Heidi y Gretel

(Revista Paula, 2009)


Éste no es un cuento de hadas ni tiene un final feliz. Dos mujeres maltratadas se enamoraron y criaron juntas a nueve niños, entre propios y recogidos de la calle, con 100 mil pesos mensuales. Como no les alcanzaba para vivir, decidieron vender droga. Sólo hasta equipar la casa y comprar una camioneta. Sólo un año y nada más. Pero la ley les cayó encima.

Se dieron un beso de buenas noches, se arroparon con una frazada y cerraron los ojos. Heidi Aros (30) y Gretel Cáceres (36) no alcanzaron a conciliar el sueño cuando en la madrugada del 18 de junio de 2007 sintieron golpes secos contra las paredes de toda la casa. Antes de que alcanzaran a ponerse de pie, un policía apuntó a la pareja con una escopeta. “¡Quietas! ¡OS7!”, gritó. La casa de Buin donde Heidi y Gretel vivían con sus nueve niños se inundó de gritos infantiles y un jaleo de detectives armados que daban vuelta muebles y abrían cajones. Gretel y Heidi se miraron y entendieron que estaban atrapadas. La policía las había descubierto vendiendo pasta base en las calles de San Bernardo.
“Gretel Cáceres y Heidi Aros Román, quedan detenidas por tráfico de drogas y tráfico de menores”, anunció uno de los policías. Ambas se miraron extrañadas. “¿Tráfico de menores?”, preguntó Gretel. El policía no contestó. Mientras se vestían apuradas, se enteraron de que los policías tenían una orden para llevarse a Jessica, de 7 meses, y a Jamilet, de 11, dos niñas abandonadas por sus padres y que Heidi y Gretel criaban como propias desde hacía seis meses.
Todavía estaba oscuro cuando las dos mujeres salieron a la calle esposadas. Antes de que la subieran a la camioneta policial, Gretel vio a su vecina Sandra Araya, que había salido a ver qué pasaba, y le gritó: “¡Cuídame a los niños, por favor!”. Un policía llevaba a Jessica en brazos y a Jamilet de la mano. De lejos, Jamilet divisó a la vecina y le rogó: “¡Tía, adóptame! ¡Adóptame tú ahora!”. Antes de que Sandra respondiera, el auto policial se perdió por el apacible pasaje de Buin. En la casa de Heidi y Gretel, los hijos de ambas lloraban solos. La vecina corrió a consolarlos.

