El sermón del día después

(Revista Paula, 2008)


Salí a buscar Postinor 2, la píldora del día después. Recorrí más de diez lugares, entre consultorios, clínicas, hospitales y farmacias de Santiago. A mis 27 años, me encontré con reproches de matronas, clases de sexualidad express y tratos que me hicieron sentir una mala mujer. Muy mala. Este es el relato de mi peregrinación, y la de otras mujeres y parejas, en el ejercicio de un derecho que se ha convertido en un vía crucis.
Hago la fila hasta el mesón del consultorio Ignacio Domeyko, en la calle Cueto, Santiago centro. Son las 10 de la mañana de un día de enero y hay cinco personas antes que yo: una pareja de ancianos, un señor con muletas, una embarazada con la panza bien redonda y una cuarentona con la piel pegada a los huesos. Detrás de mí, una mujer en shorts, polera y labios pintados de naranja fluorescente me echa una sonrisa cada vez que me doy vuelta. Hace un calor del infierno y todos transpiramos la gota gorda.
Hasta aquí llegué con la misión de conseguir la pastilla del día después, el Postinor 2. Aunque no la necesito, me puse en campaña para chequear en carne propia lo que algunas mujeres –que han tenido que pedirla– me han contado: la solicitud del Postinor 2 es un vía crucis de miradas reprobatorias, malas atenciones y sermones de profesionales de la salud que dejan a su criterio moral una decisión que puede cambiarle la vida a una mujer. Todo esto a pesar de que en septiembre de 2006 el gobierno obligó a los consultorios del país a entregarla a las mujeres mayores de 14 años y estableció que las farmacias deben tener un stock del medicamento.

Partí mi recorrido por los consultorios y no por la consulta privada de un ginecólogo, porque los centros de atención de salud pública primaria deben dar el Postinor 2 en forma gratuita y sin complicaciones a las mujeres inscritas en Fonasa o sin cobertura de salud. Es lo que manda la ley. Y es lo que quiero comprobar: cómo está ocurriendo la distribución de la píldora de emergencia. Para eso voy a decir en los mesones de atención que, temporalmente, no estoy cubierta ni por isapre ni por Fonasa. A continuación todos los nombres están cambiados.
Así es que aquí estoy: esperando, en el consultorio Ignacio Domeyko. La chica de labios naranjas me mete conversa:
–¿Tú siempre te atendís aquí?
–No, no, vengo por una urgencia. Vivo en el centro, pero más arriba.
–Chuta, entonces acá no te van a pescar. Te van a mandar a tu consultorio. ¿A qué venís?
–…
–Ah. Ginecología. ¿La píldora? Estás frita. Acá no te van a pescar.
Llego al mesón, donde un paramédico me pregunta qué necesito. “La pastilla del día después”, le digo bajito. El funcionario levanta una ceja con cara picarona, como si hubiera tenido el accidente amatorio con él, y me manda a hablar con una enfermera a una sala cercana. Me acerco a ella y le pido lo mismo. Ella levanta la vista del computador, me mira de arriba a abajo y me suelta:
“Está difícil que te la den aquí. Tienes que ir al consultorio que te corresponde por tu dirección”.
–Pero se supone que puedo pedir la píldora de emergencia en cualquier consultorio. Deben dármela, por ley –le respondo .
Ante mi insistencia, la funcionaria me deriva a otra sala con una asistente social. Ahí espero, espero y espero. Media hora, cuarenta y cinco minutos. Hasta que una señora de delantal aparece por el pasillo. Es la asistente social. Le repito lo mismo: “Vengo a buscar la pastilla del día después”. Me hace pasar a un box de atención. “Al fin me la van a dar”, pienso. Pero una vez que estamos sentadas frente a frente y me pregunta dónde vivo, saca papel y lápiz y anota en un papel. Es la dirección del consultorio más cercano a mi casa. “Ahí tienes que ir”, afirma segura y seria. Me despide. No me muevo. Repito que por ley tengo derecho a que me den la píldora en cualquier consultorio. Ella enchueca la boca. Suspira y me pide que la siga hasta los box de atención de las matronas. Ahí quedo a solas con una matrona joven, quien, en tono didáctico, me pregunta qué me pasó:
–Quiero la píldora –le digo. Su sonrisa desaparece.
–A ver: acá te daríamos la pastilla, pero no corresponde a tu dirección. Lo que te recomiendo, porque el tiempo corre, es que pagues una hora con un ginecólogo para que te haga una receta. Pagando todo se arregla… aunque si ya estás embarazada, estás frita.
Insisto: “Pero deberían dármela en cualquier consultorio. Es mi derecho”.
–Sí, pero te repito que no es tu dirección. Te digo: lo mejor que puedes hacer es pagar una consulta privada –dice.
Antes de que me levante de mi asiento, la matrona me pide que espere. Entonces, como en una clase de Biología de segundo medio, me explica que adentro tengo un útero y un par de ovarios, que funcionan así y asá. Y que el hombre tiene un pene con miles de espermios fecundadores que funcionan asá y así. No lo puedo creer. Esta mujer tiene mi carné entre las manos –sabe que tengo 27 años– y me está haciendo una disertación sobre reproducción humana. Aguanto la charla y salgo del consultorio a buscar la píldora en otro lugar. Como dice la matrona, el tiempo corre: la pastilla hay que conseguirla hasta 72 horas después de la última relación sexual. A estas alturas, una mujer que realmente la necesita no está para clases de Biología.

