Jorge Castro de la Barra: “Igual me daban ganitas”

(Revista Fibra, 2005)


Jorge Castro de la Barra, Naturópata, dermocosmetólogo, empresario, iriologista, grafólogo, parapsicólogo

Le dicen doctor, pero no lo es. Lleva más de dos décadas en radios varias, pero se hizo famoso promocionando productos de medicina natural en UCV. Han dicho que es chanta y mercanchifle, pero a él le da lo mismo. Aferrado a una infinidad de diplomados y estudios a distancia, Jorge Castro de la Barra cuenta aquí su paso por el convento de los benedictinos, la relación que tuvo con Miguel Angel, el vidente de Villa Alemana y los secretos de su línea de productos. Y obviamente, a qué horas se convirtió en especialista en casi todo.

Hace un mes que Jorge Castro de la Barra no está en televisión. De lentes ahumados y pelo rubio entra al Instituto de Naturismo Clínico que él mismo fundó, ubicado en una casa sin cuadros y vidrios polarizados en Bilbao, y saluda de beso a cada una de sus asistentes. Ahí el doctor está vendiendo por teléfono su variada gama de productos naturales, Dokthor´s. Pero con UCV, donde hacía La hora de Jorge Castro de la Barra desde el 2004, no quiere saber nada: ya no les subarrienda espacio televisivo desde que pegaron, detracito del suyo, un programa de salud natural con “un chanta” que le copiaba la fórmula. Algo vergonzoso para Castro de la Barra, quien se pone furibundo con tanta gente que se dice especialista. No como él, que es naturópata, parasicólogo, iriologista, dermocosmetólogo, locutor, comunicador y orientador familiar, como recalca a cada rato durante esta conversación.
Antes que nada, Jorge Castro de la Barra es un nómade. En sus cincuenta y dos años ha vivido en Linares, Chillán, Punta Arenas, Santiago, Buenos Aires, Antofagasta, La Serena, Arica y Viña. Durante su infancia, él y sus dos hermanos recorrieron diversas ciudades por el trabajo de su padre, jefe de Impuestos Internos, y el de su madre, enfermera y actriz de radioteatro. Por eso, entre tanto cambio de casa, el pequeño Jorge pasó por un montón de colegios, casi tantos como sus títulos. Estuvo en el Liceo 17 de Las Condes, en la Escuela Brasil de Santiago, en el colegio Henry Longfellow School, un colegio claretiano, en el Liceo 6 Andrés Bello, en la Escuela Gabriela Mistral, en el Andree School, en el Colegio Salesiano en Punta Arenas y después en la Escuela Militar, adonde llegó por la fascinación que le producían los uniformes del Ejército. Sin embargo, a los once años ya había descubierto cuál era su vocación. Cuando su padre lo llevó a los estudios de radio Panamericana y Castro de la Barra vio el auditorio, las luces, y el locutorio, quedó embelesado. Decidido: sería DJ. Una idea que a su padre no le gustó para nada. “El quería que yo fuera abogado y me preguntaba si quería sueldos de hambre, si quería vivir en una pieza”, recuerda.
–Pero cuando salió del colegio, ¿qué fue lo primero que estudió?
–Me fui a la facultad de teología de la Católica. No terminé la carrera porque estuve en el convento de la Orden de Santo Domingo, fui monje benedictino. Cuando chico jugaba a hacer misas: hacía altares, me ponía un chal de mi abuelita y una boina negra. Cuando Dios atrae a alguien, no sabes qué pasa adentro, pero Dios y la Iglesia siempre han ejercido una fuerte atracción en mí.
–¿Y por qué se retiró del convento?
–Porque vino una reforma con la que no dejaban usar el hábito en la calle. Dije: “qué raro, cuando estaba en la Escuela Militar y me pillaban sin uniforme, me llegaba. Los casados usan una alianza matrimonial”. Perdí la identidad. Entonces me hice cargo del departamento de radio del convento durante dos años. Tenían un programa que llevaba cuarenta años al aire, que se llamaba La hora del rosario y que enlazaba con radio Yungay. Ahí creaba libretos, programas y daba los enlaces al interior del templo. Después creé un Ministerio propio llamado La Audición de la Virgen, arrendé un espacio en radio Yungay y en radio Nuevo Mundo. La gente daba donaciones, yo captaba socios y colaboradores. Viví de eso.
–¿Y uno puede crear un ministerio así nomás?
–Si tienes la iniciativa, claro. En la Iiglesia todo ha sido así. Pero si me preguntas si era oficial, no. Lo importante es que cuando creas esto, no te salgas de la ortodoxia porque ahí te expones a que la Iglesia emita una declaración con la que desconoce tu ministerio. A mí jamás me pasó. Yo tenía sacerdotes invitados al programa cuando recién se hablaba del padre Hurtado, iban monjas de todas las congregaciones.
–¿Cómo empezó en el ámbito de la medicina natural?
