Bonvallet: Genio y figura

(Revista Prende, Telefónica, 2007)

 

Está solo en Temuco, viviendo en un hotel. Su misión es sacar del último lugar de la tabla de la Primera B a Deportes Temuco, un equipo que casi se murió de susto cuando supo que él sería su entrenador. Eduardo Bonvallet, en versión sureña y abrigado hasta las orejas, habla de su vida en la novena región, de la mediocridad del hombre chileno promedio, de los amigos imaginarios que lo acompañan y de cómo se transformó en el genio que está convencido que es.

 

La cancha está rodeada de árboles viejos vestidos de un musgo amarillo. Corre un viento helado y las nubes amenazan con lluvia. Pero en medio de la cancha de fútbol – mitad barro, mitad pasto mojado – los chicos de Deportes Temuco con las zapatillas embadurnadas y sus petos verdes húmedos, estiran las piernas y hacen fila para tirar chutes al arco. El arquero está para la historia: desde el cuello hacia abajo es pura tierra, pero sigue volando por el aire y rebotando en el lodo con cada pelotazo. Desde un costado, su entrenador lo observa. Eduardo Bonvallet (52), forrado en un gorro de lana negro, bufanda, parka gruesa y guantes de cuero negro, mira serio y en postura militar cada jugada de sus alumnos. Está tieso: las manos rectas, posición erguida, listo para marchar. Y está enojado: el fin de semana pasado, después de varias victorias de Deportes Temuco, San Felipe goleó a sus pupilos cinco a cero. El profesor pasó dos días encerrado en su casa en Santiago después de tamaña afrenta. Al tercer día se le pasó la furia. Pero hoy quiere que sus entrenados perciban que todavía está molesto. Por eso, no se ríe ni se inmuta frente a sus esfuerzos. Y cuando uno de ellos logra meter la pelota al arco, sólo saca la voz para gritarle: “Chucha, ¡por fin!”.

Eduardo Bonvallet termina el entrenamiento matinal y sale de la cancha sin dirigirle la palabra a nadie. Ni a sus alumnos, ni a los periodistas regionales que lo esperan, ni al chofer que lo lleva en un auto de vidrios polarizados de regreso al hotel Frontera, donde está viviendo desde abril, cuando llegó a esta ciudad para entrenar al equipo. Después de una larga y polémica trayectoria en los medios de comunicación como gurú, opinólogo, humorista, conductor, charlista motivacional e incluso bailarín, Bonvallet dio este giro como director técnico de un conjunto futbolero que no daba una: Deportes Temuco es el último equipo de la Primera B de nuestro fútbol. Pero el Gurú, detractor acérrimo de las derrotas y los perdedores, está obstinado en convertir a sus chapulines de pelota en gladiadores de verdad. Esa es la nueva meta de un francotirador llamado Eduardo Guillermo Bonvallet.

 

– ¿Por qué aceptaste venir a entrenar a Deportes Temuco?

Todo el mundo dice que le gustan los desafíos, pero es mentira. El chileno no es bueno para los desafíos. Pero yo soy de verdad: ando por la vida solo y no he dejado de ser número uno nunca. Al principio fue preocupante venir acá porque me agarré de un fierro caliente: llegué a entrenar a un equipo que tenía un solo gol a favor, que estaba disgregado, demasiado triste y rechazado por el pueblo. Entonces hice un trabajo motivacional y además conseguí todo lo humanamente posible: cancha para entrenar, profesor de educación física, que cambiaran las duchas, los baños, los lavatorios, el vestuario deportivo y los buses para el equipo. Y eso me produjo un  desgaste de energía tremendo. Estuve con fiebre todo el primer mes.

– ¿Y no pediste nada especial para venir?

– No, nada, yo nunca pido nada. Cuando trabajé en la radio, no pedí nada, en una empresa no pido nada. Acá no pedí ni siquiera un entrenador ayudante. Tengo demasiada confianza en lo que hago. Mi único requerimiento es trabajar con gente decente.

– ¿Cómo es vivir en un hotel?