CÓRTELA CON LA TONTERITA
Hace casi un año, cuando Alejandra tenía 15 y estaba en primero medio, tuvo que pedir la píldora del día después. Había sido su primera vez y la de su pololo, y el preservativo se salió de su lugar. Un jueves salieron juntos a pedir la pastilla de emergencia. “No fuimos al colegio. Recorrimos en micro tres consultorios de Las Condes, porque yo vivo ahí, y en ninguno me la dieron. Las enfermeras y matronas me retaron como si fueran mi mamá y una recepcionista me dijo que yo no estaba en edad de andar haciendo cosas de grande. Lo único que yo pensaba era en la cara que pondrían mis papás si resultaba que estaba embarazada. Estaba aterrada”, dice Alejandra.
Después de las negativas que obtuvo en los consultorios Apoquindo, Aníbal Ariztía y en el centro de salud de Lo Barnechea, Alejandra decidió ir al centro de Santiago, porque pensó que obtendría la píldora más fácilmente. Buscó en internet los consultorios de la comuna y escogió el Chacabuco, porque le pareció fácil llegar. “Tuve que rogar para que me atendieran. La matrona se negó a darme la píldora, pero yo cacho que me vio tan angustiada que me dijo que me iba a dar un remedio. Me dio una tira de pastillas anticonceptivas, porque no había Postinor 2. Me dijo que me tomara cuatro al tiro y otras cuatro en doce horas más, que era lo mismo que la píldora del día después. Le di las gracias y, cuando me iba yendo me dijo: ‘Y córtela con la tonterita’”.
Alejandra se tomó los anticonceptivos y pasó dos días botada en cama, mareada y vomitando. Para evitarse el lío de obtener la famosa píldora, muchas mujeres optan por el cóctel de anticonceptivos que tienen la misma cantidad de levonorgestrel que el Postinor 2, pero esta opción tiene efectos adversos que la pastilla de emergencia no tiene. “El Postinor 2 sólo tiene progestágeno y por ello tiene pocos efectos secundarios. En cambio, los otros anticonceptivos, además de progestágeno, tienen estrógenos que, tomados en esa dosis, producen náuseas, vómitos, dolor de cabeza y mareos”, explica el doctor Ramiro Molina, ex director del Centro de Medicina Reproductiva y Desarrollo Integral del Adolescente (CEMERA) de la Universidad de Chile y actual miembro de su Unidad Biomédica.
Ahora estoy aquí, en el consultorio Chacabuco, donde a Alejandra le dieron la bomba de anticonceptivos. Son las 12 del día de un martes. El consultorio está cerrado y un hombre está pegado al timbre. “Pues parece que no hay nadie”, me dice con acento peruano. Diez minutos más tarde una enfermera abre la puerta. “Estamos almorzando, ¿qué necesitas?”, me pregunta. “La píldora del día después”, le digo con urgencia y para callado. El peruano me mira con los ojos redondos. “No, no te la puedo dar si no tienes ficha en este consultorio. Para emergencias, anda al hospital”, me ordena. Antes de que pueda reclamarle, me cierra la puerta en las narices.

