Andrés Rillón: “Yo lo sé todo”

(Revista Prende, Telefónica, 2007)

Dice que es inventor y sabelotodo. Es abogado, pero se dedicó al teatro, la televisión y el humor absurdo. Aquí, Andrés Rillón para algunos, Don Pío para todos, cuenta cómo salió cascando de su cargo como Jefe del Servicio Electoral, cómo sobrevivió a un maremoto creativo, por qué terminó haciendo todo lo que prometió nunca hacer y por qué hace quince años no ve televisión. Mitad en serio, la otra en chunga, como dice él.

Vive sólo con su señora pero tiene seis sillones en el living de su departamento. Andrés Rillón explica que ahí sus seis hijos y su tropa de nietos caben cómodamente sentados cuando van a verlo. Y luego de echarse sobre uno de sus sofás dice inmutable: “Pero nunca los invito”. Entonces permanece serio. Saboreando el efecto deseado de su humor impredecible y absurdo. Riéndose para sus adentros. A Andrés Rillón, comediante, creativo, director, actor y Don Pío en el inconsciente colectivo, le gusta tomar el pelo, lanzar la primera piedra y esperar a que una le siga el juego. Así se entretiene, aunque tiene hartas cosas en qué entretenerse. En su casa, de dónde sale sólo por motivos forzosamente necesarios, escribe y piensa en proyectos. La mayoría de las veces con su compadre Julio Jung. Ya tiene escritos una autobiografía – que no piensa publicar – de más de cuatrocientas páginas y veinticinco cuentos dramatizados. Doce de esos guiones cortos serán llevados a la televisión y otros cuatro al teatro del Parque Arauco donde acaba de presentar Denver, una obra sin pies ni cabeza que fue éxito de público. Y además, está preparando una comedia teatral para este año donde será un marido cornudo y Julio Jung, el patas negras. Rillón explica que por ahora, los pitutos son su sueldo. “Lo que recibo de jubilación me alcanza apenas para cubrir la isapre. Estoy cesante como un pobre y triste guajiro”, dice tirándose al suelo.
Andrés Rillón (76) nació en Viña del Mar. Tiene seis hermanos, uno de ellos su gemelo quien rindió durante todos los seis años de humanidades los exámenes de inglés por él sin que nadie se diera cuenta. Mientras, él peluseaba. Igual de inmutable que ahora, era el origen de las carcajadas de su curso. Un mal alumno que entre tanta suspensión alcanzó a ir sólo un mes y medio a clases durante el último año escolar y que al salir, tenía vocación de nada. Una indefinición que casi llevó a Andrés Rillón a convertirse en un verdadero Don Pío.

