El extraño mundo de Lobsang

(Revista Paula, 2007)

Hace más de un año un grupo de okupas se tomaron una casa abandonada en calle República para convertirla en centro cultural. Lobsang Palacios, profesor de danza butoh, fue uno de ellos. Después de una infancia viviendo en tomas de terreno, una juventud de casa en casa y de un largo camino de itinerancia, Lobsang habla de su historia antes de llegar a un hogar que legalmente no le pertenece y del que cualquier día de estos, lo pueden desalojar.

Un candado dorado le cuelga de una oreja. Una cápsula de remedio atraviesa la otra. Lobsang Palacios (30), uno de los líderes de la casa tomada de República 550- rebautizada por los okupas como Centro de Investigación Escénika Akí, espera a sus alumnos de butoh fumando y mirando por una ventana del segundo piso de la gran casona céntrica. El profesor de butoh, una danza que resucita a los muertos a través de contorsiones y bailarines con los cuerpos pintados, mira su reloj. A las ocho en punto baja y entra al salón donde una treintena de chicos en ropa deportiva y a pata pelada, elongan en el suelo al compás de una música japonesa con toques de gong.
Lobsang llegó a esta casa en octubre de 2005. Estaba viendo las noticias por televisión cuando reconoció a sus ex compañeros de la Escuela de Teatro Faceta alegando porque el Servicio Nacional de Vivienda y Urbanismo los quería desalojar de la casa abandonada que hacía dos meses se habían tomado. Al día siguiente Lobsang partió a darles apoyo moral. Ellos, a cambio, le ofrecieron un lugar donde ensayar sus montajes. Ahora Lobsang es como el alma de la casa. Un okupa con pinta de punky y corazón de abuela que saluda a todos con un abrazo apretado. Pero en medio del salón de madera, mientras sus 30 alumnos caen al suelo simulando desmayos, Lobsang está serio. Solemne y silencioso. Para él el butoh es más que la danza ceremonial que nació tras la bomba de Hiroshima para homenajear a sus muertos. Para Lobsang, el butoh fue un salvavidas. La enfermedad y el remedio que “me sanó y me volvió loco” después de un largo camino de itinerancia por distintas casas. Hasta que llegó a ésta. “La República independiente de República de Chile, una mini patria”, como dice él.

De tribu en tribu
Lobsang es hijo de padres jipis que se conocieron en veredas contrarias. De un ex pelado raso que se enamoró durante una protesta de una joven manifestante socialista. Iván Palacios y Mónica Muñoz se casaron en 1975 y se fueron a vivir en tomas de terrenos. Pasaron por San Felipe, Putaendo, Quebrada Lo Herrera, Chimbarongo y Santiago. “En las tomas trabajaban: mi viejo compraba juguetes en el norte y los vendía acá, mi vieja vendía ropa y pintaba. Mi viejo aún es un jipi de barba y pelo largo y hace esculturas en piedras y fierro. Mi vieja pinta policromía y le gusta simular mármol con yeso y piedra”, explica Lobsang, quien nació un año después, el 22 de agosto de 1976. Su padre, asiduo a la literatura trascendental y la meditación, decidió bautizarlo así en honor al escritor tibetano Lobsang Rampa, autor de El Tercer Ojo.
Lobsang – que significa casa grande, familia de tradición – creció yendo de terreno en terreno con estos padres jipientos y cariñosos que lo dejaban ser. “Me acuerdo que podíamos estar cagados, pero si mi papá sabía que alguien necesitaba una máquina de escribir, iba y se la regalaba. Vi llorar a mi papá varias veces, por eso tengo el concepto de que los hombres también pueden llorar. Mi papá es un romántico. Cuando yo tenía 15 años, para un cumpleaños de mi mamá, le cantó con guitarra. En medio de la canción, gritó: “¡Te amo, Mónica!” y le corrieron unas lágrimas. Pensé que era el hombre más enamorado del mundo”, recuerda.
Diez años duró el largo recorrido de la familia. Hasta que Mónica, cansada de deambular, le dijo a su marido: “Quiero una casa propia”. Iván, quien ya trabajaba como cajero del Banco del Estado, empezó a pagar en cómodas cuotas el sueño de la casa esquina en el centro de Conchalí. La casa en Principal con Johnson era grande. Tenía tres piezas, patio trasero, estacionamiento de auto, cocina y un baño amplio. “La casa que cualquier persona quisiera tener. Para el terremoto del 85 yo estaba veraneando en la casa de mis abuelos en Putaendo. Cuando volví a Santiago, vi mi casa y la encontré tan bonita, que me puse a llorar”, cuenta Lobsang.
