Ángel Negro

(Revista Paula, 2007)

El 3 de enero pasado, Elizabeth Tolosa, una adolescente gótica que se vestía con ropa de encajes negros, hija de un pastor evangélico, apareció degollada en su casa de Machalí. Diego, su ex pololo, de 17 años, está confeso del crimen. Con su disfraz oscuro, Elizabeth disimulaba una pena negra y buscaba una identidad en una familia que no le daba permiso para salir ni para enamorarse. Su mejor compañía pasó a ser la pantalla del computador, a través de la cual conoció, por messenger, a su asesino.

Desde la calle, antes de entrar a su casa en Machalí, Liliana Molina (40) escuchó los acordes de la música rock que le gustaba a su hija Elizabeth, de 17 años. Eran casi las diez de la noche del martes 3 de enero pasado. Cuando abrió la puerta Liliana se encontró con un despelote en el living: los cajones de las estanterías estaban abiertos y las cosas revueltas en el suelo. Se extrañó. Y subió al segundo piso, llamando a su hija desde la escalera. Pero Elizabeth no contestó. Liliana la encontró tirada en el suelo del escritorio, vestida con su corsé negro y una falda plisada. Tenía una toalla blanca puesta en el cuello. La toalla estaba empapada de sangre, porque cubría un profundo corte de 7 centímetros.
Mientras, casi a la misma hora, en el centro Rancagua, el padre de Elizabeth, el pastor evangélico Rafael Tolosa, de 80 años, despedía un servicio religioso desde el púlpito de la Iglesia Metodista Pentecostal. Todavía estaba en el templo cuando le avisaron por teléfono que algo grave había ocurrido en su casa. No le dijeron qué.

