J.M Villouta: “Estoy súper mamón”

(La Nación Domingo, 2008)

Esta viviendo en casa de sus papás, con su mamá y sus hermanas chicas. Tiene una dieta sana, de seis comidas al día, hace deporte todos los días y prepara un programa en canal 54. José Miguel Villouta, ex panelista de S.Q.P y conductor de televisión, regresó de su viaje por las drogas y el alcohol. Aquí cuenta sobre el derrumbe, su recuperación y cómo salió a flote después de estar internado, después de haber vuelto a ser la guagua de la familia.

Hace unas noches, en un cumpleaños, volvió a verlas. Las mismas botellas del vodka que antes él tomaba en cantidades y acumulaba en la cocina de su departamento en El Golf. No había estado cerca de un vodka desde febrero de este año, cuando se internó para rehabilitarse de su adicción a las drogas y al alcohol en la clínica de la Universidad Católica de San Carlos de Apoquindo y él mismo lo contó todo en su blog. Pero frente a ellas, a José Miguel Villouta (31), el comediante de Stand Up Comedy, ex panelista de S.Q.P, el conductor joven de El Interruptor en Vía X, sólo le dio un profundo rechazo. Ahora, que está rehabilitado, está muy lejos de esos recuerdos de carretes solitarios en su departamento donde había cocaína, marihuana y mucho vodka. Ahora, José Miguel Villouta, sale del canal 54, donde está preparando un nuevo programa, y camina por las calles del centro con un pote de plástico con arroz y pollo que le preparó su mamá para el almuerzo, una de las seis comidas diarias que están estipuladas en su dieta. Ahora, José Miguel Villouta, hace pesas todas las mañanas y luego va al canal, o graba su podcast del programa Con el Dedo en El Ombligo con Fabrizio Copano, o prepara los nuevos libretos con los que volverá en un par de meses al Stand Up Comedy que presenta en el Bar Cachafaz. Ahora, tiene otros amigos, menos pendientes del qué dirán y más sanos que los del pasado. Ahora, está viviendo en la casa de sus papás y no pretende salir de ahí. “Ahora lo paso lo raja con mi familia, estoy súper mamón, así es que no quiero vivir solo. Me despierto alegre, feliz. Todas las semanas me hago un test de drogas, pero no tengo ningunas ganas de consumir. Traté de quemar esta etapa durante tres años y ahora ya salí del ciclo”, dice sonriendo, mientras come lentamente su pollo con arroz hecho en casa.