Fue ahí donde al poco tiempo, Lobsang reventó. “A los 12 años tuve un quiebre de un día para otro: me puse desordenado, me di cuenta de que me gustaba el teatro, que detestaba jugar a la pelota y que amaba mi colección de autitos. Pero sobre todo, descubrí que era un huevón muy llorón, que las cosas me afectaban y me dolían”.
A Lobsang se le abrió la cabeza. Quiso saber qué había más allá de las paredes de su casa y a los 13 años empezó a colarse a las Fiestas Spandex donde se quedaba pegado viendo las performances del underground ochentero. “Quería ver qué estaba pasando en ese momento en el underground. Siempre me tiró más ese sistema que el oficial. Saltaba los muros del teatro Esmeralda y veía deambular a personajes como Lemebel con Las Yeguas del Apocalipsis, alucinaba con las performances y una vez vi caer a un huevón escalera abajo. Era parte de mi locura y de la locura de ellos. Después me devolvía a mi casa, solo y me acostaba pensando en todo lo que había visto”, cuenta.
Lobsang empezó un largo recorrido por distintas tribus urbanas. Primero fue jipi. Andaba con morral, chaleco y patas de elefante tal como se acordaba de su padre cuando él era niño. A los 16 se hizo punk. De bototos, pantalones apretados, el pelo azul o rojo y sudaderas y se puso a carretear como si el mundo se fuera a acabar. Tomó alcohol a destajo, fumó marihuana y probó un surtido menú de drogas incluida la metanfetamina – un estimulante derivado de la anfetamina que produce euforia y aumenta la actividad física- que es la pastilla que ahora le cuelga de su oreja izquierda como un recuerdo de la “Furia Roja”.
“Era bien loco. Terminaba en carretes insólitos, despertaba en casas X o en la playa. Creo que fue una etapa de experimentación. Cosas de pendejo. Lo que pasa es que soy un pelota que no se aguanta las ganas de hacer las cosas. Por eso pasé por tantas, aunque creo que es malo quedarse pegado. Todavía veo a mi grupo de amigos punkies y tengo amigos por todos los lados. Una vez hice un carrete para mi cumpleaños en mi casa y parecía El Arca de Noé: había actores, pintores, prostitutas, gays, lesbianas, drogadictos, jipis, punkies, andinos, mapuches, hasta travestis. Lo resumo con la película el Gran Pez en la que el hijo no le creía nada al padre y en el funeral llegan todos estos personajes. No es que yo los busque, pero me los topo. Lo mío es instinto y víscera, nada más”, dice ahora. En la casa, se había instalado la diversidad. Porque mientras Lobsang hacía su propia búsqueda, sus hermanos Cristóbal e Iván, estaban en las mismas. “Cristóbal es punky, con mohicano, pero no se produce. Ahora está casado y trabaja en su propia constructora. Iván es industrial, le gusta andar de negro, ser un chico rudo. Pero antes tuvo una etapa neonazi. Menos mal que no se quedó pegado porque ahí sí que me da ataque surtido”, cuenta el hermano mayor Lobsang.
A los 18 años Lobsang, a esas alturas alternativo, ya era simplemente él: un cabro recién salido del liceo que soñaba con ser actor.

