Animal Planet

(Revista Paula, 2006)

No sólo el hombre vive en blocks. También los animales tienen su propio vecindario en Santiago. Un conjunto habitacional de jaulas donde transcurren historias salvajes que son el comidillo del barrio. En el zoológico metropolitano hay secretos a voces: que ciertas parejas son amores pantalla, que algunos hermanos no pueden ni verse y que hay madres con depresión post pérdida de una cría. En el condominio animal también se cuecen habas.

Toto tres
Los chimpancés Yuri y Toto viven juntos, pero no revueltos. Son pareja, pero netamente espiritual. Llegaron en 1982 desde un zoológico de Holanda: Yuri con tres años y medio y Toto de tres. Desde entonces conviven en la misma jaula, pero son un amor que se mantiene unido por compañía, pero no por instinto. Porque Toto jamás le ha puesto una garra encima a Yuri. Nunca en estos 24 años, a pesar de que se ha hecho de todo para que Toto se ponga las pilas. En 1990 Víctor Riveros, uno de los veterinarios del zoológico, le dio un tratamiento al mono para incentivar el cruce con la hembra. Eran unas pastillas con testosterona y vitamina A que convertirían a Toto en un chimpancé muy libidinoso y potente. Pero Toto permaneció inmutable. Las pastillas no le hicieron ni cosquillas. No así la pelota de fútbol que le regalaron en 1992. Por esa época, un sacerdote amante de los animales visitaba frecuentemente el zoológico y les llevaba algún engañito de maní y frutas a sus habitantes. Fue ese curita, cuyo nombre nadie recuerda, quien un día le regaló a Toto una pelota de fútbol de cuero. Fue amor a primera vista. Toto reventó jugando a su nueva amiga y le hizo un hoyo. A los diez años y con un balón, Toto tuvo su primera vez. Varios meses vivió y durmió abrazado a su redonda amante. Hasta que en un descuido, Raúl Galindo, quien cuida a los chimpancés desde que llegaron, se la sacó de la jaula. Demasiada gente se había quejado en la administración del zoológico por las obscenidades que el mono hacía con el balón.
Como no había caso con Toto, ese mismo año los directores del zoológico trajeron un chimpancé desde Portugal, para que Yuri se hiciera hembra de una vez por todas. Pero Eusebio era un espécimen malas pulgas que, cuando entró a la jaula de la pareja, dejó la grande: mordió en los brazos a Toto y luego, quiso ir directo al grano con Yuri, pero a la fuerza. Fiel a su compañero, Yuri gritó y pegó aletazos. Raúl Galindo los separó, pero después de ese episodio de violencia primate, Eusebio quedó separado de la pareja hasta que en 1997 se fue a un zoológico de Zambia. Por supuesto, Toto siguió tan indiferente a Yuri como siempre. Teorías hay varias. “Es medio raro”, dice Galindo. “No le gusta la mona nomás”, explica Jaime Gracia, otro cuidador que lleva más de cuarenta años en el zoológico. “Quizás son hermanos sanguíneos”, especula el veterinario Mauricio Fabry. Alto. ¿Hermanos? “Como llegaron juntos, puede ser. Podríamos hacerles un ADN, pero ahora no estamos interesados en tener crías”, explica. El doctor Riveros tampoco descarta esa opción, pero su principal explicación es otra: “Los dos chimpancés se criaron en cautiverio. Cuando no crecen con la manada, pierden hábitos de reproducción porque los adquieren por imitación al resto”, dice. ¿Y la pelota? “Es que la pelota tenía movimientos copulatorios, como si estuviera con la hembra”, afirma el doctor Riveros. Lo cierto es que en la jaula de los chimpancés no hay mucha acción que digamos. Y aunque Yuri aún es una chimpancé virgen que ya no está en edad de merecer, es obstinada. Y acaricia a Toto, lo desparasita y le da besos. Cuando entra en celo, se pone en posiciones eróticas delante de su chimpancé indiferente. Pero él sigue sin pescarla. A estas alturas, bien difícil que lo haga.