Peluches y computador
Elizabeth era la hija única de Liliana y Rafael, quien tiene otros diez hijos de un primer matrimonio, el mayor de casi 60 años. Por eso, ella se había adjudicado el segundo piso completo de la enorme casa de Machalí: ahí tenía su pieza, un escritorio y un baño, en un ambiente totalmente independiente de sus padres, cuya habitación estaba abajo.
A Elizabeth le gustaba acompañar a su padre al templo. Allí la recuerdan como la niñita rubia que tocaba la mandolina en el coro. Después empezó a ir a clases de violín, soñaba con estudiar Medicina y vivía rodeada de comodidades. Sus padres habían sacado varias tarjetas bancarias adicionales a su nombre, con las que ella invitaba a sus amigos a comer papas fritas y tomar bebidas al patio de comidas del mall de Rancagua. En su pieza de adolescente había peluches, monitos de animé japoneses y lunas y estrellas fluorescentes pegadas en el techo. Al lado, en el escritorio, el computador estaba siempre prendido y conectado a internet.
Sin que nadie lo notara o se inquietara, al principio, a los 15 años Elizabeth se puso a coquetear con el mundo gótico. A escuchar la música melancólica de Evanescence. Y a navegar de vez en cuando por foros de internet donde se conectaba con otros adolescentes atraídos por la onda gótica para hablar de música y literatura. Siempre recluida en el segundo piso de su casa. Elizabeth no tenía permiso para pololear ni para ir a fiestas ni llegar tarde. Tampoco para cortarse el pelo. Su padre quería que fuera una evangélica ejemplar. “Mi hija iba a pololear cuando saliera de la universidad. Nosotros, los cristianos, llevamos otra tipo de vida. No le gustaban las fiestas. A las diez de la noche estaba acostada”, comenta su padre.
Pero Elizabeth sí carreteaba. En su casa, cuando no estaban sus papás, en el segundo piso, con amigos y amigas. Y tomaba Smirnof ice. Y, además, pololeaba. A distancia y a escondidas. A principios de año, cuando estaba en segundo medio, Elizabeth le contó a su amiga Solange Orellana que había conocido a un mino en uno de los chats góticos donde recién estaba sumergiéndose. Un chico que se conectaba a internet con el nickname de Némesis, la diosa griega de la venganza. “Se llama Diego, es de Santiago y quiere conocerme”, le anunció.
-Ya, pero ojo, que puede ser cualquier huevón –le advirtió Solange.
-No pasa nada –le contestó, tranquila.
Un mes después, Solange conoció al pololo santiaguino de Elizabeth y todavía se acuerda del encuentro: “Era flaco, tenía el pelo teñido negro, andaba con una camisa blanca, unos pantalones negros y tenía una mochila con un parche de Marilyn Manson”, dice. Al lado de Elizabeth, se veía chico y frágil. Un escuálido adolescente vestido de negro.
Diego estaba en Machalí, alojando en la casa de Elizabeth, a escondidas. Se metía debajo de la cama o detrás de la cortina de la tina del baño, para que no lo descubrieran. Los papás de Elizabeth casi nunca estaban en la casa y, cuando estaban, apenas subían al segundo piso. Durante los seis días que Diego se quedó en la casa, Elizabeth subía comida de la cocina a su pieza, ponía la música fuerte y listo. Lo cierto es que los padres de Elizabeth ni siquiera sabían de la existencia de Diego, así que mal podrían haber imaginado que estaba durmiendo sobre sus cabezas.
A veces Elizabeth iba a Santiago a ver a su novio. Elizabeth conocía a sus suegros y cenaba con ellos y Diego en su casa de Macul. Una vez se quedó a dormir. En casa de Diego no había necesidad de esconderse. Mientras, en Rancagua, Solange le tapaba las espaldas: Elizabeth avisaba que iba a estar todo el día con su amiga o que alojaría en su casa y sus padres se quedaban tranquilos.
En ese encuentro, Solange, Diego y Elizabeth hablaron de asuntos adolescentes. Diego contó que le gustaban Marilyn Manson, Depeche Mode, Placebo y The Cure. Que igual escuchaba música medio satánica. Que le atraía la muerte y que quería estudiar la carrera de Perito forense. Que a veces practicaba vampirismo, que no creía en Dios y que a veces hacía magia negra. “Esa vez contó que alguien le había pedido que matara a un mino y que él había nivelado energías y que un mes después el tipo se murió”, recuerda Solange. “Me dijo ‘Si quieres que te haga un hechizo, traeme las cosas y listo’”. Solange no le creyó. Lo encontró fantasioso, pero le cayó bien, porque parecía simpático y se reía con sus tallas.
Pero Diego les ocultó información. No les contó que veía obsesivamente películas de terror desde los 3 años, que admiraba del poder de Hitler para dominar masivamente las mentes y que leía con tal voracidad sobre filosofía, historia y sicología que podía citar textualmente a Nietzsche y Kant. Una mente brillante, pero oscura.