Busco mi destino
A sus papás no les gustó nada la idea del teatro. Le dijeron que no ganaría dinero, que nadie lo pescaría por ser un cabro de población. Por eso, en 1994 Lobsang estudió seis meses de periodismo en la Arcis, pero se retiró. Al año siguiente, entró a la Escuela de Teatro Faceta y se cambió de hogar: por un aviso en el diario llegó a una casa antigua de calle Cóndor donde vivían travestis, prostitutas y gigolós y arrendó una pieza. “Era un quilombo. En las noches las putas se peleaban por el baño. Estaba la Maca, un travesti estupendo, flaca, rubia de un metro ochenta. Me acuerdo que lo que más me impactó fue un día en que me levanté y esta huevona estaba meando parada. Le dije: “Siéntate, por favor, si tienes tetas” y ella me tiró la puerta encima. Con la Maca hacíamos tallas: cuando alguien iba a verme, me tocaba la puerta con voz de hombre, pero después entraba esta tremenda mina y mis amigos quedaban: “¡Qué es eso!”. También estaba la Vaitiare, un transexual bien feíta que bailaba en boites de mala muerte y que terminó siendo lesbiana: después de operado, se enamoró de una tipa. Vivía la Niña de los Árboles, una pintora que sólo dibujaba árboles y raíces. Y la dueña de la huevada era la Vanessa: una vieja cachonda, fósil, con los pechos secos que andaba en enaguas y a quien se la comía un pendejo que tocaba el saxo, para no pagarle arriendo”, recuerda. Mientras, Lobsang ya se había convertido en todo un personaje en Faceta gracias a una performance que hizo durante la bienvenida que los cursos más grandes le daban al primer año: Mentiras Verdaderas Vomitadas al Azar, una performance escrita que le había regalado su hermano menor, Iván. “Entro vestido de sacerdote con una música sacra. Después me saco la ropa, me pongo una capucha y tiro una maldición. Me saco la ropa de nuevo y hago un tema bien pachanguero vestido de mujer, con corsé y ligas. Y cuando me quito la polera, en la espalda tengo escrito “Todo Está Perdido”. Toda la gente quedó plop”.
Pero el sueño actoral sólo duró seis meses. El padre de Lobsang fue despedido del Banco del Estado y no pudo seguir pagando los estudios de su hijo. Lobsang se fue a negro. Comenzó a trabajar como vendedor de cable VTR y después en el Mercado Central como garzón del restaurante de mariscos La Bahía Chica y se gastaba toda la plata en carretear. Comenzó a vivir de casa en casas de amigos, sin punto fijo. Todas las noches, durante cuatro años, fue un lugar diferente. El lema de su performance parecía haberle caído encima. “Es penca darse cuenta de que uno es pobre y que por eso no puedes cumplir tus sueños. Estaba deprimido y asqueado porque no podía sacar mi carrera por plata. El sistema me hizo sentir un fracaso, un animal que comía, cagaba, dormía y trabajaba. Mandé todo a la mierda y me convertí en un suicida compulsivo. Tomaba alcohol, consumía drogas, me borraba, cruzaba las calles y me daba lo mismo si me atropellaban. No tenía límites. Trabajaba para carretear y en el Mercado carretea todo el mundo. Íbamos a Los Chinos o al Diamante que está en Bandera, que es un local chino como de película tránsfuga donde tomábamos chela, pelábamos, bailábamos y jugábamos dominó. No quería volver a la casa de mis papás porque estaba reventándome. Era una mala vida, pero pensaba que me lo merecía porque era un pobre huevón”. Cuatro años estuvo en el lado oscuro. Hasta que un día, Lobsang no pudo más. Agarró a su gato y partió con lo puesto a la mediagua que sus papás tenían a orillas del lago Rapel. Tenía 24 años. “En Rapel plantaba, trabajaba la tierra, cultivaba, caminaba y salía a pescar. Cazaba pajaritos con palos, comía conejos que preparaba en la cocina de la casa – tres cuartos de una mediagua con cocina, cama y refrigerados que habíamos armado con retazos con mi familia – y comía muchas papas fritas que me daba la gente que vivía en la loma vecina. Me dejé barba, era bien ermitaño, salía a caminar por los cerros porque no quería estar más con la gente, sino solo, solo, solo. Quería impregnarme de lo que estaba viviendo, de lo que quería como persona y de mis temores. Sembrar me hizo bien: cuando cultivaba, veía frutos y eso me reconciliaba conmigo mismo”. Pero seis meses después, Lobsang recibió una visita inesperada.
– Hola, qué tal- le dijo su padre al verlo.
– Hola- le respondió Lobsang, el ermitaño.
– Me voy a quedar contigo.
– Pero mañana tienes que trabajar.
– No importa, me quedo contigo.
Iván ya trabajaba en una constructora y Lobsang decidió devolverse a Santiago con él antes de que perdiera otro empleo. De regreso en Santiago, Iván le mostró un afiche que había despegado de una pared cerca de la casa. “Es una compañía de teatro independiente y están buscando a gente. ¿Por qué no vas?”. Lobsang dijo que sí.