–Lo primero que hice fue entrar al laboratorio Organon como visitador médico. Lo que un médico estudia en 7 años, te lo meten a presión: el visitador médico habla con el médico de tú a tú. Es el quien le enseña cómo se receta un fármaco. Después pensé que se podían vender productos naturales y me di cuenta de que era muy buen negocio, nadie lo hacía. Hice una prueba con ginseng rojo coreano, un tubérculo que se usa hace miles de años como estimulador de la salud. Si vas a cualquier farmacia, puedes conocerlo, pero yo lo compraba al por mayor y lo vendía. Pero después dije: “Este producto está a la venta en todas partes y apenas la gente se dé cuenta, hasta ahí no más llega el negocio”. Así es que hice un trato con un importador de otro producto natural, me fui para arriba y el 85 empecé a arrendar de 10 a 12 de la noche en radio Novísima con Antonio Vodanovic. Yo tengo mucho respeto por la gente: nadie es tarado. Si una persona compra todos los meses un producto, me da la impresión de que le funciona. Ese es mi negocio como empresario: vender productos naturales de óptima calidad. ¿Y cómo sé que son buenos? Porque la gente sigue comprándolos.
–¿Y por estudios de salud?
–Eso lo hace el Ministerio de Salud cuando le da la resolución a un producto. Es que no puedes vender nada que no esté autorizado.
–¿Cuándo sacó su línea propia de productos?
–Haber vivido en Buenos Aires me permitió estudiar mucho sobre salud mental y natural. Tengo varios diplomados que me permiten, por ejemplo, ir arriba de un avión pensando: “A ver, la piel, la piel, las arrugas, colágeno, colágeno”. Entonces lo que sé, lo anoto y se lo entrego a un laboratorio que tiene químicos farmacéuticos e ingenieros en alimentos que le dan forma científica a mis ideas y determinan cuánto porcentaje de colágeno, cuánto porcentaje de perejil, cuánto porcentaje de salvia deben tener.
–¿A qué horas estudió todas los títulos que tiene?
–Son por años. Estudié algunas cosas en Argentina durante los siete años en los que viví allá. Estuve en la escuela de psicología operativa en Buenos Aires y me especialicé en el test del árbol: a quien me dibuja un árbol, le puedo calcular exactamente a qué edad tuvo el trauma. En la clínica Helen White, saqué el primer diplomado de medicina natural. Y otros estudios los he hecho on line, con New York Essoteric Center en Estados Unidos, por ejemplo. Estudié en la escuela de psicología de la Universidad de las Condes un año, pero se me hizo incompatible con la radio. Ahora estoy en contacto con la Universidad de Cataluña para estudiar psicología on line y estoy terminando el diplomado en orientación familiar en la Católica del Norte. Tengo diploma en dinámica mental y parapsicología en Professional School, un instituto que tiene su sede en Bruselas.
–Pero, ¿cuáles diría que son sus principales conocimientos?
–Soy empresario, comunicador y terapeuta natural. En 1991 me propusieron irme a trabajar a Buenos Aires porque ya se había chacreado mucho el negocio de los productos naturales en Chile. Es impresionante la cantidad de gente que se dice especialista en esto. A veces no saben ni hablar, guachita, cochita, achí, dicen. Me da vergüenza y rabia.
–Igual a usted también lo criticaron porque decían que se hacía pasar por especialista.
–Sí, pero me resbala porque tengo estudios, diplomados y mis exámenes están guardados. Soy especialista porque puedo acreditarlo. La gente que dice que no, es porque simplemente no sabe.
–¿Qué tiene que ver el efecto placebo con el éxito de sus productos?
–Eso te lo contesto como psiquista, como diplomado en dinámica mental y como parasicólogo: el efecto placebo está estudiado por la medicina. Es un recurso válido y funciona. Si vas a un médico y sales sin receta, quedas con una sensación como que no te entendieron. Cuando sale con una receta en la mano, el paciente queda contento. Lo enseña Hipócrates, el padre de la medicina: con la confianza que le da el especialista al paciente ya tienes avanzado el tratamiento. Hay muchas personas que van a mi consulta y que por el solo hecho de estar frente a Jorge Castro de la Barra, se sienten mejor.
Con micrófonos a María

Jorge Castro de la Barra estuvo en Buenos Aires hasta 1998. Decidió volver después de haber promocionado sus productos en varias radios argentinas. Regresó por la crisis económica que enfrentaba el país vecino y decidió vivir en Arica, donde arrendó espacio en Telenorte para seguir vendiendo sus pomadas. Poco le duró la prosperidad: el 2001 cerraron Telenorte y Castro de la Barra probó suerte en radios de San Bernardo y Paine, aunque sin éxito. Pero el palo al gato lo dio por fin el 2002, cuando comenzó a transmitir en Digital Channel de Antofagasta y luego se cambió a UCV. La hora de Jorge Castro de la Barra lo hizo famoso, le llenó los bolsillos de plata y lo convirtió en un habitué de los “Top five” de CQC. Nada que ver con el Jorge Castro de la Barra de los ochenta que grababa a Miguel Angel, el vidente de Villa Alemana, que difundía las apariciones a través del Ministerio de Audición de La Virgen porque le creía. Y hasta hoy le sigue creyendo.