DOS MUJERES ENAMORADAS
Heidi estaba separada, tenía dos hijos y dos meses de embarazo cuando en 2000 conoció a Gretel. Su vida había sido dura: se había ido de su casa a los 13 años y los dos padres alcohólicos de sus hijos mayores no la ayudaban en nada. Gretel tampoco lo había pasado bien. Llevaba dos años separada de su marido, viviendo con sus cuatro hijos en la casa de su madre, Emilia Quintanilla. Gretel no había vuelto a ver a su ex marido ni a tener pareja. Hasta que, en la cancha donde jugaba fútbol en una liga femenina de San Bernardo, conoció a Heidi.
“Cuando Heidi iba, yo, más que jugar a la pelota, la miraba”, dice Gretel. Heidi, que había tenido una experiencia amorosa con una mujer, también se sintió atraída por su nueva amiga: “Me gustó porque es centrada, respetuosa y atenta. Me hacía sentir bien”.
De amigas se convirtieron en pareja y decidieron irse a vivir juntas con sus seis hijos: los de Gretel, de 2, 4, 7 y 13 años, y los de Heidi, de 8 y 7, más la guagua que venía en camino. Se instalaron en la casa que Heidi arrendaba en la población Juan Martínez de Rosas, un barrio donde microtraficantes y adictos conviven con los vecinos que trabajan de sol a sol.
Nadie sabía que eran pareja, aunque dormían en la misma cama. “Siempre tuvimos respeto por nuestros hijos. Nunca nos han visto darnos un beso ni tomadas de la mano”, cuenta Heidi. Así, en secreto también, se comprometieron en 2004. Gretel –una rubia determinada y firme– invitó a Heidi –la más sensible– a un restorán en el centro de San Bernardo. Mientras comían carne con papas fritas, Gretel le entregó a Heidi un anillo dorado. Brindaron con vino tinto su unión, simbolizada en dos argollas con los nombres de ambas grabados por dentro. Del compromiso, tampoco le contaron a nadie.
Heidi se quedaba en la casa cuidando a los niños y haciendo las cosas de la casa. Gretel salía a las seis de la mañana a trabajar. Regó jardines en la Autopista del Sol, seleccionó chocolates en Costa, armó cajas en Unifrut, fue operaria en calzados Guante y en Carozzi, y temporera en cosechas de uvas, papas, duraznos y tomates. Los fines de semana, el marido de Emilia, la madre de Gretel, le prestaba a la pareja su triciclo de cartonero para que recogieran escombros. “Los nueve vivíamos con 100 mil o 200 mil pesos mensuales. Estábamos enamoradas, luchando codo a codo, pero la vida era crítica”, recuerda Gretel.
En 2006 ya no les alcanzaba para pagar un arriendo. Se fueron a vivir a dos mediaguas que les dio la asistencia social del municipio. Las armaron en el patio de la casa de Emilia. “Cada niño tenía su cama abrigadita, pero en invierno se nos llovían el living y el comedor”, dice Heidi. A mediados de ese año, Gretel quedó cesante. Y Heidi, desesperada, se acordó en voz alta de la propuesta que le había hecho un vecino: vender droga. Gretel se negó. “¿Estás loca?”, dijo.
“Al mismo tiempo miraba a mis hijos. Me pedían comida y a veces no tenía nada para darles”, dice Gretel. En el invierno de 2007, las mujeres, sentadas en una de las mediaguas, muertas de frío, conversaron de nuevo acerca de esa posibilidad. Heidi dijo: “Es lo ánico que nos queda por hacer”. Se tomaron de las manos y Gretel, asustada pero firme, rayó la cancha: “Hagámoslo. Pero por un año, porque esto me asusta. Juntamos plata, equipamos la casa, compro un auto para trabajar vendiendo herramientas y lo dejamos. Un año”. Heidi y Gretel se convirtieron en narcotraficantes.
MADRES SUSTITUTAS
Gretel y Heidi empezaron vendiendo marihuana en una esquina de la calle Juan Martínez de Rosas, entre las cuatro de la tarde y las diez de la noche. Después, pasta base. En un día podían ganar entre 100 mil y 300 mil pesos, lo mismo que antes ganaban en un mes. Gretel compró una camioneta en cuotas. Ella y Heidi fueron al persa de Estación Central y compraron cocina, refrigerador, microondas, comedor, ropa de cama, dos camarotes, un televisor de 29 pulgadas para el living y dos más chicos para los niños. Gretel forró las piezas con paneles para que no se les colaran el viento y la lluvia. Les compraron ropa, juguetes y zapatillas Nike a todos los niños. Más tarde, un computador para que hicieran las tareas, y play station.