– Si tenía vocación de nada, ¿por qué estudió derecho?
– Porque lo único que nunca iba a estudiar era derecho, por eso. Estudié en todas las universidades, pero el último año lo hice en la Universidad de Chile. Pero perdí muchos años de estudio por una neurosis de angustia y una hipocondría gravísima que comenzó a los 19 años por un acto concreto que me produjo una represión enorme.
– ¿Y se puede saber cuál?
– Mi madre, buenísima, a quien le debo todo, pero psicológicamente una vaca, me quemó las manos. Yo tenía cuatro años y le bajé los calzones a mi hermana. Cuando llegó mi madre, me quemó las manos en el fogón de la cocina de leña y a mi hermana la sentó. Después, mi madre con unas tías me forraban las manos quemadas con cebolla. Ahí se me creó una represión salvaje, con muchas secuelas y por eso dejé de estudiar ocho veces y estuve ocho años sin dar el examen final. Me titulé a los 33 años, pero nunca ejercí. Un amigo me buscó el tema de memoria más corto que había y apenas rendí el examen final en Pío Nono, tiré todos los libros y códigos al Mapocho.
– Pero después fue Jefe del Servicio Electoral por doce años, ¿por qué dejó esa pega?
– Asumí como director el 65 y estuve tres años durante el gobierno militar. Y ahí me puse la soga al cuello, por tonto. En esa época periódicamente el ministro del Interior invitaba a almorzar a los directores de los servicios. Y justo el 77 había salido un libro de Odeplan con la realización del año. Entonces tuve la mala idea de decirle al ministro por qué el gobierno militar no hacía una recopilación de toda la labor social que estaban haciendo. “Estupenda idea, se la voy a presentar al Presidente de la República”, me respondió. Pero yo se lo había dicho para meterle conversa, sin pensar en mí. Hasta que un día me comunicaron solemnemente que el Presidente me había designado director de esta publicación. Y yo, ignorando lo que son los militares, contesté: “Agradezco mucho la confianza del Presidente, pero por razones personales no lo voy a aceptar”. Al día siguiente llegó una circular a todos los servicios del Ministerio del Interior para que los directores presentaran su renuncia. Quedé cesante el año 77. Entonces empecé a navegar por el mercado de capitales.
– ¿Ahí encontró la vocación de algo?
– Sí, en esa época nos juntábamos a todos los días, a las siete de la mañana con Jaime Celedón y otros profesionales a tomar desayuno en el Café Santos. Era una chacota que duraba hasta las nueve. Jaime estaba entregado al teatro y dirigía. Él me llevó al Ictus, donde estaba viviendo sus últimos años de emperador y me nombró asistente de dirección. Desde el primer día di órdenes a los actores. Yo venía de la calle. No veía teatro. No me gusta, no voy, me aburro. En cambio dirigir y actuar sí es muy entretenido. Cuando salí del teatro me di cuenta de que había encontrado por fin mi vocación.