Cara blanca, pelo negro
Menos de un año después, en marzo de 2005, Elizabeth se había convertido en otra persona: el primer día de clases llegó al colegio con los ojos delineados de negro, el pelo rubio teñido negro azabache, envuelta en un abrigo largo y negro. Sus compañeros y profesores de tercero medio no lo podían creer. Ahora escuchaba de frentón pura música gótica y metal, como Mago de Oz, Se pintaba la cara blanca con maquillaje para mimos. Alejandra Ramos, profesora de Elizabeth, vivió de cerca el cambio de su alumna: “Se hizo difícil sacarle una sonrisa. Andaba entera vestida de negro y muy seria. Yo le decía que se pusiera colores vivos para subirse el ánimo, pero no había caso”. Para sus compañeros pasó a ser, de frentón, gótica.
Su amiga Daniela Medina también recuerda otro cambio en Elizabeth: “Aunque su papá era pastor, de un día para otro se empezó a declarar públicamente atea, decía que no creía en nada”, dice. Era difícil saltarse el drástico cambio en Elizabeth, porque se paseaba con un look fantasmal de tenidas de encaje negro por el centro de Rancagua. “Pero igual la Eli andaba con una cartera de Puka, esa caricatura japonesa para cabros chicos, colgando del brazo que a mí me hubiera dado vergüenza andar trayendo. Y yo soy dark, que no es tan heavy como ser gótica”, dice Solange.
Asimismo, seguía acompañando a su padre al templo metodista, aunque sólo fuera para darle en el gusto. Y con sus amigos más íntimos, también bailaba y se reía con las canciones de Magmamix, el grupo del Portal del Web que canta tonteras musicales como Soy electrónico y I wanna be a cowboy. Como dice Daniela: “La Eli era gótica, pero hasta por ahí nomás. Igual tiraba papeles en clases y le gustaba molestar.”, dice Daniela.
Pablo Saldías, el sicólogo que atendía a Elizabeth durante todo el año pasado, coincide en que sólo se trataba de una actitud: “No tenía asumido lo gótico como una filosofía. Le gustaba la ropa negra, pero cuando yo le preguntaba qué era la onda gótica, no tenía respuestas. Pudo haberse acercado por su depresión y para usarla como un escudo para desenvolverse socialmente”, explica.
Lo verdaderamente negro en Elizabeth era su pena. Una que la llevaba a hacerse cortes en los brazos y a pensar cada vez más en el suicidio. Una que comenzó con la muerte de su prima Catalina, a los 3 años, a fines de 2004, y que se fue acentuando hasta que, según recuerdan sus amigas, su madre se fue de la casa durante un mes en abril del año pasado, y Elizabeth sucumbió y empezó a tomar remedios para estabilizar su ánimo.
Poco después terminó el pololeo de más de un año con Diego. Elizabeth les dijo a su psicólogo y a sus amigos que el quiebre había sido por las drogas. Que Diego estaba cada día más consumidor y por más que ella le decía que las dejara, él no hacía caso. Elizabeth bloqueó a Diego de su messenger y empezó una nueva relación con Omar, un compañero de liceo, gótico también. Y no volvió a hablar de Diego hasta varios meses después.
Elizabeth estaba viviendo la etapa más oscura de su depresión. Le explicaba a Solange que su vida no tenía sentido. Le confesaba a su inspectora, en medio de una crisis de llanto, que en su casa no la escuchaban mucho. Por primera vez, Elizabeth deseaba realmente borrarse del mapa.
En agosto, Elizabeth se tomó más de 50 comprimidos de sus remedios. Estaba sola en su casa, pero antes de intoxicarse llamó a un amigo por teléfono, en plena crisis de angustia. Él llegó corriendo a verla y la encontró tirada en la cama, medio dopada, con la lengua traposa, a punto de perder la conciencia. Un oportuno de lavado de estómago en el hospital le salvó la vida.
Al pastor Tolosa hacía tiempo que le preocupaba su hija. No entendía muy bien de qué se trataba el tema gótico. Él pensaba que era un luto por la muerte de su prima, a quien Elizabeth adoraba, pero intuía que había otra cosa. Además, no iba al colegio, porque el psiquiatra le había dado un certificado para eximirse del segundo semestre. Elizabeth hacía los trabajos escolares en su casa para no repetir el año. El certificado exponía el estado de la adolescente: “Cabe destacar una relación madre e hija distante y a veces traumática, con episodios de abandono. (…) La figura paterna, de alta significación afectiva para Elizabeth, representa cánones morales excesivamente rígidos, determinados por una ideología religiosa”. El diagnóstico era una depresión angustiosa.
Elizabeth empezó a ir a la salida del colegio para juntarse con sus amigos e ir a darse una vuelta por el centro con ellos. En uno de esos recorridos, después de varios meses sin mencionarlo, volvió a hablar de Diego. “La Eli me dijo que Diego era medio enfermo, medio satánico para sus cosas. Un día la había ahorcado y la tuvo un buen rato con las manos en el cuello. Pero para ella todo era normal”, recuerda Daniela.
Algo parecido le comentó a Solange. Le dijo le tenía miedo. Pero ahí murió la conversación hasta que, en diciembre, frente a un plato de papas fritas en un local del centro de Rancagua, Solange le pidió a Elizabeth que le contara por qué había terminado con Diego. “Me dijo que Diego quería formar un grupo para hacer sacrificios, una secta, y la invitó a participar. Me dijo que le tenía miedo, porque sabía que era capaz de hacerle algo si le decía que no”, recuerda Solange. Pero no se preocupó mayormente, porque su amiga llevaba un mes sin cortarse los brazos y ya había cumplido siete meses pololeando con Omar. Bajo de los encajes negros estaba emergiendo, después de mucho tiempo, una adolescente feliz.