–  Nada especial. En las mañanas entreno y en la tarde voy a ver a las personas que se dializan y están en proceso terminal. Voy a apoyarlos. Al principio me vine a una casa con mi mujer que tiene cuatro meses de embarazo y mi hija Amalia, que tiene un año siete meses, pero las dos se enfermaron. Entonces tienen que aclimatarse, no me las puedo traer ahora. La idea es que después de que nazca Eduardo en noviembre, se vengan todos en enero para acá.

– Ya, pero estás solo en un hotel, ¿en qué te entretienes?

– Es que a mí me gusta la soledad. La mayor parte de mi tiempo libre estoy en mi habitación, pensando.

– ¿Y en qué piensas?

– En fútbol.

– ¿Puro fútbol?

– Ajá.

– ¿No piensas en ti?

– No mucho. No me proyecto porque estoy acostumbrado a ser echado, entonces para qué me voy a proyectar. Tengo demasiados enemigos supuestamente potentes, porque no encuentro a nadie potente en Chile, que pertenecen a un sector que maneja el país.

– ¿Y quiénes son tus enemigos?

– No, ahora me dedico a hablar de fútbol nomás.

– ¿Pero ellos siguen en tu contra o ya se les pasó?

– No sé, pero de alguna u otra forma se dieron cuenta del poder que tengo con el golpe efectista que di al venirme para acá. Ahí dijeron: “éste se presenta a senador y sale electo”. Tengo esa votación en cualquier ciudad de Chile.

– ¿Seguro?

– Absolutamente.

 

El genio de un genio

– Hay gente que te tiene susto, ¿tú estás consciente que provocas ese miedo?

– Sí, pero no tienen por qué tenerme susto, es cosa de preguntarle a cualquier persona que trabaja conmigo. Primero están mis compañeros, después mis compañeros y luego yo. A medida que pasa el tiempo, la gente se da cuenta de que soy cariñoso, que entrego afecto. Igual que mis jugadores: al principio pensaron que yo era un espanto y después se dieron cuenta de que soy hasta gracioso.

– El sábado perdieron 5- 0 con San Felipe, ¿qué le pasa al Gurú cuando pierde?

– Cuando se pierde la humildad, se pierde en la cancha.

– ¿Pero te picas? ¿Te da rabia?

– Lo que pasó fue que nunca tienes que dejar de ser humilde: el equipo se hizo tan compacto que le ganó al puntero, le ganó al segundo, empató en Talca y en Santiago con el tercero, pero perdió con el último equipo de la tabla. Eso es porque algo anormal pasó. Y lo que pasó fue que nunca tienes que dejar de ser humilde. Humilde en el buen sentido de la palabra: no humilde-sumiso, sino tener los pies sobre la tierra. Hay que trabajar en equipo cuando no existen individualidades. Si yo tengo a (Humberto) Suazo, meto a todo el equipo atrás y juego solo con él adelante.

– ¿Pero cómo saliste del estadio ese día?

– Malhumorado. Me fui a mi casa, me encerré dos días y no salí ni al jardín porque la derrota hay que llorarla.

– ¿Ya se te pasó el enojo?

– Todavía no. Ni siquiera entré al camarín hoy día a saludar a los jugadores.

– En general ¿te enrabias mucho?

– No, para nada: tengo cuatro hijos salvajes, tengo una mujer tremendamente inteligente, soy un agradecido de Dios por haberme dado coraje para salir adelante, tengo a mi madre bien,  no puedo quejarme. Sería malagradecido.

– Pero ahora fuiste a ver a tu familia y te quedaste dos días encerrado.

– Es que ellos entienden.

– Qué paciencia la de tu señora

– Paciencia pues. Ser mi mujer es difícil porque además me gusta estar siempre solo. Soy de pocos amigos y me gusta mi espacio vital. Ella me respeta ese espacio donde estoy volado, pensando en mis cosas y en mi fútbol, y después estoy con mi familia. Ahí mismo en la casa, me voy al segundo piso, veo fútbol y después bajo. Es que soy una persona diferente, nadie lo puede poner en duda. Soy diferente en todo: soy inevitable porque es imposible no conversar sobre mí porque hay gente que da la vida por mí y otros que me detestan. No hay nadie que no me conozca y eso que no tuve jamás un espacio donde me pudiera desarrollar. Y me tuve que desarrollar en tantas facetas. Hice de actor, humorista, comentarista deportivo y animador misceláneo porque la vida me ha obligado a ser el número uno para poder tener trabajo.

