Balas locas, Las Víctimas Inocentes

(Revista Paula, 2009)

 

En poblaciones de Santiago, niños reciben balazos mientras toman la leche en su casa, chatean en un cibercafé, juegan fútbol en el pasaje o descansan en brazos de su madre. En 2008, once niños de entre 0 y 15 años murieron o fueron heridos por balas locas de delincuentes o narcotraficantes. Las víctimas han ido en aumento desde los últimos tres años. Sus familias muchas veces no hacen la denuncia por miedo a las represalias.

 

Son como el Far West. Poblaciones de Santiago donde cada noche los vecinos desarmados escuchan escondidos en sus casas las balaceras entre los vecinos armados. Sectores donde ni Carabineros ni las ambulancias se atreven a entrar. Barrios donde delincuentes, soldados del narcotráfico y choros andan armados y arreglan sus problemas a tiros. En estas calles caen niños que están por casualidad en la línea de fuego. Desde los últimos tres años, las víctimas han aumentado. Así lo ha visto el doctor Héctor Moya, jefe de Traumatología del Hospital de Niños Roberto del Río y el único médico chileno que hasta ahora ha hecho una investigación sobre el manejo intrahospitalario de niños heridos a bala: “Desde los últimos cinco años, pero con mayor frecuencia desde los últimos tres, hemos recibido cada vez más niños heridos con armas de fuego. No era algo a lo que estuviéramos acostumbrados. Por eso tuvimos que elaborar un protocolo de manejo para estos niños heridos. Lo que impacta es que son víctimas de problemas que nada tienen que ver con ellos”, dice.

Las cifras nacionales de la Policía de Investigaciones, la única institución que maneja ciertas estadísticas al respecto y que sólo tiene información desde 2005 en adelante, lo confirman: en 2005, dos niños menores de 15 años murieron por balas locas; en 2006 fueron cuatro, y en 2007, siete (uno de ellos en Valparaíso, el único muerto en regiones). En 2008, cinco menores perdieron la vida y seis fueron gravemente heridos en Santiago. Casi todos en comunas del sector sur.

Investigaciones explica el fenómeno, en parte, por el aumento de tenencia de armas de fuego: “Hay más armas, porque hay más gente que las compra para defenderse y los delincuentes se las roban. Por lo general, las armas implicadas en balaceras contra niños son robadas, y es fácil y barato adquirirlas: en las poblaciones las venden a 50 mil o 30 mil pesos”, explica Álvaro Astroza, inspector de la Brigada de Homicidios de Investigaciones a cargo de los últimos tres casos más impactantes de 2008: el de Rosita Muñoz (13), baleada en Lo Espejo; Christopher Pérez (12), baleado en La Pintana, y Nelson Merino (8), baleado en Renca.

El Ministerio del Interior ha impulsado campañas de entrega de armas –inscritas y no inscritas– para evitar estos hechos. Las armas que la población entrega anónima y voluntariamente son quemadas junto a aquellas que Investigaciones incauta en sus procedimientos policiales. De las 49.741 armas destruidas desde 1990 hasta 2007, 24.933 (poco más de la mitad) no estaban inscritas. O sea, eran robadas.

Al alza de armas en manos de delincuentes se suma el aumento de la violencia en los últimos años. “Antes, los cabros disparaban al aire. Ahora apuntan hacia la gente. Ése es el problema de ahora: balaceras por venganza, por drogas o por marcar territorio”, explica Astroza.

En medio de estos tiroteos, niños terminan heridos o muertos a balazos. Casi siempre de noche, casi siempre a pocas cuadras de su casa y siempre dejando a una familia llena de rabia e impotencia por no poder hacer nada contra quienes disparan. Muchas veces ni siquiera se atreven a hacer una denuncia, para no ser blanco de más venganzas.

Para la justicia es difícil ubicar a los que aprietan el gatillo. Y, cuando dan con ellos, es complicado determinar quién fue, en el caos de una balacera, el que disparó el tiro que le dio a un niño, según explica Astroza. “Las penas normalmente son rebajadas, porque los culpables no tenían intención de dispararle a un menor y, muchas veces, también los culpables son menores de edad”, agrega. Con frecuencia, los niños caen baleados sin culpa ni culpables.