Una jirafa deprimida
Hasta hace un par de meses, la jirafa Almendra seguía triste. Casi no dormía de tanto pasearse de un lado a otro en su casa de madera extrañando a Estrellita, la hija que en agosto del 2005 se fue un zoológico peruano. Almendra no se dio cuenta cuando sacaron a su cría de un año y dos meses para llevársela para siempre. Y estuvo tres meses desesperada. Siguiendo al cuidador Raúl Galindo cada vez que pasaba por el otro lado de la reja, como pidiéndole explicaciones. Apilando la paja por los rincones de su pesebrera con sus ansiosas caminatas nocturnas, mientras la jirafa Josefina y su hija Janita dormían plácidamente recostadas en la habitación contigua. Como si estuviera en su hábitat natural, atenta a los depredadores, Almendra pasaba la noche de pie. Angustiada, nostálgica y sin anestesia. El doctor Víctor Riveros explica que no se pudo paliar su dolor con medicamentos. A pesar de las evidencias de la preocupación de Almendra, no existen estudios que demuestren que los animales salvajes pueden sufrir de estrés. “No hay estudios psicológicos al respecto, pero sí nos hemos fijado que en animales sometidos a tensión, cuando son sacados de su ambiente, por ejemplo, dejan de comer, se aislan o se ponen más agresivos. En algunas especies domésticas hay depresión: por ejemplo, los loros, como son monógamos, cuando se les muere la hembra, se sacan las plumas y se automutilan. En esos casos usamos prozac”, explica el doctor.
La pena de Almendra sólo fue una marca más en la historia trágica de las jirafas del zoológico. Almendra, Josefina y Nachito, el padre de Estrellita, llegaron el 96´ precisamente a llenar el vacío que dejaron las cuatro jirafas anteriores que murieron en un incendio el 24 de junio de 1995. Esa noche de sábado, se cortó la luz en el cerro San Cristóbal. El personal puso transformadores externos para obtener energía. Pero la solución parche provocó un recalentamiento de cables que a las 22: 50 hizo cortocircuito en las casas de las jirafas, que duermen bajo techo. Los cuatro cuerpos chamuscados demostraron que una de las hembras había muerto protegiendo a su cría. El luto duró un año en el zoo. Hasta que llegaron las tres jirafas nuevas que viajaron 23 días en barco desde Sudáfrica y luego en un avión Hércules de la Fach desde Uruguay. Nachito cruzó a las dos hembras y fue padre de varias crías, entre ellas Janita y Estrellita. Pero el 25 de junio de 2004, por culpa de una infección gastrointestinal, Nachito falleció dejando dos viudas. Otra marca en el registro negro de estos mamíferos de cuello largo.
Por lo menos ahora Almendra está más tranquila. Desde noviembre del año pasado empezó a hacer buenas migas con Josefina y Janita, y recuperó el sueño. Al parecer, su depre está superada. Sólo falta que llegue el macho estadounidense que vendrá intentar dejar las penas de las jirafas solas en el olvido.