–¿Cuál fue la primera noticia que tuvo sobre Miguel Angel?
–Estaba con el Ministerio de La Audición de la Virgen y un día la secretaria empezó a decirme que la gente preguntaba si yo iba a ir a Villa Alemana. Yo le decía: “Dígales que no”. Pero un día leí en La Tercera: “Mañana aparición de la Virgen a tal hora”. Entonces dije: “Chuta, si lo está colocando La Tercera, me iré a dar una vuelta, por último para ver qué le digo a la gente”. Ahí lo conocí: le grababa las cosas que decía y las reproducía por mi programa de radio.
–¿Y usted le creía?
–Sí, porque vi cosas que no tenían explicación. Este cabro caía en trance, mirando para arriba, se ponía a correr como si estuviera viendo algo. Había que tener cuidado porque era un cerro, pero él nunca se caía. Una vez que se tropezó y cayó, pero no lo podían levantar. Tercera cosa: estaba en el suelo y de repente le empezaron a aparecer unos puntos en la frente como si le hubieran pegado puntazos con un clavo. No había nadie al lado, no había posibilidad de trampa ahí. También vi con mis propios ojos la aparición de una ostia en la boca a vista y paciencia de todos. Subí al cerro hasta que los obispos dijeron que no había fundamento para creer que las apariciones eran verdaderas y por lo tanto instaban a los fieles a abstenerse de ir. Esa misma noche dije por radio que había que acatarlas. Me taparon a insultos en la oficina, me dijeron Judas, comerciante, traidor, vendido. Y quise ir una vez más para ver si la gente había acatado, y estaba lleno. Pero el sacerdote que asesoraba a Miguel Angel me dijo que saliera de ahí. No volví más.
–¿En qué consistió la campaña para poner la figura del pez, el ictus, en las puertas de las casas?
–La Virgen le anunció a Miguel Angel el terremoto del 85 antes de que ocurriera y le dijo que pusieran un ictus en las puertas de las casas. Muchos lo tomaron para la chacota, pero es la ignorancia porque la gente no estudia, no lee, ve pura tele. Ese fue el primer signo que usaban los cristianos. En las catacumbas se usaba el pez, que representaba a Cristo alimento. Hasta la radio tenía el ictus en la puerta.
–¿Y cuando le cayó la teja que Miguel Angel estaba mintiendo?
–Es que hay dos cosas: lo que vi y que nadie me lo va a sacar nunca de la cabeza y lo otro es lo que dicen los obispos. Como hijo de la Iglesia, acaté. Pero acuérdate que con Lourdes pasó lo mismo: la misma Iglesia combatía a Lourdes y después tuvo que aprobarla. Pero obedezco a la Iglesia. Trato de atenerme a eso en materia empresarial, de sexualidad, independientemente de lo que yo crea. Si hubiera sido Galileo y el Papa me dice: “Usted guarde silencio y déjese de hacer sus postulados”, le obedezco al Papa. No tendré sexo no estando casado.
–Entonces se casó virgen.
–Claro, si había estado en convento.
–¿Cómo conoció a su ex señora?
–Por casualidad. Ella fue acompañando a una prima a “La audición de la Virgen” para pagar una donación mensual de la abuelita. Esto fue el 80 y a los tres meses estaba casado. Por eso la Iglesia declaró inválido el matrimonio: con tres meses no te puedes conocer bien.
–Pero la Iglesia no exige tiempo de haberse conocido
–Sí, pero se toman referencias de sentido común. La Iglesia es estricta en esto.
–Entonces, ¿por qué se casó?
–Porque ya había hecho experiencias de vida religiosa y dije: “Solterón, no. Andar chusqueando por ahí, tampoco”, porque igual me daban ganitas si soy hombre, normal y sano. “Además es un sacramento, voy a aumentar la gracia santificante en mi alma y cada vez que tenga sexo con mi mujer voy a estar dándole más gloria a Dios, qué buena onda”, dije.
–Pero ¿qué le gustó de ella?
–Era muy bonita, además había salido de las monjas mercedarias y era muy espiritual. El matrimonio se invalidó hace dos años, pero separamos piezas el 89. Lo que pasa es que a ella le gustaba la playa, a mí no, a ella le gustaba los asados, a mí no. Ella fumaba, yo no, su copetito, yo no, acostarse tarde, yo no, el sol, a mí no.
Metrosexual

De su único matrimonio, Jorge Castro de la Barra tiene cuatro hijos. Jorge (23), es militar y ahora está en la Legión Extranjera en Francia; los demás son universitarios: Juan Pablo (22), Rosita María (19), y Francisco Javier (18). Aunque los ve poco, dice que tiene una buena relación con ellos. También con su ex señora, la misma que el año pasado lo demandó por 43 millones de pesos de pensión alimenticia y que lo hizo dormir quince noches en Capuchinos.