“Déjanos entrar a la fiesta”, le ordenó en seco uno de los cuatro jóvenes a Sergio Gutiérrez, estacionado junto a su mujer, Ruth Sandoval, y la hija de ambos, Isidora, frente a una casona verde de la calle Benozzo Gozzoli, en San Joaquín. Pero Sergio sólo había ido hasta allí a buscar a un sobrino a la fiesta. Eso les explicó a los jóvenes mientras su sobrino se subía al auto. Les dijo que él no era el dueño de casa. Que nada tenía que ver con el carrete. Pero a la una de la madrugada del 6 de abril de 2008, nadie entendió razones. Los cuatro jóvenes empezaron a gritar para que los dejaran entrar a la fiesta. Asustado, Sergio encendió el motor del vehículo y aceleró. Roberto Castillo Gómez (23) sacó una pistola y disparó contra el vidrio trasero del auto. El tiro dio en el asiento del copiloto y alcanzó el cráneo de Isidora. La guagua llegó sin vida al Hospital Exequiel González Cortés. Días antes, Ruth y Sergio habían celebrado el primer cumpleaños de su hija con una fiesta familiar en su casa. En las fotos, Isidora lleva un vestido celeste de encajes.

Maricel Jorquera, madre de Nelson Merino, tenía 18 años y nada en los bolsillos cuando su hijo nació. Maricel vendió remedios en La Vega para darle de comer. No siempre le alcanzó para leche: muchas veces sólo pudo darle una mamadera con té. Del papá de Nelson obtuvo poca ayuda. Tuvo dos hijos después, pero Nelson era su favorito, porque era obediente, le ayudaba a hacer el aseo y paseaba a sus hermanos menores, Lucas y Andrés, por las calles del block de Renca donde vivían.

El 23 de octubre de 2008, Maricel veía las noticias de la noche en el living de su departamento junto a Angelo, su marido, y sus tres hijos, cuando Claudio Muñoz González (20) y los hermanos Víctor Hugo (31) y Cristián Arredondo (29), dispararon desde la calle quince tiros hacia la casa. Días antes, Angelo había peleado con ellos a combos. Maricel se agachó tras el mesón de la cocina, le gritó a Nelson que corriera hacia su pieza, pero el niño no alcanzó a protegerse. Una bala entró por su nuca y salió por su mejilla derecha. Una cuadra más allá, los pistoleros se alejaban caminando sin apuro con sus armas en la mano. Tres meses después, la cama de Nelson sigue cubierta con sus autitos de juguete. Cuando ya no puede más con la pena, Maricel se toma un tranquilizante para dormir. Anoche se intoxicó con dos tiras de alprazolam y en la posta tuvieron que hacerle un lavado de estómago.

Christopher Pérez era famoso en La Pintana. Le decían el Rancherito porque desde los 8 años, vestido de mariachi, cantaba rancheras en las ferias libres y en eventos comunitarios. Amaba la música mexicana que su abuelo, Eligio Pérez, con quien Christopher y sus tres hermanos se criaron, ponía siempre en la casa. El Rancherito quería grabar un CD con canciones mexicanas y ensayaba todos los días con el equipo de música que él mismo se había comprado gracias a la plata que juntaba cantando. Con ella, también había pagado sus trajes rancheros, ayudaba a sus abuelos y les compraba ropa y zapatillas a sus hermanos pequeños. Era evangélico, fanático de Colo Colo y asiduo a chatear por internet desde el cibercafé donde el 30 de noviembre, minutos antes de las 10 de la noche, recibió un tiro en la cabeza. Fuera del negocio, Jairo Yáñez Tobar (18) y un menor de 16 años disparaban contra Jimmy Salgado (15) por un ajuste de cuentas.