Nunca diga nunca
Estuvo en La Manivela, MedioMundo, el teatro Ictus, el Jappening con Ja y fue hasta rostro publicitario de cecinas. Dirigió teatro, estudió cine y fue crítico de televisión durante diez años. Andrés Rillón ha hecho casi de todo. Incluso aquellas cosas que juró jamás hacer. Hasta los ochenta se mantenía firme con su decisión de no pisar un escenario ni aparecer frente a una pantalla. Y además, a sus cincuenta años, cuando de la nada se convirtió en un fotógrafo aficionado que organizaba “safaris fotográficos” por pueblitos perdidos, se prometió a sí mismo que nunca expondría sus trabajos. Pero en los ochenta, sus fotografías de Valparaíso, de ventanas añejas de casonas antiguas y paisajes de Chile, colgaban en el Instituto Cultural de Providencia.
– ¿Cómo le fue con esa exposición?
– Se llenó un libro de flores, pero nadie compró nada. Nada de nada. Bajé a mitad de precio y nadie hizo caso. Entonces descubrí una cosa fatal para el progreso de la actividad: en Chile no hay cultura de decoración con fotos. Y al no tener yo esa salida económica, me encontré con un arsenal de máquinas y lentes, pero sin destino alguno. Tuve que drásticamente tirar todo.
– ¿Al Mapocho también?
– No, vendí las cámaras. Pero fue una clínica compensatoria interiormente.
– También dijo que jamás iba a actuar, pero interpretó a Don Pío en el Jappening.
– Es que pensaba que nunca podría ser actor. En la universidad, nunca pude expresar mis ideas en público. Entonces cuando el Jappening me llamó el 82 para que les hiciera un plan de cómo debía ser el jefe de la oficina, porque Zañartu se iba un tiempo, yo había descartado que el personaje fuera para mí. Pensé que el jefe tenía que ser totalmente distinto al nivel socio cultural del resto que era ratonil, huachaca. Debía ser como Jorge Alessandri, pero rayado que estableciera una relación amorosa con Gertrudis. Cuando presenté el proyecto, se produjo un silencio en el equipo y dijeron que la única persona que podía hacer eso era yo. Y empezó una reunión interminable en la que para demostrar que era imposible que lo hiciera, hice improvisaciones. Pero en cada una, ellos se morían de la risa. Al final acepté y fue un éxito. Don Pío fue imitado en todas las oficinas públicas y hasta ahora me cuentan que siempre le dicen Don Pío a alguien. El ex general de Carabineros, Alberto Cienfuegos, tuvo que cortarse el bigote porque le decían Don Pío. Hasta hablaba parecido.
– ¿Cómo Don Pío podía hacer críticas serias de televisión en El Mercurio?
– Desde que entré al Mercurio el 76, firmaba como Aramis. Todos mis seudónimos tenían AR al comienzo: Argos, Artos y Aramis.
– ¿Cómo era ser crítico en esa época?
– Una golosina porque era una televisión en pañales en todas las capas. Se cometían muchos errores, entonces era sencillo señalar las fallas. En ese periodo yo era el rey de Miniápolis: era la voz que subía o levantaba programas. Moya Grau, terminó odiándome porque le daba guaraca cada cinco capítulos. También critiqué teleseries caribeñas y mexicanas en chunga. Y la mejor chunga era contar el argumento. Me acuerdo de una que no podía creerse porque había como quinientos licenciados.
– ¿ Y por qué ahora no ve televisión?
– Porque la encuentro una porquería. Hace unos quince años que no veo televisión abierta. La ignoro, no me interesa. Pasó que de la noche a la mañana los directores que estaban minusvalorados, pasaron a ser dueños de los programas. Y como el people meter estaba chicoteando y ellos empezaron a ganar mil en vez de cien, nadie se jugó el pellejo. Entonces tomaron los éxitos de los programas antiguos y todo se redujo a cuatro o cinco tópicos: audacia progresiva en el sexo, situaciones convencionales, esquemas de programas de entretención muy parecidos, con el cómico, orquesta y la cantante sexy. Ellos dicen que dan lo que la gente quiere ver, pero no hacen nada para que la gente quiera ver algo mejor.
– ¿Por qué la tele tendría que educar en el gusto?
– La tele es un medio. Si doy buenas cosas, la gente va a interesarse en verlo. Pero entonces yo levanto a la masa. No se trata de dar la ópera de Verdi tocada con flautines de oro. La cultura no sólo son las bellas artes. Pero hay cosas que son interesantes, que permiten que crezcas, que aprendas. Si a una mujer de pueblo le voy a hablar de la paráfrasis subcutánea inyectable, no le va a servir. Pero si le digo que lo haga así con el niño, con gracia y con espectáculo, va a interesarse. Pero ahora sólo muestran puras niñas en pelota y cómicos de cuarta categoría, gruesos y chabacanos.
– ¿Entonces ve puro cable?
– De repente pesco programas como el Discovery, pero no los busco. Los sigo porque me empiezo a interesar. También me meto en noticiarios en otros idiomas que no entiendo, pero como más o menos sé de qué están hablando, me intereso. Además veo deportes: me encanta el tenis, la hípica, el básquetbol, el fútbol y el golf. Soy un fan de Tiger Woods. A veces tengo que apagar el televisor de tan entusiasmado que estoy de que este gallo no se pierda tal hoyo, para que no me suba la presión.