La caída
A fines de 2005, Villouta empezó a consumir más cocaína que antes. Cuando era chico, a los veinte, había probado, pero de mono. Y después, cada cierto tiempo, volvía a probar. Pero hace tres años, cuando terminó una relación de pareja larga y agotadora, se vio envuelto en la adicción. Las drogas fueron su anestesia para el duelo. “Esa relación fue una de las peores cosas que me ha pasado. Él era un huevón narciso, con mucho dinero y muy guapo. Fue una relación que él mantuvo en secreto desde que uno de sus amigos le dijo: “Cómo podís andar con ese orejón”. Desde entonces, me dejó de decir te amo y si nos topábamos en algún lugar, no me saludaba y sus amigos tampoco. Me enseñaba a comer, me decía cosas cuando me sacaba la ropa y me quería operar las orejas. Y yo la pensé. Llegué a decir en S.Q.P que por qué no me llamaban de Cirugía de Cuerpo y Alma para operarme. No sé cómo aguanté tanta humillación, pero creo que fue porque estaba muy solo”.
Cuando la relación se terminó, Villouta tenía la autoestima por el suelo. “Creía que yo era rasca, me sentía lo peor. Me quedé pegado en el duelo, entre el dolor y la rabia”. También perdió a la mayoría de sus amigos, “gente que yo encontraba inteligente, pero que finalmente estaba más preocupada de pertenecer a un grupo. Era puro fascismo estético”. Entonces el consumo empezó a aumentar: una o dos veces a la semana, consumía un gramo de cocaína y fumaba cuatro pitos de marihuana al día. “Me venía un dolor tan grande que la única manera de evadirlo, era emborrachándome y drogándome. Me empecé a preocupar cuando consumía una vez a la semana, pero 48 horas sin parar. Empezaba un viernes, solo, en mi departamento. Compraba cocaína y chupaba, me metía a internet, blogueaba, chateaba, se me hacía de día, se me acababa el vodka, a las 10 de la mañana estaba entrando a El Mundo del Vino a comprar Absolut y después llamaba para pedir más jales. Me despertaba el lunes con la pieza llena de vasos de vodka, con cuatro botellas en la cocina, con mucha cocaína en la mesa. Y me tenía que levantar para irme a S.Q.P”.
Aunque el trabajo le gustaba y la editora que se daba cuenta de su situación, Villouta también se sentía perdido en el programa. Era el año del debut de Roberto Dueñas en la opinología. “Fue un año bien envenenado por los tongos y la farándula de discoteque que era algo con lo que no me lograba relacionar bien. Entonces tenía esta fantasía que si me drogaba iba a tener la suficiente personalidad para pasarlo bien y además, que al día siguiente todo iba a estar bien”. Sin embargo, al día siguiente todo estaba igual. O peor. A pesar de la ayuda que buscó. Porque Villouta intentó salir antes de su adicción. Iba a una psicóloga dos veces a la semana, visitó a varios psiquiatras y dos veces se dirigió hasta Narcóticos Anónimos. Pero nada parecía ayudarle a salir del círculo vicioso. “Estaba en una bicicleta que no podía parar. Gastaba mucha plata en droga. A veces no me alcanzaba para llegar a fin de mes. Además, mi cuerpo se transformó en una especie de testamento de la huevada horrible que me estaba haciendo: estaba con una guata asquerosa, hinchado, con la cara explotada en ronchas”.
Así estuvo hasta fines de enero. Hasta que un jueves, Natalia Freire, la editora del programa, le dijo que Chilevisión había aprobado el proyecto televisivo que él estaba preparando con Broadeyes. Que sólo tenía que hacer el piloto. José Miguel pensó: “Ya, ahora va a hacer la última vez que voy a jalar”. Ese mismo jueves, a las siete de la tarde, solo en su departamento, volvió a tomar vodka y a consumir cocaína. “Partí y no paré hasta el domingo. No comí nada más que un pan con palta en todos esos días. Cuando el domingo pedí pizza y vi que estaba todo desordenado, que había coca en todas partes, me bajó la angustia. El departamento se me hizo una caja de fósforos, no sabía cómo salir, dónde ir, tenía la ropa sucia, la cara reventada con ronchas, no me podía duchar, no sabía qué hacer. Cuando caché que la decisión era seguir jalando o parar, que al día siguiente tenía que ir a trabajar, llamé a mi hermana. Cuando me contestó, me puse a llorar. Hacía diez años que no lloraba. Pero no pude parar. Fue como si me hubieran abierto la llave que había cerrado hacía años”.