Antes de morir, Christopher, en brazos de la dueña del local, Andrea Parra, alcanzó a decir que sentía mucho frío. A la semana siguiente, Eligio y los tres nietos que le quedan, se mudaron a Puente Alto. “Todavía no me puedo convencer”, dice el abuelo. Creyente, se consuela en su fe. “A lo mejor Dios lo hizo con un propósito: quizás mi nieto se hubiera perdido en la droga o en el vandalismo, como los demás niños de aquí”.

Cuando sus padres se mudaron de Lo Espejo a Puente Alto, Víctor Quezada Soto decidió quedarse junto a su abuela, María Cárdenas en la población Santa Adriana, donde él había crecido. Vivían de lo que ella juntaba vendiendo cachureos en una feria libre y dormían en un camarote en la misma pieza. Víctor era bueno para la pelota, jugaba fútbol en el club del barrio y estaba enamorado de su polola. La noche del sábado 27 de diciembre, tomó té, se bañó, se cambió de ropa y salió en bicicleta. Se juntó con dos amigos veinteañeros y partieron en grupo a buscar a la polola de Víctor para ir a una fiesta. Eran las once de la noche. Les faltaban pocas cuadras para llegar a la casa de la chica, cuando Eduardo Antonio Cepeda (25) y dos amigos, todos encapuchados, les dispararon más de cinco tiros desde un auto burdeos. Los pistoleros querían ajustar cuentas con enemigos que nada tenían que ver con los chicos que caminaban por la calle. Se confundieron. Los veinteañeros fueron heridos por las balas, pero sobrevivieron. Víctor, en cambio, llegó muerto al hospital Barros Luco por un disparo que recibió en la cabeza. En su masivo funeral sonaron canciones de reggaetón y Los caminos de la vida en versión salsa. Unos chicos dispararon tiros al aire para despedirlo y María Cárdenas les pidió respeto. “Ojalá se acabe la violencia en esta población”, dijo de pie y entera, apoyada en los calmantes que había tomado antes de enterrar a su nieto.

Rosita Muñoz le encendía velas todos los días a la animita de su padre, Claudio Muñoz, asesinado a tiros en un ajuste de cuentas en septiembre de 2007 en la población Santa Adriana de Lo Espejo. La noche del domingo 7 de diciembre de 2008, Rosita salió de su casa, pasó a saludar a su abuela, Soledad Vidal, y siguió su camino. Quería prenderle velas a su padre y volver rápidamente a los blocks donde vivía, para alcanzar a comer los tomates que estaba pelando una tía mientras sus hermanas menores, Alondra y Shanaya, adornaban el árbol de Navidad. Rosita no había pedido nada para la pascua, sólo regalos para sus hermanas chicas. A las nueve de la noche, cuando estaba a punto de entrar al negocio donde siempre compraba las velas para su padre, recibió dos tiros en la cabeza. Eran balas perdidas de un ajuste de cuentas entre los hermanos Alexis Pavez Rivas (24), P.C.P.R (16) y algunos desconocidos. Rosita agonizó cinco días en la UCI del Hospital Barros Luco antes de morir. Ahora descansa en una tumba sobre la de su padre, en el Cementerio Metropolitano. Sus abuelos no saben qué harán con la beca de estudios universitarios para un nieto que organizaciones de derechos humanos les dieron hace tiempo y que ellos habían determinado, por su promedio de 6,5 hacia arriba, que Rosita ocuparía para convertirse en médico.