–¿Por qué lo demandó su ex por pensión alimenticia?
–Porque cuando tenía mucha plata el 2001 y estaba en Telenorte, ella encontró un millón 300 mil que le mandaba era poca plata. El origen de la demanda radica en que los niños estaban veraneando conmigo en La Serena y comenté que me gustaría irme a Europa a vivir. Ella se pasó la película de que si me iba, los podía dejar botados. Mi abogado me preguntó si le podía dar dos millones mensuales. “Cero problema”, dije, dos millones no me hacían ni cosquillas. Pero justo, antes de firmar ese advenimiento, los salesianos cerraron Telenorte y quedé en la calle. No pude pagar los dos millones, apenas tenía para vivir yo, tuve que rematar todas las cosas de mi casa en La Serena a precio de huevo. La pensión se fue juntando y se acumularon 43 millones.
–¿Cómo fue dormir 15 noches en Capuchinos?
–Muy tranquilo, porque fui donde un psiquiatra y le dije que quería unos medicamentos para no saber de nada en la noche. Me llevé un saco de dormir y me tomaba las pastillas antes de salir del departamento. Cuando entraba a Capuchinos, ya estaba listo. Tapones en los oídos y no sabía de mi alma hasta diez para las seis. No sentí las quince noches. Me alivié porque con eso le demostré a la contraparte que así no iba a conseguir plata. Ahora doy una pensión de 800 mil pesos mensuales.
–¿Y cómo están las relaciones con su ex?
–Es buena, diplomática. Ella me aconseja y me desea suerte. Yo entiendo la explicación que me dio para hacer la demanda: fue la única manera de demostrar en la universidad de los niños por qué se estaba atrasando en las mensualidades.
–Y después de su matrimonio, ¿no rehizo su vida amorosa?
–No puedo mientras no tenga una novia, pero no descarto volver a la carrera sacerdotal. Podría ser sacerdote o religioso de todas maneras. Es una excelente opción de vida. Hay mucha gente haciendo guagüitas, uno menos no se notaría.
–¿De qué se enferma Jorge Castro de la Barra?
–De nada. Nunca me enfermo. Desde que me doy baños de agua helada en la mañana en invierno y verano. Me seco y me meto a la cama 15 a 20 minutos y cuando el cuerpo reacciona, me afeito y me visto. Además todos los días, a media mañana, tomo un vaso de jugo de lechuga, acelga, espinaca, rabanito, pepino, brócoli, zanahoria y tomate. Todo crudo, con cáscara. Y a media tarde, un jugo de pera, manzana, plátano, uva, kiwi. Tengo en mi vida tres intervenciones quirúrgicas: de adenoides cuando era niño, circuncisión y los escafoides, un hueso del pie que lo tenía muy puntudo. Pero este doctor no se enferma de nada.
–¿Porque consume sus propios productos?
–Sí. Tomo Longevir para los huesos, las articulaciones, para evitar el cansancio. Romarivel todos los días por el pelo, la piel, las uñas. No puedo mostrar una piel manchada, arrugada o andar fláccido como experto en dermocosmética. Todos los días me tomo un Tricolonin antes de almuerzo aunque no padezco de colon irritable, pero los componentes ayudan que el hígado trabaje más descansadito, y a la vesícula.
–¿Cómo se imagina de viejo?
–Bien derecho, sin problemas a la espalda porque sé cómo cuidarla. Practico todos los días 45 minutos de una gimnasia mitad oriental, mitad occidental antes de meterme a la ducha. Voy a ser un viejo sin ningún dolor, con el pelo blanco si es que no me lo tiño.
–¿Ahora está teñido?
–Sí, pero ahora voy a la peluquería para bajarme el tono. Me imagino con la piel lisa porque la piel no tiene por qué arrugarse si uno la cuida. Yo no tomo sol. Jamás. Dos litros diarios de agua mineral sin gas, té verde como antioxidante, alguna cremita también uso. Ahora los metrosexuales tenemos suerte.
–¿Se considera un metrosexual?
–Soy un metrosexual de todas maneras. Soy un hombre varonil, pero olorosito, limpiecito, que sé cuidar mi cara y mis manos.

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