La recuperación
En la clínica Alemana, adonde lo llevó su mamá y su hermana mayor, el psiquiatra le dijo a José Miguel que la única opción para comenzar su rehabilitación definitiva era internarse. Ese mismo día, el 2 de febrero, Villouta estaba con el mismo bolso con el que salió de su departamento en la clínica de la Universidad Católica de San Carlos de Apoquindo. Desde la clínica, anunció sobre este paso en su propio blog, para que nadie se enterara a través de la prensa, sino por él. “Estoy internado en una clínica de rehabilitación por drogas. Me puse a jalar un jueves y no paré hasta el domingo en la tarde. (…) Tenía que ponerle parelé. Tengo muchas metas e ideas por cumplir y las drogas me estaban matando”, escribió.
En la clínica, estuvo dos semanas. Era un gran centro donde compartió con esquizofrénicos, con gente que padecía de trastornos de la personalidad y otro adicto a las drogas que intentaba salir adelante. Dormía en una pieza con una cama y un escritorio. Comía exquisiteces preparadas por un chef top. Tomaba seis diazepán al día. En la mañana, hacía terapia ocupacional y pintaba cajas de madera. Y en la tarde, salía al patio a conversar y a fumar cigarrillos. “El día se pasaba rápido. Ahí adentro éramos todos amigos, como una familia. Pero estar ahí dentro fue darme cuenta de adónde había llegado a parar. Una noche, una paciente tuvo una crisis súper fuerte afuera de mi pieza. Ahí asimilé mi enfermedad, ahí me di cuenta de que yo era uno más, un paciente como ella”. Dos semanas pasó internado. Hasta que los médicos lo dieron de alta, aunque con una serie de indicaciones: no podía vivir solo, tenía que contar con una chaperona que lo acompañara a todos lados, no podía manejar dinero y debía comer ordenadamente. También le dieron un medicamento, nalerona, por unos días. Y la indicación de que una vez a la semana debía hacerse un test de drogas. “En teoría, también debía empezar con terapia: tenía ser evaluado por un psicólogo, un terapeuta ocupacional, un psiquiatra y otro médico. Pero la ronda de evaluación salía 300 lucas y la clínica ya me había costado tres millones y medio. Y cuando salí, me di cuenta de que ya no tenía trabajo. Por eso le dije a mi vieja que viéramos qué pasaba en un mes más, si total estaba encerrado en la casa. Así empecé a ir solamente al psiquiatra”.
José Miguel se fue a vivir a la casa de sus papás, con su mamá y sus dos hermanas. Empezó a hacer pesas en la mañana y yoga bikram en la tarde. Su hermana María Catalina de 16 años, se convirtió en su chaperona y a las dos semanas de haber salido de la clínica, su mamá lo empezó a acompañar a Cachafaz, donde volvió a hacer rápidamente Stand Up Comedy. “Los primeros tres meses fui literalmente una guagua: no tenía plata, no necesitaba salir ni trabajar, sólo estar limpio y tranquilo. Vi cómo mi mamá me cuidó, cómo mi hermana me pasó su pieza y se fue a una más chica. Fue todo tan desinteresado que me pregunté por qué no les pedí ayuda antes. Quizás fue soberbia mía con respecto de mi familia, pero ahora lo paso la raja con ellos. Con mi mamá vemos ene tele juntos y ando de la mano con ella. Ha hecho cosas por mí que no ha hecho nadie. Ahora, me dio la vida de nuevo. Y estoy súper agradecido de eso”.
Aunque anduviera escoltado, Villouta estaba feliz. No quería volver a estar solo. No quería vivir solo. Todavía no quiere y no es por temor a una recaída. “Tenía miedo, pero por mi futuro laboral, no por un eventual consumo. Ahí no hay una firmeza, es simplemente como si la posibilidad hubiera desaparecido. Debería sentir ganas y me pregunto por qué no las tengo, pero no están. Sería algo demasiado fuerte, algo que simplemente no haría. Ahora me doy cuenta caí porque da lo mismo ser inteligente, culto o informado. Puedes ser todo eso y estar solo. Ni siquiera la realización personal es importante, porque la realización sin paz es exitismo. Todavía creo que cada uno puede hacer lo que quiera con su vida. En un plebiscito yo votaría a favor de la producción y el consumo de drogas. Pero en lo personal, creo es un atentado en contra de una de las cosas más preciosas que tenemos: la mente”.

El retorno
Ya estaba grabando desde su casa el programa de podcaster Con El Dedo En El Ombligo con Fabrizio Copano y presentando sus monólogos cómicos en Cachafaz, cuando el 5 de mayo de este año, lo llamaron de canal 54 para ofrecerle un proyecto. Al día siguiente, Villouta firmó contrato con el canal. Y desde entonces está preparando un programa del que no puede adelantar mucho, pero donde habrá “mucho humor y mucha conversación”. Eso sí, ahora vuelve distinto. Menos punk, al menos en lo público. Mientras estuvo recuperándose, Villouta dice que entendió que llevar el pandero solo en Chile, era sinónimo de soledad y derrota. “Ahora que miro este país, me doy cuenta de que la discusión es falsa, hay un debate entre hermanos, por ende el producto es retardado. Además, me doy cuenta de que los cambios no tienen que ver con los gobiernos ni con la sociedad, sino con lo que la gente piensa y siente. La revolución no será común, sino que en la vida privada de cada persona. Y eso es lo que ahora me interesa: mi propia vida. Antes, traté de combatir la homofobia, de despertar a la gente, pero ahora creo que como la homofobia es un mal privado y no legal, hay que combatirlo con boicot u ostracismo social: no consumo tales medios, no hablo con esa gente. Ya no me interesa tocar el tambor. Ahora voy a preguntar más que decir. Mi mundo ya no está para la chacota de la fantasía pública”.

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