Jorge Antonio Leiva (3), hijo de padres separados, tomaba su mamadera en la cama de su papá, con quien pasaba los fines de semana en la Villa Santa Teresa de La Florida, cuando sintió disparos. Salió de la pieza, vio a su padre de pie en el umbral de la puerta del departamento y se acercó a ver qué pasaba. Luis Leiva no alcanzó a ver que su hijo estaba junto a él cuando una bala dio en el pecho del niño. Eran las 11 de la noche del domingo 2 de marzo de 2008 y desde el primer piso, una banda de adolescentes pistoleros disparaba hacia el departamento intentando vengarse del tío de Jorge Antonio, Jimmy Leiva, quien se había peleado hacía unos días con un traficante de la población. La bala le perforó un pulmón a Jorge Antonio. El niño, al que le faltaba un día para entrar al jardín infantil, estuvo tres días inconsciente en el hospital Calvo Mackenna, conectado a un respirador artificial. Los médicos pensaron que la bala le había dañado las cuerdas vocales, porque enmudeció. Cuando volvió a la casa de su madre, Gisella Valle, volvió a hablar de a poco, pero en las noches lloraba y no quería volver a la casa de su padre. Ahora volvió a ser el niño inquieto que era antes de la bala y a escuchar los discos de Luis Miguel, que le encantan, aunque se acuerda perfectamente de lo que pasó. Tiene una cicatriz cerca de la clavícula. La muestra y dice: “Aquí, balacho yo”.

Instintivamente, Maximiliano Leyton tiró al suelo a su hija Danae, de cuatro meses. Pero era tarde: un mismo balazo había atravesado su estómago y el de su guagua. A las 4 de la tarde del 10 de abril de 2008, Maximiliano, su mujer, Carla Zúñiga, y la hija de ambos, Danae, subieron a un colectivo de la línea 872 de San Bernardo para volver a su casa. Habían ido a la comisaría a ver a una hermana de Maximiliano que había sido detenida con otra mujer por una riña callejera. El colectivo había avanzado una cuadra cuando, en Santa Carolina con San Francisco, ocho tiros impactaron el auto: José Antonio Aguilera Torres, alias “el Loco Pepe”, padre de la otra mujer detenida en la riña, un hombre con antecedentes por robo con fuerza y hurto, disparaba en contra de los familiares de la rival de su hija. El mismo balazo perforó el intestino de Danae en cuatro partes y destruyó un riñón y parte del páncreas del padre. El día del tiroteo, mientras su marido y su hija estaban hospitalizados, Carla se fue a vivir a la casa de su mamá en El Bosque. Casi diez meses después, la madre de la niña muestra las cuatro cicatrices en la diminuta guata de Danae –quien quedó sin secuelas– y se le llenan los ojos de lágrimas. “Ella es mi guagua. Me pregunto por qué la gente no piensa antes de actuar. Pero así es: se creen choros con pistola”.

Guillermina Llaicao se había metido recién a la cama cuando escuchó los disparos. Pensó en sus dos hijos menores, Cristián y Sebastián Díaz (14), pero rápidamente se tranquilizó: los niños estaban en su pieza. Antes de acostarse los había visto ahí, frente a la tele. Pero entonces, Guillermina se acordó de los hijos de su vecina, que siempre jugaban en el pasaje, y salió a la calle a mirar. Eran cerca de las doce de la noche del domingo 7 de septiembre de 2008. Apenas Guillermina cruzó la puerta de de su casa en Maipú, una vecina conmocionada en llanto corrió hacia ella y le dijo: “Guille, mataron a Sebastián”. Sin que nadie se diera cuenta, él y su hermano habían salido a la calle a jugar con otros niños. Y ahí, a una cuadra de su casa, Sebastián había recibido dos disparos, uno en las dos piernas y otro en la espalda. Un pistolero conocido en la población, a quien nadie se ha atrevido a denunciar, había disparado al aire sólo por marcar territorio. Sebastián estuvo varios días inconsciente en la Posta Central. Guillermina lloró hasta el cansancio pensando que su hijo moriría. El pulmón de Sebastián colapsó y los médicos le dijeron a Guillermina que sólo le quedaba rezar. Al día siguiente ella no se atrevió a ir a la posta por miedo a encontrar a su hijo muerto. Pero esa tarde recibió una carta de manos de su hermana, que sí había ido al hospital. “Mamita, te quiero mucho”, decía la letra de Sebastián. El niño se recuperó de milagro, pero repitió el año escolar por los 10 días que estuvo hospitalizado y por los meses que pasó en recuperación. Ahora siente mucha rabia. A su madre le ha dicho que algún día se las van a pagar. Guillermina tiene miedo de que el resentimiento no se les pase nunca a su hijo ni a ella. “Es muy grande la impotencia”, dice.