– ¿Y sin esas facetas quien es Eduardo Bonvallet?

– Un genio.

 

Pinteado y mochero

La historia de Eduardo Bonvallet es la de un sobreviviente: creció en una casa de las Rejas junto a un padre minero que se deslomaba en la Disputada Las Condes y una madre que después de haber trabajado en las JAP (Juntas de Abastecimiento y Precios) durante la Unidad Popular, tuvo que autoexiliarse en Alemania Oriental. A los 12 años Bonvallet se quedó solo con su padre quien le enseñó que un hombre siempre debía andar con los zapatos bien lustrados, bien vestido y con los dientes impecables. Y que debía ser digno, hasta las últimas circunstancias. Bonvallet ha seguido su consejo: huele a perfume, está perfectamente peinado, viste pulcro y estira sus manos para mostrar sus uñas blancas y bien cortadas. “¿Ves? Están impecables”.

– Tu padre, ¿qué más te inculcó acerca del género masculino?

– Que un hombre debía ser honesto y digno. Él estuvo tres años cesante y jamás le aceptó un plato de comida a mi abuela. Salía a hacer sus pitutos. A veces tenía los ojos enrojecidos de cansancio, pero no aceptaba la ayuda de nadie de la familia. Fue digno hasta el final.

– Tú viviste solo con él, ¿cómo se las arreglaban entre hombres?

– Bueno, fue tremendo porque me tocaron dos infartos de mi papá y una operación a la próstata. Lamentablemente los franceses de la Disputada Las Condes, donde mi papá trabajaba, siempre le dijeron que no tenía silicosis. Lo mandaban a revisarse los pulmones donde médicos que estaban coludidos con ellos y el pobre viejo, al final murió de un edema pulmonar. Lo pasé muy mal en esa época. Como no teníamos plata, yo me sentaba en la cuneta sin la posibilidad de darle comida a mi papá cuando estaba enfermo. Gracias a la ayuda de los vecinos, podíamos subsistir. Por eso no dejo jamás de ir a recorrer mi pasado en las Rejas, donde crecí, y a Los Castaños en Vitacura, donde viví después. Tampoco dejo de saludar a Ariel del quiosco que me dio trabajo a los 12 años cuando me subía a la motoneta, repartía diarios y con eso me ganaba unos pesos con los que me las arreglaba.

– ¿Por esa parte de tu historia te propusiste ser el número uno, como dices tú?

– Sí, cuando vi a mi papá enfermo y cómo lo humillaron, algo me pasó. Los de la Disputada Las Condes de ese tiempo fueron poco nobles y poco leales con el viejo, que trabajó treinta años ahí, para no pagarle su indemnización. Ahí me propuse que jamás me harían eso y que en la vida tenía que ser avasallador. Que nunca nadie iba a pasar por arriba mío. Eso me hizo fuerte para pelear porque fui bien peleador, de combos.

– ¿Con quiénes te agarrabas?

– Con cualquiera. Era peleador callejero. No me gustaba que me molestaran ni que miraran a mi mujer cuando andaba con minifalda. Pegaba combos y bien rápidos.

 

El hombre Bonvallet

– Hazme un análisis del hombre chileno promedio

– El pueblo a mí me recibe muy bien, pero en el medio en el que me muevo, son envidiosos, persecutorios. Este país no respeta a las personas exitosas porque hay una mediocridad tremenda. Muchos no pueden entender que un ex pelotero sea el mejor en cada una de las actividades que hace: trabajé en una empresa y fui el mejor marquetero del país, trabajé en las comunicaciones y fui el mejor comunicador del país, trabajé en un canal chico y marcaba veintitantos puntos, trabajé en una cuestión del baile sin saber bailar y tuve el pick más alto de sintonía, tengo 52 años y soy perseguido por todas las generaciones: los abuelos, los padres, los hijos y los nietos.

– ¿Y cómo te reciben las mujeres?