Oso polar: llegar y pelear
Taco y Winner son holandeses y medios hermanos. Hijos de la misma madre, pero distintos padres, llegaron el 98´ al zoológico metropolitano y convivieron en paz hasta el año pasado. Porque el par de osos polares, por muy hermanos que sean, son mocheros. Bastó que crecieran para que se agarraran de las pieles. Fue Taco, el mayor el que inició el conflicto, según el cuidador Juan Muñoz. “Taco estaba esperando a Winner en la piscina. Cuando se acercó, se dieron mordiscos y zarpazos. Tuvimos que separarlos. Por eso ahora están en jaulas distintas”, explica. Pero los osos polares sólo están aislados por una reja que divide la piscina de un roquerío. Así, se turnan por día ambos espacios: si Taco está en la piscina, a Winner le toca en las rocas y viceversa. Pero juntos, imposible. Los hermanos polares no pueden verse. Peleas de machos, dice el doctor Riveros. “Los osos polares machos son solitarios. Nunca están con otro macho porque se disputan la comida y el territorio. Ese es el problema de no tener una pareja”.
Pero cuando ha habido amores polares en el zoológico, también ha corrido sangre. En 1951 la osa Hortensia fue asesinada por su conviviente El Oso, luego de una feroz batalla por celos. Hortensia era una osa vieja que hacía años vivía sola en su jaula. Hasta que llegó una pareja joven a compartir su territorio. Según un diario de la época, Hortensia ardió de celos. No pudo soportar que El Oso sólo tuviera ojos para su joven acompañante y decidió acabar con él. El 7 de diciembre de ese año, Hortensia atacó por la espalda a El Oso. Lo mordió en el cogote y lo levantó por los aires. Pero El Oso contraatacó y también la mordió en el cuello. La piscina se tiñó de sangre. Hortensia falleció a las 12:05 pm y ahora, está embalsamada en el Museo de Historia Natural en la Quinta Normal. La pareja joven siguió en el zoológico durante varios años más. Hasta que en 1981, mientras jugaban en la piscina, El Oso mordió a su novia en el lomo. La herida fue tan profunda que nunca pudo cicatrizar. Poco tiempo después, la Osa Joven murió por amor. Su conviviente de toda la vida, también se fue para el otro mundo años más tarde. Y después, llegaron estos hermanos que se van a los puños cada vez que están cerca.
Por último, se podría pensar que Taco y Winner son osos conflictivos, pero millonarios. Son rostro de una bebida y sus ventanales están auspiciados por la transnacional. Pero en realidad, son sólo unos osos polares como cualquiera: la marca sólo les pintó su piscina y el par de ejemplares dependen del bolsillo del zoológico tanto como los demás animales. Incluso un poco más: ambos comen 30 kilos diarios de pescado, frutas y verduras. Como unos verdaderos salvajes.

Mono mono gay
Los funcionarios del zoológico estuvieron de acuerdo: los monos cai negro que había traído recién el Servicio Agrícola Ganadero (SAG) era una pareja enamorada. Un macho y una hembra que como en toda relación de amor juvenil, se apareaban tupido y parejo. Pero ese 22 de abril de 1999 el doctor Víctor Riveros, al hacerles una revisión médica, descubrió la verdad: la “hembra” era un macho que había sido castrado y el otro, supuestamente bien machito para sus cosas, no tenía problemas con esta salida del clóset. Los monos cai negro eran tan gays como sus antiguos sus dueños. Por reclamo de los vecinos, el SAG se los había incautado a una pareja de homosexuales que tenían a los monos sueltos en su departamento. Los tipos se derrumbaron cuando el organismo se los quitó y fueron durante un buen tiempo a llorar la pérdida de sus mascotas a su nuevo hogar del cerro. Pero nunca dijeron cómo habían adquirido a los monos, de adónde venían ni por qué uno de ellos estaba operado. Lo más probable es que los monos sean originarios de Brasil o Ecuador porque su hábitat natural son selvas sudamericanas. Así explica el doctor Riveros. También por qué dos machos pueden cubrir sus necesidades amatorias entre ellos. “Cuando un macho está capado, deja de producir hormonas masculinas y adopta características femeninas. Un león castrado, por ejemplo, pierde la melena y ruge menos. El homosexualismo en animales no es como el que se da entre seres humanos, sino que establece para demostrar dominancia y jerarquía”, dice. De hecho, el mono cai “hembra” es físicamente distinto que su compañero. Tiene la cabeza más pequeña y su contextura es más delgada. Por eso, sus exóticas costumbres pasan desapercibidas delante del público. Pero no con los trabajadores del zoológico. Menos con Manuel Levío, el ayudante del cuidador José Silva, de quien el mono-mona está profundamente enamorado. Apenas lo ve, le hace gracias, le chilla y le pone su panza contra la reja para que él lo acaricie. Manuel y José se ríen. Ya saben con qué monadas están tratando: ellos fueron quienes se dieron cuenta de que a los monos no sólo se les quedaba la patita atrás, sino que además son amigos de lo ajeno. Porque los cai son lanzas profesionales. Roban cuanto objeto pueden arrebatarle al público que va a verlos. Su cuidador, José Silva, ha encontrado de todo en su jaula: celulares, monederos, cámaras fotográficas, lápices y hasta cuchillos con los que la gente ensarta frutas para darles de comer. Los monos hurtan por diversión: juegan con las especies robadas, pero cuando son descubiertos por José, hacen un mea culpa. Se rinden, aplican un arriba las manos y dejan caer lo que tengan entre las patas, generalmente destrozando las pertenencias contra el suelo. Entonces vuelven a sus quehaceres íntimos. El zoológico de Santiago es un recinto donde todos los animales, con sus distintas opciones, tienen cabida.