Manías absurdas
Ayer Rillón grabó las escenas de un pequeño papel de viejo gagá, caído al frasco y mujeriego para una película española-argentina. Una historia en la que una española llega a Chile buscando al verdadero amor de su madre muerta. Pero Rillón no quedó satisfecho con la experiencia. La producción le pasó un libreto para que lo repitiera, pero a él no le calzó. Y pidió permiso para improvisar, como está acostumbrado. El director aprobó la idea y lo dejó. Entonces después de que, en su condición de antiguo amigo del hombre buscado, Rillón le dijo a la española que se fuera al Valle de la Luna tras la pista, no pudo evitar lanzar esa primera piedra. “¿Y cuánto me demoro en llegar al Valle de la Luna?”, le preguntó la actriz con cara de aflicción. “Bueno, si se va en triciclo, tres meses. Si se va en bicicleta, quizás diez días”, le respondió él.
Andrés Rillón es mañoso. Se levanta a las cuatro de la mañana y se duerme a las ocho de la noche. Hace diez años que no lee libros porque “me quitan tiempo para mis propios pensamientos”, apenas distingue a sus nietos y además, le gusta improvisar. Y después, que le sigan la corriente. Esa es otra de sus mañas.
– ¿Con sus amigos todavía anda improvisando por la vida?
– En general, no ando hablando tonteras, pero hay personas, como Firulete, con quien hablamos como que lleváramos una vida en común. Cuando nos encontramos, decimos: “oye vas a ir, yo llamé especialmente a la Margarita, ¡ah! entonces dejamos las cosas ahí nomás. ¿Va a ir el lunes donde los Hermosilla? Yo tengo hartas ganas de ir. Dime tú.” Tengo tres o cuatro personas con los cuales hago esa conversa improvisadamente.
– Por teléfono también improvisa. ¿Por qué le gusta tanto el auricular?
– Me entretengo. He hablado durante nueve horas. No es lo usual, pero lo he hecho. Antes, jugaba ajedrez por teléfono. Un amigo me llamaba a las ocho y media de la mañana y jugábamos una partida. Eran partidos que me ofrecían resistencia enorme, hasta que descubrí que él tenía amigos callados haciendo el juego.
– ¿Y qué otras mañas tiene?
– Bueno, yo las tomo como modo de vida. Otros dirán “qué loco”, pero soy disciplinado. Tengo una veneración por la puntualidad. Hace 27 años que no fumo y 28 años que no tomo ni una gota de alcohol. Ahora me cuido la presión porque vida es muy feble. Y yo tomaba fuerte y fumaba. El cigarro es exquisito, el trago es exquisito, yo tendría sondas con distintos whiskys en la boca. Pero es muy dañino. Entonces no hay que ser imbécil: ser obeso, drogadicto, fumador y tomador, es ser imbécil. Si te vas a morir de todas maneras, que la teja te caiga sola, no por tu culpa.
– ¿Es cierto que usted fue víctima de un tsunami creativo?
– Sí. Cuando hacíamos La Manivela, era una cosa de locos. Entonces cada dos meses, yo me perdía unos días de Santiago para descongestionarme. Así, una vez en el hotel San Martín de Viña, me desperté y me vino una avalancha de ideas de tal agresión, violencia y cantidad, que no podía pararlas. Era alienante, me asusté. Me arranqué en la camioneta y me fui a Valparaíso a La Pensión La Rosa para cambiar de ambiente. Allí, lentamente restauré la normalidad cuando comí una cazuela, hablé con gente y me volví a integrar.
– Pero cómo abuelo aún no se integra mucho. ¿Por qué?
– No soy abuelófilo para nada. Fui muy guaguatero con mis hijos, los hacía dormir y los besaba. Mi hija mayor tuvo los dos primeros nietos. Uno era muy bonito, aflautadito, pero no me decía nada como persona. En cambio el segundo, era igual a la madre. Entonces empecé a hacerle mimos al segundo. Pero mi hija me dijo: “Le hace cariño a los dos o a ninguno”. Y le contesté: “A ninguno”. Desde ahí no le hice cariño a ningún nieto. Pienso que cuando sean adultos y se aplique la ley general de la afinidad personal, ahí habrá acercamiento. Pero mientras son larvas en tropel, no. No les sé el nombre al 60% porque no me dicen nada.
– Qué mañoso.
– Yo soy esencialmente creativo, un inventor. Esa es la pelea que tengo con Julio Jung: le digo que lo sé todo y eso lo enardece. Pero yo lo sé todo. He visto la vida entera, qué puede sorprenderme. Lo que quieras decirme, lo sé. Cada uno tiene características y circunstancias distintas. Pero yo lo sé todo.

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3 thoughts on “Andrés Rillón: “Yo lo sé todo”

  1. siempre he tenido un admiración, si se puede decir asi, por Andres, por su intelectualidad loca, y nunca había leído una entrevista de el, me pareció muy buena la conversación que tuvo el periodista con el, porque hay que tener un poco de locura, o hacerse el loco para hablar con el, porque eso es lo que el es, un gallo que se hace el loco, je je je
    saludos

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