saltar como un duende libre por el cerro de El Arrayán. Ahí donde desde hace un tiempo, está haciendo todos los preparativos para emprender el rumbo hacia el Wi Fi.

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