La muerte según Lobsang
Al poco tiempo de haberse integrado al grupo de teatro independiente de Conchalí, Lobsang se enteró de que Carla Lobos, la mejor exponente del butoh en Chile- estaba dando un taller de danza. Él ya sabía de qué se trataba: hacía pocos días, investigando por internet, se había topado con una imagen de un maestro japonés que lo dejó marcando ocupado. En ella, el bailarín pintado de blanco, con el rostro arrugado, sostenía una flor. “Pensé: “esto es lo que quiero”. Me inscribí en el taller y rayé la papa. El butoh me sanó: dejé de carretear, me puse a estudiar y tomé todos los talleres gratis durante un año”. Lobsang se transformó en ayudante de Carla en el Centro Cultural Balmaceda y en la universidad Arcis. Y poco después, en un bailarín estable de las compañías Auca Butoh y Colectivo Catedral. Su debut profesional fue el 2003 cuando con Auca Butoh presentó la obra Animitas, basada en tres historias de animitas del norte: Elvirita, Evaristo Montt y Sandra Le Roy, una prostituta antofagastina asesinada por los organismos de inteligencia de la dictadura en 1985 y que era interpretada por Lobsang. “Siempre me gustó más la historia de la Sandra Leroy. Era una prostituta que de día se llamaba Juanita Guajardo y se vestía con encajes negros, y de noche era Sandra Leroy. Como prostituta, cachaba las huevadas más brígidas de esa época. Por eso la mataron, porque tenía mucha información. Le amarraron un riel de ocho kilos a la cintura, la llenaron de cosas, le sacaron las uñas y las yemas de los dedos y la tiraron en pelotas al mar para que se hundiera. Pero la huevona salió a flote igual. Y apareció en la orilla de la playa con un zapatito de oro colgado al cuello. La identificaron por eso. Yo hice todo su vía crucis hasta un camino que da a un barranco hacia el mar. En Animitas, en la primera escena hago de demonio, de violador. En el segundo acto, de Evaristo Montt, un sereno que murió cuando explotó la caldera del tren, hago de borrachito que cae a la línea férrea. Y después interpreto a Sandra Le Roy en el cuadro que se llama cabaret”.
Meses después, durante una gira por el norte, Lobsang tuvo una revelación en una feria de las pulgas. Ahí un anciano aymará le dijo apenas lo vio: “Pensé que no ibas a venir nunca, te tengo un regalo”. Le extendió un atrapasueños con plumas y bolsitas rojas colgantes y le explicó: “Esto es un atrapamuertos. Tú cargas con ellos, te siguen. Pero al pasar por esto, los muertos se van hacia la luz”. Lobsang le pidió que le dijera algo más. Pero al aymará sólo le contestó: “Siempre dices que no sabes nada, pero en el fondo lo sabes todo”. Lobsang quedó de una pieza. Sobre todo por el regalo relacionado con los muertos.
Se acordó de las veces que hablaba con el aire cuando era un niño, de cuando tenía 12 años y una tía tuvo la impresión que a su lado, dormían dos tíos que recién habían fallecido. “Siempre tuve relación natural con la muerte y no le tengo miedo. Siento que los muertos me siguen y me protegen. Por eso el butoh tiene mucho que ver conmigo”, explica. Ahora Lobsang fabrica sus propias muñecas butoh con desechos, tubos de PVC, papel y panties viejas. Todas oscuras, tétricas, sin rostros. El 2003, el Ballet Nacional le encargó ocho muñecos – una madre ancestral con sus siete huachos – para la obra La Carta Blanca. Lobsang las entregó, pero decidió quedarse con la madre ancestral, una muñeca de pelo blanco y mechones negros de su propio cabello que lo acompaña en todos sus viajes y lo observa, desde una silla, mientras él hace sus clases en la casa okupa.

La Kasa
Cuando Lobsang se trasladó en octubre de 2005 a la casona, se encontró con un caos: la casa estaba anegada con barro, en el tercer piso había dos piscinas de agua, el pasto estaba largo, los vidrios de las ventanas, rotos y todos los patios estaban llenos de escombros y basura. Además, todavía había evidencias del terror que sembró la CNI en los setenta.