PAGANDO NO TODO SE ARREGLA
Parto corriendo al Sapu (Servicio de Atención Primaria de Urgencia) más cercano: el de Recoleta, al lado de la Municipalidad. Pregunto por la píldora en Informaciones. Una señora de lentes me inspecciona:
–Para urgencias vaya al hospital o venga después de las cinco de la tarde, que es cuando funcionamos como Urgencia. Si no es de la comuna y no se la dieron en su sector, menos se la podemos dar acá.
–Pero si deben entregarla en cualquier consultorio. Es una emergencia –le digo.
–Bueno, ya. Pase al fondo a ver si encuentra a las matronas –responde de mala gana.
En el sector de las matronas, siete pacientes mujeres aletean frente a un mesón con un papel en mano, esperando a que las atiendan. Le pregunto a una enfermera si me puede dar la píldora. “Mmm, si no tienes ficha acá, difícil. No creo”. Las demás mujeres me quedan mirando boquiabiertas. Una, la más joven y con un embarazo avanzado, me echa un vistazo lleno de pena. Es la única que, en silencio, solidariza conmigo. Entonces me acuerdo del consejo de la primera matrona –“pagando, todo se arregla”– y decido dejar el sistema público de salud y partir a la Clínica Dávila, la que me queda más cerca. En Urgencia un guardia me pide el carné de identidad e ingresa mis datos en una computadora:
–La consulta de urgencia cuesta cuarenta mil pesos –me dice.
–Ya, pero quiero la píldora del día después nomás.
El guardia me mira asombrado. Abre la boca, la cierra, levanta una ceja, agarra el teléfono y me da la espalda. Cuchichea algo por el auricular y luego le pregunta a una chica que atiende dos puestos más allá, en voz baja: “¿Crees que le darán eso?”. La recepcionista me grita desde el fondo: “Acá no te van a dar la píldora del día después”. Toda la gente de la sala de espera me clava los ojos como si yo fuera un ovni. Le pregunto a la discreta chica de Informaciones por qué.
–Tienes que pedir hora en el Centro Médico para la receta.
¬–Pero es una urgencia. Por eso es la pastilla del DÍA después –empiezo a impacientarme.
–Ahhh, pero es que acá en Urgencia los médicos no dan la receta, porque son del Opus Dei.
Le quito mi carné al guardia y me voy ante la mirada atónita de los pacientes. En la Clínica Indisa y en la Clínica Santa María llego solamente hasta el mesón de informaciones: en ambas la consulta de urgencia por una receta médica bordea los treinta mil pesos y la pastilla no está incluida en el precio. Si el médico de turno no está moralmente de acuerdo con el levonorgestrel, puede que no me dé la receta, me explican en Informaciones. Aquí descubro que pagando no todo se arregla.
Hace cuatro meses, Antonio (32), periodista, y la novia de esos días, entraron en pánico luego de percatarse de que a ella se le había olvidado tomarse los anticonceptivos. Durante una noche entera recorrieron el hospital de la Universidad Católica, la Clínica Las Condes, la Clínica Alemana y la Santa María. “Les dije a los médicos que les pagaba lo que quisieran por la pastilla, pero en ninguna parte nos la quisieron dar. Nos respondían que los doctores tenían un pacto moral para no entregarla, porque algunos aún pensaban que era abortiva. Nos miraron horrible, como si estuviéramos matando a un posible hijo”, recuerda Antonio.
Hasta ahora ninguna prueba ha demostrado que el Postinor 2 sea abortivo. Los experimentos concluyen que sólo impide la fecundación y que una vez fecundado el óvulo, no interrumpe el embarazo. “Aunque se ha demostrado por todos los medios que la píldora no afecta el embarazo y no es abortiva, algunos siguen creyendo que sí lo es. Por eso se ha generado una cultura de la persecución y tratan a la mujer como si fuese a ser la culpable de un aborto”, explica el doctor Molina. Según él, en CEMERA entregan el Postinor 2 sin complicaciones ni malas caras. No fue allí sino en el consultorio Rosita Renard, de Ñuñoa, donde a Marcela, de 22 años, estudiante de Periodismo, le dieron la esquiva píldora, hace 10 meses. “Me dijeron que tenía que tener ficha médica en el consultorio y yo justo estaba inscrita, porque vivo en la comuna. La enfermera me preguntó si había sido víctima de violación o si había fallado el preservativo. Yo le expliqué que se me había olvidado tomarme los anticonceptivos y me mandó a hablar con la ginecóloga. Ella me dio una caja con dos pastillas y me explicó cómo tomármelas”. Marcela no estuvo más de una hora y media en el consultorio y volvió un mes después a comprobar que la píldora hubiera hecho efecto.