Recuadros

La elefanta ha muerto
Fue casi duelo nacional. La elefanta Fresia, oriunda de Río de Janeiro, pelusa, juguetona, soltera vitalicia y amiga de los niños, murió el 17 de mayo de 1991. Fresia tenía cincuenta y cuatro años y estaba tan viejita que en el último tiempo ya no se podía las patas. Durante sus últimos cuatro días de agonía, todos los cuidadores del zoológico la cuidaron por turnos, la movían para evitar que se postrara y que se hiriera el traste con su propia orina. Pero no hubo caso: la artrosis avanzada que tenía le ocasionó la muerte. Y por supuesto la tristeza de cientos de chilenos que al día siguiente de su muerte fueron a rendirle homenaje después del responso fúnebre que ofició un sacerdote franciscano. La jaula de Fresia se llenó de flores, dibujos, regalos y coronas de caridad. La gente rodeó su enorme cuerpo con lágrimas en los ojos y le dio el último adiós al animal que estuvo desde 1940 en el zoológico metropolitano. Pero al día siguiente el doctor Luis González y Víctor Riveros tuvieron que efectuar la autopsia. Efectivamente la artrosis era la causante del deceso: con todo el peso de su cuerpo encima, a Fresia le dio un edema pulmonar que le causó un paro cardiorrespiratorio. Pero en el último examen los veterinarios también pudieron comprobar que la elefanta tenía el hígado muy dañado por consumo excesivo de maní que le daba el público y ovarios poliquísticos, debido a su intacta virginidad. Luego de las pericias forenses, las autoridades del zoológico tuvieron que decidir qué hacían con tamaño cuerpo. Por el porte de la elefanta no podían embalsamarla entera, así es que optaron por rescatar su cabeza para la posteridad y trozar el resto para enterrarlo en el Bosque de Santiago, en El Salto, donde el zoológico tiene una reserva y cementerio de animales. Desde entonces, el rostro inerte de Fresia mira desde una de las paredes del Museo de Historia Natural de la Quinta Normal.

Después del estallido
Santiago entero saltó con la explosión. El 30 de noviembre de 1967 un avión Hawker Hunter, recién comprado por de la Fuerza Aérea y piloteado por el estadounidense Pat Hill, sobrevolaba la capital cuando a los cincuenta mil pies de altura, rompió la barrera del sonido. Cundió el pánico. Junto con el ensordecedor estallido, hubo un movimiento parecido al de un terremoto. En Quinta Normal se quebraron algunos ventanales y las líneas telefónicas colapsaron. Pero arriba, en el cerro San Cristóbal, ocurrió la tragedia. Una cebra, que aterrorizada quiso huir, aceleró torpemente el galope y se estrelló violentamente contra el muro falleciendo en el acto. Uno de los camellos que en ese momento se alimentaba, cayó de la pura impresión al comedero. Como nadie pudo levantarlo, murió ahogado. Y Marina, la osa parda que colgaba de la pared de su jaula con las patas, se soltó del espanto y se azotó la cabeza sobre un pequeño tronco que Galindo le había regalado como juguete. Ese día en el zoológico, tres animales murieron literalmente del susto.

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