Óscar Saldaña (13) despertó aterrado después de 25 días en la UTI del Hospital Salvador. Vio a su profesora al lado de su cama y le pidió que lo adoptara. Pensaba que toda su familia estaba muerta. Pero en el tiroteo que reventó a balazos su casa el martes 28 de octubre de 2008, en calle Las Quilas, de Cerro Navia, el único que salió herido fue él.

De noche hubo una pelea en la casa de enfrente. José Alberto Calihuilpán Quintumán (33) discutía con su sobrino, un adolescente en silla de ruedas. La madre de Óscar, Claudia Fernández, lo defendió y lo cobijó en su casa. Calihuilpán la amenazó con balear su casa, pero nadie creyó que el vecino cumpliría su palabra. Minutos después, a las 9 de la noche, él y otros tipos armados dispararon contra la casa de Claudia. Óscar estaba en el techo: había subido a buscar una pelota que se le había escapado cuando jugaba fútbol con otros niños del pasaje. Una bala le atravesó el cráneo. Tres meses después, Óscar está en rehabilitación sicológica y física. Camina despacio y aún no puede correr. “Quiero que mi niño vuelva a ser como antes. Ahora no tiene equilibrio y siempre está serio. Dice que no le pasa nada, pero sé que está pensando en lo que sucedió”, dice Claudia. Óscar, sumido en su mutismo, sólo ha dicho que cuando grande va a ser carabinero o abogado. “No quiero que a nadie más le pase lo que me pasó a mí”, dice.

A Joaquín Valenzuela (2) le gustan los caballos y se queda dormido viendo películas de vaqueros y pistoleros mexicanos. El martes 2 de diciembre de 2008 se encontró con un pistolero de verdad. Mientras estaba sentado en el patio de su casa de la población Lo Ermita, de Lo Barnechea, junto con sus tías y otros vecinos, un joven de los blocks contiguos se acercó al grupo y, sin decir nada, cargó su arma y disparó. El tiro atravesó las piernas de un hombre, rebotó contra del pavimento y le rompió el cuero cabelludo a Joaquín quien empezó a sangrar profusamente y a llorar a gritos. Su padre, Rodrigo Valenzuela, lo tomó en brazos y lo llevó a la posta de la comuna, el consultorio de Lo Barnechea, donde le pusieron cuatro puntos en la cabeza. Quedó sin secuelas. Su madre, Maribel Gutiérrez, no trabaja desde el día del disparo. Prefirió renunciar a su empleo de vendedora de dulces en el Mampato para no despegarse más de su único hijo.

Alejandro Manríquez pensó en lo linda que se veía su única hija mujer, Heissel, sentada a su lado. En las graderías, Alejandro esperaba junto a ella a que empezara el partido de fútbol de barrio en el que jugaría su hijo mayor. Ese domingo 7 de diciembre, Heissel se había puesto aros de argollas grandes y llevaba los ojos delineados de negro. Era casi una mujercita, pensó su padre. También era su regalona, la que lo acompañaba al estadio a ver los entrenamientos y los partidos de la Universidad de Chile. Heissel le había pedido que la matriculara en la escuela de fútbol femenino y Alejandro le había dicho que sí. A las seis de la tarde, cuando el juego de barrio ya había empezado, unos tipos armados entraron disparando a la cancha. Estaban furiosos con los jugadores del equipo del hermano de Heissel, porque iban ganando el partido. Heissel se paró en un gesto instintivo, buscando a su hermano con la mirada para ver si estaba a salvo. Al segundo, cayó de rodillas. Un tiro le entró por el ojo izquierdo, salió por su cráneo y le hizo perder masa encefálica. Cuando operaron por primera vez a Heissel, los médicos le dijeron a Alejandro que tal vez su hija quedaría en estado vegetal. Pero un mes después, la niña camina y habla. Sus padres dicen que es un milagro. Aún no saben cómo contarle que perdió su ojo izquierdo. ·

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s