La casona tiene una larga historia: construida por el arquitecto Josué Smith Solar a principios del siglo XX como su residencia, la casa fue embajada, luego pensionado para los alumnos de pedagogía de la Universidad de Chile y después del golpe, se convirtió en centro de torturas de la CNI. Pero al regreso a la democracia, gracias a un trueque, la Chile se la dio al Serviu que todavía es el dueño legal. Sin embargo, la casa estaba completamente abandonada desde el 2000. Por eso cuando los okupas llegaron a habitarla, aparte de mugre acumulada por años, encontraron los barrotes de una celda marcados en la pared del subterráneo. En noviembre de 2005, mientras barría el patio trasero para convertirlo en un escenario natural, Lobsang recogió dos capuchas que estaban enterradas y que los ex CNI usaban para que sus víctimas no los reconocieran. “Anduve dos semanas a paseándome con las capuchas y hacía la prueba: cuando estaba con un amigo, de repente la dejaba caer. Y siempre ese alguien la miraba aterrado. “¿Qué es eso?”, me decían. Era un trapito negro, pero causaba rechazo. Cuando te la pones, se te oprime la cabeza”, dice. Porque Lobsang se la ha puesto. Para el lanzamiento de la revista independiente Perro Muerto, el primer evento que hubo en la casa, Lobsang bailó con una de las capuchas. Fue su manera de exorcizar los fantasmas que aún siente que deambulan por una casa que ahora no es ni la sombra de lo que encontraron. El lugar ahora está ordenado y limpio. Hay salas con cuadros al óleo, fotografías, vestuarios para obras de teatro, instrumentos musicales, afiches con información sobre conflictos medioambientales, poesías, imágenes del pueblo mapuche y más de veinte talleres gratuitos que hacen para alrededor de trescientas personas cada semana. Hay japonés, mapudungún, tela aérea, mano a mano, teatro, butoh, diseño de vestuario y música, entre otros. Pero además de las clases, en la casa siempre hay vida: los artistas tienen ahí sus talleres y trabajan haciendo sus obras durante todo el día. El único precio que pagan por tener un pequeño espacio es compartir sus conocimientos con quien llegue a pedirlos. Porque en la casa de República nadie vive, excepto trece perros que resguardan de noche el lugar. En Akí está prohibido quedarse a vivir en la casa, fumar pitos y tomar alcohol.
Mientras Lobsang, quien ahora vive en casa de sus padres, viene todos los días a la casona en bicicleta, recorriendo 12 kilómetros en cada trayecto porque dice que no tiene ni uno. “Tengo momentos de quiebre personal en los que quiero comprarme ropa, ir a cenar, tener cobertura de salud y un sueldo estable. Pero cuando trabajaba en el Mercado y tenía todo el cuento, la pasaba sufriendo. No entiendo por qué no hay sistema de salud para los que trabajamos de esta manera, por qué deberíamos pagar por un espacio que estaba abandonado por años y al que le dimos vida”, dice. Sin embargo, con su trabajo en ambas compañías de baile, la venta de muñecas butoh – por las que cobra setenta mil pesos – y sus bailes submarinos en las fiestas nómades en el Nautilus, Lobsang logra hacer un sueldo. Uno que varía todos los meses, pero que al menos le da los sesenta mil pesos con los que él calcula que vive cada mes. Por ahora Lobsang vive pegado a Akí. Viene a limpiar y reparar lo que aún queda pendiente y a explicarles a todos los medios que le pregunten, por qué cree que esa casa les pertenece más que al Serviu. “Soy okupa porque paso todo el día okupado. Ser okupa no es preokuparse, sino okuparse en lo que haces, es darle vida a espacios donde antes sólo hubo muerte. Okupar es acción, crear y trabajar”, explica.
En la clase de butoh, formados en dos hileras, los chicos observan a Lobsang saltar como rana con los pies en punta por el suelo. Nadie parece preocupado por un desalojo que según todos los pronósticos, es inminente. Lobsang da grandes saltos con los pies doblados. Luego avanza todo el largo del salón estirando las piernas agachado, dando patadas de un lado a otro. Lobsang repta, hace flexiones saltimbanquis y después, aferrado a dos personas que lo toman firme por los brazos intenta soltarse con todo el cuerpo como si sufriera un ataque de epilepsia. Es de noche y hace frío. Pero Lobsang y treinta chicos que intentan imitarlo, siguen bailando al compás del gong al interior de la casa okupa de República 550.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s