Esquizotípico
Dos días después del hallazgo del cadáver de Elizabeth, el 5 de enero de este año, Diego fue detenido. Las antenas telefónicas de Rancagua y Machalí detectaron numerosas llamadas de su celular al de Elizabeth el día del asesinato. En su casa de Macul, las paredes de su pieza estaban tapizadas con recortes de diarios con la noticia del asesinato del sacerdote Faustino Gazziero en la catedral de Santiago, de los descuartizamientos en el norte y otros crímenes brutales. Y, desde su computador, tenía acceso directo a páginas de ritos satánicos y pornografía. Diego acababa de iniciar los trámites para matricularse en la carrera de Perito forense en la Universidad de Ciencias de la Información. En su evaluación, los siquiatras escribieron: “Rico uso de vocabulario, elevado nivel contaminante, distorsiones de la realidad y pensamientos con características mágicas”. La conclusión fue que Diego es esquizotípico, una perturbación psiquiátrica que afecta los patrones de pensamiento, apariencia y conducta.
A fines de enero, Miguel Oviedo, de 19 años, amigo de Diego, también fue detenido. La policía halló en su casa los dos celulares, el walk man y el DVD que faltaban en la casa de Elizabeth. Miguel y Diego, ambos confesos, están procesados por homicidio simple y se encuentran en prisión preventiva en la cárcel de Rancagua. Y, de a poco, han ido relatando qué pasó el 3 de enero en la casa de Elizabeth.
Aunque ni Solange ni Daniela sabían, Elizabeth había desbloqueado a Diego de su messenger para pedirle que le consiguiera una pistola. Su abogado, Gabriel Henríquez, sostiene que Diego no sabía para qué quería Elizabeth el arma, pero que se había puesto a buscársela. Y, tras cinco meses de silencio, Diego y Elizabeth se volvieron a contactar. Y ella lo invitó a carretear en su casa el 3 de enero, porque sus papás no estarían.
Después de ver Buenos días a todos acostado, Diego se levantó y escuchó su celular. Era Elizabeth para insistir en su invitación. Diego almorzó en su casa y salió. En la plaza del barrio se encontró con Miguel. Según la declaración de ambos, se fumaron un marciano -un cigarrillo de pasta base y marihuana- y decidieron ir juntos a Machalí. Llegaron a las ocho de la tarde. Elizabeth los estaba esperando.
Las versiones de Diego y Miguel coinciden hasta aquí. Y se culpan mutuamente sobre quién le enterró el cuchillo de cocina a Elizabeth,
Aún no hay respuestas sobre el motivo. Diego le ha dicho a su abogado que se entusiasmó con la idea de ir a Machalí porque casi tenía en su poder el arma que Elizabeth le había pedido y quería saber si ella tenía la plata para pagarla. En el lugar del crimen no había luces especiales ni velas ni cruces ni cortinajes y la Fiscalía ha descartado que fuera un sacrificio ritual. Las pesquisas certificaron que Elizabeth no trató de defenderse y que no fue agredida sexualmente. Todo lo demás sigue siendo un misterio, porque ese día Elizabeth estaba sola en la casa, esperando a un ex que no veía hacía siete meses, escuchando música en el computador. Lista para carretear sin permiso y a escondidas.
A tres meses del asesinato de su hija, el pastor Rafael Tolosa no ha interpuesto una querella criminal contra los culpables. Diego, por ser menor de edad y no tener antecedentes penales, tendrá una sentencia máxima de cinco años y un día. Su abogado espera que salga con libertad vigilada lo antes posible. Tolosa prefiere seguir pensando que su hija era una adolescente que llevaba un luto prolongado. Y confía que el cielo juzgará a los responsables. “Los góticos no pueden creer en Dios si hacen maldades tan grandes. Pero si la niña se hubiera quitado la vida, no habría tenido salvación de Dios. La Biblia lo dice. Dios permitió que la mataran para que fuera un ángel del Señor. Si estos niños se libran de la justicia terrenal, de la de Dios no se librarán”, dice, quebrado, mirando hacia el altar de su templo.

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