MI DOCTOR
En el policlínico de Lo Barnechea, una enfermera amable me pregunta qué necesito. “La pastilla del día después”, contesto. Se pone seria: “No, acá no la damos por la alcaldesa” (Martha Ehlers, RN).
–Por ley debiera estar en todos los consultorios –le respondo.
–Pero acá la alcaldesa lo prohíbe.
–¿La alcaldesa está por sobre la ley? – le pregunto.
–Acá la ley no importa.
Intento cara de desmayo. La enfermera se compadece y me hace pasar con un doctor para que me aconseje. “Sólo para que te aconseje”, aclara. Dentro de un box de atención me encuentro con un médico joven: “¿Qué te pasó, chiquilla?”. Aparte, amable. De chiquilla, me queda poco y nada.
–Doctor, quiero que me den la píldora del día después.
–Acá no la podemos dar por instrucción de la alcaldía, porque los consultorios son municipales. En otro consultorio de Las Condes, en el Aníbal Ariztía, sé que la dan, aunque también depende del doctor, porque algunos creen que es abortiva. Yo no, pero algunos sí. Te recomiendo que te vayas para allá, mi chiquilla.
No me da la pastilla, pero es el primer doctor que me trata como la gente. Me indica cómo debo cuidarme para la otra, me desea suerte y más encima me dice “mi chiquilla”.
El doctor sale al pasillo y llama a una enfermera: “Oye, ¿la Andrea da el Post Day?”, le pregunta. “Mmnnn, no le gusta mucho”, contesta la enfermera. Entonces el doctor se da vuelta y me dice: “Si no te resulta allá, anda al hospital Luis Tizné, ¿ya, mi chiquilla?”.
En el consultorio Aníbal Ariztía sólo llego hasta la recepción. Ahí, una señora encerrada en una pecera de vidrio me pregunta qué quiero. “La píldora del día después”. “Ah, no. Acá no la entregan. No te puedo hacer pasar”. Me siento humillada. Estoy agotada, transpirada. Y eso que ni siquiera necesito la píldora de verdad. Junto fuerzas y me dispongo a ir al hospital Luis Tizné, en Peñalolén, pero me acuerdo de la experiencia de Catalina (31), una productora de moda que una noche, hace seis meses, terminó allí después de toparse con consultorios cerrados, evasivas en clínicas y un portazo en el Hospital del Salvador, donde le dijeron que no la tenían y que no la daban. “En el hospital Luis Tizné me trataron pésimo”, dice Catalina. “Me dejaron esperando, las matronas no me contestaban, como si no existiera. Hasta que me dijeron que volviera al día siguiente, pero el tiempo corría. Como insistí, al final me atendió una doctora que me dio una charla moral. ‘¿Y sus papás saben?’, me preguntó. Quedé sorprendida: ella sabía que yo tenía 31 años. Después la doctora me amenazó: ‘Ésta es la primera y última vez que te vamos a dar esto. Vas quedar registrada en nuestros archivos’”.
No le dieron el Postinor 2 sino un cóctel de anticonceptivos, fármacos que Catalina evitaba al máximo: todo indicaba que, por consumirlos, su madre sufrió una embolia que la dejó hemipléjica, y Catalina temía que la reacción fuera hereditaria. Por eso ella se cuidaba con preservativo, el que en esa ocasión se rompió. Catalina le contó esto a la doctora, pero no recibió ninguna advertencia de vuelta.
Han pasado dos días –48 horas– y aún no tengo la píldora del día después. Me quedan 24 horas para conseguirla, pero la probabilidad de que haga efecto e impida el embarazo disminuye con el tiempo, según me explicó el doctor Molina. Si esto fuera una emergencia real, tal vez ya sería madre de un hijo no programado, tendría el colon en la mano y la autoestima por el piso. Menos mal que no la necesito. Menos mal.

EPÍLOGO: LAS FARMACIAS
Decido pedirle una receta a mi ginecólogo y ver si las farmacias me venden la pastilla del día después. En octubre de 2007, el gobierno multó a tres cadenas –Cruz Verde, Ahumada y Salcobrand– por negarse a vender la píldora argumentando objeción de conciencia de los farmacéuticos. ¿Tendrían ahora la píldora a la venta? Este fue el resultado:
-Farmacia Salcobrand, Catedral con Puente: una señora de delantal impecable me mira con solemnidad y me dice: “No la tenemos. Al principio llegó, pero la descontinuaron. No hay”.
-Farmacia Cruz Verde, Ahumada con Huérfanos: el farmacéutico me atiende con amabilidad. “Mmm. No está el Postinor, pero tenemos el Post Day, que es lo mismo. Puro levonorgestrel, dos pastillas, ¿le sirve?”. Ante la duda, me abstengo, si bien después averiguo que el Post Day es lo mismo que el Postinor 2: la misma cantidad de levonorgestrel, sin estrógenos. Sirve de la misma manera y sin efectos adversos.
-Farmacia Ahumada, Portugal con Curicó: la farmacéutica desaparece detrás de los estantes y después de unos minutos regresa con la cajita blanca y verde entre sus manos. “Acá está. ¿La lleva?”.

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