– Bien. Es cosa de que nos demos una vuelta por aquí, para que veas cómo quince o veinte mujeres me dan un beso. En el segmento abc1 son más contenidas, pero quisieran abrazarme. El pueblo es más auténtico.

– ¿Se te tiran al dulce?

– No, no, no. Es que yo no soy Luis Miguel como para que fresqueen conmigo.

– Pero has dicho que fuiste adicto al sexo, ¿cómo controlas esa adicción?

– Tú naces así, eso no se te pasa nunca. Pero ahora soy adicto al sexo en mi casa.

– En qué te distingues de los hombres chilenos.

– No sé, habría que preguntarle a los sociólogos y psicólogos que hacen tesis sobre mí en las universidades.

– ¿Sí?

– Exactamente, me estudian. En los análisis ponen que estoy loco, en otros ponen que soy inteligente. El que pone que soy loco, usa el último argumento del tonto. Pero hacen tesis sobre mí en universidades donde he ido a dar charlas. Estuve hasta en la Universidad de Chile hablando frente a más de mil personas.

– ¿Y sobre qué hablaste ahí?

– No me acuerdo porque soy improvisador. ¿No te digo que soy un genio? ¿O tú crees que soy como un Presidente de la República que lee?  No, yo soy diferente. El chileno dice: ese niño es buena persona. Tú preguntas por qué y te dicen porque es humilde y calladito. Yo no soy ni humilde ni calladito: soy corajudo y honesto. Y no miento.

– ¿Y soberbio?

– Nada.

– Igual te quieres harto.

– Es que no puedo dejar de ser presumido y ególatra porque si no, no podría subsistir en este medio.

 

Amigos imaginarios

– En Temuco, solo, ¿no te dan bajones?

– No porque al lado de una cancha de fútbol soy tremendamente feliz. Me hace falta mi guagua y mi mujer.

– ¿Qué tan importante son las mujeres de tu vida?

– No puedo vivir sin una mujer al lado

– ¿Y en qué dependes de una mujer?

– Necesito afecto, ¿ya? Necesito compañía, amor y además que me paguen todas las cuentas. Porque yo no manejo nada.

– Y en la práctica, ¿eres autovalente? ¿Sabes cocinar, lavar, planchar?

– No, no sé hacer nada. Si los genios no saben hacer nada, solamente piensan. Hay que ser genio de la vida, no un genio de un solo talento.

– ¿Y en qué falla el genio Bonvallet?

– Como dice la canción: que dejé de vivir por ser primero. Esa es la gran falla. No me interesa nada más que ser el número uno. Es una obsesión que no es buena porque dejas de vivir. Perdí amistades porque ya no tenemos fines en común. Ellos están haciendo lo normal: divertirse. Y a mí no me interesa divertirme.

– ¿No haces nada divertido en tu vida?

– No.

– ¿No escuchas música, no vas al cine, no ves tele?

– Solamente veo televisión. Me gusta ver el Discovery, una película en el HBO y generalmente veo cuestiones sobre la historia mundial, sobre todo la parte bélica. Me llaman la atención los documentales sobre las guerras mundiales, me gusta saber cuáles son los pueblos con mayor coraje y los más endebles. También es sagrado ver las noticias todas las noches. Eso me entretiene. Y estar con mis hijos. Para qué quiero más si ya la revolví harto: ya discotequeé, ya estuve en pubs, jugué ajedrez pero ahora lo dejé porque no tengo con quién jugar.

– ¿No tienes ningún amigo en Temuco?

– No. Pero se puede vivir sin amigos. Soy diferente y los genios están todo los días conversando con sus amigos imaginarios.

– ¿Y tú los tienes?

– Lógico. Tengo el ángel bueno, el ángel malo, el ángel sapiente, el ángel inteligente, estoy lleno de amigos. El ángel bueno me dice que pare un poquito cuando aparece el ángel malo y quiero hacer alguna maldad.

– ¿Y qué maldades te da por hacer?

– El ángel malo me dice que me desordene un poco, que salga un ratito, que me despeje.

– No es tan malo el consejo del ángel malo

Es que el ángel malo es demasiado perverso porque no quiere que llegue al otro día. Si es malo po. Por eso, prefiero no hacerle caso.

 

 

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