A fines de 2007, Heidi y Gretel ampliaron la familia. Nelly Santos, una vecina, había tenido a su decimotercera hija, Jessica. Desde que su marido se había ahorcado, Nelly se había vuelto adicta a la pasta base. Sus hijos vivían repartidos en casas de familiares y amigos. “La Jessiquita, que tenía un mes, estaba desnutrida y con moscas, porque estaba hecha pipí y caca hasta arriba. Nadie la mudaba”, cuenta Gretel.
Heidi empezó a convencer a Nelly de que le entregara a la guagua. Gretel estaba de acuerdo. Desde niña había visto cómo Emilia, su madre, recogía en su casa a niños abandonados por padres alcohólicos o drogadictos. La casa de Emilia Quintanilla aán es un refugio en el barrio.
“¿Cómo tienes a la niña así, Nelly? ¿Por qué no me la das? Nosotras la tendríamos como reina”, le decía Heidi a Nelly. Hasta que la madre de la guagua aceptó y firmó un poder simple de custodia en la Municipalidad de San Bernardo.
En su casa, Heidi bañó a Jessica. Le quitó la caspa, le restregó la tierra del cuello y le puso ropa nueva. “La Jessica lloró tres noches enteras. Creo que echaba de menos la droga, porque la Nelly le daba pecho mientras consumía. De a poquitito le fui dando leche especial S26. A los meses, la Jessica era una pelotita”, recuerda Heidi.
Como el dinero les alcanzaba para los siete niños y la guagua recién llegada, Heidi reparó en otra niña abandonada, Jamilet, Tenía 11 años y deambulaba por el barrio pidiendo dinero, sucia, con piojos, a veces sin zapatos. Su padre, Raál Carrillo, no era capaz de cuidarla. Era alcohólico y su señora lo había abandonado a él y a sus hijos. Victoria Soto, hermana de la madre de Jamilet, dice: “Raál le pegaba a mi hermana y ella se fue con otro”.
En la Navidad de 2007, Heidi invitó a Jamilet a pasar las fiestas a su casa. La niña no se quiso ir más y Gretel fue a hablar con Raál. “Le dije que la niña se quería quedar con nosotras y le prometí que sería una más de la familia”. Raál Carrillo accedió. “La Jamilet aprendió a bañarse, a no decir garabatos, a comer con la boca cerrada y a leer, porque era analfabeta”, dice Heidi.
Antes de Año Nuevo empezaron a sospechar que Investigaciones las seguía. Veían autos desconocidos en los pasajes y un amigo las dateó: las estaban grabando.
LA CASITA EN BUIN
Para no ser descubiertas, Heidi y Gretel vendieron la camioneta y se mudaron a una casa con jardín en el pasaje Río Maipo, de Buin. Gretel y Heidi hicieron amigos. Entre ellos Sandra Araya, la vecina que les cuidaba a los niños cuando ellas trabajaban.
Las dos decían que eran empleadas de un restorán. Sin embargo, seguían traficando en calles de San Bernardo. Pero de eso y de que eran pareja, ninguno de los vecinos de Buin se enterarían hasta mucho después. Para ellos, Gretel y Heidi eran dos buenas madres.
“Cuando llegaban del trabajo, los niños corrían a abrazarlas. La casa era sencilla, pero estaba impecable. La ropa de los niños estaba siempre ordenada, las piezas enceradas y el refrigerador lleno de comida”, cuenta Sandra.
En marzo de 2008, Heidi y Gretel pusieron a sus hijos en la escuela Los Aromos. Fue la primera vez que Jamilet fue a un colegio. “Llegó muy tímida, pero se integró muy bien. A esos niños daba gusto verlos, bien educados, bien cuidados. Jamilet decía que sus tías eran lo máximo”, recuerda María Margarita León, directora del colegio.
El 18 de junio de 2008, Investigaciones irrumpió en la casa de Heidi y Gretel. Los policías, que las habían grabado vendiendo pasta base no encontraron drogas, pero incautaron 700 mil pesos en efectivo. Heidi y Gretel quedaron detenidas en la cárcel de mujeres de San Joaquín, sin saber quién se haría cargo de sus niños ni a dónde habían ido a parar Jessica y Jamilet. Los vecinos de Buin recién se enteraron a través de la prensa de que las mujeres a quienes veían como la familia ideal eran lesbianas y narcotraficantes.
LA CÁRCEL
Nelly Santos y Raál Carrillo aparecieron en el Juzgado de Garantía de San Bernardo en la audiencia de control de detención de Gretel y Heidi. Nelly les decía a los periodistas: “Mi niña estaba mejor con ellas. Yo no podía tenerla, porque consumo pasta. Ellas no han secuestrado a mi hija”. Raál explicaba: “Tengo nueve hijos y mi señora me dejó botado. Por eso les pasé a la Jamilet. Le daban comida, estaba sanita y bien arreglada”. Después de la audiencia, Isabel Gálvez, coordinadora de la Oficina de Protección de los Derechos de la Infancia de la comuna, se limitó a decir: “Las niñas estaban bien cuidadas, pero no en un entorno protector normal”.
Gretel y Heidi fueron procesadas por narcotráfico. Los cargos de tráfico de menores fueron desechados. En la cárcel, mientras esperaban el juicio, contactaron a una asistente social de Gendarmería para averiguar el paradero de Jamilet y Jessica. Así supieron que las niñas estaban en hogares de menores y Jessica, en proceso de adopción.
“Lloramos mucho. Siempre tuvimos la esperanza de adoptarlas. ¿Sabe lo que me da rabia? Que nadie se preocupó de las niñas cuando estaban mal. Tuvo que pasar todo este jaleo para que se las quitaran a sus padres”, dice Gretel.
El proceso por narcotráfico duró seis meses. La fiscalía pidió 10 años de cárcel para ambas. Mientras avanzaba el juicio, los lunes y viernes recibían las visitas de sus madres, quienes cuidaban a los siete niños. En la celda donde dormían con otras dos internas, Gretel y Heidi se hicieron una promesa. “Juramos que jamás íbamos a volver a traficar, porque estar en la cárcel, separadas de nuestros hijos, era un infierno. Traficamos droga por ellos y eso nos quitó a la Jessica y a la Jamilet y nos separó de los demás niños”, dice Gretel. Ese día se casaron de manera simbólica. Se hicieron dos cortes pequeños en el pecho para reflejar su unión.
En diciembre de 2008, seis meses después de la detención, Heidi recibió una condena de cinco años de presidio, porque tenía antecedentes penales. Años atrás había sido procesada como cómplice de robo cuando, junto a una amiga, se llevó una tele de una casa. Gretel, en cambio, quedó libre, sentenciada a firmar durante 300 días, porque no tenía antecedentes penales. Dos meses después de haber salido de la cárcel, Gretel está sentada en su pieza, en la mediagua de San Bernardo. La rodean sus hijos biológicos y uno de Heidi, que no se quiso despegar de su lado.
De la plata del narcotráfico no queda nada. “Traficar fue un error, pero nadie vive decentemente en una pocilga que se llueve, mientras los niños tienen hambre. Me deslomaba trabajando y siempre iba a ser pobre, pobre. Pero, aunque seamos miserables, no vuelvo a vender”, dice Gretel. Ahora trabaja con su hermano Hansen vendiendo herramientas de construcción.
Jamilet quedó bajo la custodia temporal de su tía Victoria Soto. En diciembre, antes de que Gretel saliera libre, Jamilet fue a la casa de Emilia Quintanilla y le dijo: “Quiero que les diga a la tía Gretel y a la tía Heidi que con ellas pasé los mejores momentos de mi vida y que no las voy a olvidar”.
Jessica sigue en el hogar de menores, a la espera de ser adoptada. Gretel tiene prohibición judicial de acercarse a ella y a Jamilet. La niña se escapa continuamente de la casa de Victoria y vagabundea por las calles de la población, sucia y sola. Tal como hace un año, antes de que Gretel y Heidi la llevaran a vivir con ellas.

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4 thoughts on “Heidi y Gretel

  1. El amor y las directrices de sus anhelos como familia, contrapuestos a los que la sociedad condena y aplasta por existir, en vez de subsistir…
    Conmovedor relato.

  2. Estimada, buenas. Soy estudiante de periodismo y al no tener otro medio para comunicarme me veo casi obligada a hacerlo por este comentario. Hace algún tiempo soy su seguidora en twitter y lectora de su blog. Y bueno le quería solicitar una entrevista breve, claro, para un ramo.

    De antemano muchas gracias

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